La autoestopista

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Me gustan las carreteras, largas, poco transitadas y humedecidas por el rocío de la noche. Me gustan sobre todo cuando regreso de alguna fiesta, borracha y puesta de todo, todavía con la litrona de cerveza calentándose en mi mano, con un zapato puesto y el otro quitado que agarro con mi otra mano. Y toso, y escupo y me enciendo la china que todavía llevaba guardada en el bolsillo de mi pantalón de cuero, luego le doy un trago a la cerveza y tengo que hacer un esfuerzo por no tambalearme demasiado porque voy muy, muy puesta y podría caer en la carretera y me siento algo agotada ya para estar caminando por este prolongado andén. Mis amigos me dijeron: Rut, ¿te vas a ir tú sola con esta oscuridad? No les contesté. Toda la noche de coca y sin nada más que hacer. Saltar, bailar, beber, jalar, ponernos hasta el culo de polvo blanco y nada de sexo, estupideces miles. No les contesté, simplemente les di la espalda y me largué.

Un camión pasa ahora al lado mío. Me toca la pita, dos largos bocinazos y de fondo la voz ronca de un hombre: ¡guapa, chorbo, tetazas!, pero continúa, no ha parado. En el fondo de mi corazón siento una especie de abandono, me habría gustado que hubiese parado, de seguro que me habría llevado a alguna parte, no sé a dónde, lo mismo da, cualquier lugar estará bien en este estado en el que me encuentro. Escucho ahora de lejos el sonido de otro vehículo que se aproxima. Es mi oportunidad. Extiendo el brazo con el que sujeto el zapato de puntiagudo tacón y saco el dedo, no es la primera vez que lo hago, muchas noches acabo haciendo esto pero no siempre tengo suerte. El coche ya se acerca y escucho cómo va frenando poco a poco hasta detenerse. Es un toyota rojo, algo antiguo y destartalado, dentro van tres tipos.

─¿A dónde vas preciosa? –me pregunta el conductor con un marcado acento extranjero. Me limito a encogerme de hombros.

─En realidad no lo sé –respondo─, me da lo mismo.

El conductor, que tiene una rubia melena de aspecto surfero, sonríe, mira a su copiloto, un tiarrón moreno de nariz alargada y luego mira al pasajero del asiento de atrás, un mulato con los pelos de rasta. Los tres sonríen entre dientes, parecen haber tomado una determinación sin necesidad de palabras.

─Entra, anda ─me dice el conductor mientras el de las rastas abre la puerta junto a su asiento y se arrima haciéndome sitio.

Entro por supuesto, por supuesto que sí.

─Hola nenaza ─saluda el mulato abriendo su enormes labios en una inmensa y blanca sonrisa.

─Hooooooola ─susurro alargando esa “o” hasta sus máximas consecuencias.

Como acariciado por una oleada de placer el mulato resopla y el copiloto se vira también resoplando.

─¡Buf!, cómo vas de colocada, ¿no, niña?

Me tomo mi tiempo en contestar. Sé que mis ojos brillan en la oscuridad del coche. Huele a tapicería vieja, a motor reparado cien veces, a pastillas de freno algo quemadas y a gasóleo. Y también huele a los tres hombres que percibo ahora algo nerviosos. Me gusta, me pone.

─Sí ─respondo al fin─, pero no es suficiente. Si tienen algo de coca estaría bien lanzarme una raya, así me espabilaría.

─Aquí en la guantera ─indica el conductor de inmediato con su marcado acento extranjero-. Ahora paramos por aquí cerca que hay un terraplén y nos lo hacemos.

─Si no hay nadie, estará bien ─opino con la voz ronca y profunda que suele salirme de manera natural a esas horas y en circunstancias tales.

Los tres se ríen entre excitados e incrédulos. Por supuesto, por supuesto que sí, se dicen los unos a los otros y yo aún les huelo más. La testosterona inunda nuestra cabina. El conductor pone una cinta de The Cure y acelera. El coche parece una nave espacial desplazándose, silenciosa, en medio del infinito universo. El sol está cerca, lo sé, y estos tres hombres me lo van a iluminar.

Llegamos a la vez que comienza la segunda canción de The Cure,Friday I´m in Love”. La mano del mulato manosea ahora mis muslos mientras, tras sujetar la nuca del copiloto, me lanzo al encuentro de su lengua, una lengua que siento deslizarse bajo mi paladar, suave y sedosa.

─Siempre me han gustado los hombres con la nariz larga ─le susurro entre beso y beso─, no sé qué extraña e inconsciente relación de dimensiones es la que hago, ahora veremos ─confieso al tiempo que el conductor frena en seco en un apartado lugar de no sé qué apartado kilómetro de carretera.

El conductor, con su marcado acento extranjero y su rubia melena surfera, dice:

─Vamos, ¿no íbamos a hacernos primero una raya? Yo la voy preparando pero, chica, deja algo de eso que tienes ahí debajo para mí ¿vale?

Siento su mano acariciando mi pecho bajo el escote, me gusta, me pone. Me ladeo ahora hacia él y le beso y acaricio su dura entrepierna.

─Prepárala tú ─masculla a su amigo con su marcado acento extranjero.

El copiloto le obedece. Abre la guantera, saca la bolsa con el polvo y se dispone a preparar las cuatro rayas.

─¡Aquí están, adelante! ─anuncia de pronto cortando el trío que en un momento nos hemos montado: yo mordiendo el cuello del conductor mientras manoseo su entrepierna, sentada sobre el mulato cuyo pene siento que quiere taladrar el cuero de mi ceñido pantalón.

Las cuatro rayas brillan como líneas de fuego sobre la cinta de The Cure. Las cuatro rayas dicen esnífame, esnífame, y brillan como estrellas en el firmamento.

─Siiiiiii, las quieroooo ─silbo lanzándome hacia ellas.

─¡Eh, niña! ─me frena el copiloto─. Solo una, que tiene que dar para todos.

Inspiro dulcemente la estela de polvo y siento un regusto amargo en la boca. Pronto se me dormirá la lengua, lo sé, y cada uno de los hombres que me acompañan repite esta operación casi con los mismos gestos. Cuando acabamos estamos realmente puestos, sí, muy, muy a gusto. Entonces no hace falta hablar, sabemos que empieza la verdadera fiesta a las seis de la mañana de un viernes lleno de amor, dentro de un destartalado vehículo, rumbo hacia el brillante firmamento.

El conductor se ha alisado la melena y en seguida se ha abierto paso entre los dos asientos de delante para abalanzarse sobre mi escote. Ya me desabrocha los botones de la camisa mientras el mulato sobre el que estoy todavía sentada me saca el botón del pantalón y me lo empieza a bajar. Qué bueno, qué gusto despojarme de todas mis ropas de esta manera. Siento los labios del conductor en mis pezones. Me gusta amamantar de este modo a los sedientos.

─Mis pechos son abundantes ─digo en vista de la voracidad con la que ahora me los está succionando el de la nariz alargada─. No se preocupen, habrá para los tres.

Pero el de la nariz no parece haberme escuchado porque ahora me los está mordiendo y la verdad es que me está gustando, me está gustando tanto que mis pezones se han erizado a la par que toda mi piel. Ellos se han ido quitando también la ropa y ahora los puedo ver completamente desnudos. Como estamos un poco estrechos salgo del coche y me arrodillo en la tierra frente a la puerta del conductor.

─Por favor ─digo─, ¿quién quiere que se la chupe?

Escucho a los tíos riéndose. Bueno, pienso, al menos tienen sentido del humor, nos lo pasaremos bien. En el borde del asiento se ha colocado con las piernas abiertas, cómo no, el que ya he identificado como el dominante del grupo, el conductor con pinta de surfero. La verdad es que está muy bueno. Tiene un pene enorme, duro y bien proporcionado. Así que tras mirarlo unos segundos me lo meto en la boca y comienzo a trabajarlo. Pero no quiero que se corra, así que en cuanto noto sus venas palpitando en exceso pido, por favor, que se sienta otro. Los hombres son muy obedientes y respetuosos con mis mandatos y de esta forma pasan los tres por mi boca y mi sexo se humedece deseando cada vez con mayor intensidad ser penetrada por los tres al mismo tiempo. Pero no, me controlo, antes quiero pasarlo bien. Me meto en el coche y les digo:

─Chicos, esto es lo máximo, uno de mis números estrella en el sexo en picaderos. Ustedes tóquense, por favor.

Los hombres me miran expectantes sentados en el asiento trasero mientras yo, entre los dos asientos delanteros, me coloco de cuclillas sobre la palanca de cambios.

─Uuuuf, tíos ─balbuceo al tiempo que abro mis labios vaginales para que vean lo duro que está mi clítoris y lo bien que me lo toco─, esta palanca sí que está gorda. A ver las vuestras, frótenselas a ver si se ponen así de intensas.

No me sorprende la velocidad con la que acceden a mis deseos. No hay duda de que la luna está en la cabeza de los cuatro de la misma forma. Así, de cuclillas y sin dejar de manipular mi clítoris voy bajando hasta sentir la fría palanca de cambios entrando por mi vagina y estoy tan, tan mojada y lubricada que aquello se desliza hacia dentro, siempre hacia dentro y los ojos de los hombres contemplan ávidos y voraces cada uno de los mete y saca de ese falo de metal que taladra mi vagina, ¡uf!, y me pone, chicos, susurro ya casi sin voz, mucho, y tengo que hacer un esfuerzo por salir de ese placer antes de que el placer estalle en mil pedazos por todo mi cuerpo. Entonces me arqueo hacia atrás para poder coger el ángulo de entrada de la palanca de freno y quedo así, ensartada por la palanca de freno, casi tumbada con la cabeza sobre el volante y el de los pelos rastas se coloca, como bien puede, de cuclillas sobre mi cabeza para que se la chupe y siento además que una lengua está succionando mi clítoris y tras unos minutos, digo entre gemidos:

─Ya no podemos seguir, me voy a correr y quiero que me penetren los tres a la vez, ¡quiero las tres poyas, ya, para mí!

Dicho esto me incorporo  y dispongo la postura de la única forma que se me ocurre como posible en un espacio tan pequeño. El mulato tumbado con la mitad del cuerpo boca arriba sobre el asiento trasero y las piernas por fuera del coche, el de la nariz aguileña arrodillado sobre el mismo asiento tras la cabeza del mulato, yo cabalgando sobre la poya del mulato al tiempo que mamo la del de la nariz mostrando además mi trasero al dominante que, de pie por fuera del coche, me la clava por detrás, ahí, hasta lo más profundo. Tres poyas para tres lunas y el sol a punto de estallar en resplandecientes luces. Ahí sí, duros los tres solo para mí, adentro y afuera, repletas mis tres gargantas y ni una sola palabra ya que pueda salir de ellas, solo el placer, el placer más intenso.

El mediodía me pilla en algún kilómetro de la carretera, en uno de esos bares de gasolinera. Los hombres pararon allí a echarle gasolina al coche. El conductor me dijo que si quería seguir con ellos, que me dejaban en el lugar que les indicase. Simplemente les dije que no, que continuaría a mi bola. Los veo alejarse por la carretera. El destartalado coche rojo al otro lado de la taza de café que humea bajo mis resacados labios.

 روت

 

 

7 pensamientos en “La autoestopista

  1. Muy ingenioso relato, el final es tan relajante como espectacular, es fácil imaginar a la protagonista volviendo su respiración y palpitar a la normalidad con ese café humeante en mano, y sin remordimiento ni culpa. 😉

    • Pues sí, opino lo mismo. Bajo mi punto de vista, creo que esa es la mejor escena de toda la narración, la que refleja toda la densidad interior de Rut. Muchos lectores preferirán otras escenas sin duda, pero esta es la más importante. Me sorprende la profunda lectura que has hecho. Enhorabuena!!!

  2. Por qué va a tener culpa de tener gana de pollas, y nada menos que tres ?, yo haría lo mismo con 3 mujeres, además Ruth dominando el cotarro, con pollas obedientes, a su gusto, y nunca mejor dicho. Sí, quizás esperé nuevos polvos, pero el final está bien. Me gustaría tener una experiencia como esta, no tengo coche. Jajaja. Besosss

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