Corte de manga de Stara

“Protectores del silencio para lapidar el sentido de los nombres y no se esconden”

“Para entender la sangre de alguien hay que acudir a la inteligencia… puro light”

“Hazme una lista de insultos pero cuando la hagas, animal de cuatro patas, hazla siempre para follarme”

…Stara 16

 

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En épocas de sequía vendrán tiempos mejores y no es la sed lo que me hastía sino la insufrible vanidad de tanto sosegado pene.

Hostigar hay que a tanto macho que se dice portentoso y luego nada, energías gastar en palabras vacuas, hipopótamos de manteca y grasa, sin deseo, nada que sacar de sus prepucios flácidos desde qué, sólo mamarrachadas y fanfarronadas de tamaños y durezas y mi clítoris nada, cariño, ni se inmuta, y mis túneles, nada cariño, ni se humedecen, vacío e indigencia no más porque de palabras no se alimenta el cuerpo ni tampoco el espíritu. De cartas de antiguos amantes que he recibido recientemente sí. Mi memoria se aleja hasta aquel maltrecho lecho dentro de su caravana. Su rubia melena de vikingo y su cuerpo largo de sílfido sobre las tablas de surf, haciendo surf sobre mis muslos. Me recordaba en su carta cuántas cosas me haría de tenerme hoy en día en su caravana choza de león hambriento y duro como ninguno de estos que me rodean en mi nueva vida familiar impuesta, una mierda esto en fin, para qué hablar más, mejor imaginar cuánto me seducía el león vikingo aquellos veranos ardientes en su caravana, uno detrás de otro, su lengua de león lamiendo mi cuello sigue bajando hasta mis pezones donde los chupa, los lame, los aprieta apenas hasta llegar a morderlos, se endurecen ahí entre sus dientes y me vuelve a chupar y sigue su lengua bajando hasta el ombligo, principio de mi existencia toda donde lo moja de saliva, en círculos a su alrededor derrama líquido de palabra en la piel sobre mi útero, mi fantasía se enciende, león de las aguas, ¡eres realmente cojonudo!, podrías venir aquí y darle una lección de sexo a todos estos acomodados machitos de tamaño XL, sólo en sus palabras porque en la práctica, ¡nada!, es el bullicio del fútbol, el ruido por el ruido, no como los gritos que me hacías soltar tú dentro de aquella caravana en el sur de mi isla. La tierra toda temblando, girando alrededor de mi placer sostenido por la punta de tu lengua de león sobre mi clítoris, la perla se hace dura y te llama ahora sí que me estoy mojando sólo de releer tu carta, león vikingo, sacudida entre mis piernas, ¡joder, eres cojonudo!, ahora te amarras el pelo rubio de guanche vikingo, menceyato caliente hasta las cejas, en una coleta y sé que ya no puedes más, que vas a lustrar tu pene con la grasa de mis túneles. Eres y no eres un dios, algo así como un tótem que me ha traído hasta este agujero de ruedas y paredes de metal, todo tan desequilibrado, desmoño y falta de control, parece que va a caer de las sacudidas adentro, tan pronto tierno regando la rosa, tan pronto guerrero en la plena ebullición del mundo, sin piedad, hasta me duele pero es un gusto, un gusto que no acabe, con coca o sin coca en el prepucio que se inflama para mí, ¡guau, eso sí que es una verga, tío! exclamo, ¡con eso me empalas hasta el agujero! Rozada toda que vas a dejarme menceyato de las aguas sureñas. Con tus fuertes manos me agarras la cintura y me la clavas, así de rodillas como estás en tu camastro y yo tumbada rodeo tu marcada cintura con mis piernas y me duele tu brusquedad ¡ay! aunque no, no me duele, me gusta, no, me duele, no, me gusta, sí, menea en un mete y saca, mete y saca de placer y dolor al mismo tiempo, esto sí que es una cabrona porra toda repleta de poder, no la flácida salpicadura de estos falsos poetas XL que no llevan los calzoncillos al revés porque siempre tienen a una ex pendiente y dependiente detrás de ellos, ¡no me jodas! y si no es la ex es la jodida madre que los parió; sin sexo debió de ser porque yo no sé ni cómo lo hacen en estas sosegadas tierras donde no parecen necesitar follar ni para multiplicarse. Y vuelvo a la carta del salvaje en tierra de menceyatos: Lástima tenerte tan lejos, me dice en un acceso de ternura, de estar aquí ahora conmigo, me dice, te pondría en posición de potro y te lamería el agujero del culo para lubricarte y luego te la iría metiendo despacio, sin apresuramiento, primero el prepucio, luego un trozo de tronco, sólo hasta el principio de mis venas, sólo para que sientas su relieve cómo palpita y se hincha por la añoranza que te tengo, en tu honor me rasparé las rodillas follándote sobre cualquier plataforma, me dice, en tu honor frotaré mi pene con las paredes de tus túneles hasta sacarte toda la sangre de adentro, no pararé hasta oírte gritar no una, ni dos, ni tres. Joder, menceyato, eras jodidamente bueno, no lo pongo en duda, habré de cruzar los mares, mandar a todos estos pringados XL a tomar por culo!!!

… dirigido especialmente desde la sucia boquita de esta Stara a todas aquellas mentes y corazones repletos de sucia hipocresía, que no son pocos, a ellos mi más intenso corte de manga…

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Polvo literario

Tras leer las confesiones de Judit, aunque afirma que las realiza coaccionada por la “señorita” Rut, creo de justicia contar al público un episodio que sucedió no hace mucho tiempo y en el que participó también una tercera mujer, que podría tratarse de la sensual Stara.

Ocurrió en una vieja casona de La Laguna sede de una distinguida sociedad cultural, la noche de la presentación de mi última novela, que fue en uno de los salones de la planta baja sobre grandes lápidas de piedra gris bajo un techo de laberíntico artesonado de madera, con la humedad lagunera como atmósfera.

Mientras hablábamos el presentador, el editor, el anfitrión y yo mismo, las tres no paraban de ahogar sus risas a la par que se hacían confidencias al oído, lo que le aportaba un toque alegre a aquel modesto acto pretenciosamente rimbombante, ya que el resto de invitados parecían fantasmas momificados que llevaban en la casona desde su construcción en el siglo XVII.

Cuando terminaron las intervenciones, tocaba dedicar el libro a los asistentes al tiempo que un grupo de camareros servía un vino y diferentes viandas por fuera del salón, en el claustro de la casa. De forma pausada y caótica se formó una fila de personas interesadas en recabar mi firma, a cuyo término se colocaron las tres alegadoras, que continuaban ya en un tono más audible con sus cotilleos de contenido sexual explícito.

Las tres esperaron su turno hasta llegar al borde de la mesa. Seguían sonriendo cada vez con gesto más pícaro con sus tres magníficas y sensuales bocas, que comenzaron a entablar conmigo una conversación alusiva al tema de la novela y relacionada con la dedicatoria que querían que les escribiera en cada uno de los libros que sujetaban.

No llegué a poder escribirles nada porque mi próstata entró en modo pánico y tuve que pedirles que me disculparan pues necesitaba ir inmediatamente al servicio que se encontraba en la planta alta, a la que llegué tras subir unos oscuros peldaños desiguales que recordaban a cada paso su brillante e intenso pasado arbóreo y urbano, así como de caminar sobre listones de la misma época que se quejaban de los múltiples achaques causados por el tiempo transcurrido y el variable clima.

Cuando conseguí calmar la urgencia y salí del rústico pero elegante habitáculo, comprobé que en la habitación más cercana se encontraba la biblioteca de la sociedad cultural. Entré y empecé a recorrerla con mi vista, como si me encontrara dentro de una espiral de interminables estanterías, mientras me acercaba a acariciar con las yemas de mis dedos lo lomos de aquellas ediciones artesanales, como cualquier fetichista de libros que se precie de serlo.

Estaba ensimismado en mi fantasía, disfrutando del aterciopelado tacto de títulos de Balzac, Dostoyevski, Verne, Pasternak, Víctor Hugo, Tolstoi, Voltaire, Chejov, Baudelaire, Pushkin, Dumas, Gógol, Moliere, Gorki, Flaubert, Sholojov, Simone de Beauvoir, Goethe, Rimbaud, Joyce, Zola, Faulkner, Stendhal, Huxley, Marguerite Yourcenar, Shakespeare, Chateaubriand, Whitman, Tolkien, Defoe, Mann, Insen, Nabokov, Boccaccio, Dante, Sade…, cuando fui interrumpido por aquellas tres mujeres que no parecían ni enojadas, ni con la intención de reclamarme las prometidas  dedicatorias. Más bien parecían fascinadas por mi fetichismo, por encontrarme excitado con el tacto de aquellas vistosas encuadernaciones, y comenzaron a imitarme en busca de la misma sensación que mi rostro y mi cuerpo manifestaba. Así fuimos recorriendo, ejemplar tras ejemplar, respirando literatura y transpirando literatura, hasta que acabamos empapados de emociones, de recuerdos de lecturas compartidas.

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No sé cómo sucedió, pero a los cuatro nos sobraba la ropa y comenzamos a desnudarnos, tanto de las prendas como de recuerdos de lecturas, y rozábamos la piel primero con los libros y luego, como parecía inevitable, cuerpo a cuerpo, como si necesitáramos transmitir piel a piel todos los estremecimientos que nos habían proporcionado las lecturas y las experiencias de nuestras vidas.

Y seguimos abrazándonos, acariciándonos, besándonos, lamiéndonos, follándonos con todo lo que teníamos a nuestro alcance, mi polla, mis dedos, mi boca, sus dedos, sus pechos, sus culos, sus bocas… con el ritmo agitado que marca toda intensa pasión, todo intenso placer.

Hasta que caímos exhaustas, extasiadas, relajadas, sudadas, ligeramente temblorosas, tántricamente cachondas, agradecidas… Y desde entonces me siento más mujer, porque experimenté en mi propio cuerpo el orgasmo que tantas veces había provocado en el cuerpo de aquellas mujeres con las que había compartido mi sexo y que se lo tenían bien merecido.

Tras unos interminables instantes de reposo, nos incorporamos sin decir palabra y comenzamos a vestirnos como si interpretáramos una nueva coreografía cómplice, convencidas de que aquella experiencia había sido un ‘aquí te pillo, aquí te mato’, que había durado tan sólo unos minutos y que podríamos volver sin tener que dar explicaciones a incorporarnos a las conversaciones de pasillo y a degustar los sabores que había preparado la empresa de catering contratada para el evento.

Pero, cuando bajamos, el rebumbio que escuchábamos no procedía de los asistentes al acto, sino de una brigada de profesionales de la limpieza que acometía desde primera hora de la mañana la tarea de preparar la casona para acoger las actividades formativas previstas para ese nuevo e inesperado día.

Luego pregunté en confianza a algunas amistades que habían estado en el acto si se había notado mi temprana marcha del lugar, pero nadie recuerda que me hubiera ausentado. Ni tan siquiera que hubiera publicado y presentado una novela.

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Post escrito por el amigo de Rut: “ALAIN”

 

Judit al desnudo, antes de ser descubierta por Rut

Creo que ya os expliqué en mi post anterior los motivos por los cuales me he visto en la difícil tesitura de tener que desenmascararme y contar cómo es mi verdadera vida erótica la que, por supuesto, no muestro frente a mi marido ni en mi vida social y pública, ya que esto podría restarle votos a él, gran hombre dedicado a la política y a demás cuestiones de estado, y perjudicar de manera considerable mi imagen de buena mujer casada.

Sin embargo y a pesar de las presiones que la directora de este blog, la “señorita” Rut, ha ejercido sobre mi persona, no creáis que nuestra relación como amigas se ha visto mermada, no, ni mucho menos. Tal y como acordamos, mientras mi identidad no salga a la luz no sólo no habrá problema sino que, de algún modo, esta nueva forma de escribir me brinda una sensación de libertad que de otro modo no habría podido experimentar.

En mi post anterior os había prometido relataros cómo fue que mi amiga, la “señorita” Rut, descubrió mis licenciosas actividades llevadas a cabo siempre a espaldas de mi vida conyugal y de mi conservadora congregación de amistades y así haré ya que, quizás otra cosa no, pero mi palabra siempre, siempre la cumplo, excepto aquella que tenga que ver con cualquier tipo de fidelidad sexual, como ya os imaginaréis, especialmente las pronunciadas frente al altar dirigidas a mi querido esposo.

El día aquel en que Rut me descubrió, mi marido había regresado a casa a la hora habitual del mediodía con un periódico local en la mano. Se sentó en la mesa de la cocina y arrojó el periódico furioso sobre la mesa. Desanudándose la corbata exclamó:

─Qué tonterías dice la opinión pública. Ya no saben ni cómo vender periódicos. Ahora me critican todas esas feministas, partida de abortistas y de lesbianas, diciendo que soy la viva imagen de esa sociedad del patriarcado que ellas aborrecen. Y todo simplemente por haber observado una realidad que hasta el más mediocre analista habría observado y es la de que el paro ha aumentado desde que la mujer se ha incorporado al mercado de trabajo, que lo mejor sería que las mujeres se dedicasen a lo de siempre. Si siempre fue así, ¿a qué vienen ahora a pretender cambiarlo? Y es simplemente verdad, todas esas frustradas, camioneras, que no han encontrado un macho alfa que se las folle bien, ese es su gran problema, ya podrían estarse calladitas, dedicadas a las labores familiares, como tú ¿verdad mi Judit?, que eres tan feliz conmigo…

Y sin dejarme siquiera responder, estando yo frente al fregadero poniendo en remojo el cacharro con el que me acababa de calentar el café, sentí sus manos por detrás levantándome la falda. Sus dedos torpes rodaron mis bragas, separaron mis piernas y sin quitarse si quiera los pantalones, sacando su ridículo pene entre la cremallera, me penetró así sin más, sin preocuparse en ponerme mínimamente húmeda. Fue, cómo no, un polvo soso, insulso, un polvo que a él le sirvió para recobrar su lastimado estatus de poder y a mí me sirvió para perder cinco minutos de mi precioso tiempo y de mi garganta gimiendo como si me viniese el mejor orgasmo de mi vida cuando en realidad lo que más me hubiese apetecido era bostezar y, sobre todo, que me dejó con un calentón de verdadera polla increíble. Por eso, y no es que quiera de nuevo excusarme, aquella noche, aprovechando que era viernes y que mi marido tenía una cena importante de diplomáticos, a la que no podían acudir las mujeres según él mismo me había advertido, yo, con la excusa de que necesitaba refrescarme un rato, me fui al bingo dispuesta a gastar cuanto más, mejor.

La sala de bingo estaba especialmente concurrida y, viendo a un solitario hombre de cierta edad pero muy bien parecido, sentado a una mesa y contando con meticulosidad algunos billetes que quedaban entre los pliegues de su cartera, me senté a su lado.

─¿No tienes mucho dinero ya? ─le pregunté.

Él se encogió de hombros y me miró. Sus ojos brillaron por un instante. Supongo que no se pudo creer lo que le estaba sucediendo, de repente una mujer tan guapa como mi persona y tan elegante lo había escogido de compañero de mesa, así sin más esmero de conquista por su parte.

─Yo tengo mucha pasta, añadí, y acabo de llegar y…no me apetece estar sola hoy ─sonreí con picardía─, ¿te importa acompañarme?

El hombre se agitó por un momento, pasó su mano por su coronilla y resoplando afirmó con la cabeza.

─Pues venga ─resolví─. ¡Croupier, tráiganos diez cartones que este señor y yo vamos a apostar y mucho!

Así comenzó una velada de locura y juego que se extendió no sé cuántas horas a lo largo de las cuales ganamos, perdimos, volvimos a ganar y volvimos a perder y bebimos, bebimos no sé ni cuántas ginebras yo, ni cuántos whiskies él, todo, por supuesto, pagado por mí y entre cartón y cartón me abalancé sobre sus labios no sé ni cuántas veces mordiéndole la boca con un deseo y una necesidad de empaparme de su semen más que evidentes. Y hasta tal punto llegó a estar el ambiente caldeado que antes de abandonar el local, nos precipitamos ambos hacia los servicios y allí mismo, amenizados de fondo por la voz del croupier que cantaba los números y por los gritos de ¡línea! que a ratos se alzaban de entre las mesas, liberamos nuestra lujuria, él sentado sobre el inodoro con los pantalones y los calzoncillos bajados hasta los tobillos y yo con mi falda subida, las bragas echadas a un lado y cabalgando sobre sus inglés para sentir con cada sacudida cómo se deslizaban sus, por lo menos veinte centímetros de pene bien duros por toda mi vagina. Y oye, aquello sí que fue un buen polvo, con qué voracidad me la tragaba, hasta que al fin el hombre se corrió, no dentro por supuesto, minutos antes tuve la precaución de liberarme de la penetración, arrodillarme en el suelo y chupársela con entusiasmo extremo hasta que su líquido espeso y abundante mojó mis labios, mis mejillas, mis ojos y hasta mi pelo, tal fue el impulso con el que aquel chingo fue expulsado de su magnífico prepucio.

Después de aquello él carraspeó varias veces mientras se subía el pantalón y se lo abrochaba, yo creo que sin creerse todavía lo que le estaba sucediendo, y yo me abotoné de nuevo el escote, me alisé el pelo y me coloqué modosamente la falda tras lo cual él me dijo:

─¿Y ahora qué?, no sé ni tu nombre.

─Para nada necesitas saberlo ─le interrumpí─. Ahora tú y yo nos vamos a un swinger que hay por aquí cerca, vamos a seguir pasándolo en grande.

Dicho esto le cogí de la mano y lo arrastré hacia la calle y fue en el swinger donde me encontré con la directora de este blog, la “señorita” Rut, que, como vosotros ya sabéis, suele merodear por esta clase de antros.

Así que tal y como les explicaba al principio del presente post fue aquí, en este local swinger donde aconteció la escena que puso mi reputación en las chantajistas manos de Rut y, aunque os prometí que hoy contaría esta escena de mi vida, al tratarse sin duda de un episodio muy importante y que necesita larga explicación, prefiero dedicarle un solo post a él, así que os emplazo para mi próxima publicación. Sólo sepan que sucedió en un cuarto oscuro, aunque con la suficiente luz a la entrada como para que la “señorita” Rut pudiese verme y seguirme…

Lo dejamos ahí por lo pronto. No sé vosotros pero yo ahora mismo me voy a gusto, con el sabor en mis labios del semen de mi compañero de mesa en el bingo y con la satisfactoria sensación de sus veinte centímetros de musculoso pene frotando mi vagina.

Respecto al macho alfa de mi marido, pues ya sabréis a lo largo de mis relatos cómo se las ingenió para salir bien parado con la opinión pública y con todas esas feministas de moral más que discutible, ejem, mejor no hablar de ellas, ¡marimachos!, y lo siento Rut si no te gusta lo que digo, en este país aún hay libertad de expresión, gracias a grandes hombres como mi marido, que luchan porque las instituciones democráticas aún se mantengan en pie, a pesar de esos corpúsculos antisistemas que tú y muchas mujeres como tú apoyáis, mujeres de ética y principios más que dudosos, ¡¡¡que ya es bastante con que tenga que estar contando en este blog todas estas dobles actividades mías por tu culpa!!! En fin…

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Bajo el sol de la Toscana

¿Quién dijo que dejarse ir no es una buena idea?, ¿que abandonarse a la lujuria en un país extranjero tras, no una sino dos decepciones amorosas, no resulta el perfecto narcótico contra el mal de amores? Yo desde luego les diré que lo he practicado y he salido de aquello más renovada que nunca. Les contaré de qué manera aconteció.

Tras la ruptura con Lucy, mi pequeño escarceo con Ulises y la posterior unión de ambos con embarazo incluido, mi estado anímico se había desmoronado por completo. De pronto había perdido mi sensitivo apetito, mi pasión por el buen vino y el buen sexo y toda mi enérgica capacidad de disfrute. Un buen día me monté en un tren sin preocuparme por mi destino y así comenzó un largo periplo por distintas ciudades de Europa con la plena intención de estar en cada lugar únicamente el tiempo que me viniese en gana y haciendo lo que me apeteciese. Después de dos meses de aquí para allá arribé en La Toscana, en Florencia, un quince de julio, nueve días después de mi treinta y cinco cumpleaños.

En principio quería visitar los magníficos lugares de interés que hay en esa ciudad de los que tanto había oído hablar a algunos amigos que habían viajado allí recientemente pero no fui capaz, pasé la tarde en el hotel sin ganas de nada. Al fin y al cabo no dejaba de ser una gran urbe y yo lo único que deseaba era soledad y silencio. Así que a la mañana siguiente me levanté temprano, alquilé un coche y puse rumbo a las afueras, dirección Siena. A mitad de trayecto me desvié por una carretera secundaria y acabé en Montefioralle, un pueblo medieval, luminosa estampa de la campiña italiana, grandes productores del  Chianti, repleto de viñedos y bañadas todas sus tierras por un brillo difícil de describir con palabras y fue allí, frente a los muros de una vieja casa de campo, sobre la misma tierra que pare tanta exquisita uva, donde yo, Rut, tuve una de las más magníficas experiencias de mi vida, el renacimiento de una nueva persona gracias al dorado líquido que mana de esta maravillosa región del mundo.

La casona la habitaban tres hermanas y dos primas de las mismas. Entre las cinco administraban estupendamente la cadena productiva del vino repartiéndose de tal forma las distintas tareas que la armonía parecía reinar allí de una forma sorprendente. Nunca había peleas, ni altercados, cada una sabía lo que debía hacer en su ocupación y las demás estaban siempre de acuerdo. La que se encargaba de dirigir el cultivo de los más de diez mil metros cuadrados lo hacía de forma intachable, al igual que la que se esmeraba en los procesos de elaboración. Lo mismo podía decirse de la supervisora de la bodega y con similar eficacia actuaba la que dirigía el embotellamiento y su posterior introducción en el mercado. Por último estaba la que regentaba las labores generales de la casa y esta fue a la que vine a conocer en la plaza central del pueblo el mismo día que llegué y con la que en seguida hice migas motivo por el cual, muy amablemente, me ofreció una habitación por el tiempo que quisiese y sin otra condición que la de que catase con verdadera actitud crítica la última producción que, tras veinticuatro meses en barrica de roble americano, debía ser valorada por un experto consumidor antes de ser embotellada cosa a la que, por supuesto, no pude ni quise negarme.

La morada en medio de los viñedos era hermosa y grande. Mi habitación sin embargo era pequeña y sin apenas muebles, parecida a la celda de un monje en una rústica abadía. Debo decir que agradecí enormemente tal austeridad pues se ajustaba a la necesidad de paz interior que había estado buscando. Desde mi ventana se podía contemplar todo aquel paisaje repleto de viñas donde el sol cada amanecer resplandecía dotando a la tierra de tonos rojizos, amarillos, naranjas y cobrizos. Cada día observaba a las hermanas ir y venir por los campos, por los pasillos de madera, subir y bajar las escaleras con sus quehaceres diarios. Excepto la que gobernaba la casa, las demás se mostraban algo herméticas conmigo aunque no dejaban de soltar una extraña y misteriosa sonrisita al pasar a mi lado. Yo las saludaba con la cabeza y ellas parecían ruborizarse y luego continuaban su camino dejándome encogida de hombros y sin saber si estaban encantadas con mi presencia o si, por el contrario, les resultaba una inquilina un tanto ridícula o molesta. De esta manera se fueron sucediendo las jornadas en las que, aparte de darme largos paseos por el campo, acompañar a la tercera hermana al pueblo de vez en cuando y leer no hice mucho más.

Transcurridas dos semanas, sumida como estaba en aquel estado de sosiego casi alucinado que la campiña ejercía sobre mi persona, caí en la cuenta de que, si bien no había olvidado a Lucy y a Ulises, sí que ya no sentía la pasada angustia y fue una de esas mañanas en que la hermana ama de casa y yo nos alcanzamos al pueblo para echar un vistazo a los productos que se mostraban en el mercadillo montado cada día por los agricultores, que ella me comunicó con ese dulce y cantarín acento italiano inglés suyo:

─Mañana es la fiesta de la cata, a las dos del mediodía debes estar preparada.

─De acuerdo ─asentí observando cómo ella exhibía frente a sus ojos una de las manzanas que acababa de extraer de uno de los puestitos. Sus dedos eran largos y estilizados, para haberse criado en el campo me percaté de que no tenía ni una sola rugosidad en la mano.

─Viste sencilla ─me dijo─, con un traje holgado pues debes estar ligera y sin presiones para lo que vas a comer y a beber.

A la mañana siguiente sentí en la casa una actividad frenética muy fuera de lo común. Escuché más ruidos de cacharros en la cocina de lo que habitualmente se oía y el ir y venir de la hermana bodeguera resultó extrañamente apresurado. Incluso los jornaleros que trabajaban el campo parecían más reconcentrados y laboriosos bajo la supervisión del capataz, hombre robusto de ciertos años, algo rudo en sus maneras aunque por lo demás bastante cordial, siempre me daba los buenos días con una mirada picarona y un breve balanceo de cabeza.

Llegadas las dos, la hora fijada, ya estaba montada la mesa en medio del campo con su mantel de cuadros blanco y verde. Un apetitoso manjar se exponía sobre ella y las largas botellas aún sin etiquetar repletas de la exquisita materia líquida donde el sol resplandecía y titilaba en chispas color rubí cual pequeños estallidos de diamantes. Una estampa muy rústica que invitaba a la comida y a la bebida. Sentí el despertar de mi apetito como hacía meses que no lo sentía y no sólo al festín, también al sexo oral y a la alegría de vivir. Un aletear de mariposas se estableció bajo mi ombligo mientras me sentaba a la mesa a la par que lo hacían mis cinco anfitrionas. Ellas, al igual que yo, iban vestidas con un sencillo traje que debía ser típico de aquella región y que yo me puse por encontrarlo, esa misma mañana, extendido a los pies de mi cama, de manera que entendí que este era el vestuario que se requería para tan importante festejo. Un traje suelto y blanco, de tela tan fina que casi se diría transparente, de una sola pieza y que se ponía y se quitaba fácilmente por la cabeza.

 

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La gobernanta de la casa fue la que me sirvió la primera copa y permaneció de pie a mi lado observándome atentamente mientras yo acercaba el preciado brebaje a mis labios, olía el aroma que desprendía y luego lo sorbía profundamente. De pronto sentí como si me sumergiese en la tierra, en una tierra fresca, cálida, acogedora.

─Está excelente ─pronuncié a sabiendas de que aquel calificativo se quedaba verdaderamente corto para expresar el encantamiento al que acababa de rendirse mi paladar

Ella sonrió al escucharme con unos labios amplios y salvajemente carnosos, miró a sus hermanas y primas, afirmó levemente con la cabeza y como si se hubiesen leído el pensamiento las cinco a la par colmaron sus copas y las alzaron para brindar, gesto al que me uní alzando también la mía y brindando con ellas.

─Es un vino magnífico, créanme, no tengo palabras…

─¡Chist!, no hace falta que digas nada ─me dijo otra de las hermanas con voz de pajarillo─, simplemente bebe con nosotras.

Y así lo hice. Sin apenas dialogar, sencillamente comiendo y bebiendo y recibiendo con agradecimiento los sonidos de la domada naturaleza que nos rodeaba, transcurrieron no sé cuántas horas. El ama de casa, a cuyo pausado temperamento ya me había acostumbrado, me servía de comer y de beber cada vez que veía que mi plato o mi copa se vaciaban, sentada como estaba a mi lado, y yo notaba cómo todos mis sentidos se iban intensificando de manera extraordinaria. Podía oler cada uno de los poros de su piel, escuchaba el balancearse de las uvas todavía en sus matas, el zumbido de las moscas y las abejas sobre las flores. Las horas transcurrieron hasta que cayó la tarde y mi renacimiento fue haciéndose cada vez más evidente. El pelo de mi anfitriona fue cobrando un tono cobrizo como el vino y la tierra bajo la luz del atardecer. Caía sobre su cuello y deseé acariciarlo, beberlo, besarlo. De pronto ella me miró de soslayo y percibió algo en mi gesto. Clavó sus ojos en los míos que la observaban con una intensidad evidente y distinguí en el interior de sus pupilas un centellar de brillantes color ocre.

─Opino que ya va siendo hora ─dijo levantándose con parsimonia.

Las otras parecieron entender perfectamente a qué se refería pues las cuatro a la par se levantaron también rodando con tranquilidad sus sillas.

─Ven ─me animó tomándome del brazo─, ahora vamos a regarte.

─¿A regarme? ─pregunté dejando escapar una risita nerviosa.

─Sí, a regarte ─repitió conduciéndome ahora por entre las vides hacia el muro de piedra que separaba la plantación propia de las ajenas.

Al llegar allí se aproximó a mi rostro y sus carnosos labios humedecieron los míos. Aprecié de nuevo aquel intenso aroma afrutado. Alcé mi mano y rodeé su cuello justo en el momento en que hizo un amago de separarse. Acaricié su mejilla mientras introducía con suavidad mi lengua en su boca palpando de este modo la de ella. Todo fue un discurrir de salivas por mis papilas gustativas, un zambullirme en un estado de embriaguez aún más profundo que el que el vino me había aportado. Me sacó el traje por la cabeza dejándome completamente desnuda y entonces dijo:

─Échate ahí, sobre la tierra, a los pies del muro.

Obedecí sin rechistar. Estiré todo mi cuerpo, sentí los rayos del atardecer calentar mi piel y la dura piedra del muro acariciar mi costado izquierdo. Las cinco mujeres, se colocaron a contraluz erguidas frente a mí y se quitaron también sus trajes. Quedaron con las piernas abiertas una junto a la otra y entonces, al unísono, separaron sus labios vaginales con sus manos. Tuve que fruncir el ceño para poder ver bien ya que el espléndido sol me cegaba. Al fondo de aquellas lampiñas vulvas vislumbré con regocijo unas hendiduras potentes y brillantes bordeadas de dos rosados y pulposos relieves que estaban tan húmedos como las matas de uvas tras una llovida. Coronaba la hendidura un pliegue de carne más estirado que el resto que acababa formando una protuberancia clitorial de diámetro y dureza considerables y aquello fue lo que comenzaron a frotarse con sus dedos. Tras sus poderosas piernas vi cómo la bola solar se desprendía lentamente de su bóveda celeste flotando ahora sobre las parras del mismo modo que yo lo hacía en mi entusiasmado zozobrar a los pies de aquel muro. Fue entonces que ellas comenzaron a gemir, alzando sus cabezas, pletóricas del placer que la masturbación les proporcionaba, y sus pechos, enhiestos y voluptuosos, se agitaron, erizándose de repente todos aquellos pezones que yo deseé morder y chupar como un bebé a su tetina. Los gemidos parecían el piar de cinco pájaros, un piar cada vez más alto y enfebrecido, hasta que a las cinco a la vez les vino un estremecimiento y entonces, tomando resuello y recobrando la inicial firmeza de su postura con las piernas abiertas y los labios vaginales bien separados, empezaron a salir de sus clítoris unas abundantes fuentes de líquido amarillo y espumoso que se derramaron sobre mi persona.

La embriaguez en la que me abandoné en ese instante no resulta fácilmente descriptible. La cálida regada empapaba mis pies, mis piernas, mis muslos, mi pubis, mi ombligo, mi vientre, mis pechos, mi garganta, mi rostro, mi pelo y mis brazos que estiré por detrás de mi cabeza. Ni una sola parcela de mi persona quedó sin recibir aquella milagrosa regada. Con los ojos entrecerrados pude ver, como a cámara lenta, los cinco grifos brillando y el reflejo de la luz solar tiñendo el líquido que salía de ellos de un amarillo explosivo. De fondo escuchaba el fresco sonido del orín al caer y sobre mi piel tornábase en matices dorados y ocres dejando un rastro de espuma. Un aroma a uva blanca, a vino espumoso y joven invadió todos mis sentidos. Abrí la boca a un nuevo chorro que se estrellaba en ese instante contra mi barbilla. Saqué la lengua y lamí con agradecimiento. Bajo el intenso sabor a pis pude percibir los matices de la uva vernaccia, seca, con cuerpo y consistencia en el paladar. El olor a frutales me invadió de nuevo y cerré los ojos. En ese instante alguien separó los labios de mi vulva con sus dedos y uno de los chorros cayó sobre mi clítoris. La presión que sentí me proporcionó tal placer que a punto estuve de correrme. La regada ya había parado cuando elevé mis párpados y vi que la que había dirigido su grifo hacia mi pubis era la gobernanta de la casa y que el rústico capataz, salido de no sé dónde, se esmeraba aún en separar mis labios vaginales. Las otras mujeres ya se estaban vistiendo de nuevo con sus trajes.

─Ahí te dejamos ─expresó una de ellas─. Sabemos que te gusta esta tierra y nunca tienes la oportunidad de ararla estando siempre como estás metida en la casa. Es toda tuya.

El capataz liberó mi vulva empapada ahora de las micciones y haciendo un gesto de invitación con su mano dijo:

─Está preparada para la labranza, no hay duda, es toda para ti ─y levantándose se alejó acompañado de las cuatro anfitrionas.

Mi amiga ama de casa se tumbó en ese instante sobre mí y comenzó a besarme, primero el cuello, luego los hombros, introdujo su sedosa lengua en mi oído mientras acariciaba mi pelo aún humedecido por la riega. Me ericé al completo y algo bajo mi ombligo aleteó con enérgica vitalidad. Mordí levemente su cuello pero ella susurró:

─Déjate hacer, cariño ─y bajó su cabeza lamiendo todos aquellos jugos sobre mi piel hasta que alcanzó mi pubis. Allí posó su boca entre los relieves de mi sexo bebiendo el espumoso líquido que había quedado ahora mezclado con el que salía de mi vagina. Pasó su magnífica lengua sobre mi clítoris y comenzó a besarlo y a chuparlo con movimientos largos, profundos, lentos a veces y a veces más rápidos, circulares a veces y a veces verticales, de lamidas amplias y ávidas en ocasiones y en otras ocasiones cortas, rítmicas y precisas. Una corriente eléctrica subía por segundos más y más intensa desde allí hasta el punto central de mi mente sintiendo que toda yo me vaciaba y una oleada de placer estalló minutos después en mi garganta como el tañido de una campana en el lugar más elevado de la más elevada catedral. Y así grité, sí, grité como sólo las aves saben hacerlo, libre, sin pasado, sin recuerdos, completamente renacida volando sobre los prados y la campiña italiana en busca de un nuevo nido donde alojar mis semillas. La agarré por la melena y la animé a subir de nuevo hasta mi rostro. Permanecimos largo rato entrelazadas y besándonos mientras mi mano buscaba su perla del gusto y la trabajaba haciéndola estallar también en miles de gemidos que inundaron mi mente de un goce aún mayor que el que ella me había proporcionado con su lengua.

Describir lo que sucedió después es para mí casi un imposible pues era tal la nebulosa en la que me hallaba que apenas si poseo recuerdos certeros de todo lo demás. De manera un tanto borrosa, como en un sueño, veo cómo caminamos de la mano hacia la casa, desnudas las dos pisando con los pies descalzos las raíces de las parras. Una vez allí me llevó a su dormitorio donde tenía una bañera y la llenó con agua tibia. Me metió dentro y me lavó. Luego me secó y me hizo un hueco bajo sus edredones. Creo que dormimos toda la noche abrazadas y desnudas, piel con piel, pero cuando llegó el clarear del nuevo día y desperté no la encontré a mi lado. Entonces no pude asegurar si realmente ella había yacido allí conmigo o no. A los pies de la cama encontré mi ropa preparada y también mi maleta. En un papel, escrito en inglés y con letra un tanto infantil pude leer: “Gracias por la cata y por la inolvidable velada de ayer, ahora debes marcharte. Te deseamos mis hermanas, primas y yo un feliz viaje a donde quiera que vayas.” Me vestí rápidamente y salí al pasillo. No escuché a nadie por los alrededores. Me asomé a la ventana pero nadie parecía trabajar hoy en los campos. Una nube gris se había instalado en el cielo. Todo daba la sensación de estar deshabitado, oscuro, sin vida. Abajo me esperaba un coche de alquiler, probablemente contratado por ellas. Me encogí de hombros.

─Nunca entenderé a las mujeres ─musité.

Y aunque mis cinco anfitrionas, especialmente la sensual ama de casa, me habían gustado de una forma muy fuera de lo común, debo confesar que no dejé atrás aquel amable lugar con pena. Más bien, mientras conducía de nuevo rumbo a Florencia, reconocí una exaltación y una alegría en mi alma que hacía muchos meses que no me permitía el lujo de sentir. Entonces, con una sonrisa estampada en los labios, supe que ya era hora de regresar a casa.

روت

4 Porque me sobras !!!

Pondré una firma en la legión de cuerpos y mentes que no abandonan el vicio

El silencio de los que deseamos GRITAR !!! ……………………….. AMÉN ………………..

 

… No celebres MACHISTA el pene dentro porque los escritos de mis bragas ya son cubos de las propias rabietas de las ganas que tengo, adiestrada a manchar en la lengua de rica salsa, líquida y espesa con olor del deseo de tiempos estancados. Es el macho $, música de pecado en cada fusta caliente que adentra, a la fuerza, en las zonas que desea él. Aprender y luego el dolor, rico rincón escondido de la mente caliente del ego. ¿Duele y paras? Pues yo allí también deseo caliente y me toca lengua, dedos, pene o cualquier cosa que pueda morder antes y pueda apretar la bala más roja. Déjame que suavice el glande con la lengua chorreando dentro de símbolos y huecos, qué sabroso regalo de licores en cápsulas que presiono hasta el fondo de la garganta. ¡No!, ¡no!, ¡no vomito!, es la ley del clan del deseo tributario, tú me das pene y yo una arcada más. Traeeeeee ese objeto y explota la gasolina arrancada y embriagada sin vergüenza alguna a la marginal indigencia. Me arrastro como una loba y huelo mal, para que asfixies mi cuello mientras clavas el tacón en posición y así llega al fondo de mi rabieta que me sale a flote entre insultos que me ponen, muérdeme y escúpeme la espalda mientras sujetas bandera de 4, voy a poner la firma de mis llantos en tus huevos de escarcha y blanca leche.

 

Serie "Basura y sex". Fotógrafa Stara Grazie. 2016.

Serie “Basura y sex”. Fotógrafa Stara Grazie. 2016.

 

 

Mis dedos no abandonan nada, ningún hueco, ya mal hechos y flácidos colgajos como el saco de un escrito y abro el libro para llegar a tu cara, no sueltes esas bonitas historias de naranjas y colgantes frescos, ¿es que aún se las cree alguien? Pues entérate que yo jamás dejo las ardientes leches de dulce chocolate, gratis todas para tu infiel destino conmigo y ¡te jodes y me jodes así, con la boca llena de tu grasa de animal bastardo!… Frascos y más frascos son ya tus flácidos genios. ¿Qué?, masticando cristales transparentes nos grabamos sin comprender el éxito que daría una noche de colocarte en la estación adecuada, eclipsa a gente diminuta en mi boca con bolitas de regalo, banderas diferentes donde el miembro es ya razón social de capitales y capitanes que se rigen en poses, ¿es que alguien se cree eso todavía?, miel fresca y espesa de tanto tiempo de penes sin emociones, no cierres los ojos, habla y YA!!! terminamos …..

 

 … Para aquellos que descubren la verdad en hembras de formatos …..

firma2

La guerra del fin del mundo

En esta historia soy un humilde soldado raso alemán durante la Segunda Guerra Mundial, en los últimos días antes del fin de la misma en Europa. Berlín está a punto de caer en manos de los aliados y la ciudad se encuentra presa de los bombardeos indiscriminados.

Me refugio en una bella mansión localizada a las afueras de la ciudad germana. Allí me atrinchero viviendo de los enseres y viandas que los dueños han dejado en la despensa tras abandonar apresuradamente el lugar. Un día despierto con el cañón de un fusil soviético apuntándome directamente a los ojos y sobre la cama veo a cuatro rusas, verdaderos bellezones, de las que por aquel entonces la Unión Soviética reclutaba para los pelotones de  infantería, especialmente como francotiradoras, con el argumento de que las mujeres siempre habían demostrado más presteza y sangre fría en el manejo de las armas que los hombres.

Inicialmente me asusto pero en seguida me percato de que no me quieren matar. En su alemán mal pronunciado me ponen al corriente de que no están con ningún regimiento. Son desertoras que están aprovechando los placeres que la guerra les brinda y tienen la irresoluble intención de establecerse en esta casa hasta que los víveres se acaben.

Los primeros días se divierten conmigo practicando sobre mi persona toda suerte de humillaciones. Me obligan a que cocine para ellas y me dan bofetadas con sus manos enguantadas si la comida no resulta del todo de su agrado. Me visten con las ropas de mujer que encontramos en los armarios y entonces se burlan de mi aspecto afeminado. A carcajada limpia me fuerzan a que les sirva de criada y les coloque sobre sus pieles desnudas también los trajes de la antigua señora de la casa. Entonces debo decirles lo guapas que están si no quiero recibir un cachetón tras otro y en caso de no sonar convincentes mis elogios empiezan a propinarme sopapos con sus duros guantes de cuero.

Entre ellas se llaman por sus rangos, una es Sargento, la otra Cabo, las otras dos son sencillamente Soldado. A estas últimas en mi pensamiento yo las distingo como Soldado Rubia y Soldado Morena.

En ocasiones, los juegos adquieren un matiz sexual. Un día de esos en los que ellas me han obligado a vestirme de mujer, al entrar en el guardarropa me encuentro a la líder de la pequeña tropa de desertoras, a la Sargento, masturbándose con las piernas abiertas en el suelo. La visión de tal espectáculo me deja con una erección demasiado grande como para ignorarla. Ella parece darse cuenta pero no estamos solos, las demás también acaban de hacer su aparición. En ese instante dos de ellas me agarran por los brazos y me ordenan tumbarme para que su líder pueda follarme todo lo que le plazca. Me opongo, a pesar de mi erección no deseo hacerlo, no al menos de este modo, de verdad no quiero, forcejeo, no me caen bien estas mujeres, mis captoras, de verdad que no quiero, vuelvo a intentar zafarme de sus garras, ni me gustan, ni las deseo, aunque mis instintos me traicionen. De repente la segunda en el mando, la Cabo rubia con ojos azules como el hielo, saca una pistola Luger, probablemente arrebatada a algún alemán muerto durante el bombardeo, y me apunta con ella a la cabeza. Su mensaje es claro y contundente: “Como no te la folles te volaré los sesos aquí mismo, así que fóllatela y fóllatela bien porque si no juro que te volaré las dos cabezas, la de arriba y la de abajo”.

Con un sollozo me tiro en el suelo. La jefa, una belleza morena de rasgos asiáticos parecidos a los de las tribus de la estepa siberiana, me levanta la falda de señora que llevo puesta, se sienta encima de mi ingle y comienza a moverse como si de un torbellino se tratara. Apenas ha empezado cuando otra de las desertoras se coloca sobre mi boca y, echando hacia un lado la larga pamela que me habían colocado sobre la cabeza, me ordena comerle el coño amenazando con que, de no hacerlo, me esperará el mismo castigo que su superiora me prometió. Intento complacerlas lo mejor que puedo, primero a estas, luego a las otras dos que inicialmente se habían conformado con mirarnos mientras se tocaban entre ellas en un pequeño rincón del guardarropa. Atrás queda la guerra, el hambre, el miedo y la muerte. Atrás queda el mundo. Detrás de esas cuatro paredes sólo palpita la Nada.

Se corren las cuatro y empapan todo mi cuerpo y las telas de mi vestido con sus fluidos, me siento un mero recipiente de eyaculaciones femeninas. En cuanto han terminado se frotan en grupo un rato más antes de acercárseme y empezar a acariciar mi erección que sigue en pie a pesar de las bruscas acometidas de estas mercenarias del infierno. Un par de movimientos más por parte de la enguantada mano de la salvaje generala hacen que una lluvia de líquido blanco se estrelle contra su cara.

Estoy demasiado cansado. No he comido muy bien los últimos días. Apenas he dormido tampoco y el esfuerzo de tratar de mantenerme con vida mientras cuatro sádicas soldados, procedentes de los cuatro rincones de la Madre Rusia, me follaban, obviamente, no me ha sentado lo que diríamos genial…

Antes de perder definitivamente el conocimiento veo cómo la líder se acerca, se quita el guante y me roza la mejilla en un acceso inesperado de ternura. Durante un instante su mirada y la mía se encuentran. Es una sensación inexplicable, sorprendente porque en este breve intervalo de cinco segundos me percato de todo el cariño que ella me hubiera dispensado de no haber sido por la crudeza de las circunstancias históricas en las que nos hemos venido a conocer, ¡jodida guerra!

Horas más tarde vuelvo en mí y ellas ya no están. Todavía llevo puestos los encajes de mujer. Me los saco inmediatamente y me pongo el uniforme. Me asomo a la ventana, observo el desolado paraje. Insisto en ver la silueta de las cuatro guerreras entre la bruma del amanecer pero ni rastro. Me encojo de hombros. Ya no tengo nada que hacer aquí, apenas queda comida en la despensa, moriré de inanición si permanezco en esta área, a treinta kilómetros de una Berlín asediada y sin provisiones.

Salgo arrastrando los pies y avanzo por la carretera sin rumbo. En mi memoria las cuatro desertoras aún brincan y gimen sobre mi lomo cual caballos desbocados. Por el camino, ya cerca de la ciudad, tropiezo con una patrulla rusa. Ninguna soldada entre aquellos hombres. De haber sabido ruso y de no haber corrido el riesgo de ser cogido prisionero me habría acercado a preguntarles por ellas. Opto sin embargo por camuflarme entre unos escombros y desde allí me fijo con detenimiento. Nada, ni una sola melena, ni una hermosa y fornida generala de rasgos asiáticos, ¡jodida guerra!

Cuando la patrulla enemiga se aleja lo suficiente emerjo al fin del escondrijo y continúo mi camino, no sé hacia dónde exactamente, en tiempos difíciles es vago e incierto el destino del hombre… hacia la costa tal vez y de ahí a otro país, a otro continente, quizás a otra vida.

 

firma de Nadir

Post escrito por el amigo de Rut: “NADIR”

Judit al desnudo

Estoy un poco harta y hastiada de las hipocresías y como lo estoy voy a contaros a todos los lectores algunas cosas sobre mí que no conocéis. Lo confesaré al fin:

Hasta el momento la Judit que he mostrado en este blog no ha sido exactamente la Judit que soy.

Por qué he querido aparentar ser una mujer que no soy, podríais preguntarme. Por un motivo muy sencillo: estoy felizmente casada con un hombre dedicado a la política que, además, lleva muchos años ostentando un importante cargo en el ayuntamiento de un pueblo de cuyo nombre prefiero no acordarme en este momento. Así las cosas, escribir sobre mis verdaderas experiencias sexuales y sobre mis deseos más ocultos pensé que podría acarrearme más de un problema. Y que conste que si hasta el momento no he resultado del todo sincera no ha sido sólo por salvaguardar mi reputación social, sino también y sobre todo, y esto quiero recalcarlo bien: ¡sobre todo!, por mi marido, hombre al que idolatro, adoro y al que le debo mi más profundo agradecimiento y respeto por ser la persona que, con tierna complacencia, me paga las facturas de la peluquería, del hipermercado, de la boutique y demás caprichos materiales e inmateriales que se me antojan mensualmente, a cambio ¿de qué?, pues a cambio de nada, a cambio simplemente de aceptar ser penetrada por él cada vez que le viene una calentura y de estar pendiente de los asuntos de la casa, de que el servicio mantenga limpias las alfombras, bien a punto su comida cuando regresa del ayuntamiento y bien planchadas sus camisas, sus chaquetas y sus corbatas. Por lo demás se trata únicamente de acompañarle de manera correcta a las fiestas y a las cenas en casa de sus compañeros de partido, también a alguna que otra rueda de prensa en la que la aparición de su esposa se aconseja como lo más recomendable para su imagen pública y…bueno, nada más, nimiedades si tenemos en cuenta todos los gastos que  una mujer con mi exquisito gusto por las marcas de calidad y mi glamour requiere.

Y ya que voy a destaparme frente a vosotros diré, y no es que quiera excusar mi licencioso comportamiento, esta cara oculta y perversa de la verdadera Judit que soy, que las relaciones sexuales con mi marido me dejan más fría que un pollo en medio del Ártico.

Que si fue así desde el primer momento, podríais también preguntarme, pues no lo sé, no lo recuerdo, hace ya tantos años que nos casamos. Hará como treinta años de aquella insulsa boda de pueblo tras la cual tuve que fingir que era virgen y que no me habían desvirgado varios chicos en aquella fiesta de graduación en San Francisco a donde fui a finalizar mis estudios de bachillerato. Los cinco chicos se lo montaron conmigo sobre una mesa de billar, uno detrás de otro los fui despachando, aún recuerdo sus adolescentes falos poniéndose duros entre sus dedos mientras contemplaban cómo era penetrada por el siguiente en la lista de espera sobre el suave tapete de la mesa de juego. Glamurosa y deseada, sí, mucho, tanto como jamás me ha hecho sentir mi marido. Especialmente cuando percibí que el semen de aquellos recién graduados que se tocaban haciendo un círculo alrededor de la mesa caía en gotas regándome todo el cuerpo. Uno se corrió sobre mis pantorrillas, el otro sobre mi pecho derecho el otro sobre mi pezón izquierdo y el otro sobre mi vientre al tiempo que yo gemía de gusto porque el falo de uno de estos inquietos muchachos de diecisiete años me taladraba la vagina sin la menor consideración escupiendo en inglés sobre mi rostro insultos del tipo de: zorra, puta, perra, guarra, etc… que me hicieron gritar aún más y más fuerte, de tal forma que si mi marido me escuchase alguna vez así en la cama se asustaría ya que con él jamás he llegado a emitir decibelios más altos que los que puede alcanzar el más breve de los suspiros. Y así debe de hacer la esposa de un personaje político, con la responsabilidad de mi marido, no me cabe la menor duda, hay que guardar la compostura siempre, saber estar y permanecer en el lugar que a cada una le corresponde. Discreción, moderación y sigilo en todas las expresiones de las mujeres que, como yo, ostentamos un cargo social tan alto. Somos un ejemplo para todas las demás mujeres y muchas, como mi amiga Rut, la directora de este blog, no quieren comprenderlo.

¿Por qué no hablar ahora de lo penoso de mi situación por culpa de la directora de este blog, la “señorita” Rut, ahora que ella me ha descubierto y me está obligando a ser sincera conmigo misma y con todos los lectores utilizando el más feo de los métodos, o séase, el chantaje?

Pero miren, por lo pronto me voy a callar…al fin y al cabo seguimos siendo amigas y tal vez en el próximo post que escriba os relate cómo fue que ella me descubrió y cómo tuve que acceder a su vil chantaje y doy gracias a Dios de que al menos mi nombre, bajo el seudónimo de Judit, pueda continuar siendo anónimo, única petición a la que accedió la directora de este blog, repito el sarcasmo por si no se ha entendido anteriormente, la “señorita” Rut.

En resumen, seguiré escribiendo y publicando bajo la censura positiva que Rut me ha impuesto, y bajo su yugo iréis conociendo a la verdadera Judit, la Judit al desnudo que soy a partir de este momento, momento que marca el fin de una etapa y el inicio de otra y al que espero sobrevivir gracias a la condescendencia de todos vosotros, mis queridos lectores. Ya sabéis que os idolatro y que estoy deseando conoceros en persona para practicar sexo salvaje sin parar, eso sí, siempre a espaldas de mi marido y de mis colegas de la parroquia en la que imparto las caquetequesis que si no…

ιουδειθ