La noria

De pequeña pasaba los veranos con mi familia en el sur, un cúmulo de apartamentos adosados, rodeados de jardines de limpio césped y grandes tuneras. Todos los sábados por la tarde  organizaban bailes para niños en la pequeña discoteca del complejo turístico. Recuerdo que dentro de esta discoteca había una noria. Yo no tenía más de 6 años y, aunque la noria debía ser pequeña, a mis ojos se veía enorme. Para mí era como un monstruo metálico al que, a pesar del miedo que me daba, mis hermanos me inducían a subir diciendo que si no lo hacía es que era una cobardica. Como siempre fui muy orgullosa jamás dije que no pero, una vez arriba, comenzaba a llorar como una descocida hasta que los firmes brazos de mi padre venían a rescatarme. Acompañando a mis llantinas recuerdo la música de Abba que no paraba de sonar de fondo y yo escuchándola, segura ya entre los robustos brazos de mi padre, aún lloraba más, tal era la emoción de verme alzada en el aire por hombre tan admirado por mí, bajo la melodía del head over hills, sin duda uno de los mejores temas de este grupo.

Treinta años después de esta escena, sin embargo, recuerdo que volví a aquel lugar. En aquella ocasión acompañaba a un grupo de turistas. Los turistas eran tres parejas y con ellos íbamos la otra chica de la agencia y yo avisadas a última hora para llevarlos a los locales de intercambio y sexo en grupo que habían proliferado de manera clandestina por toda la zona sur. Pagaban bien, así que, aunque nos avisaron a última hora a mi compañera y a mí, por trescientos euracos que íbamos a ganar cada una en esa sola noche, sin duda nos interesó el trabajo. De manera que ahí íbamos las dos pisando duro la acera con nuestros tacones de al menos quince centímetros, nuestras minifaldas de cuero negro y nuestros corsés bien ceñidos. Tras de nosotras caminaban los otros seis cachondos, deteniéndose a cada rato para beber a morro de las botellas de whisky que se habían traído de su hotelazo y meterse mano, entre ellos y a nosotras que de vez en cuando sentíamos como alguno o alguna nos manoseaba el culo. Y a mí este juego me gustaba. En ocasiones me viraba y les decía chaporreando las palabras en mi pésimo inglés:

─¡Ey, chicos, mantengan la calma! ─ “Keep calm” como quien dice, y me apretaba contra el cuerpo de alguno de los hombres y le pedía que vertiese el whisky de su boca en mis labios, o arañaba los muslos de alguna de las puretillas rubias a la vez que soplaba su nuca.

Dancers in Paradise, 1986. De Jan Saudek. Más sobre su trabajo en: http://www.saudek.com/en/jan/uvod.html

Dancers in Paradise, 1986. De Jan Saudek.
Más sobre su trabajo en: http://www.saudek.com/en/jan/uvod.html

 

El local al que nos dirigíamos lo conocía Lucy, mi amiga de la agencia, así que todos los demás nos dejábamos guiar por ella deslizándonos por las calles repletas de gente que entraban y salían de las discotecas, a esas horas ya todos los transeúntes bastante borrachos.

Estaba yo entre una de las parejas a las que acompañábamos besando al hombre primero y luego a la mujer cuando de repente Lucy pronunció en un inglés bien alto y contundente:

─¡Hemos llegado!, please, ahora hay que ser un poco discretos o no nos dejarán entrar.

De repente reconocí aquellas angostas escaleras por las que bajábamos y aquel complejo de apartamentos blancos y jardines ahora con un aspecto de abandono y decadencia total.

─¡Guau! ─exclamé apenas sin darme cuenta─, pero si aquí veraneaba yo cuando era pequeña.

Lucy me miró de reojo y me guiñó el ojo

─Anda niña, no te pongas melancólica ─susurró en mi oído─ que hoy seguro que te lo pasarás mejor.

La entrada a la discoteca estaba sumida en la penumbra, un largo pasillo de aspecto sórdido nada parecido a como lo recordaba. Desde dentro nos llegaban sonidos de una música metálica, como salida de un garaje, y los chasquidos de algo que podía identificarse como latigazos. También se escuchaban gemidos mezclados con gritos de dolor, apagados y confusos entre las tenues y parpadeantes luces que brillaban en el techo del lúgubre recinto al que al final desembocamos.

¡Uuuuuf!, resoplé cuando al entrar vi allá, al fondo, la noria de mi infancia. Era la misma noria pero transformada. Estaba cerrada con barrotes por ambos lados, como una jaula circular, y dentro dos mujeres con sujetador y tangas negros se encontraban maniatadas una de espaldas a la otra y con una mordaza en su boca. ¡Bestial!, resoplé de nuevo al ver el cambio tan grande  que había dado mi noria con los años. ¡Qué hermosura! , exclamé sin poder contener la emoción y entonces sumergí mi lengua entre los labios de la anglosajona de cierta edad que tenía a mi lado.

Aquel fue un beso dulce, delicado, carnoso, que prolongué hasta sus máximas manifestaciones de sensualidad y que, aunque contrastaba con la sordidez sado del lugar, resultó ser justo este contraste el que endureció mi clítoris y el que hizo que mi flujo humedeciese mi tanga bajo la minifalda de cuero que ceñía mis nalgas. Y la anglosajona debió de estar sintiendo algo semejante porque cuando me separé de ella aún permaneció con los ojos cerrados unos instantes. Entonces la cogí de la mano y la llevé con delicada caballerosidad hacia mi noria. Allí atrapé sus muñecas y sus tobillos con unos grilletes que habían colgados de los barrotes justo para este fin, de cara a una de las mujeres que estaban dentro y, acariciando las melenas de ambas, las animé a que juntasen sus labios. Aunque la leona encarcelada no podía besar a la otra, la otra comenzó como loca a morderle la mordaza con ánimos de arrebatársela y en ese instante yo inicié el manoseo a su entrepierna bajo la estupenda falda azul marina que llevaba. Sus braguitas rodaron rápidamente entre mis dedos, tal era la húmeda suavidad en la que su sexo estaba sumido, y palpé con mis dedos el inicio de sus labios vaginales, carnosos y tiernos y calientes. Introduje a la vez mi otra mano entre las rejas y comencé a pellizcar los pezones de la leona encarcelada. ¡Buuuuuufffff, bestiaaal!, resoplé de nuevo al tiempo que mordía tiernamente la nuca de mi rubia y me pegaba a su espalda deseando tener un enorme, duro y vibrante arnés para metérselo hasta el fondo.

En ese momento se aproximó uno de los hombres que habían venido con nosotras y presto a descargarse a gusto con la anglosajona se bajó los pantalones sin esperar ni un instante. Me sujetó por los hombros, me echó hacia un lado y aprovechando la apertura de piernas y el fluido sexo de la rubia, se la clavó levantándole la falda y flexionando mínimamente las rodillas. El hombre dio cuatro sacudidas contadas con los dedos de una mano y se corrió dejando a la rubia suspendida en mitad del placer. Así que yo aproveché para acabarla con un arnés que inmediatamente me alcanzó mi amiga Lucy y que había encontrado en no sé qué lugar del siniestro antro. Así tal cual estaba, maniatada y de espaldas a mí, le introduje el potente vibrador del arnés al tiempo que con mis dedos frotaba su clítoris, duro y cada vez más lubricado. Y entonces sí que chilló la rubita, chilló de placer durante al menos diez minutos hasta que su garganta se quebró y toda su espalda fue un temblor contra mis erectos pezones.

Victory on The Sea, 1993. De Jan Saudek. Más sobre su trabajo en : http://www.saudek.com/en/jan/uvod.html

Victory on The Sea, 1993. De Jan Saudek.
Más sobre su trabajo en : http://www.saudek.com/en/jan/uvod.html

 

Claro que luego yo también chillé porque también recibí caña, todo hay que decirlo, azotes, mordazas y miles de cosas más, y no sé en qué momento alcancé tal grado de gozo que perdí la conciencia del tiempo y de mí misma, dejándome hacer de todo por mujeres y por hombres en aquella intermedia oscuridad, sin saber bien quién o quiénes me estaban poniendo a caldo en cada momento.

─¡Buf! ─resoplé al final de la noche ya de regreso a casa con mi amiga Lucy. Las dos de la mano por la calle tras dejar bien dormidas a las tres parejas de guiris en sus respectivas habitaciones de hotel─ Qué bueno ver cómo mejoran ciertos lugares con los años. Para el próximo trabajito volvemos a mi noria. ¿Me lo prometes Lucy?

─Por supuesto ─contestó ella afirmando con su cabeza a la par que me dedicaba una dulce sonrisa.

─Eres encantadora ─le dije y nos dimos un profundo beso con lengua y nos acariciamos las tetas y el culo antes de seguir caminando y yo sentí mi corazón latir repleto de ternura hacia esa preciosa mujer que era mi amiga Lucy.

 روت

2 pensamientos en “La noria

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s