Soñé con un campo de falos y tú no estabas en él

Fue justo al despuntar el alba cuando sucedió algo inesperado. Las mujeres cargadas de cestas rebosantes de flores que ocupaban mi vagón, hacía ya rato que cantaban con sus melodiosas voces y mi mente se dejaba adormecer poco a poco por ellas. Primero las dos más jóvenes habían estado entonando la canción “Cuatro rosas” de Gabinete Caligari; Leticia, la rubia de media melena y Mónica la de la simpática cresta azul a la que sus amigas llamaban Moon porque decían que parecía llevar una luna sobre su cabeza. Pero como las otras dos mujeres más mayores, Eloísa y Susana, no se sabían esta tonadilla al final decidieron cantar “Dos gardenias”, entrañable y dulce bolero de Antonio Machín. Eloísa que tenía una larga y ondulada melena oscura era la que llevaba, a todas luces, la voz cantante en el grupo. Era la más mayor y también la más veterana, tanto en asuntos de boleros como en asuntos de jardinería. A Susana, sin embargo, aun siendo también de su quinta, se la veía más apocada, estaba muy delgada y cubría su lampiña cabeza con un largo y floreado pañuelo aunque tenía buen color en sus mejillas y el pañuelo era muy hippie y muy bonito. Y en un profundo estado de embriaguez se encontraba mi mente escuchando aquellos trinos femeninos cuando, de repente, el tren emitió un largo silbido al que siguió un gemido estridente y metálico, dio dos, tres, cuatro bandazos y, tras un frenazo forzoso y chirriante, se detuvo en medio de vete tú a saber dónde.

─¿Qué ha sucedido? ─pregunté inmediatamente con el corazón en la garganta.

Las mujeres no respondieron. Aturdidas observaban las flores que habían caído de sus cestas. La rubia Leticia lloraba señalando sus Strelitzias. Moon, con su simpática cresta, contaba con desconsuelo sus lirios pintados de un azul intenso que se encontraban ahora desparramados a sus pies. Eloísa con su melena oscura toda revuelta y su semblante enojado le propinaba patadas a sus claveles y Susana, con el pañuelo ladeado a punto de caer por el impacto, miraba sus orquídeas con sus capuchitas todas rotas como quien observa pequeños seres que están más allá de este universo.

─¡Nos vamos! ─dispuso de repente Eloísa en medio de aquel caos─. Basta ya de llantinas. Hemos perdido las flores, pues las hemos perdido. Habrá que salir allá afuera y recoger otras nuevas. Con las cestas vacías no podemos ir al cementerio, hoy domingo, ¡ni hablar!, el patrón nos coge y nos mata.

Eloísa dijo esto y se levantó con ímpetu de su asiento. Leticia fue la segunda en reaccionar. Moon recogió del suelo uno de sus lirios azules.

─¿Qué haces? ─la regañó Leticia propinándole un manotazo─. ¿No ves que ya no nos sirven? Eloísa tiene razón, estas flores están ya marchitas.

─Es que me costó tanto pintarlos, me quedaron tan bonitos así de azul ─gimoteó Moon dejando de nuevo aquel aterciopelado lirio entre los otros.

─¿Y tú? ─preguntó Eloísa mirando con obstinación a Susana─, ¿no piensas despegar tu culo de ese asiento?

Susana levantó la vista como quien regresa de algún recóndito y solitario lugar y, sin decir más, obedeció y se levantó.

Las cuatro mujeres agarraron sus vacías cestas, se las colocaron sobre la cabeza y, tal y como las había visto entrar en mi vagón unas buenas cuantas paradas antes, las vi salir en fila india. Leticia detrás de Eloísa, Moon detrás de Leticia y Susana detrás de Moon. Sin poder evitar el magnetismo que aquellas cuatro jardineras provocaban en mi persona yo también me puse en pie y de este modo las seguí.

Con paso suave y tranquilo atravesamos el pasillo cuyas luces estaban ahora apagadas por la avería. A través de las ventanillas, los primeros destellos del amanecer clareaban tenuemente el verde alfombrado por donde avanzábamos y daba la sensación de estar flotando dentro de un espacio de gravedad cero. Al fin alcanzamos la puerta sin habernos tropezado con nadie, cosa extraña pues recordaba que aquel tren iba repleto de gente cuando adquirí mi billete en la estación. Eloísa descorrió sin problema la puerta y un hermoso paisaje se abrió ante nuestros ojos, una enorme y verde pradera se dibujaba en medio de la espesa niebla matutina. Por aquí y por allá algunas vacas pastaban la rica y fresca hierba y el tímido trino de los pájaros que comenzaban a despertar acompañaba el mugido de estos animales. Respiré profundamente aquella fresca atmósfera y aceleré el paso tras las mujeres que, sin mediar palabra, ya se habían bajado del tren y caminaban posando sus alpargatas de tela sobre la húmeda hierba.

Marchamos por el prado en completo silencio. Las mujeres, sin romper la fila, clavaban su vista al frente con resolución. Ciertamente daba la sensación de que sabían exactamente hacia dónde se dirigían y por este motivo no me atreví a preguntar ni a quebrantar mi último puesto en la comitiva. Pasamos entre las vacas, seguimos unos metros más. El rocío de la mañana comenzó a humedecer nuestras ropas, a ellas sus blancos faldones y sus bordadas camisas y a mí mi camiseta de los Rollings y mi minifalda vaquera. También sentí que toda mi piel se humedecía y mi cuerpo, como el tallo de una planta, crecía y se elevaba con el frescor de aquella agua que, invisible, se desprendía del cielo. Deduje que las mujeres estaban sintiendo lo mismo porque, activadas por no sé qué motor, aceleraron el paso y así recorrimos no sé ni cuantos metros hasta que llegamos a una zona repleta de arboleda. Eloísa se viró y señaló hacia allí:

─Hemos llegado ─declaró─. Atravesando esa arboleda encontraremos lo que estamos buscando. Podremos llenar nuestras cestas con el manjar preferido de nuestro patrón y así nos perdonará por no llevarle las flores al cementerio. No venderá nada hoy pero al menos se podrá dar una buena panzada.

─Pero, ¿tú crees que serán comestibles? ─preguntó Leticia con su natural inocencia.

─Eloísa tiene razón ─alegó Moon de inmediato─. Por esta zona todas las setas que crecen son comestibles, de todas formas se me ocurre que podríamos probarlas antes.

Susana no dijo nada, se limitó a bostezar largamente y, alzando la vista al cielo, observó una nube que pasaba.

─Pues venga ─dispuso Eloísa─, vamos a por ellas antes de que reparen el tren y nos dejen aquí tiradas que entonces sí que se enfadará el patrón ─y poniendo rumbo hacia aquel lugar reanudaron la marcha esta vez más aprisa.

Así fue como llegamos a la zona de los árboles. Grandes castaños y exuberantes robles se elevaban como queriendo tocar las nubes. Una vez nos adentramos en la espesura, las mujeres rompieron el orden antes establecido y, por aquí y por allá, comenzaron a buscar bajo los robustos tallos.

"Las espigadoras" de Jean-François Millet. 1857

“Las espigadoras” de Jean-François Millet. 1857

Con sus dedos escarbaban en la tierra y entre los nudos del árbol en busca de las pequeñas setas y, cada vez que una encontraba alguna, la arrancaba y la metía en su cesta pero, cosa curiosa, cada vez que esto sucedía todas al unísono soltaban un gemido de placer tan intenso que mi piel se erizaba y las paredes de mi vagina se contraían. Aquello resultaba incluso más sugerente y hermoso que sus canciones en el vagón. Así fueron colmando sus cestas del preciado manjar del patrón hasta que Moon dijo en tono solemne no sin cierto toque de humor:

─Jardineras amigas, manifiesto la necesidad de probar esas setas, como no sean comestibles nos veremos sin trabajo y sin sustento en cuanto el patrón salga de su diarrea.

Eloísa estuvo de acuerdo y Leticia fue la primera en disponerse a la cata. Tumbándose boca arriba se levantó el faldón y bajó sus bragas, se colocó una seta entre las piernas y dijo:

─¿Quién quiere ser la primera en probar?

─¿Puedo? ─le preguntó a Eloísa la hasta ahora silenciosa y abstraída Susana al tiempo que levantaba el dedo.

─Adelante ─aprobó Eloísa y todas pudimos ver cómo Susana clavaba sus rodillas y sus codos frente a las piernas abiertas de Leticia y comenzaba a chupar y mordisquear el pequeño vegetal. Entre chupada y mordisco los gemidos de Leticia se iban haciendo cada vez más potentes y a Eloísa y a Moon se las veía cada vez más nerviosas y excitadas.

─Yo también quiero probar Eloísa ─declaró al fin Moon sin poder contenerse más─. En vez de estar aquí cruzadas de brazos podríamos hacer también nosotras una cata.

─De acuerdo ─dijo Eloísa─, pero yo me pongo la seta ahí y tú me la chupas y no quiero discusiones a ese respecto, obedeces y punto.

Y diciendo esto Eloísa se tumbó igual que antes lo había hecho Leticia, abrió sus poderosos muslos, se bajó las bragas y colocó una seta grande y rebosante sobre su magnífico clítoris. Moon, al instante, se tumbó boca abajo y sacando su lengua comenzó a humedecer con ella la piel del vegetal y cuanto más rápido movía su lengua más la animaba Eloísa diciendo:

─Así me gusta, sí, sí, lo estás haciendo muy bien, sigue así, ahora aprieta un poco más, sí, así.

Y de esta manera los gemidos de placer de aquellas jardineras alcanzaron una modulación y una armonía tal que yo sentí que me desmayaba allí mismo. Leticia y Eloísa se convulsionaron casi al unísono mientras que Susana y Moon chupaban, mordisqueaban y recorrían con su lengua aquellas setas con una glotonería tan fuera de lo normal que realmente yo deduje que aquello debía de estar bien suculento, incluso en crudo. Pues sí que se iba a dar la hartada aquel patrón, pensé con saludable envidia.

No sé cuánto tiempo duró esta coral de gemidos. La impresión de atemporalidad que se había adueñado de mi persona me impedía ser plenamente consciente de tales mundanales asuntos. Lo cierto es que llegado un momento, observando yo cómo Moon escarbaba con sus dedos el mismo centro de la seta que Eloísa aún tenía entre sus piernas y viendo como esta seta se humedecía y se ablandaba al contacto del ahora recorrido circular de sus dedos o de la ahora ligera penetración con que la juguetona Moon estimulaba a aquel agradecido vegetal, escuché de fondo la voz de Leticia saliendo de entre unos arbustos que habían al lado de donde nos encontrábamos. De manera que ya las otras dos habían acabado su cata, pensé con un ligero mareo, ¿en qué momento?

─¡Amigas ─gritó con clara y linda voz─, acudan en seguida, no saben lo que he encontrado aquí!

Aunque Moon seguía plenamente concentrada en su cata, Eloísa, sin perder un segundo, se echó hacia atrás tratando vanamente de separarse de la insistente boca de su compañera. Moon disfrutaba tanto comiéndose aquello que no parecía dispuesta a soltar su manjar tan fácilmente. Entonces Eloísa tuvo que agarrar a su amiga por los pelos de la cresta y tirar de ellos hasta que consiguió desprenderla definitivamente de entre sus piernas.

─Ya está bien Moon ─la regañó─. ¿No escuchas a Leticia que nos está llamando? Tu apetito es insaciable, oye, eres una desobediente. En la próxima cata te voy a poner con Susana.

─Pensé que te estaba gustando ─se disculpó Moon al tiempo que limpiaba sus empapados labios con su antebrazo.

─Sí me estaba gustando pero ya me lo has comido mucho y creo que no queda mucho más que degustar, el vegetal está definitivamente agotado.

─¡Ah, vale! ─se limitó a decir Moon encogiéndose de hombros graciosamente. Eloísa se incorporó y se subió las bragas y ambas se adentraron en la frondosidad de aquel paraje.

Durante unos segundos me quedé ahí fuera, tan anonadada estaba que no sabía qué hacer. De pronto escuché las voces eufóricas de las cuatro mujeres que hablaban sobre lo que, al parecer, era el descubrimiento del siglo. Una especie de planta que ninguna de ellas conocía, ni siquiera Eloísa que era la más veterana en asuntos de jardinería había visto jamás una especie como aquella. Esta conversación de las mujeres estimuló mi curiosidad hasta tal punto que no pude evitar internarme yo también entre la vegetación y entonces lo que vi frente a mí fue impresionante. Allí, en aquella explanada que se abría tras la arboleda, un campo lleno de falos emergidos de la tierra parecía esperar con paciencia la caída de un agua más apropiada que la del rocío que hasta el momento había alimentado los curiosos brotes permitiéndoles crecer. Falos de todos los tamaños y tonalidades, falos rojos, morados, naranjas, amarillos, violetas, falos más gruesos, más delgados, con más o menos relieves en sus tallos, con sus prepucios más o menos grandes y carnosos.

─¿A qué estamos esperando amigas? ─animó alegremente Eloísa─. ¡Vamos!, hay que empezar la riega o estos magníficos sementales acabarán por marchitarse.

Ninguna de las otras tres se hizo de rogar. Corrieron a elegir uno de entre los tantos que crecían por aquí y por allá a la vez que se levantaban los faldones.

─Yo me pido este ─dijo Leticia señalando uno alto y bien grueso, rico en tonalidades naranjas.

─Yo este ─declaró Moon señalando otro que lanzaba intensos destellos violetas y cuyo prepucio adoptaba una curvatura pronunciada e insinuante.

La única que se demoró un poco en elegir fue Susana que, justo cuando Eloísa abría sus piernas sobre un enorme falo de color marrón, semejante al color de la tierra de la que emergía, se decantó por uno más fino y pequeño pero que, curiosamente, mostraba un comportamiento que no se veía en ningún otro falo, se balanceaba y vibraba a la mínima que el viento acariciaba su superficie.

Así pude contemplar cómo, cada una de aquellas inusuales jardineras, cabalgaba sobre su escogido semental. Acuclilladas, con los faldones subidos y las bragas bajadas a la altura de sus tobillos, se dejaban penetrar de tal forma por los brotes que surgían de la tierra que yo pude ver y disfrutar de una escena campesina jamás vista por nadie ni tan siquiera en los mejores museos. Aquellos falos vegetales patinaban por sus vaginas cada vez más lubricadas dejándose regar por la añorada ambrosía y todo eran gemidos, sacudidas, todo era hermoso, plácido a la vez que excitante, armonioso y ya las cuatro mujeres se balanceaban con más vigor e ímpetu, a punto como estaban de estallar en un intenso orgasmo, cuando me desperté en la noche sentada en medio del vagón. Tenía los dedos de una mano metidos en mi vagina y con los de la otra mano me estaba frotando el clítoris, las bragas rodadas y las piernas abiertas bajo mi minifalda vaquera. Sentí el sillón todo húmedo bajo mis muslos. La mirada del único pasajero que viajaba conmigo, un hombre de mediana edad, en el asiento de enfrente, era intensa y penetrante. Carraspeé ý me ruboricé percatándome de la comprometedora situación.

─Disculpe ─dije con un hilo de voz─. Estaba soñando, no pude evitarlo.

El sacudió su brazo y, esbozando una sonrisa de guasa, contestó:

─No se preocupe, señorita, lo comprendo perfectamente.

Entonces tuve que aguantarme las ganas de llorar recordando que hacía dos semanas que lo había dejado con Ulises, que ya nunca más volvería a estar con Lucy y que, seguramente y después de todo este tiempo sin tener sexo, acabaría montándomelo con ese pasajero que continuaba desnudándome con su mirada en aquel mismo vagón. De fondo en el hilo musical del tren que me llevaba a cualquier lugar, lo más lejos posible de la vida que dejaba atrás, sonaba la canción de Gabinete Caligari, “Cuatro rosas”.

 روت

“Dedicado a mis viejas amantes”

2 pensamientos en “Soñé con un campo de falos y tú no estabas en él

  1. Wao!!, desde el comienzo pude reírme tanto con las características cada vez más definidas de cada mujer jardinera jajajaja, sobre todo la familiaridad y confianza con la que se hablaban y trataban, verdadera camaradería diría yo jeje, que nunca imagine el giro que dio la historia ya para el final, pues todo se tornó tan serio como la vida misma, la que escapa de nuestro mundo más onírico, subconsciente y felizmente incontrolado por nuestras mentes, todo ello sin que el final pierda para nada el buen estilo humoristico que bien lleva el hilo de esta historia. 20 puntos para éste espectacular relato, cargado de una tan sutil, como diabólica “intencionalidad”, más allá de la entre linea, también diría yo (tomandome la evidente libertad de hacerlo). 😀

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