La bendición de Cristo

Se llamaba Juana y tenía los dedos más finos, largos y puros que jamás he visto ni antes ni después de aquello. Yo tenía trece años. Ella creo que algo más de veinte y hacía pocos meses que había ingresado de novicia en las Dominicas.

Señora de blanco manto, a qué espera en este pasillo, si yo ya me he levantado, y descalza ando con sigilo ─recité con un temblor─ ¿Le gusta sor Juana?

─¡Chist! ─me ordenó ella a bajar el tono de voz sellando mis labios con uno de sus inmaculados dedos─. Y ese poema… ¿en serio lo has escrito para mí?

─Sí ─afirmé con rotundo orgullo al descubrir en su gesto una clara sonrisa de satisfacción─. Es sobre la virgen María. Se lo escribí a usted porque usted es, en carne y hueso, la mujer más parecida a la virgen que he conocido.

Sor Juana me observó con detenimiento y creí ver, allá al fondo de sus pupilas, un pequeño fulgor de luz aún más parpadeante que el de los dos cirios situados frente a nosotras en el altar.

Nuestras voces retumbaban en aquella pequeña capilla hasta tal punto que, por momentos, parecía que estuviésemos en una gran iglesia. Normalmente este era el lugar más solitario de todo el colegio y por ello también el que elegíamos siempre para nuestros encuentros furtivos repletos de poesía y literatura. En estos encuentros ella me leía “La Divina Comedia” y yo le leía poemas de Pessoa y de Whitman y algunos pasajes de novelas de George Orwell escudriñando a cada rato a nuestro alrededor por temor a ser descubiertas.

─Me encantan tus versos ─susurró ahora al tiempo que retiró su mano de mis labios.

Sin poder contenerme sujeté suavemente su muñeca y le supliqué:

─Por favor, sor Juana, su contacto sin duda hará que palabras aún más hermosas salgan de mi alma, no deje de acariciarme.

Sor Juana bajó su mirada y noté que el rubor subía a sus mejillas. Sin embargo se dejó llevar por mí. De esta forma guié su exploración por mis labios y sentí que éstos tomaban un nuevo volumen, se volvían más carnosos, calientes y cobraban un especial magnetismo. Quería besarla, probarla, palparla, dibujar cada uno de los poros de su piel como si se tratase de un nuevo nacimiento. Sin apenas percatarme de lo que hacía me acerqué a su cuello y lo besé. Ella, aún con la cabeza gacha y los ojos cerrados, se ladeó tímidamente y rozó mi mejilla. De repente nuestras bocas estaban juntas y mi lengua serpenteaba por aquella superficie húmeda y carnosa que era el lugar por donde salían sus benditas palabras.

 

Igor Voloshin©. Más sobre su trabajo en: http://www.photodom.com/photographer/Igor%20Voloshin

Igor Voloshin©. Más sobre su trabajo en: http://www.photodom.com/photographer/Igor%20Voloshin

 

─La quiero sor Juana ─se me escapó entre beso y beso─, y no pienso confesarme por esto.

Ella no dijo nada, únicamente sentí su respiración en mi oído y otra vez mis pensamientos se ahogaron en su saliva y sus dedos acariciaron mi nuca y mis brazos se enroscaron en torno a sus hombros para abrazarla y después mis manos recorrieron su costado, ascendieron por aquella acartonada segunda piel que era su hábito hasta su pelo, desenredaron su melena que siempre llevaba bien sujeta por un moño y ésta se desparramó sobre sus hombros y yo acaricié cada uno de sus mechones libres como delicados filamentos de trigo al sol. Y mis manos, como en una ceremonia aprendida desde el principio de los tiempos, se posaron sobre sus pechos y agaché mi cabeza hasta allí y percibí que toda ella se agitaba bajo aquella segunda piel de cartón que era su hábito y sus pezones se erizaron bajo la tela como queriendo taladrarla y alcanzarme para darme de mamar y yo podía olerla como quien huele la tierra, libre de culpas, sepultada por la gruesa capa de asfalto.

─La quiero sor Juana ─repetí extasiada con mi frente entre sus pechos a la par que ella me acariciaba el pelo, luego las mejillas, luego la espalda bajo la también acartonada tela de mi uniforme. Advertí que alcanzaba mi barbilla y de este modo me hizo elevar la cabeza hasta la altura de sus ojos y entonces me besó. Un beso tan dulce como sus benditas palabras. Sus labios se posaron en mi boca como una mariposa sobre una flor y aquel beso fue cobrando más y más ímpetu y cuando ya creímos no poder contener el deseo de estar en un lugar más íntimo, desnudas y enroscadas ambas para poder sentir que entre nuestras pieles no existían más fronteras que las obligadas por nuestras divinas almas, me abrazó con intensidad.

─Yo también te quie… ─no pudo terminar la frase porque un carraspeo frente a nosotras la interrumpió.

El padre Mariano nos observaba con los ojos bien abiertos. ¿Desde cuándo? ¿Cuánto tiempo llevaba allí? Su cremallera estaba bajada y una avalancha de espeso líquido blanco se percibía caer sobre la también gruesa tela de su pantalón, al tiempo que se frotaba y se frotaba sin parar.

 

Igor Voloshin© - "Éxtasis de Santa Teresa de Avila". Más sobre su trabajo en: http://www.photodom.com/photographer/Igor%20Voloshin

Igor Voloshin© – “Éxtasis de Santa Teresa de Avila”. Más sobre su trabajo en: http://www.photodom.com/photographer/Igor%20Voloshin

 

A partir del día siguiente sor Juana ya no volvió. En su lugar vino una monja algo más mayor y más experta en las cuestiones espirituales que ayudaba al padre Mariano a preparar las misas y que pegaba a las niñas que no se sabían las ceremonias, y las zurraba frente al mismo altar donde Juana y yo nos leíamos poesía y nos besábamos y con su furia entre cachetón y cachetón tiraba los cirios al suelo y nos amenazaba con el purgatorio cuando no directamente con el infierno.

Y así fue como sucedió que me volví atea. Ya no volví a confesarme. En las misas no leía la biblia ni me interesaba por las lecciones. Las profesoras me expulsaban de la clase cada dos por tres y yo, contenta, aprovechaba estas expulsiones para leer “La Divina Comedia” y “Rebelión en la Granja”, que se convirtieron en mis obras de cabecera.

 

Igor Voloshin© - "Stigmata". Más sobre su trabajo en: http://www.photodom.com/photographer/Igor%20Voloshin

Igor Voloshin© – “Stigmata”. Más sobre su trabajo en: http://www.photodom.com/photographer/Igor%20Voloshin

 

Nunca más volví a saber nada de sor Juana, pero sí debo decir que fue lo más parecido a la bendición de Cristo que mi corazón ha alcanzado a conocer.

 روت

2 pensamientos en “La bendición de Cristo

    • Estoy de acuerdo contigo Abdo, en caso de que efectivamente Dios haya creado al ser humano, podríamos decir que nos ha creado con un cuerpo físico y natural, por lo tanto, es normal que nos amemos y que usemos nuestro cuerpo para expresar nuestros sentimientos, sean de la naturaleza que sean. Gracias por tu comentario.

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