El arnés

¿Cómo explicar lo que sentí al vislumbrar aquella figura, aquella siniestra presencia acercándose sinuosamente, casi flotando, hacia el rincón donde yo, hacía rato, trataba de conciliar el sueño? A través del oscuro corredor pude distinguir de repente la desconocida silueta femenina, fina y delgada, cubierta por un camisón y, aunque me hubiese gustado avisar a los hippies que ocupaban el abandonado edificio y que horas antes me habían rescatado del frío de la calle, no pude hacerlo pues en todo el recinto no había ni una sola bombilla, ni un interruptor, nada. En aquel antiguo internado de jovencitas, la negrura era tan espesa que parecía tragarse no solo cada uno de sus rincones, de sus desnudas habitaciones, de sus desconchadas paredes y de sus destartaladas ventanas ya sin cristales por donde se colaba silbando el gélido viento de la noche, también parecía querer tragarse cada uno de nuestros pensamientos, de nuestras palabras, de nuestros sueños.

Eran las navidades del año 91 y, tras perder el último tren en la estación de Tolosa, había vagado por aquel pueblo arrastrando mi maleta repleta de juguetería erótica sobre las estrechas y nevadas calles en busca de una pensión en la que poder pasar la noche hasta el día siguiente. En la mañana cogería el primer tren que me llevaría a Bilbao donde debía de estar a mediodía en un restaurante muy pijo para hacer mi siguiente demostración de tapersex que era con lo que me ganaba la vida por aquel entonces. Así que muerta de frío, me puse a buscar un hostal, pero no encontré ninguno abierto. Las calles estaban desiertas y solo al llegar a la plaza me tropecé con un grupo de hippies que tocaban las congas a un ritmo frenético y tribal. Al cabo de un rato y viendo el estado tan lamentable en el que me encontraba, me invitaron a dormir con ellos en aquel edificio que, según me explicaron, había sido una antigua cárcel femenina disfrazada de residencia para jovencitas, producto del régimen franquista, regentada por monjas, abandonada desde hacía más de treinta años y que el grupo llevaba ocupando hacía apenas uno. Esta propuesta, sin duda, me resultó más tentadora que soportar durante toda la noche las inclemencias de la fría atmósfera navideña que se respiraba en la calle, de manera que me dejé llevar.

Por el camino íbamos hablando de estas cosas y de otras pero nada más abrir la maciza puerta de madera e introducirnos en aquel angosto pasillo, todo el grupo enmudeció al unísono y por más que traté de avivar la conversación resultó imposible. De hecho hasta yo misma, tras plantear la cuestión de: ¿y dónde dormiremos?, sentí que mis palabras eran tragadas por aquella densidad de pozo, sin ecos ni resonancias ni respuestas posibles y el sonido de mi voz se me heló en la sangre hasta tal punto que yo también callé. Uno de los hippies encendió una vela para guiar a la comitiva y, a medida que avanzábamos por los corredores que eran las arterias del edificio, cada uno se iba metiendo en una habitación distinta hasta que al final solo quedé yo. Subimos unas escaleras hasta la segunda planta y, una vez allí, el guía señaló un rincón en el que pude ver el mugriento camastro que sería mi lugar de reposo durante las siguientes horas. Mi acompañante entonces dio media vuelta y se alejó con su parpadeante luz que acabó por extinguirse entre las desnudas paredes mientras yo me sacaba los zapatos y colocaba mi maleta de tapersex en un costado. Me tumbé como pude y me tapé con una manta que había enrollada en el suelo hasta que perdí definitivamente la noción del tiempo.

¿Cómo hacerles entender entonces lo que sentí al verla? Era una silueta alargada y transparente que flotaba como una nube desde el fondo de la galería. Así, desplazándose con esa ligereza por el aire se fue acercando hasta mí, hasta los pies del colchón. Me froté los ojos:

─¿Quién eres? ─pregunté con la voz quebrada.

─Soy María Auxiliadora, aunque aquí todas me llaman Auxi ─contestó con un tono tan susurrante que apenas pude distinguir sus palabras─ tengo frío y quiero que me des calor, quiero que me hagas un hueco junto a ti.

Me volví a frotar los ojos. No era posible lo que estaba viviendo, que aquella presencia pretendiese afectos tan humanos, no salía de mi asombro pero sobre todo no salía de mi terror. Aspiré una bocanada de aire y al expirarlo vi que un humo glacial y blancuzco se escapaba de entre mis labios. Sentí un estremecimiento por toda la médula.

─Pero, no eres real ─pronuncié al fin─ eres un producto de mis fantasías.

Entonces escuché un lamento, un sollozo tan espeluznante que casi se me quebraron los dientes. Más que de la presencia aquel sonido parecía desprenderse del descascarillado cemento, parecía emerger de lo más recóndito del antiguo presidio.

─¿Cómo que no soy real? ─dijo entre gemido y gemido─ ¿cómo que no soy real? Sí lo soy pero si no me haces un hueco junto a ti dejaré de veras de serlo. ¿Ves esa ventana? ─señaló hacia la habitación al lado nuestro y descubrí con sorpresa que la luz de la luna iluminaba el recinto por completo. Qué extraño, no me había percatado de ello antes─. Por esa ventana ya me tiré una vez ─dijo─, podría volver a hacerlo y entonces sí que dejaría de ser real, nadie se suicida por dos veces sin dejar de existir ya por completo.

El viento meció la pequeña cortina con la que los moradores de aquel edificio habían tratado de cubrirla. Volví a mirar a la presencia y vi que se estaba sacando el camisón. Sus pechos quedaron al descubierto, eran pequeños, de pezones puntiagudos y su delgadez extrema la hacía parecer una adolescente. Una hermosa melena castaña cubría sus huesudos hombros y la tez de su piel era pálida e insustancial. Toda ella parecía mecerse junto con la cortina de la ventana cada vez que entraba una ráfaga de viento.

─Está bien, está bien ─accedí al fin viéndola tan erizada de frío y sin poder soportar por más tiempo aquel crispante llanto suyo ─. Ven aquí ─y echándome a un lado levanté la manta y la animé a tumbarse dando dos palmaditas en el colchón.

Ella se deslizó a mi lado y, al contrario de lo que había pronosticado, su cuerpo emanaba un calor intenso y su piel, al tocarla, resultaba cargada de corporeidad, era suave y olía a almendras.

─¿Te gusto? ─preguntó al tiempo que me cogía el brazo para colocarlo alrededor de su cintura.

─Sí, por supuesto ─respondí con un estremecimiento─, eres preciosa.

Se viró pegando su espalda a mi pecho y su mano sobresalió de debajo de la manta. Entonces vi que aquellos finos y alargados dedos abrían mi maleta que estaba a su lado del colchón y hurgaban en su interior buscando algo. De pronto lo sacó. El juguete brilló en medio de la oscuridad como si cobrase vida propia. El cuero del cinto contrastaba con el rosado del pene enganchado a él. Era curioso, había elegido uno de mis juguetes preferidos pero, ¿para qué querría un alma errante como aquella un objeto de tales connotaciones?

─Deseo que me penetres con esto ─manifestó entonces sin vacilación.

De un respingo aparté mi brazo de su cintura.

­─¿Cómo? ─exclamé.

─Sí, quiero que vayamos a esa ventana y, para evitar que me vuelva a lanzar al vacío, necesito que me taladres el ano con esto, es lo que hacían las internas y por lo que me suicidé, porque ellas me hacían mucho daño con sus dedos, con objetos duros que dolían, me desgarraban por dentro,  pero estoy segura de que tú me sostendrás bien, solo de esta manera podré salvarme.

Mi pecho se contrajo y mi corazón latió sumido en una mezcla de sentimientos: horror, ternura, tristeza, pero ella, sin esperar un segundo, comenzó a sacarme la ropa. Después me ató el arnés con la soltura de quien lo lleva haciendo toda la vida. Mi mente y mi sexo se encontraban cada vez más perturbados, embriagados, confundidos, no sabría decir. Se deslizó bajo la manta y comenzó a chupar el vibrador a la vez que, con su dedo, frotaba mi clítoris bajo el cuero del arnés. El placer que sentí fue tan intenso que comencé a humedecer la sábana, mi flujo resbalaba entre sus dedos y se escurría por la palma de su mano que ahora sujetaba la base del pene vibrador y lo frotaba como si realmente estuviese masturbando a un hombre con lo que yo me humedecí aún más.

─Ven ─ordenó de pronto─ tenemos que ir hasta la ventana, allí me dejaré penetrar por ti, harás con mi ano todo lo que desees.

Me cogió de la mano animándome a ponerme en pie y me llevó hasta la habitación iluminada por la claridad lunar. Allí se apoyó con sus brazos en el marco de la ventana, de cara al patio central de la residencia y curvó su espalda de modo que su trasero quedó provocativamente empinado. A pesar de su delgadez tenía una espalda hermosa y unas nalgas que, en aquella postura, resultaban más que apetecibles. Me arrodillé y comencé a lamérselas primero con suave deleite y al rato con desesperación. Un ligero olor a flujo hizo que mi desesperación aumentase y, sin poder contenerme, introduje mi cabeza entre sus piernas. Sentí en la punta de mi lengua su clítoris duro y empapado y aquello comenzó a volverme loca. De mi propio sexo se desprendía tal cantidad de líquido que estaba segura de estar formando un charco en el sucio piso sobre el que me encontraba ahora acuclillada, chupando y chupando con creciente apetito. Y ella movía su trasero, su cintura y todo su cuerpo para frotarse cada vez con mayor rapidez al tiempo que escuché cómo escapaba el placer de su garganta sin poder ella controlarlo. De repente se quedó quieta y me sujetó la cabeza.

─¡Para! ─suplicó─. ¡Para ya o vas a hacer que me corra y no quiero!

─¿Por qué? ─pregunté alzando el rostro que tenía empapado desde la nariz hasta la barbilla.

─Ya te lo dije antes, quiero que me penetres el ano, quiero que me atrapes bien fuerte para que no me pueda volver a lanzar ─mi corazón se estremeció de nuevo escuchándola hablar en estos términos─. Así que sube por favor, por favor, métemela hasta el fondo, no me importa que me rajes todo el culo, es tuyo, puedes castigarme, sé que he sido mala, rebelde, ahora quiero serlo para ti.

Entonces se asomó a la ventana de cintura para fuera dejando únicamente por dentro de la habitación su trasero y sus piernas y yo, pensando que se tiraría, me puse en pie de un salto y con un empuje de cintura le metí el vibrador hasta el fondo al tiempo que le sujeté las caderas para que no perdiese el equilibrio. El gemido que expulsó en ese instante fue de tal naturaleza que no pude estar segura de si expresaba gusto o dolor, lo cierto fue que ella comenzó a dar bandazos a lo largo de mi vibrador como movida por un potente y descontrolado fuelle y yo, aprovechando el exceso de lujuria tan maravilloso que demostraba, me dispuse a poner en marcha las múltiples velocidades de mi arnés, el cual conocía bien pues no era la primera vez que lo usaba.

 

Jenny Boot© – Art – The Blue Proyect Más sobre su trabajo en: http://fotojenn.deviantart.com/

Jenny Boot© – Art – The Blue Proyect
Más sobre su trabajo en: http://fotojenn.deviantart.com/

 

─Azóteme madre superiora, por favor, azóteme duro que he sido muy mala ─decía ella al tiempo que la vibración iba en aumento y yo cada vez la sentía más y más en mi excitado clítoris. Sin poder controlarme le propiné una nalgada en el culo tan sonora que hasta las desnudas paredes parecieron trepidar tanto como sus ahora enrojecidas nalgas─. ¡Ay! ─gritó ella y la volví a azotar.

─¿Te gusta así? ─le pregunté a la vez que la sujeté por los hombros.

─Sí ─me dijo─, sí, así, si vuelves a hacerlo me correré seguro ─y diciendo esto comenzó a frotarse ella misma el clítoris.

─Estupendo ─clamé entre gemidos y en ese momento mi voz fue ahogada por una oleada de placer que recorrió todo mi cuerpo y suspendió mi mente en un vacío existencial que duró unos segundos, los segundos suficientes para que ella se desenganchase del arnés y se impulsase desde el marco de la ventana hacia el vacío.

Al abrir los ojos vi cómo su cuerpo se precipitaba, ligero como la hoja de un árbol, con los brazos y las piernas orbitando alrededor de su delgado torso, hacia el patio interior, hacia las huérfanas naturalezas que allí crecían. Ciega por la desesperación, sin ni tan siquiera liberarme del arnés, corrí escaleras abajo tanteando en la oscuridad. Corrí como una desquiciada por las galerías buscando el acceso al patio central donde ella debía yacer ya con todo aquel cuerpo suyo quebrado, cada uno de sus finos huesos rotos sobre las malas hierbas.

 

 

Jenny Boot© – Art – Forets Más sobre su trabajo en: http://fotojenn.deviantart.com/

Jenny Boot© – Art – Forets
Más sobre su trabajo en: http://fotojenn.deviantart.com/

 

Las lágrimas nublaban mi vista más aún que la oscuridad y de esta forma, finalmente, logré encontrar el acceso al patio. Tras internarme en él busqué, busqué y busqué sin resultado durante no sé ni cuánto tiempo, hacía ya mucho tiempo que había perdido la noción de todo. Pero ella no aparecía, simplemente parecía haberse volatizado igual que la noche que ya estaba a punto de extinguirse. Alcé la vista al cielo y un rayo de luz matutina inundó de claridad mis pupilas. Me costó aún varios minutos más aceptarlo: ella no estaba, eso era todo, tal vez nunca llegó a existir. Toqué con mi mano el vibrador y lo sentí tan seco como antes de que ella lo sacase de la maleta para colocármelo. No parecía haber penetrado a nadie. Me olí la mano y no percibí el aroma de su sexo, ni de su flujo, ni de su ano. Si había sucedido de verdad, jamás lo sabría.

De lo único que hoy por hoy, tantos años después, puedo estar segura es de que aquella madrugada subí de nuevo a mi planta, me vestí junto al camastro, guardé el arnés en su hueco de la maleta y, arrastrando la maleta por los corredores, tal y como había llegado, me marché de aquel lugar no sin antes buscar a sus moradores para despedirme y tratar de explicarles lo que había vivido. Pero resultó que ellos tampoco estaban, encontré la residencia completamente abandonada. Ni en las habitaciones donde yo recordaba que mis acompañantes habían entrado pude encontrar un alma, ni más colchones, ni objetos, nada que permitiese deducir que allí habitaba alguien. Entonces, con el corazón en un puño y un profundo y siniestro sentimiento de soledad, abrí el enorme portón que daba a la calle y salí.

Una hora después me encontraba viajando en el tren que me llevaría a Bilbao. Nunca más regresé a Tolosa y tardé varios años en poder volver a colocarme un arnés.

روت

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