La pedida de mano

(este relato tiene banda sonora, ¡no te la pierdas!, le da un toque glamuroso a su lectura)

 

Aunque parezca mentira confieso que una vez estuve dispuesta a casarme. Sí, sé que resultará difícil para muchos el imaginarse a un personaje como yo frente al altar, vestida para tal ocasión, prometiendo fidelidad y eterna dedicación a alguien, pero así fue. El amor es poderoso y yo amaba profundamente a Lucy.

Sucedió durante la época en la que Lucy y yo vivíamos juntas. Tras un año de cotidianidad compartida, nuestro trabajo en la agencia iba cada vez mejor, cada vez nos arreglaban más y más citas y también habíamos adquirido tan buena fama en nuestro trato a los clientes que gozábamos de cierta libertad a la hora de elegir los encargos. Ya no nos conformábamos con servicios de poca monta, solo aceptábamos aquellos de alta calidad y convenientemente remunerados. Hacíamos lo que se podría llamar un buen equipo tanto fuera de nuestra intimidad como dentro de ella y nuestra complicidad era evidente para cualquiera que nos observase desde cualquier perspectiva.

La idea de pedirle matrimonio llevaba rondando por mi mente desde hacía ya varias semanas. Como le gustaban tanto las comedias románticas en las que los protagonistas siempre acababan casados y formando una familia, pensé que tal vez aquello le haría feliz y que,  contribuyendo a su felicidad, yo también lo sería aún más de lo que ya de por sí su presencia a mi lado me hacía. De este modo me descubrí un buen día asomándome a cada uno de los escaparates de joyería junto a los que pasaba, determinando qué tipo de anillo y de qué material hecho, definiría mejor la naturaleza de nuestros sentimientos. Y finalmente lo encontré, un anillo simple, sencillo, sin adornos ni gemas, perfectamente pulido y de oro blanco que me cegó al otro lado de las cristaleras. La luz del sol que, en el atardecer se escondía tras el edificio a mi espalda, se reflejaba en él y parecía girar alrededor de su precisa órbita. Sin pensarlo dos veces y sabiendo exactamente las dimensiones de su anular por motivos entre lesbianas obvios, entré y lo compré.

Aquella cajita en la que reposaba el anillo la tuve guardada en la gaveta de mi escritorio durante varias semanas, sin decidirme a dar el paso. Observaba a Lucy por la casa, ir y venir en sus trasiegos cotidianos. Me preguntaba si realmente era lo que ella deseaba. A veces tenía mis dudas y otras veces no. ¿Le resultaría quizás demasiado clásica mi propuesta?, me preguntaba mientras la veía arreglarse para alguno de nuestros servicios, abotonándose el corsé de cuero, pintándose los labios de negro y perfilando sus preciosas pestañas con rímel de color violeta mientras, de fondo, sonaba la música de Alaska y los Pegamoides. Al fin y al cabo nuestra boda sería algo extraoficial, un festejo entre amigos. En los años ochenta no existía en este país nadie que quisiese casar a un par de lesbianas, ¿por qué le iba a resultar clásico?, aunque tal vez en el fondo sí lo fuese. ¿Con qué derecho pretendían un par de lesbianas dedicadas a la industria del sexo, ser como cualquier otra pareja? ¿En base a qué me atrevía a desafiar la moralidad reinante en aquellos tiempos tomando a otra mujer por esposa y además hasta qué punto no estaba yo con este acto repitiendo ciertos patrones sociales oficialmente establecidos, reconociéndole a la institución matrimonial una importancia en el establecimiento de vínculos humanos que en realidad no poseía? Pero sobre todo, ¿querría de verdad ella dar el paso?, ¿aceptaría un acto de fe de tales dimensiones para conmigo?, ¿sería su amor hacia mí tan firme e incuestionable como yo lo percibía? Todas estas preguntas y dudas me asediaban por aquel entonces, hasta tal punto que pasaron semanas y aquel objeto brillante seguía dentro de su cajita, escondido en una gaveta de mi escritorio, apagándose y enmoheciéndose y, finalmente, llegó un momento en que ya no pensé más en él y lo olvidé.

Un día estábamos en uno de nuestros servicios. Lucy y yo habíamos aceptado un trabajo en el chalet de un tipo que tenía fama de pez gordo, en Benidorm. Se trataba de una despedida de soltero por todo lo grande. El chalet tenía una piscina y alrededor de ella lo habían dispuesto todo para armarse la fiesta. Nosotras amenizaríamos la juerga con nuestra enorme imaginación para las dinámicas de grupo. Podríamos hacer lo que quisiésemos para calentar a cada uno de los participantes. Era de día, hacía mucho calor. Yo estaba acostada en una de las hamacas y miraba a Lucy cómo se lo pasaba, de bien, dentro de la piscina. El tipo duro, que además del anfitrión resultó ser el futuro marido, le metía mano. La mano de él subió hasta el pecho de ella y vi cómo le pellizcaba el pezón que se estremeció bajo el sujetador de su biquini. El agua de la piscina se agitó por el movimiento con que ella frotaba aquel pene sumergido. Escuché el gemido masculino en una explosión de placer y el hombre trató de ahogarlo mordisqueando apenas el cuello de mi compañera. Me humedecí con la sola visión. Era tan hermosa… Imaginé su cuerpo todo empapado por el agua y el semen de nuestro mafioso cliente que de esta forma quiso iniciar la orgía mientras los otros debíamos limitarnos a mirar, una manera como cualquier otra de establecer su rol de poder dentro de aquel reducido, elitista y peligroso círculo social. Lucy emergió entonces del agua trepando por las escaleras de metal. Su negra melena goteaba sobre su espalda desnuda y con pasos sinuosos se acercó a mi tumbona. Extrajo de debajo de la colchoneta la caja con todos nuestros juguetes y, sonriendo, me mostró un alargado dildo de doble punta, color lila, que brillaba en cada uno de los relieves con que sus fabricantes habían tratado de imitar la rugosidad de las venas de un pene. Mis ojos se abrieron de par en par.

─¡Vaya! ─exclamé complacida─, ese es nuevo, no lo teníamos.

─Sí ─contestó relamiendo primero una punta del dildo y luego la otra─, lo he comprado especialmente para esta ocasión, vamos a ponerlos a todos muy cachondos follándonos las dos a la vez a esta preciosa serpiente, para que vean estos machitos cómo se lo montan dos mujeres como nosotras ─pronunció estas palabras y con un guiño miró a los hombres que, alelados y sin atreverse a dar un paso, nos observaban desde el borde de la piscina─. Además ─continuó ahora extendiéndose sobre mí, toda su piel mojada sobre la mía─, he encontrado otro artilugio que luego te mostraré ─susurró misteriosa e inmediatamente comenzó a pasar su lengua entre mis labios, aquella lengua húmeda que conseguía excitarme en pocos segundos.

La agarré por la nuca y la besé prolongadamente mientras mis manos apretaron sus glúteos y sentí el calor de su genital en el mío. Ella gimió tímidamente y la besé en el cuello, en la oreja, en la mejilla. El sexo con ella alcanzaba siempre tal grado de sensualidad que ya estuviésemos en plena orgía ya en la más íntima calidez de nuestros edredones, cualquier coraza que pudiésemos pretender ponernos la una para con la otra fluía y se derretía aún sin habérnoslo propuesto. Y así, besándonos y besándonos acabamos sentadas una frente a la otra. Yo le lamía los pechos rodando suavemente la copa de su bikini y ella frotaba mi clítoris rodando suavemente la braga del mío. Los tipos en el borde de la piscina comenzaron a ponerse nerviosos. Escuchaba sus carraspeos cada vez más cortos e insistentes. Algunos estaban ya desanudando sus bañadores y otros se acariciaban la entrepierna sin dejar de mirarnos. Uno dijo de repente en alta voz:

─A estas gatitas les va la marcha.

─Sí ─maulló Lucy mordiéndose los labios tras las marañas de su ahora alborotada melena, su rostro tan cerca al mío… ¡madre mía!, la habría besado hasta los huesos y más allá. En ese instante se echó hacia atrás y colocó el alargado dildo entre ambas─. Quiero jugar ─dijo con su melodiosa voz a la vez que se retorcía los pezones con los dedos y abría aún más sus piernas frente a uno de los extremos del mismo. Al ver esto yo, por supuesto, hice lo propio, acaricié su mejilla y luego, sujetándola por la cintura la atraje hacia el desarrollado pene animando a que se penetrase con él. Ella, tras sentir el gozoso anclaje, clavó sus uñas en mi trasero y me arrastró hacia su cuerpo, provocando de este modo que mi extremo de serpiente se deslizase también por el interior de mi vagina.

Suave por el material con que estaba hecho y rugoso a la vez por la protuberancia de sus venas, la penetración resultaba excitante y estimulante, sin embargo lo más estimulante era ver como toda Lucy se agitaba a la vez que yo, de delante a atrás, columpiadas ambas por el unísono placer que estábamos sintiendo, por momentos pegadas y al instante siguiente separadas, recorriendo de esta manera la longitud completa del juguete que ya estaba blanco de nuestro flujo y chorreaba desde un extremo hasta el otro. Entonces nuestros cuerpos se juntaron, nuestras pieles estaban sudorosas y sus pechos quedaron pegados a los míos. Nos besamos y arañamos los glúteos, las espaldas, los hombros y ya algunos de los hombres que observaban excitados el espectáculo habían comenzado a masturbarse. Sentí que estábamos hechas de la misma materia. Sin saber por qué, recordé el anillo y pensé que de haberlo tenido en mi poder no habría dudado en pedirle el matrimonio en ese preciso instante y fue en ese preciso instante que Lucy se desenganchó del pene, se inclinó hacia nuestro arsenal de juguetes y, cual si me hubiese leído el pensamiento, extrajo de él la pequeña caja.

─Mira lo que encontré ─me dijo con una sonrisa pícara─, es un divertimento nuevo que me tenías guardado, ¿verdad?

La miré estupefacta, no me lo podía creer, allí estaba el anillo. Lucy abrió la tapa de la caja y aquella superficie pulida y brillante volvió a relucir.

─Se me ha ocurrido una utilidad interesante para esto ─dijo al tiempo que se recostaba sobre la mitad de la tumbona dejándose caer de cintura para arriba, su cabeza y su melena quedaron desparramadas por el suelo. Se desprendió de la braga y colocó el anillo entre sus labios vaginales. Su clítoris se veía perfecto, circunvalado por el tan romántico artículo, duro y puntual, reclamando a gritos mi lengua─. ¡Chúpame! ─la escuché suplicar desde su dulce garganta.

Mi corazón se estremeció. Desde luego no era este el uso que había imaginado darle a aquel producto de joyería cuando lo compré pero, ¿cómo decirle que no en circunstancias tales? Sin sacarme aún el extremo del dildo que quedó colgando de mi vagina, me tumbé boca abajo, frente a su rasurada entrepierna, y con la punta de mi lengua justo en medio del anillo comencé a lamer y lamer su clítoris. La sensación de erección era extrema, de su vagina se desprendió un pequeño riachuelo de excitación líquida que humedeció la colchoneta de la tumbona.

En ese momento el pez gordo dueño de la mansión se acercó a mí por detrás y comenzó a meterme y sacarme el juguete. Parecía que todos los hombres hubiesen estado esperando a este primer movimiento de él para aproximarse pues en unos segundos nos rodeaban como cinco tipos todos con sus penes prominentemente enhiestos. Antes de que emprendiésemos la acción en grupo cogí el anillo entre mis dedos, me desquité de la penetración con un movimiento resolutivo, me senté en la tumbona con las piernas abiertas y, con mi brazo en la espalda de Lucy la ayudé a incorporarse quedando de este modo también ella sentada y con su rostro de nuevo frente al mío.

─Este anillo lo compré para pedirte que te cases conmigo Lucy. Te quiero con locura –dije pronunciando bien cada sílaba.

Lucy arrugó el entrecejo y me miró perpleja, sus almendrados ojos clavados en los míos.

─¿Cómo has dicho? –preguntó confundida al tiempo que uno de los hombres le desataba el sujetador del bikini y otro de rodillas a su espalda interponía su mano entre ambas para tocarle la vulva. Una mano grande y algo brusca comenzó también a acariciar la mía. El estremecimiento que sentí apenas me permitió articular:

─Lo que oyes Lucy, ¿me harías el honor de ser mi esposa? ─y sin pensármelo dos veces y antes de que fuese demasiado tarde ensarté el anillo en su dedo y me di cuenta de que le quedaba un poco suelto, había calculado mal el diámetro del mismo.

─Pero… ─balbuceó Lucy aunque no pudo continuar porque ya un tipo la agarraba por la cintura y, de esta forma y casi en volandas, se la llevaba a la tumbona de al lado.

En ese momento el anfitrión mafioso, dueño de la mansión, dándome una nalgada insistió en que me colocase a cuatro patas.

─¿Estás bien lubricada? ─dijo─, porque te voy a encular a base de bien –y empapándose la palma de la mano con mi flujo, humedeció la entrada de mi ano. Inmediatamente sentí su prepucio discurriendo canal adentro. Aquello me ponía, sin duda, pero aquel día mi concentración buscaba otro objetivo. ¿Mi objetivo?, conseguir el sí incuestionable de Lucy.

─Entonces, Lucy ─grité entre jadeo y jadeo de mi montador─, ¿qué me dices?, ¿te casas conmigo?

Lucy en la hamaca a mi lado estaba siendo follada por un pene de considerable longitud y grosor. El hombre la tenía alzada por las nalgas, quedando de este modo su ingle lo suficientemente elevada como para penetrarla él de rodillas. Las clavadas que estaba recibiendo eran bestiales y, entre sacudida y sacudida, Lucy no paraba de gemir mientras se frotaba el clítoris hasta que comenzó a gritar. Lucy tenía su punto salvaje y aquello la excitaba mucho, yo lo sabía, tendría que hacerle la pregunta aún más alto para que me escuchase.

─¡Y entonces! ─repetí en un acceso romántico al tiempo que mi montador me arreó tal sonora torta que me obligó a apartar la vista de la hamaca de al lado y mirar hacia delante, hacia la piscina, emitiendo yo un desgarrador “¡ay!” ─. ¿Aceptas ser mi esposa? ─insistí cuando al fin pude hablar tras recomponerme del azote.

─¡Sí, sí! ─aulló Lucy y mi corazón dio un vuelco dentro de mi pecho.

El dolor que la brutal penetración anal del tipo me estaba produciendo impedía que ladease la cabeza hacia ella pero, sin embargo, sentía la mayor de las dichas y ahora quería volver a escucharla así que insistí por última vez:

─¿Eso quiere decir que aceptas?

─¡Sí, sí, sí! ─volvió a chillar Lucy.

Así que tras esto y henchida de felicidad por aquel sí, no solo me centré en que la sodomización de aquel animal fuese la mejor de su existencia y de la mía sino que además me follé triunfalmente a cinco comensales más, uno detrás de otro y Lucy hizo un tanto de lo mismo con la misma intensa devoción.

Horas más tarde, al regresar a casa en el vuelo que cogimos aquella misma noche, agotadas y con nuestros sexos exhaustos y adoloridos hasta tal punto que casi no conseguimos acomodar nuestras posaderas en el asiento de la cabina del avión, acaricié los dedos de Lucy y le dije apoyando mi frente en su hombro:

─Entonces, ¿para cuándo quieres que organicemos la boda?

─¿Qué boda? ─preguntó apartando su cabeza y mirándome a los ojos sin comprender.

─¿Cómo que qué boda, Lucy?, la nuestra.

─No te entiendo Rut ─dijo ella─, no sé de qué boda me hablas.

─¿Tú no me dijiste que sí? ─me estaba empezando a angustiar─. A ver, Lucy, ¿yo no te pedí matrimonio, no coloqué el anillo en tu dedo y no me dijiste que sí? ─bajé la vista hacia aquella linda mano que estaba acariciando y me percaté de que el anillo no estaba allí.

─¡Ah, el anillo! ─sonrió ella con gesto travieso─. Sí, estuvo bueno, bonita erección le dio a mi clítoris, ¿verdad?, lástima que se me resbaló del dedo y cayó por la rendija del alcantarillado de la piscina que si no lo habríamos podido volver a usar en cuanto nos repusiésemos de esta tremenda juerga ─se carcajeó.

─Pero… ¿entonces?… ¿el sí? ─un nudo apretó mi garganta y me sentí ridícula.

─¿Cuál de los sis que he gritado hoy, Rut?, ¿viste las tremendas vergas que tenían esos tíos?, cualquiera no gritaba ¡sí!, me estaban rompiendo por dentro, ¡qué gustazo Rut! Y míranos ahora que no podemos ni caminar, estoy como drogada del placer, apenas lo recuerdo todo como en una nebulosa.

Sin insistir más sobre este asunto y viéndola tan feliz, pletórica y colmada de gozo pensé que hay personas a las cuales las bellas oportunidades de la vida como les vienen se les van, cual fantasmas en la noche, sin siquiera llegar a saber si fueron sueño o realidad. En ese momento tuve la absoluta certeza de que yo no había nacido para casarme con nadie y nunca más se me ocurrió volver a desearlo, ni con Lucy ni con el resto.

روت

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