La lluvia que cae del cielo

Era cálida y dulce como la miel. Vamos al baño, me decía ella, y así serás mía para siempre. Me tumbaba en la bañera y esperaba la dorada lluvia sobre mi cuerpo como quien espera la merecida recompensa tras horas y horas de inmenso gozo. Así, me decía, colócate así para que pueda regarte bien. Te dejaré marcada para siempre y, de esta forma, todos sabrán que eres únicamente mía. Y me exponía a su delicioso líquido que se vertía siempre tímido sobre mis muslos y mi ombligo y mis pechos y mis hombros y mi melena y amaba cada una de esas gotas que mi ser recibía como amaba la luz del sol que cada mañana rasgaba mis pupilas tras la ventana de la habitación donde abrazadas dormíamos. Así, decía ella, tiéndete ahí a lo largo de la bañera, tócate los pechos, cariño. Y ella, en pie, con sus voluptuosas piernas a ambos lados de mi cintura, se abría la vulva con sus dedos, aquella vulva lampiña y rosa, su clítoris erecto, y más arriba, sus pezones erizados, su mirada perdida en la concentración de expulsar todo lo que de ella quedaba aún sin compartir conmigo. La fuerza de su posesión en un solo gesto. Cuánto privilegio, cielo, por querer hacerme tuya, pensaba al tiempo que sentía la humedad de mi flujo en mi entrepierna y cuanto más larga era la espera, más amplia era la excitación. Presionaba mi clítoris con mi dedo y daba vueltas, vueltas, vueltas. Gira y gira pequeña rueda sobre mi endurecida perla que ya va a caer esa lluvia y la niña volverá a los brazos de su madre y la niña volverá a la cama de su madre y la niña volverá a ser la niña que su mamá tanto quiere y no esa niña asustada y temblorosa que espera una respuesta en medio del pasillo a las dos de la mañana mientras escucha a ese señor cómo se folla a su madre una noche tras otra. Y su purificadora cascada comenzaba entonces a derramarse, una partícula detrás de otra. Sí, así, cielo, barniza mi piel con tus licuados rayos de luz, cariño, divina tu agua para un segundo bautizo. La adolescente rebelde que un día perdió la fe volverá a creer en la redención humana. Gracias a tu generosidad renaceré desnuda y despojada de todo mi yo, bajo tu poderosa materia y una nueva era de amor y armonía se establecerá entre nosotras y nunca más pensaré que aquellos gritos que me diste no me los merecía, que aquellos puñetazos que pegaste en la mesa a mi lado fueron intolerables y que aquellos zarandeos que me propinaste en la cama tras largas horas de profunda y absoluta entrega fueron exagerados. Jamás cogeré esta maleta repleta de mis libros y, bajo la lluvia que cae del encapotado cielo de invierno, me marcharé de tu vida para siempre y para siempre seré de todas menos tuya. Lluvia dorada que riega mi cuerpo, dichosa seas…

 روت

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