Marfil…olores a cuero duro

Hay objetos que si se han visto en la adolescencia quedan grabados en la memoria de por vida, como aquella fusta de cuero envejecido que tenía el mango de marfil y una pequeña incrustación de piedra y plata. Mi padre guardaba aquel objeto celosamente en su gaveta y, en ocasiones, lo sacaba para acariciarlo como quien acaricia el lomo de un añorado caballo aunque jamás hubiese tenido uno. Viendo a mi padre deleitarse de aquella forma con su fusta, me venía siempre al recuerdo el verano de mis nueve años, cuando viajamos toda la familia a Paris.

Como mi tío era el hombre de confianza del embajador y por este motivo lo acababan de trasladar allí, nos alojamos en la residencia de su ilustrísima, una hermosa casa señorial del siglo pasado entera para la familia. A parte de nosotros, el embajador y su esposa, una mujer rechoncha con cara de sargento, había alguien más en la gran y hermosa casa que enseguida llamó mi atención. Se llamaba Catherine, la sirvienta afrancesada que era la que se encargaba exclusivamente de las labores del hogar. Pero ella no era lo único que despertaba mi curiosidad. Mi corta edad y mi espíritu aventurero mezclado con el ambiente misterioso de la mansión hacían que no me estuviese quieta desde por la mañana hasta por la noche. Todo era digno de mi exploración y, entre otras cosas, me encantaba mirar a través de las cerraduras de las enormes puertas imaginando, con excitación extrema, lo que podría descubrir al otro lado.

Una noche que me levanté para ir al baño, a mi regreso a la cama vislumbré un haz de luz que se escapaba de debajo de la puerta de la habitación de Catherine. Sin poder contener mi curiosidad me acerqué y me asomé a la cerradura pero de repente sentí tal susto en el cuerpo que de un brinco me retiré y escapé corriendo a refugiarme bajo las sábanas. Como mi curiosidad era mayor que mi temor  y estaba claro que ya no iba a poder conciliar de nuevo el sueño, al par de minutos estaba de nuevo levantándome de la cama y dirigiéndome a la habitación de la sirvienta. Esta vez me incliné con sigilo hacia la gran cerradura pegando bien el ojo y controlando los latidos acelerados de mi corazón.  Al otro lado pude ver a Catherine desnuda frente a un enorme y antiguo espejo dorado mientras que, sentado en un pequeño sillón, estaba mi tío. Mis pupilas se agrandaron para no perder detalle de aquella novedosa escena, era la primera vez que veía a un hombre contemplar frente a sí a una mujer completamente en cueros, así que no pestañeé ni un segundo. Mi tío se levantó en ese instante y cogió un palo de marfil acabado en unas tiras de cuero, era la fusta, objeto completamente desconocido para mí en aquellos tiempos.  Se acercó por detrás a Catherine y pasó las tiras de cuero por entre las hebras de su larga melena. Entonces con voz autoritaria le ordenó que se pusiese de rodillas sobre una silla de madera que había frente a ella. Ella obedeció y mi tío comenzó a acariciar toda su piel con la fusta, recorriendo con ella su erizada espalda, sus hombros, su entrepierna.

Me sentía confundida. A pesar de no saber lo que estaban haciendo intuía que se trataba de algo muy distinto a los juegos a los que yo solía jugar con mis amigos. De pronto aquella escena comenzó a volverse aún más extraña para mí. Mi tío le pasaba la fusta a Catherine entre las piernas, se la metía entre ellas y de repente la levantó en el aire y azotó duramente sus glúteos. Ella no puso cara de sufrimiento, al contrario, parecía disfrutar con aquello y se mantuvo quieta, con las piernas bien abiertas, la espalda curvada y las rodillas clavadas en aquella silla y a cada latigazo de fusta ella se arqueaba aún más sin cambiar ni un ápice su postura. Y así diez, veinte, treinta latigazos, golpes que ella recibía con placer, marcas en su culo, en sus piernas y ella gemía y gemía cada vez con mayor agrado. Cuando la acabó de fustigar mi tío agarró la empuñadura con más fuerza si cabe  y se la metió entre las piernas, aquella empuñadura de marfil con el diamante incrustado a lo la largo de la cual ella se agitaba de delante hacia atrás cada vez a mayor velocidad. Y así transcurrieron unos minutos que a mí me parecieron eternos hasta que mi tío, sin perder el control en ningún momento, se bajó los pantalones y sacó su dura armadura de venas hinchadas. En ese instante casi me desmayo, sin embargo, fui incapaz de despegar mi ojo de la cerradura. Donde antes mi tío había introducido el mango de la fusta ahora la ensartaba con aquel aparato suyo mientras ella emitía palabras en aquel  francés cerrado que yo no alcanzaba a entender. Aquella escena duró yo no sé ni cuánto tiempo, lo único que sé es que esa noche me fui para la cama con el mismo sigilo con el que había salido de ella y ya no pude dormir más, ya no pude más que dar vueltas y más vueltas bajo las sábanas tratando de sacarme de la cabeza todo aquello.

Nuestras vacaciones duraron unas semanas más pero yo ya no me sentía cómoda, sobre todo porque ya no pude ver de igual manera a mi tío y a Catherine. ¿Algo había enturbiado para siempre mi mirada o eran ellos los turbios?

Ya finalizadas las vacaciones y establecidos de nuevo en el hogar dulce hogar, una tarde vi a mi padre que acariciaba algo en el sillón del salón. Me empeñé en que me lo dejase ver y cuando me lo alcanzó de mala gana ,sabiendo que o accedía o no le dejaría en paz con mi tozudez, reconocí en aquel objeto la fusta de mi tío, la misma que descubrí envuelta en el placer del dolor y los gemidos aquella larga noche. La  empuñé, la palpé, la olí y mi padre, sorprendido, me dijo que qué hacía olfateando aquello como un perro de presa, pero yo continué rastreando las huellas de la francesa y de mi tío, tratando de volver a sentir todo aquello como si hubiese sucedido en mis propias carnes. ¡Suelta eso ya, niña!, gritó mi padre al tiempo que me quitaba el objeto de las manos. Esto no es para niñas, vete a jugar a la calle un rato, anda. Con profunda turbación me levanté de la silla y caminé despacio hacia la puerta. Una extraña sospecha acababa de instalarse en mi corazón. Antes de abrir me viré y vi a mi padre todavía en el sillón acariciando de nuevo la fusta con gesto embelesado. Al fin y al cabo mi tío y él se parecían mucho físicamente y la noche y el sueño son propicios para mezclar imágenes, rostros, cuerpos. Al fin y al cabo…¿qué diantres hacía mi padre con aquella fusta?

GRACIAS PARÍS 88…

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