Por debajo de la mesa

Ayer por la tarde me ocurrió algo muy singular. Fue en un pequeño bar de la ciudad, mientras esperaba a mis hijos para cenar antes de que se fueran de marcha con sus amigos.

Me senté en una de las mesas con bancos corridos que amueblaban el interior del local. La camarera trató de tomarme el pedido pero yo me excusé diciendo que esperaba a más gente. Al volver la mirada al frente vi a un hombre arrellenado dos mesas más lejos de la mía. Sus anchos hombros eran resaltados por una camiseta de tiras, su mandíbula estaba bien afeitada y su mirada era una mezcla entre desafío y distracción. Cuando bajé los ojos al lado oscuro del tablero me encontré una gran sorpresa. De su pantalón asomaban su pene y sus testículos. El color negro de la tela destacaba el tono claro de la piel. Lo primero que pensé fue que era una broma de cámara oculta, pero no vi nada sospechoso en el bar. El espectáculo no me disgustaba. Era un pene proporcionado, ni grueso como un tubo, ni largo como una manguera. Los testículos lo acompañaban con su forma de gota, sin caer como una bolsa de pimientos colgada de un tendedero. Sí, era como mirar las partes íntimas del David de Miguel Ángel pero con posibilidad de acostarse con él. Parecía que no se daba cuenta de nada, haciendo que su vista pasara alternativamente de la pantalla de su móvil al televisor que vociferaba en la parte superior de la pared que había detrás de mí. En su trayectoria no reparaba en la mujer que tenía delante, pero yo no podía dejar de imaginarme con él en una habitación, deslizando su miembro por mi espalda como un dedo palpitante para después restregarlo entre mis pechos y dejar que caminara hacia mi pubis… La plancha del bar estaba fría en comparación con mi cuerpo.

fotografía de JOHN DUGDALE, "Aún la noche cabecea", 2000.

fotografía de JOHN DUGDALE, “Aún la noche cabecea”, 2000.

 

Justo cuando ya estaba decidida a acercarme a él mis hijos me saludaron, sentándose frente a mí y tapándome las vistas. Cinco minutos después él se levantó, se puso una camisa de lino que le cubría hasta la mitad de los muslos, pagó su refresco de cola y se marchó. Apacigüé mi libido con disimulo y pedí un sándwich club con papas fritas y tres batidos de chocolate. Disfrutamos de una velada fantástica en la que una vez más me di cuenta de que los dos seres que traje al mundo ya son un hombre y una mujer con sus vidas hechas. ¡Qué rápido que pasa el tiempo para una madre!

Al despedirnos mi pensamiento regresó a ese hombre. ¿Lo llevaba así sin querer o adrede? Me inclino por lo segundo… ¡Hay que ver lo que han evolucionado los exhibicionistas!

 

 ιουδειθ

© Carmen Cuarzo

 

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