Taxi Norte

La gata deja su esencia en los ojos de muchos

 

Nunca olvidaré aquellas primeras vacaciones y últimas de mi ruptura con quien me arrebató un corazón que había vuelto a latir con generosidad y valentía, con la pasión que sólo es comparable a los primeros amores.

Me llevó a un modesto hotel asturiano ubicado en una cala. Durante el día y en pleno mes de agosto la cala se volvía imposible de pisar, sin embargo, llegado el atardecer, enmudecía para convertirse en una sorpresa para los sentidos cuando bajaba la marea y se transformaba en un reducto de silencio, paraíso perfecto para sentarse en la arena y hablar sin prisas. Ya sabía dónde me llevaba, él conocía muy bien aquel lugar, había buscado un rincón donde el reloj quedase aparcado y mis agujas pudieran moverse con libertad.

La primera mañana me despertó como yo no estaba acostumbrada, imbécil de él, era un romántico y pegado a mí abrí los ojos sintiendo sus labios en mi cuello, sus manos en mis pechos y su pene entre mis piernas. Por unos instantes me hice la dormida, me gustó sentir su excitación hasta que le dejé penetrarme. El niño duró bastante y me hizo correr dos veces, tiempo durante el cual moví los labios de abajo y los de arriba para gritar sin importarme que me escuchasen desde las habitaciones de al lado.

Así que aquel día había comenzado con una amplia sonrisa en la cara y con un buen desayuno frente a la arena antes de que llegase la marea de turistas. Lo tenía todo previsto, sabía de mis apetencias y propuso que no nos quedásemos allí, que cogiésemos unas birras y unos bocadillos y nos fuésemos a caminar un rato. De tal forma me llevó por un angosto sendero de monte hasta una preciosa playa natural, nudista y rocosa en la que pasamos el día tomando el sol, riendo, nadando en unas aguas frías que apenas le bajaban la erección al muy cabrón ya que insistía en bucear entre mis piernas a cada rato rozando sus labios contra los míos que aquella mañana, en la habitación, ya habían hablado por dos veces y que se sentían hinchados y desnudos y él podía verlos constantemente y su erección era prominente y permanente.

 

"Serie azul", © Esther Álvarez, 2016.

“Serie azul”, © Esther Álvarez, 2016.

 

Tras no sé cuántas horas, perdida completamente la noción del tiempo, él manifestó su interés por enseñarme una pequeña gruta que había a unos metros tras nosotros. Estuve de acuerdo y hacia allí nos dirigimos. Al entrar toqué la frialdad de sus paredes y de inmediato percibí a mi espalda al vástago queriendo explorar mi sexo, metiendo su cabeza. Así que para eso me había traído hasta aquí, pensé. Ya empezaba yo a excitarme de nuevo cuando, repentinamente apareció una pareja y tuvimos que dejarlo. Irritados por la calentura salimos de la gruta y volvimos a tumbarnos en la arena hasta que la marea subió, por cierto de qué forma en Asturias, y subió tanto que de pronto nos percatamos de que sería imposible volver por donde habíamos venido. Para regresar tendría que enseñarle a escalar las rocas, no quedaba otra opción. De esta forma acabamos ambos trepando la pedregosa costa yo, por supuesto, delante, y él, cómo no, detrás, sin sacar sus ojos de mi sexo, el muy salido, que asomaba de mi cortísimo short vaquero.

Cuando llegamos a la habitación nos resultó imposible contener el deseo, tampoco lo intentamos la verdad, y nos devoramos a pesar de que habíamos quedado en ir a cenar a un asador cercano. Permití que limpiase la sal del mar de mis labios con los suyos. Tras esto los asadores aún estaban abiertos y allá fuimos a cenar porque ambos queríamos más carne y la brasa, caliente como estaba, pedía más y más condumio. En el restaurante no cesamos de reír, un vino tras otro, y su mirada de deseo se clavaba en mis pezones que marcaban sus insinuantes relieves bajo el fino tejido de mi camiseta.

Volvimos al hotel tarde y ya había desaparecido la multitud. En el parking sólo los grillos nos saludaron. Le dije que se fumase un cigarro, que no había prisa y que podía acabar de escuchar “Just Give Me a Reason” sin embargo, al instante, salté como una gata al asiento trasero, me saqué las botas y el short, no las bragas porque no llevaba, y le mostré mis labios al tiempo que mordía los de mi boca. Se quedó patidifuso, nervioso y temeroso de que pudiesen vernos. Tras esta inicial confusión, ya recobrada su capacidad de raciocinio, apagó el pitillo y vino a sentarse junto a mí. Allí se dejó hacer de todo y me lo follé ni sé por cuánto tiempo hasta que sucedió lo mismo que en la cueva aquella tarde, al lado nuestro aparcó otro coche y lo tuvimos que dejar. Casi sin abrocharnos los pantalones volamos a la habitación y allí sí que tuvimos una larga y bonita noche de grillos.

¿Sabéis qué sucedió el resto de las vacaciones? Pues es fácil de imaginar cuando mantienes una sonrisa en la cara y te dejan soñar. Le enseñé a tocar las notas más afinadas y las más desafinadas en las húmedas rocas de mi cuerpo.

 

"Serie rojo", © Esther Álvarez, 2016.

“Serie rojo”, © Esther Álvarez, 2016.

 

Luego aquello terminó no sé ni cómo. Lo cierto es que de ese tipo ya casi nunca me acuerdo, sólo en extrañas ocasiones como esta y entonces pienso: ¡que le den al muy cabrón!

“Bilbao 88”         firma2

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