Las bragas que cambiaron mi vida

Fernando había sido siempre un magnífico compañero de trabajo. Más allá de esto nunca se me había ocurrido que pudiese haber nada especial entre nosotros. El lugar que ocupaba en mi vida era el de ese buen amigo con el que compartir muchos instantes de café y bromas en los momentos de descanso entre curro y curro. Pero un buen día, en una cena organizada por la empresa, sucedió algo que enturbió nuestra amistad.

Era muy tarde, tardísimo y necesitaba irme ya. Casi ni había cenado pero había bebido muchos tragos de diversos tipos y me sentía agotada, así que en ese momento y en ese lamentable estado de conciencia mío no se me ocurrió nada mejor que pedirle a mi buen amigo de trabajo que me llevase a mi casa. Vi a Fernando sentado en las escaleras por fuera del pub donde nos tomábamos las últimas copas y me acerqué sigilosamente, apoyé mi pecho en su espalda, me incliné hacia su oído y le susurré en un tono mezcla de mimo y guasa: Estoy fatal, Fernando, estoy…ummm… tremendamente salida. Aunque mis intenciones no eran más que hacerle una broma para inmediatamente después, entre carcajadas, suplicarle que me llevase él, sin tan siquiera girarse, me contestó: Pues ya era hora, una mujer debe ser señora hasta las dos y después dejar las bragas dentro del bolso, claro que, si lo prefieres, me haces un regalo y me las das.

Me quedé paralizada. No sabía si propinarle un sonoro cachetón o varios en dulce abanico, sin embargo, él ni se inmutó. Yo, que aún sostenía en la mano la última copa, tuve un impulso irrefrenable y en ese instante le vertí lentamente el líquido que quedaba por su espalda. Fernando sintió la frialdad de la bebida resbalando bajo su camisa y, en tono impasible, murmuró: ¿Me das algo para secarme esto? Movida por otro impulso mío, de esos que aún no logro comprender, deslicé mis bragas por debajo de la estrecha falda que oprimía mis muslos,  las bragas negras de encaje que a esas horas y por qué no decirlo, tras las palabras de Fernando, se encontraban completamente húmedas, y entonces, tras sacármelas, se las restregué por la cara. El me las arrebató de las manos y las besó al tiempo que yo volví a colocarme bien la falda que había quedado casi a la altura de mis nalgas.

Aquella estampa me proporcionó una calentura extrema. La situación aquella ya había sido demasiado para cerrar una larga y aburrida cena de trabajo y una noche que me empezaba a oler a…ummm…¿sexo quizás? Di media vuelta y me alejé con la intención de buscar un taxi. En ese instante solo deseaba escapar de una situación que me había asombrado, desbordado, pero el muy cabrón de mi amigo me estaba siguiendo. De pronto me alcanzó. Ahora sí, uno frente al otro me juró que nunca, jamás, me devolvería aquellas bragas cuyo olor intenso le recordaba al melón y a las mariposas revoloteando en medio del campo, que le sería absolutamente imposible olvidar tanta humedad, añadió finalmente.

A ambos nos brillaban los ojos y de repente se abalanzó sobre mí. Sentí su lengua dentro de mi boca y su mano rozando fuertemente mi pubis, luego sentí varios dedos suyos hurgando dentro de mi vagina y ahí estaba yo, casi casta, hermana de monja, de pie, petrificada, apoyada en una fría pared con el coño todo húmedo y dejándome llevar por aquel tío que jamás me había dicho nada fuera de lo estrictamente profesional.

Guardo los minutos de aquella madrugada en mi memoria como sellados a fuego. Por supuesto llegué a mi casa sin las bragas, follada de arriba a abajo en un sucio portal, contra una pared helada y oscura de una vieja casa, temblorosa toda yo y con el semen del tío que había sido mi mejor compañero de trabajo dentro de mí, porque es que para colmo le había pedido que se pusiese condón pero, como no llevaba, con lo tarde que era y la calentura, ¡como para decir que no!

Fue el primer hombre que se llevó mis bragas y el último, porque desde entonces no las he llevado jamás!!!, a ninguna otra fiesta. Ahora siempre vuelvo a casa con los labios brillantes, respirando la vida. He aprendido cosas, por ejemplo, que quien desee visitar mi caverna que pague peaje de entrada: un buen hotel, un regalo, ¿mi preferido?, unas buenas bragas de la mejor marca de lencería y, por supuesto, el mejor champán para brindar por la orgía gastronómica de sabor a fresco melón y mariposas.

Con aquel compañero que me jodió la blusa contra los buzones de aquel portal y que me dejó sin aquella humedad en la tela tuve suficiente con esa noche aunque debo decir que, gracias a él, aprendí a llevar las mejores bragas y los más dulces olores en ellas…

………………………………………. al símbolo 8

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3 pensamientos en “Las bragas que cambiaron mi vida

  1. Me encanta esa historia. Un encuentro repentino, espontáneo y sensual. No sé si al final lo lamentabas o lo celebrabas, pero parece que ambos lo necesitabais. Y claro que debía de correrse dentro de ti: de cuando en cuando hay que hacer una locura deliciosa.

  2. Buen relato, me encanta que es muy creíble en sus detalles y secuencia in crescendo, solo al final me queda gran duda en su redacción, si bien entiendo la protagonista se refiere a que luego ya no llevaba bragas a las fiestas y tal, y que incluso exigía las mejores como regalo algo fetichista, quizá, sin embargo se desdice un poco al aseverar para el cierre: “gracias a él, aprendí a llevar las mejores bragas y los más dulces olores en ellas…”.

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