Cazador de luciérnagas

Alguien dijo una vez que el matrimonio es un crimen porque mata la esencia misma del ser humano: su libertad. No puedo hablar por experiencia propia, pero sí por casos de crisis convertidas en gangas.

El otro día vino un técnico a instalar la fibra óptica en mi casa. Todo iba desarrollándose con normalidad entre especialista y cliente hasta que él terminó de pegar el cable a la pared. Se puso de pie y me miró con demasiado detenimiento.

─Estaría bien que tú y yo pasáramos un buen rato… ─concluyó después del examen.

─¿Qué te ha hecho pensar eso? ─pregunté con mucha incredulidad.

─Que me molas mucho.

─Quizás tú no me moles a mí.

─Si vamos a tu cama te aseguro que cambiarás de opinión ─su confianza en sí mismo me conmovió tanto como una cáscara de plátano en medio de una calle transitada─. Te comería esos labios tan hermosos que tienes, seguiría con esas tetas tan golosas hasta llegar a tu coñito y chupártelo todo entero para después metértela… Debes ser buenísima mamando, tengo mucha leche para ti…

En ese momento sonó su móvil, que cogió con mucho fastidio. Dándome la espalda gruñó y respondió la llamada.

─Estoy trabajando, cariño… No, no voy a casa a almorzar… Está bien, ve a pasar el día con tu hermana.

Colgó con otro gruñido, se dio la vuelta y me sonrió de una manera estúpida.

─No creo que estés liado con tu jefe ─comenté con sarcasmo.

─No somos una pareja tradicional ─respondió de una manera que pretendía ser sincera─. Nos gusta probar cosas nuevas y salir con gente distinta.

─Me gustaría saber su opinión ─afirmé ahondando en la puya─. Algo me dice que ella no sabe lo liberal que es vuestra relación…

─Estamos pasando por un mal momento… ─la sonrisa se le había borrado del rostro.

─…Y es mejor solucionarlo acostándote con medio mundo en vez de hablar con ella y definir la situación. Muy cómodo, ¿no?

No obtuve respuesta, exceptuando el regreso a sus labores. La instalación quedó terminada en dos minutos. Eso sí que hizo alucinar…

Cuando le abrí la puerta para despedirle pasó tan cerca de mí que estuvo a punto de rozarme los pechos y me miró de frente como si me estuviera concediendo un momento de reflexión. Acepté su sugerencia y cerré con delicadeza, sin dejarle decir una sola palabra. Por el sonido de sus pasos supe que no pensaba insistir. Tomó una buena decisión; a mi edad ya no tengo tiempo ni fuerzas ni atolondramiento suficientes para una historia clandestina o una pelea de gatas.

Disfruté de mi nueva velocidad de internet pensado en lo sucedido. Ya encontrará alguna mujer como él. De todo tiene que haber en este mundo de locos.

ιουδειθ

© Carmen Cuarzo

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