Judit al desnudo, antes de ser descubierta por Rut

Creo que ya os expliqué en mi post anterior los motivos por los cuales me he visto en la difícil tesitura de tener que desenmascararme y contar cómo es mi verdadera vida erótica la que, por supuesto, no muestro frente a mi marido ni en mi vida social y pública, ya que esto podría restarle votos a él, gran hombre dedicado a la política y a demás cuestiones de estado, y perjudicar de manera considerable mi imagen de buena mujer casada.

Sin embargo y a pesar de las presiones que la directora de este blog, la “señorita” Rut, ha ejercido sobre mi persona, no creáis que nuestra relación como amigas se ha visto mermada, no, ni mucho menos. Tal y como acordamos, mientras mi identidad no salga a la luz no sólo no habrá problema sino que, de algún modo, esta nueva forma de escribir me brinda una sensación de libertad que de otro modo no habría podido experimentar.

En mi post anterior os había prometido relataros cómo fue que mi amiga, la “señorita” Rut, descubrió mis licenciosas actividades llevadas a cabo siempre a espaldas de mi vida conyugal y de mi conservadora congregación de amistades y así haré ya que, quizás otra cosa no, pero mi palabra siempre, siempre la cumplo, excepto aquella que tenga que ver con cualquier tipo de fidelidad sexual, como ya os imaginaréis, especialmente las pronunciadas frente al altar dirigidas a mi querido esposo.

El día aquel en que Rut me descubrió, mi marido había regresado a casa a la hora habitual del mediodía con un periódico local en la mano. Se sentó en la mesa de la cocina y arrojó el periódico furioso sobre la mesa. Desanudándose la corbata exclamó:

─Qué tonterías dice la opinión pública. Ya no saben ni cómo vender periódicos. Ahora me critican todas esas feministas, partida de abortistas y de lesbianas, diciendo que soy la viva imagen de esa sociedad del patriarcado que ellas aborrecen. Y todo simplemente por haber observado una realidad que hasta el más mediocre analista habría observado y es la de que el paro ha aumentado desde que la mujer se ha incorporado al mercado de trabajo, que lo mejor sería que las mujeres se dedicasen a lo de siempre. Si siempre fue así, ¿a qué vienen ahora a pretender cambiarlo? Y es simplemente verdad, todas esas frustradas, camioneras, que no han encontrado un macho alfa que se las folle bien, ese es su gran problema, ya podrían estarse calladitas, dedicadas a las labores familiares, como tú ¿verdad mi Judit?, que eres tan feliz conmigo…

Y sin dejarme siquiera responder, estando yo frente al fregadero poniendo en remojo el cacharro con el que me acababa de calentar el café, sentí sus manos por detrás levantándome la falda. Sus dedos torpes rodaron mis bragas, separaron mis piernas y sin quitarse si quiera los pantalones, sacando su ridículo pene entre la cremallera, me penetró así sin más, sin preocuparse en ponerme mínimamente húmeda. Fue, cómo no, un polvo soso, insulso, un polvo que a él le sirvió para recobrar su lastimado estatus de poder y a mí me sirvió para perder cinco minutos de mi precioso tiempo y de mi garganta gimiendo como si me viniese el mejor orgasmo de mi vida cuando en realidad lo que más me hubiese apetecido era bostezar y, sobre todo, que me dejó con un calentón de verdadera polla increíble. Por eso, y no es que quiera de nuevo excusarme, aquella noche, aprovechando que era viernes y que mi marido tenía una cena importante de diplomáticos, a la que no podían acudir las mujeres según él mismo me había advertido, yo, con la excusa de que necesitaba refrescarme un rato, me fui al bingo dispuesta a gastar cuanto más, mejor.

La sala de bingo estaba especialmente concurrida y, viendo a un solitario hombre de cierta edad pero muy bien parecido, sentado a una mesa y contando con meticulosidad algunos billetes que quedaban entre los pliegues de su cartera, me senté a su lado.

─¿No tienes mucho dinero ya? ─le pregunté.

Él se encogió de hombros y me miró. Sus ojos brillaron por un instante. Supongo que no se pudo creer lo que le estaba sucediendo, de repente una mujer tan guapa como mi persona y tan elegante lo había escogido de compañero de mesa, así sin más esmero de conquista por su parte.

─Yo tengo mucha pasta, añadí, y acabo de llegar y…no me apetece estar sola hoy ─sonreí con picardía─, ¿te importa acompañarme?

El hombre se agitó por un momento, pasó su mano por su coronilla y resoplando afirmó con la cabeza.

─Pues venga ─resolví─. ¡Croupier, tráiganos diez cartones que este señor y yo vamos a apostar y mucho!

Así comenzó una velada de locura y juego que se extendió no sé cuántas horas a lo largo de las cuales ganamos, perdimos, volvimos a ganar y volvimos a perder y bebimos, bebimos no sé ni cuántas ginebras yo, ni cuántos whiskies él, todo, por supuesto, pagado por mí y entre cartón y cartón me abalancé sobre sus labios no sé ni cuántas veces mordiéndole la boca con un deseo y una necesidad de empaparme de su semen más que evidentes. Y hasta tal punto llegó a estar el ambiente caldeado que antes de abandonar el local, nos precipitamos ambos hacia los servicios y allí mismo, amenizados de fondo por la voz del croupier que cantaba los números y por los gritos de ¡línea! que a ratos se alzaban de entre las mesas, liberamos nuestra lujuria, él sentado sobre el inodoro con los pantalones y los calzoncillos bajados hasta los tobillos y yo con mi falda subida, las bragas echadas a un lado y cabalgando sobre sus inglés para sentir con cada sacudida cómo se deslizaban sus, por lo menos veinte centímetros de pene bien duros por toda mi vagina. Y oye, aquello sí que fue un buen polvo, con qué voracidad me la tragaba, hasta que al fin el hombre se corrió, no dentro por supuesto, minutos antes tuve la precaución de liberarme de la penetración, arrodillarme en el suelo y chupársela con entusiasmo extremo hasta que su líquido espeso y abundante mojó mis labios, mis mejillas, mis ojos y hasta mi pelo, tal fue el impulso con el que aquel chingo fue expulsado de su magnífico prepucio.

Después de aquello él carraspeó varias veces mientras se subía el pantalón y se lo abrochaba, yo creo que sin creerse todavía lo que le estaba sucediendo, y yo me abotoné de nuevo el escote, me alisé el pelo y me coloqué modosamente la falda tras lo cual él me dijo:

─¿Y ahora qué?, no sé ni tu nombre.

─Para nada necesitas saberlo ─le interrumpí─. Ahora tú y yo nos vamos a un swinger que hay por aquí cerca, vamos a seguir pasándolo en grande.

Dicho esto le cogí de la mano y lo arrastré hacia la calle y fue en el swinger donde me encontré con la directora de este blog, la “señorita” Rut, que, como vosotros ya sabéis, suele merodear por esta clase de antros.

Así que tal y como les explicaba al principio del presente post fue aquí, en este local swinger donde aconteció la escena que puso mi reputación en las chantajistas manos de Rut y, aunque os prometí que hoy contaría esta escena de mi vida, al tratarse sin duda de un episodio muy importante y que necesita larga explicación, prefiero dedicarle un solo post a él, así que os emplazo para mi próxima publicación. Sólo sepan que sucedió en un cuarto oscuro, aunque con la suficiente luz a la entrada como para que la “señorita” Rut pudiese verme y seguirme…

Lo dejamos ahí por lo pronto. No sé vosotros pero yo ahora mismo me voy a gusto, con el sabor en mis labios del semen de mi compañero de mesa en el bingo y con la satisfactoria sensación de sus veinte centímetros de musculoso pene frotando mi vagina.

Respecto al macho alfa de mi marido, pues ya sabréis a lo largo de mis relatos cómo se las ingenió para salir bien parado con la opinión pública y con todas esas feministas de moral más que discutible, ejem, mejor no hablar de ellas, ¡marimachos!, y lo siento Rut si no te gusta lo que digo, en este país aún hay libertad de expresión, gracias a grandes hombres como mi marido, que luchan porque las instituciones democráticas aún se mantengan en pie, a pesar de esos corpúsculos antisistemas que tú y muchas mujeres como tú apoyáis, mujeres de ética y principios más que dudosos, ¡¡¡que ya es bastante con que tenga que estar contando en este blog todas estas dobles actividades mías por tu culpa!!! En fin…

ιουδειθ

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