Un día en el zoo

…mi plena desnudez expuesta a los ojos de cualquiera tras las rejas, tras la heladas vitrinas de los pingüinos, es lo que el público quiere mirar y yo lo muestro sin tapujos porque no hay maldad en mí, solo me siento perpleja y amo, no puedo hacer otra cosa y espero recibir a cambio alguna sardina en el acuario de los leones marinos, si lo hago bien quizás esta vez no me azoten, es lo que toca, es el orden de las cosas, yo lo hago bien, excito esos rostros que me observan tras las rejas de los monos y quizás, quién sabe, con suerte, me lancen algún cacahuete, porque mi estómago ruge de hambre y no lo puedo decir, mejor me lo callo, ellos prefieren ver cómo me postro ante el macho dominante, cómo me dejo follar todita por él antes de que se le ocurra morder a mis recién nacidos cachorros, mi vagina aún está desprendiéndose de la bolsa amniótica, siento un dolor extremo cuando él me penetra sin embargo, a esos del otro lado no parece importarles, de hecho aún esto les excita más porque aplauden, nos señalan, mira, mira, se la está montando, jajaja, qué gracioso y siento en mi cuerpo, en mis pezones erectos y arrugados, en mis genitales, entre mis nalgas, el aire fresco, inatrapable y el calor de este cielo sobre mi cabeza que jamás alcanzaré a tocar, no, no es para mí, no, porque esta cuerda que estrangula mi cuello me condena a los únicos seis pasos, apenas cinco metros de diámetro que puedo recorrer en torno al grueso palo al que estoy atada en la jaula de los titis y husmeo mi caca seca y mis orines y me impresiona el olor del macho que se me acerca con su pene erecto, lo sé, para montarme y quisiera correr solo para que él se esfuerce en atraparme, no le será tan fácil, debe violarme, mostrarme su fuerza, es el orden de las cosas, saber si es o no el candidato ideal para hacerme crías pero no puedo, no me es permitido correr sobre el terreno, trepar a los árboles, debo conformarme con este macho que de pronto alguien metió en mi jaula y dejarme hacer con la cuerda estrangulando mi cuello, ponerme a cuatro patas, su hedor a mono en celo me trastorna, se sube a mi espalda, sujeta firme mis hombros y con un sonido gutural me penetra, sacude: una, dos, tres, cuatro y me desgarra por dentro pero no importa, ahí fuera, al otro lado de las rejas escucho las risotadas, graciosos nos llaman, tápense los ojitos niños que esto puede herir sus sensibilidades, mejor nos vamos a ver a los caimanes, graciosos nos llaman, resulta extraño, no consigo comprender el significado de sus palabras, de sus gestos porque graciosos somos también en el delfinario, cuando nos impulsamos a por la pelota y entonces sí, debo hacerlo bien o de nuevo hoy me quedaré sin probar bocado, entonces sí, me lanzan una sardina, genial, la atrapé, algo comeré hoy y mis pezones se arrugan y mi piel enterita es traspasada por la química de esta agua que cada vez me acartona más y más y debo hacerle bobadas al que nos lanza el pescado si quiero comer, chasquear y silbar y jugar con los niños que ellos eligen para nadar con nosotros en la piscina y ellos se ríen, aplauden todos a la vez que no son pocos, de hecho son cada vez más: los espectadores, qué simpáticos dicen pero en verdad ellos no pueden ver el hipoclorito sódico en el que se han convertido mis muslos, mi vientre, mis senos de sirena con pico, delfines de ozono somos y añoro sumergirme en el océano, frotar el clítoris de mi hembra mientras ella humedece las olas y amamanta a nuestro pequeño. Luego cuando el público se marcha nos aletargamos, qué extraño comportamiento muestran estas criaturas, comenta alguien desde el borde de la piscina, parecen atolondrados, fíjate, flotan como corchos de botellas en el agua y es que ya no procrean estos ejemplares, dice ahora alguien en la jaula de los elefantes, no es el olor a excremento lo que nos molesta, es más bien el tufo permanente a siempre lo mismo, la falta de lodos, de lagos, de distancias que recorrer, ya no procrean, de seguir así se extinguirá esta especie y entonces nos meten unas cápsulas con forma de cacahuete entre las mandíbulas hasta que nos sentimos muy, muy cachondos, ahora sí conocemos la urgente necesidad de vaciar nuestros escrotos y buscamos como locos alguna hembra en edad fértil, pero la fertilidad no es algo que abunde tras estas rejas porque en realidad lo que sucede es que no queremos traer crías a este mundo, no al menos a este mundo tan estrecho en el ahora y el instante en que nos ha tocado existir y los machos prefieren meternos las largas trompas por el ano, así que me coloco en posición y la gruesa serpiente discurre por mi canal y un fluido la lubrica para facilitarle el desplazamiento hacia delante y hacia atrás y mi avejentada piel de elefanta sin lodo se eriza y mi sexo se humedece y al menos esto me consuela, me consuela, me consuela y afuera, al otro lado de las rejas, las únicas madres con derechos sobre sus crías que habitan este lugar ya están avisando a los cuidadores porque no comprenden, claro, cómo van a comprender, por qué los elefantes nos estamos follando unos a otros con las trompas por el culo y por qué gemimos y gritamos todos de este modo y en seguida se apresura la legión de uniformados a tapar nuestra jaula con una lona porque el espectáculo puede herir la sensibilidad de los más pequeños y no han pagado para esto y todo queda oscuro, oscuro, oscuro para nuestra vista y también en nuestras mentes de bestias que nada entienden y la oscuridad se cierne pues sobre la tierra, moriremos sin remedio, no, qué digo, ya estamos muertos de hecho…

روت

2 pensamientos en “Un día en el zoo

    • Gracias Vivien, realmente opino que el ser humano no se da cuenta que violando de este modo la naturaleza más profunda del reina animal, está violando la suya propia. Es el fondo de este relato. Es un placer tener lectores que gusten de aportar. Un saludo fuerte!!!

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