La buhardilla y el espejo

En la buhardilla de la casa encontré un viejo espejo de cuerpo entero, algo oxidado en uno de sus extremos. Mi cuerpo reflejado en él se percibía esbelto, bien definido en curvas. Un rayo de luz entraba a través del enrejado de la claraboya sobre mi cabeza. Observé esa luz naranja que iluminaba la pulida superficie del espejo como si fuese un fantasma dejándose caer por entre el polvo y el aire, y así alumbraba también mi imagen. Cerca del espejo vi una silla de madera algo corroída por los años y las polillas. Estaba sola en la casa, tenía tiempo y ganas. Agarré la silla y la coloqué frente al espejo, me senté en ella. Me desabotoné la camisa, aflojé el cinturón del vaquero y solté el botón dejando caer el pantalón al suelo, luego me zafé de él tirando de sus bajos. Contemplé durante unos segundos con detenimiento la imagen que había quedado en el espejo: yo, sentada con las piernas abiertas, apoyada la espalda en el respaldo de la silla, la camisa abierta dejaba ver mi sujetador de encaje negro y mi sexo apenas cubierto por el tanga también negro. El conjunto era sin duda alguna hermoso, de haber sido otra mujer, sin duda, la habría deseado. Sentí cómo afloraba la humedad de mi entrepierna y cómo las imágenes comenzaban a brotar de mi mente una detrás de otra.

 

─Eres mi perrita en celo ─susurró Débora en mi oído al tiempo que ataba en torno a mi cuello la correa de tachuelas─, y harás todo lo que yo te diga.

Diciendo esto dio un tirón a la correa y yo sentí las púas de los clavos morder levemente mi piel.

─¿Estás de acuerdo? ─preguntó.

─Sí ─contesté moviendo la cabeza y emitiendo un sonido inarticulado ya que una mordaza atrapaba mi boca.

 

Deslicé hacia un lado la copa del sujetador que cubría mi pecho derecho y hacia el otro lado la que cubría mi pecho izquierdo y de este modo ambos pezones quedaron por fuera del tejido. En el espejo se veían arrugados y excitados y comencé a acariciarlos y a pellizcarlos. Esto me produjo un intenso y agradable cosquilleo que, como una corriente eléctrica que se bifurcara tomó dos caminos, una se dirigió hacia mi entrepierna y la otra hacia mi cabeza y de este modo, al tiempo que sentí mi clítoris ponerse duro como una piedra, mi mente se volvió a llenar de imágenes.

 

─Ahora gatea por la sala hasta la puerta, que al otro lado nos están esperando. Te voy a presentar a otra como tú.

Débora me llevaba con la correa. La sensación de pertenecerle era tan excitante que ni el áspero suelo de madera sobre el que me deslizaba y que rozaba desagradablemente mis rodillas, ni la incomodidad de moverme de ese modo, me resultaban un impedimento. Todo mi ser estaba a expensas de sus mandatos, mi voluntad, mi cuerpo y todo. Ella podía castigarme si quería pero también podía hacerme gritar de placer. Así Débora me llevaba como quien lleva a su perro de paseo. Detrás de mí ella caminaba erguida y altiva agarrando la correa con una mano y con la otra empuñando una fusta. Por un instante, mientras gateaba, vinieron a mi mente sus botas de cuero hasta las rodillas, sus medias sujetas con un liguero, su corsé de látex y su culot también de látex con el pequeño triángulo abierto a la altura de su clítoris y embelesada con esta imagen, sin darme cuenta, aminoré mi marcha. Ella entonces tiró de nuevo de la correa esta vez con algo más de fuerza y me fustigó las nalgas. Todo mi cuerpo tembló.

─¿Acaso te he dicho que te pares, perrita? Anda y sigue, si no quieres que me enfade de verdad.

 

Pellizqué aún con más fuerza mis pezones y sentí la necesidad de que alguien me los mordiese pero no era posible. Estaba sola, sola por completo en aquella buhardilla y en aquella casa rural a la que me había ido con la clara intención de pasar unas semanas, apartada del mundo para escribir y para olvidar a Lucy. La humedad allá abajo, en mi sexo, ya se hacía evidente en la madera de la silla, mis muslos comenzaban a empaparse. Deslicé mi mano por debajo del tanga y acaricié mi vulva sin dejar de pellizcarme el pezón. Mi espalda se arqueó frente al espejo. Escuché el sonido de la puerta abriéndose casi como si en realidad estuviese sucediendo.

 

─Mira, perrita, ya hemos llegado ─dijo Débora al tiempo que abría la puerta en el extremo del salón─. A partir de ahora tendrás que portarte muy bien y ser muy obediente si no quieres que te castigue de verdad. No tolero más despistes por tu parte, ¿te ha quedado claro? ─añadió en tono amenazador colocándose con las piernas abiertas sobre mí y luego mordiendo mi cuello y tirando de nuevo de la correa. Entonces me enseñó la fusta─. Si te portas mal ya sabes lo que te espera, te voy a dar una paliza con esto y no atenderé a súplicas. Y después soy capaz que te regalo a otra.

Estas últimas palabras me estremecieron aún más que el picor de las tachuelas en torno a mi cuello o que la dureza del suelo en mis rodillas y en las palmas de mis manos. Hubiese gritado, llorado, pataleado: ¡No, por favor, no me regales a nadie, quiero ser tuya, tuya, tuya! Lameré tus pies si me lo pides. Alcé la vista y emití un sonido gutural de auténtica desesperación que ella entendió perfectamente. Entonces se acuclilló a mi lado y me besó en la mejilla, los mechones de su melena morena y ondulada, rozaron mi piel.

─No te voy a regalar a nadie, mi pequeña ─susurró ahora con dulzura─, sé que lo vas a hacer muy bien y conocerás a otra como tú, ya verás.

 

Recorrí con mis dos dedos la anatomía completa de mi raja que estaba absolutamente empapada. Palpé suavemente el inicio de mi vagina y percibí que toda esa humedad salía de allí como si se tratase de la desembocadura imparable de un río. Abrí un poco más mis piernas y rodé la braguita para dejar al aire libre mis labios vaginales que separé con ambas manos. El espejo me devolvió la imagen de mi vulva rosada, lampiña y completamente abierta. Desde ese lado del mundo parecía estar pidiendo a gritos que la chupase, aquel clítoris que palpitaba sutilmente. Por un instante imaginé el clítoris de Débora asomando por entre el látex de su culot.

 

─Y bien ─dijo Débora a la otra mujer que, vestida como ella, llevaba atada del cuello a otra chica de mi especie─, así que este es tu ejemplar.

La otra chica, que también iba a gatas, alzó apenas la barbilla y fijó su vista en la potente e iluminada vulva de mi Débora mientras su dueña, sin soltarla, se acercó a nosotras.

─Pues sí ─contestó─ ahora déjame ver el tuyo a ver de qué madera está hecha.

La mujer se detuvo a mi lado y con su bota me propinó una suave patada en un costado, luego me rodeó observándome detenidamente y pateó mi otro costado.

─Bien ─dictaminó─ parece fuerte y vigorosa, creo que podemos mezclarlas.

Y diciendo esto se agachó y acarició mi espalda desnuda como quien acaricia el lomo de un animal.

─Además, añadió, tiene la piel suave y huele muy bien. Tu ejemplar, definitivamente, me está excitando mucho.

Débora soltó una risotada burlona.

─¿Sí? ─dijo─ pues a mí el tuyo me parece precioso. Si quieres hacemos un intercambio y así las probamos.

Al escuchar esto los pelos se me erizaron. El simple hecho de imaginar cómo aquella chica podría comerle el sexo a Débora, así como yo se lo solía comer, desnuda y atada, me puso rabiosa hasta tal punto que le habría saltado a la yugular. ¡Cerda!, quise decir pero no pude más que emitir de nuevo ese sonido gutural ahora con rebeldía y echar hacia atrás mi cabeza.

─¿Qué haces perrita? ─me contuvo Débora con un latigazo y tirando de la cuerda con tal fuerza que sentí los clavos adherirse firmemente a mi cuello─. ¿De verdad que te vas a portar mal?, mira que te regalo a esta y me quedo yo con la otra.

─Buf ─resopló la otra mujer─, veo que tu perrita tiene carácter, déjamela a mí que le voy a bajar los humos.

Y diciendo esto la mujer se puso de rodillas y frente a mis ojos pude ver cómo se abría la vulva entre el látex que llevaba igual que Débora, con esa triangular apertura. Su clítoris era grande y estaba muy duro.

─¡Chúpaselo! ─me ordenó Débora a la vez que, colocándose con las piernas abiertas sobre mi espalda, me desataba la mordaza─, venga.

Entonces Débora se sentó encima de mí como quien monta a caballo y la otra mujer me agarró de la nuca apretando su sexo a mi boca.

─Así, saca la lengüita como haces conmigo que yo sé que lo sabes hacer muy bien ─dijo Débora al tiempo que manejaba las bridas, estrangulándome levemente con la correa de clavos.

 

Muy excitada golpeé con mi dedo varias veces la punta de mi clítoris y este con cada sacudida temblaba y se quedaba como suspendido en el aire, en tensión, pidiendo más. Miré mi imagen reflejada en el espejo. Ahora había subido una de mis piernas a la silla y así la carnosidad de mi sexo se hacía aún más evidente al otro lado de la luna. Hubiese dado lo que fuera por arrodillarme frente a aquella mujer que se miraba a sí misma desde esa otra cara del mundo y por probar todo aquel océano. Sin poder controlarme más junté dos dedos y comencé a frotar con ellos mi clítoris en pequeños y lentos círculos. Por un instante sentí en mi lengua el sabor de aquella vulva grande y dura, casi como si realmente la estuviese teniendo en mi boca.

 

─Oye ─gimió la mujer─, esta perrita lo chupa muy bien.

─¿Sí? ─añadió Débora─ pues entonces se merece un premio.

Débora me mordió la oreja y luego metió dos de sus dedos en mi vagina.

─Así ─dijo─, sigue así que vas a obtener mucho placer.

Y tras unos minutos taladrando mi vagina, se levantó dejándome sola con la mujer a cuyo sexo me encontraba yo recluida. Mi boca estaba empapada. Hilos de su flujo colgaban ahora de mi barbilla pero no podía despegarme porque esa mujer me apretaba con tal fuerza que casi no me dejaba respirar. Sus gemidos se elevaban cada vez con más intensidad. Entonces Débora le dio mi correa a la mujer y tomó de su mano la de la otra. Vi que se puso de rodillas frente a aquella chica la cual, imitándome, comenzó a lamerle. Por un instante sentí que algo más poderoso que las tachas estrangulaba mi garganta, sentí ganas de llorar, sin embargo aquella emoción lejos de disminuir mi excitación, la intensificó. Los gemidos de ambas mujeres retumbaron por unos minutos en aquella sala en la que se había planeado el encuentro.

 

Mi piel estaba completamente erizada igual que mis pezones. Pensé en demorar la intensidad del placer un poco más, prolongarlo y seguir así deleitándome con la contemplación de mi cuerpo en el espejo y con las escenas que incansablemente acudían a mi mente, sin embargo no pude evitar aumentar la velocidad con la que mis dedos frotaban mi ahora resbaladizo clítoris. A medida que lo trabajaba en círculos un sonido como de chapoteo, un sonido acuático, primitivo, intensamente sugerente, escapaba de esa caliente, húmeda, suave y sensitiva verticalidad. Este sonido disparó aún más mi placer hasta extremos difícilmente sostenibles en el tiempo.

 

 ─¿Y bien? ─balbuceó Débora entre gemido y gemido─, creo que ya las hemos probado lo suficiente, ha llegado la hora de mezclarlas.

Sin decir más se levantó y dándose la vuelta y en vista de que la otra mujer seguía sin separarse de mi cara, la echó a un lado.

─Deja a mi perrita que respire anda, es mía y además la tuya no me lo ha chupado tan bien.

La mujer se destrabó de mi boca con cierto fastidio y se retiró. Antes de disponer cualquier otra cosa Débora me besó en los labios y me dijo:

─Te voy a dar mi coñito un momento ¿vale?, pero luego te portas bien y haces lo que yo te mande.

Mi corazón dio un salto de alegría y de esta forma lamí el coño de Débora con verdadera y profunda devoción, sintiendo brotar de dentro de mi ser un amor tan absoluto que podía haber llenado con él todas las almas de este mundo. De pronto y cuando ya parecía que iba a alcanzar el clímax, Débora me azotó con la fusta.

─¡Ya! ─me ordenó─, ¡para!, ha llegado la hora.

Se levantó y cogiéndome de nuevo de la correa tiró de mí para que me acercase a la otra chica. La otra mujer se había colocado un arnés y ahora le alcanzaba otro a Débora que en seguida se lo puso.

─Ahora ─dispuso la mujer con decisión ─, mi perra se va a poner debajo de la tuya y se van a comer mientras nosotras las montamos ─y diciendo esto le soltó a la otra chica un latigazo tan grande en la nalga que yo percibí claramente el temblor de sus carnes las cuales quedaron marcadas de largos surcos rojos.

La chica, desnuda completamente tal y como estaba yo, se arrastró por el suelo boca arriba, entre mis manos. Tenía unos pezones pequeños pero bonitos y puntiagudos y la hubiese besado en los labios al deslizarse su rostro bajo el mío de no ser porque no me atrevía a hacer nada que mi Débora no me ordenase. Así quedó con su cara entre mis muslos y yo con mi cara sobre los de ella. Tenía las rodillas pegadas y yo, percibiendo el olor de su sexo, un olor como a algas frescas, le abrí las piernas con suavidad, abrí su vulva con mis dedos e introduje la lengua en aquella grieta, catando con deleite toda la profundidad de su anatomía. Casi en seguida sentí cómo ella hacía lo mismo con mi raja, con movimientos suaves, lentos, dulces, cargados de una ternura extrema.

 

La velocidad a la que me comencé a masturbar en ese momento fue tal que estaba ya a punto de alcanzar el orgasmo. Ya ni me pellizcaba el pezón, ni me miraba en el espejo, nada, mis ojos completamente cerrados, absorta mi mirada hacia dentro, hacia el interior de una sala y hacia aquel apretado sexo de la chica. Sin dejar de manipular mi clítoris junté dos dedos y me los metí en la vagina y en ese instante los sentí casi como si realmente fuese el arnés de Débora.

 

La chica arqueó su espalda presa de un estremecimiento y en ese instante vi como la mujer alzando sus piernas la penetraba con el arnés y también sentí el arnés de Débora penetrándome a mi espalda a la vez que me propinó un latigazo en el culo.

─Venga perrita ─me dijo Débora─, así me gusta ─y tiró de la correa con fuerza y sentí los clavos arañando mi garganta y sus potentes sacudidas…

 

Y aquello me estaba poniendo tan y tan cachonda que no pude evitar correrme mientras con los dedos de una mano hacía un mete y saca en mi vagina y con los de la otra frotaba con fuerza mi clítoris. Un líquido espeso se desprendió de mi cuerpo empapándome y yo volví a abrir los ojos y a fijar mi vista en el espejo. La luna me devolvió entonces el reflejo de mi cuerpo, sudada, despeinada, sentada casi al borde de la silla a punto de caerme. ¡Buf!, pensé con una pícara sonrisa, necesito un revolcón salvaje pero ¡ya!, en estas condiciones no soy capaz de escribir ni una línea.

 

روت

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