Las muñecas

Las muñecas no es que me gustasen especialmente, prefería mil veces más jugar con mis hermanos a los madelmans o a los exploradores. Aun así mi madre se empeñaba todos los años por reyes en dejarme una o dos, normalmente de trapo, por esa manía suya de que para las niñas casitas y lazos rosados y para los niños balones de fútbol y pantalones deportivos. De esta forma, sobre mi cama, había siempre una colección de aquellas muñecas mimosamente seleccionadas por mi madre con la esperanza de que, quién sabía, tal vez algún día me daría por jugar con ellas. Y sí que juagaba, sí, lo que sucedía era que de esos entretenimientos míos no hablaba con nadie, ni siquiera con mis hermanos. Eran actividades lúdicas en solitario, a puerta cerrada.

Cuando podía cerrar la puerta de mi habitación y el espacio y el tiempo quedaban condensados en ese instante de absoluta soledad, entonces miraba a esos hermosos seres inanimados y sentía una ternura tan grande…Nunca supe muy bien si por sus ojos vidriosos que me observaban desde el otro lado de su inmovilidad o si por el hecho de saber que habían sido seleccionadas especialmente para mí por esa mujer sagrada a la que tanto amaba y que por aquel entonces yo todavía llamaba “mami”. El caso es que ellas me vigilaban desde su aburrido mundo petrificado pidiéndome, suplicándome que les diese vida y a mí para lo único que se me ocurría contestar a sus súplicas era para ponerlas haciendo miles de posturas.

Pintura de Manuela Torres. Más sobre su trabajo en www.manuelatorresgarcia.com

Pintura de Manuela Torres. Más sobre su trabajo en http://www.manuelatorresgarcia.com

 

Una muñeca de trapo pelirroja se besaba con la Nancy rubia. Restregaban sus bocas cada vez más fuerte y yo sentía que algo tibio iba humedeciendo mis braguitas bajo el camisón, algo que no era pis ni nada que yo conociese. La pelirroja se escurría de placer hasta quedar de rodillas frente a la Nancy y posaba su boca entre las piernas de aquella que, con sus manitas de plástico sujetaba su cabeza. Así, la fuerza con que yo apretaba la cara de la pelirroja entre los muslos de la rubia era cada vez mayor, y mi piel se iba erizando sintiendo una corriente eléctrica por todo mi cuerpo. Cuando al fin me alcanzaba aquel potente estremecimiento, las tumbaba a las dos, una al lado de la otra, y estas se besaban sin parar. “Te quiero”, decía la Nancy. “Te quiero”, contestaba la pelirroja. Y así se besaban y se besaban hasta que de repente otra vez estaban enroscadas. Esta vez la Nancy se había puesto de cuclillas, del revés sobre la pelirroja y comenzaba a desabrocharle los botones del pantalón al tiempo que la pelirroja subía la falda de aquella rubia ama de casa, prometida del insípido Kent del que, por supuesto, todas las muñecas estaban hasta las narices. De nuevo ambas se perdían en ese mundo de sabores que solo las muñecas conocen, pues sus pieles de plástico y de tela poco tienen que ver con las pieles humanas y yo las manejaba y las manejaba incansablemente, insaciablemente, sintiendo sus lenguas en mis minúsculos pezones, sus labios en mi entrepierna todavía lampiña y sus rizos dorados, pelirrojos, morenos, lo mismo daba, rozando mi cuello. A veces me gustaba imaginar que una de esas muñecas era mi madre. Clavaba mis ojos en los suyos después de acabar de revolcarla a gusto con alguna de sus compañeras de cama y entonces le preguntaba en un susurro: “¿me quieres mami?”. Ella afirmaba con su cabecita y yo la abrazaba sintiendo que ya más húmeda no podía estar.

(dedico este primer post especialmente a Ana Verde, por su apoyo siempre incondicional)

روت

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