Viaje a Sodoma y Gomorra en taxi

La lujuria puede flotar en cualquier parte, aunque algunas veces tiene el dudoso gusto de hacerlo alrededor de lo que nos resulta poco atractivo, por no decir repulsivo.

Un día en que la guagua me dejó tirada no me quedó más remedio que coger un taxi. Me encontré de bruces con un hombre enjuto, de escasos cabellos blancos y rostro tan resquebrajado por las arrugas como sus manos por las manchas. A mi solicitud solo me respondió con una mirada extraña a través del retrovisor. ¿Qué quería decir con esos ojos caídos y vidriosos?

Unos diez minutos después de arrancar pronunció unas palabras que me dejaron helada.

─Tengo ganas de ir a un lugar solitario y follarte hasta partirte en dos.

─¿Perdón?

─No te hagas la remilgada. Se nota que te va la marcha… ─prosiguió con una mueca que pretendía ser una sonrisa sugerente─. Nos lo montaríamos ahí atrás, donde estás tú. Seguro que eres de las que se mueven cuando la penetran, como una bailarina brasileña. La última con la que estuve era un palo de escoba… Pero algo me dice que contigo tendré suerte.

No hallaba la ocasión para irme. ¿Qué le hacía pensar que yo estaba interesada en él? Confirmaba el mito del aburrimiento infinito de los taxistas. Tantas horas parados o dando vueltas por la ciudad hacen que se les caliente la cabeza, y algunas veces se les baje el calor hasta la entrepierna. ¿Por qué no me recogió uno que lo tuviera todo en su sitio en vez de este sátiro sin ménades? Definitivamente aquel no era mi día.

─¿Sabes? Me gustaría tener más contacto contigo. Si no te decides hoy te doy mi número y quedamos para otro día. Además, podríamos hacer un ménage à quatre con una pareja que llevé desde el aeropuerto hasta el hotel que hay más arriba de aquí.  Nunca he hecho uno. Debe ser fabuloso…

Nos detuvimos en un semáforo en rojo.

─Me bajo aquí ─afirmé con toda la mala leche que hervía en mis entrañas.

Antes de que se diera cuenta me desenganché de su convoy, tan cargado de decadente lascivia. Caminé con paso rápido para perderle de vista lo antes posible. Al llegar a mi destino se esfumó la incomodidad de ese momento y solo quedó lo estrafalario.

No sé si habrá conseguido a su bailarina particular, pero espero no volver a encontrarme con él cuando vuelva a coger un taxi.

ιουδειθ

© Carmen Cuarzo

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