Una cueva en Italia

A veces por las noches, cuando no puedo dormir como hoy, me da por recordar ciertos momentos sombríos de mi existencia, como aquel verano de 1985 cuando con mis tíos, Julia y Carlos, viajamos mi madre, el novio de mi madre, mis hermanos y yo a la llamada Costa de los Dioses, la costa meridional de Italia.

¿Que si la amaba? No lo sé. No podría definir con exactitud la naturaleza de mis sentimientos hacia Julia. Sí podría decir que nuestros encuentros en su casa, ambas a solas, besándonos y toqueteándonos bajo el anaranjado sol de media tarde que calentaba la ventana, eran cada vez más abundantes y necesarios para mí e intuyo que para ella también. Lo creo así porque a veces, cuando descubría algún morado nuevo en su piel, ella me decía: Lámeme aquí para que se me alivie o bésame acá y seguro que ya desaparecerá la marca. Y yo respondía con solícita obediencia sin atreverme a preguntar de dónde salían aquellos cardenales, pues por todos era bien conocido el agrio carácter de mi tío Carlos, y mi tía entre beso y beso me abrazaba y me decía al oído: Mi querida sobrinita, cuánta dulzura me das, y su voz sonaba tan temblorosa y emocionada que más bien parecía estarme gritando en medio de su larga y rojiza melena: ¡Sálvame, por el amor de dios!

Brooke Shaden©. Más sobre su trabajo en https://www.flickr.com/photos/brookeshaden/

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Aquel verano yo acababa de cumplir los dieciséis y llevaba más de tres meses sin poder encontrarme con Julia en su casa pues ella se había quedado embarazada de un niño al que llamarían como a su padre, para todos ya el futuro Carlitos, y aunque para mí el desarrollo de ese nuevo ser en su vientre lejos de ser un inconveniente resultaba un atractivo añadido a la perfecta configuración de su cuerpo y al deseo que sentía hacia él, para ella sí debió de serlo pues una buena tarde, tras insistir yo en el timbre durante media hora, ella no me abrió y yo, comprendiendo lo que esto significaba, ya no volví a visitarla.

Aquel día de verano habíamos ido todos a la playa. Esa parte de la costa italiana es especialmente hermosa. Las aguas de color turquesa y las largas orillas de arena blanca se mezclan con los farfallones que se elevan vigilantes en medio del mar. Paseando por la arena se pueden ver por aquí y por allá abundantes cuevas y, como la costa se extiende a lo largo de kilómetros y kilómetros, hay muchos tramos donde no se atisba ni un alma.

Mi tía Julia estaba muy guapa. Su tripa ya se dejaba notar bajo la tela del bañador de premamá. Su pelo suelto le llegaba casi hasta la cintura y sus mechones rojizos lanzaban intensos destellos al cálido aire que venía del océano. ¿Qué si la amaba? No lo sé, pero sí recuerdo que en ese momento, contemplándola así frente a la orilla del mar, remojando sus pies dentro del agua, observando yo desde mi toalla su firme espalda, su graciosa postura y su redonda cintura, habría jurado que sí, que la amaba con locura extrema. Por eso, cuando ambos desaparecieron, Carlos y ella, quedando entre las toallas mi madre, su novio y los pesados de mis hermanos, tomé la decisión de salir a buscarla. Estuviese o no con Carlos me daba lo mismo porque lo cierto era que aquella playa sin ella se me hacía aburrida y carente de toda su anterior belleza. Debía rescatarla de los brazos de su marido, el hermano de mi fallecido padre, y traerla de nuevo a mi lado.

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Brooke Shaden©. Más sobre su trabajo en https://www.flickr.com/photos/brookeshaden/

Llevaba un buen rato caminando cuando escuché detrás de mí a alguien que me llamaba desde las rocas. Me giré y allá estaba Julia. En la entrada de una cueva me hacía señas para que me acercase.

─¡Ey!, tiita ─exclamé con una sonrisa de oreja a oreja al detenerme frente a ella ─, estabas aquí.

Julia, sin embrago, no saludó con la misma alegría, solo afirmó con la cabeza y agachó la vista.

─¿Sucede algo? ─pregunté sintiendo de repente una extraña congoja.

─Tu tío Carlos está ahí dentro ─contestó─ fue él el que te vio venir y me dijo que te llamase…

Mi tía se quedó dudando unos segundos

─Sí, ¿y? ─la animé a proseguir.

─Me ha dicho que entres, que entremos las dos, se ha enterado de lo nuestro y creo que quiere…

De nuevo enmudeció. Mis pelos se erizaron de repugnancia solo de imaginar lo que podría querer mi tío.

─¿Qué, Julia, qué es lo que quiere?

Al fin ella elevó la cabeza y me miró directamente a los ojos, estaba llorando.

─Quiere que lo hagamos delante de él, todas esas cosas nuestras Rut, ¿lo entiendes? Dice que si no lo hacemos me matará a palos y, dios, no me puede pegar, podría matar al niño, ya sabes cómo es cuando se enfurece.

Mi corazón se aceleró y en lo primero que pensé fue en llevármela corriendo de allí pero en seguida reconocí que estaba en una encerrona. Si hacía eso Carlos le pegaría, de eso estaba tan segura yo como ella y si le pasaba algo a mi tía o al niño por mi culpa, no me lo perdonaría jamás.

─¡Julia! ─le escuchamos vociferar desde dentro─ ¡Rut!

Tragué saliva al tiempo que ella me agarró de la mano y me introdujo en la penumbra de la cueva donde Carlos nos recibió sentado sobre una redonda roca. El cordón blanco de su bañador ya estaba suelto y todo él parecía preparado para lo que se avecinaba, al menos esa era la impresión que daba en vista de la sonrisa sarcástica que tenía estampada en su rostro.

─Hola Rut ─dijo levantándose y caminando hacia mí─. De manera que te has estado follando a mi mujercita a mis espaldas, tú, una niñata.

Me estremecí al sentir de pronto su aliento en mi cara.

─Pues ahora te la vas a follar delante mío, a ver si te lo montas igual de bien que yo, ¿verdad zorra? ─gritó zarandeando a Julia del brazo─ ¡Arrodíllate, perra! ─ordenó a mi tía que no paraba de sollozar─. Venga, déjate de tanta lagrimita y ponte a cuatro patas que quiero ver como esta guarra te chupa el coño. Y tú ─dijo señalándome─ ya te puedes ir sacando ese biquini de mierda, quiero ver tu pequeño pubis que no tendrá ni pelos, pedazo de puta.

Mi tía se quitó el bañador al tiempo que yo me desanudé el biquini.

─Sí, así es, mansitas como dos perras ─susurró ahora mi tío a la par que se sacaba el pene por encima del bañador. Pude ver que estaba tieso y duro y comprendí,  con asco, el estado de excitación que aquello le estaba produciendo.

Mi tía adoptó entonces la postura que él le había ordenado y yo me quedé petrificada. Su espalda curva, perfecta, su culo redondo y terso, sus prominentes nalgas y sus sinuosas caderas, todo eso esperando por mi lengua. ¿Cuánto tiempo hacía que no la veía desnuda? Algo en mi interior se desprendió y supe que todo mi sexo se humedecía y me sorprendió que, aún en una situación como aquella, yo pudiese sentir tal deseo hacia aquel hermoso cuerpo que ahora esperaba con las rodillas y con las manos clavadas en la arena de la cueva.

─Venga niñata ─atacó de nuevo mi tío─, ahora te tiras ahí y se lo lames, quiero ver cómo mueves esa lengüita de gata en celo que tienes.

Sin esperar a que me lo repitiese me tumbé, coloqué mi cabeza bajo sus ingles, sujeté sus nalgas y acerqué su pubis a mi boca y no me sorprendió ni lo más mínimo sentir que ella estaba tan mojada como yo. Froté mi lengua contra su clítoris, lo besé sin parar, lo succioné una y otra vez y, cuanto más empapaba su flujo mi barbilla, más y más rápido movía yo la lengua. Su clítoris estaba tan duro como la roca sobre la que ahora Carlos permanecía sentado mirándonos a la vez que se masturbaba.

─Uf, nenas ─le escuché decir a Carlos─ qué bueno, qué bien se están portando, así, así, sigan así ─y bajo sus palabras percibía el sonido del rozamiento de su mano sobre su pene y también el chapoteo del flujo en la vulva de mi tía que en ese momento comenzó a gemir lo que hizo que yo no pudiese, a la par, dejar de hacerlo.

Mi tío se levantó y con su pene tieso aún sobre el bañador se acercó a nosotras, se puso de rodillas frente a mí y, sujetándome las piernas, me las abrió y las puso en sus hombros diciendo:

─Ahora te vas a quedar mansita sobrina y vas a dejar que te la meta hasta el fondo, ¿vale? ─y era tal la embriaguez en la que me encontraba que fui incapaz de oponer resistencia. Más bien al contrario, cuando sentí su falo discurriendo por mi vagina, el gozo fue hasta tal punto tan intenso que tuve que ahogar un grito a base de chupar con desespero el clítoris de mi tía.

Brooke Shaden©. Más sobre su trabajo en https://www.flickr.com/photos/brookeshaden/

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De esta forma y tras varios minutos moviéndonos los tres  al mismo ritmo, al ritmo marcado por la coral de gemidos en la que nos habíamos transformado, sentí que me venía el orgasmo y también sentí que le venía a Julia y también escuché a mi tío jadear a la vez que decía que se iba a correr y que nos iba a chingar a las dos por putitas y aquellas palabras suyas hicieron que la llegada de mi orgasmo se acelerase. Un terremoto de gusto me hizo estremecer al fin de los pies a la cabeza y en ese instante mi tío sacó su pene de mi vagina escupiendo todo su semen en la cara de mi tía que no paraba de sacar su lengua como la que quiere beber de una fuente cuyo chorro, por momentos, se va quedando sin fuerza.

De repente se hizo el silencio dentro de la cueva. Un silencio incómodo que duró apenas unos segundos en el que ninguno de los tres se atrevió a modificar su postura ni a hacer absolutamente nada más que eso, guardar silencio. Entonces mi tía estalló

─¿Qué hiciste Carlos? ─dijo con reproche─, ¿no habíamos quedado en que no la ibas a penetrar?

Mi corazón dio un vuelco dentro de mi pecho.

─Que yo dije qué, Julia. No, sobre eso no hablamos nada.

─Cómo que no ─insistió Julia ahora irguiéndose y echando su melena roja hacia atrás─. Habíamos quedado en que iba a ser solo que nosotras nos hacíamos un sesenta y nueve mientras tú te masturbabas mirándonos.

Mis ojos se nublaron, comenzaba a no entender nada de aquello o a no querer entender.

─Ya te he dicho miles de veces ─continuó Julia─ que no me importa que mires cómo me lo hago con chicas pero que esa polla que tienes solo me la puedes meter a mí.

Julia y Carlos se levantaron y era tal el acaloramiento de la discusión en la que estaban enzarzados que no se percataron de que yo también me estaba levantando y que me estaba poniendo el biquini mientras, mareada y con ganas de vomitar, les escuchaba hablar en estos términos. Con tremenda turbación acabé de atarme la tira del sujetador y salí dando tumbos dejando atrás sus chillidos.

─¡Ey! ─escuché entonces a mi espalda y me viré─. No vayas a contar esto a nadie, ¿vale, sobrinita? Tú sabes que te quiero más que nada en este mundo ─Julia  acarició su abultada panza de embarazada y me guiñó un ojo con gracia─. Quedaríamos fatal delante de toda la familia y tú la primera, ya sabes como son todos.

─De acuerdo ─logré pronunciar a duras penas y entonces sentí que aquellas palabras se quedaban atrofiadas en mi garganta ya para siempre.

Brooke Shaden©. Más sobre su trabajo en https://www.flickr.com/photos/brookeshaden/

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Y así sucedió. Continué viendo a mis tíos y a Carlitos cuando nació. Ellos eran muy buenos padres con él, sin embargo nunca más volvimos a hablar de aquel asunto y yo no volví a amar a mi tía Julia.

روت

4 pensamientos en “Una cueva en Italia

  1. Pues yo volveria a buscar esa historia en otra parte, con otra gente. Creo que me quedaría atrapado en un instante, en un momento de mi vida y quisiera repetirlo a toda costa, seguro, que si.

    • Es fuerte sí, sobre todo porque mucha gente se queda tan solo con la escena porno cuando en realidad el relato trata de un abuso a una menor. Gracias por vuestros comentarios.

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