Deseo en alta mar

Estábamos en aquel crucero surcando el Mediterráneo. Acabábamos de dejar atrás la costa griega cuando tú apareciste. Lucy y yo nos hallábamos en una de las cubiertas superiores, cerca de una de las piscinas al aire libre, rodeada de tumbonas, que el crucero había instalado para disfrute y diversión de sus pasajeros. Casi se podía notar la ironía, toda aquella gente chapoteando en el agua de un recinto cerrado, rodeados de millas y millas de mar abierto. Al principio no estaba seguro de que fueses tú. Te habías teñido el pelo de un negro color azabache que contrastaba a todas luces con el rojizo color caoba al que me tenías acostumbrado e ibas ocultando tus ojos tras unas opacas gafas de sol. No obstante ese lunar sobre tu labio, esos pómulos levemente alzados y esos pechos generosos, aprisionados bajo una blanca blusa veraniega, no dejaban lugar a dudas. Te dirigiste hacia el bar situado junto a la piscina y te sentaste en uno de los taburetes libres, justo al lado de una pareja de veinteañeros que te miraron de arriba a abajo como quien mira un caramelo por desenvolver. Les ignoraste y llamaste al camarero para que se acercara. Pronuncié tu nombre en alta voz aún temeroso de haberme equivocado de persona, siempre he sentido algo de espanto al imaginarme haciendo el ridículo confundiendo a una desconocida con otra persona.

Te diste la vuelta casi inmediatamente con el ceño fruncido. Imagino que no esperabas que alguien te fuese a identificar o que algún conocido coincidiese contigo en aquellas vacaciones. Sentí una pizca de culpabilidad en ese instante. Era más que probable que no quisieses ser incordiada en aquel viaje de placer aunque fuésemos amigos desde hacía tantos años. Tu mirada recorrió la cubierta hasta dar conmigo y entonces una sonrisa asomó a tu rostro, sincera, relajada. Yo sonreí también y te hice señas para que te acercaras. Lucy se había despertado de su sopor ultravioleta y me preguntó que a quién llamaba. Cogiste el caipirinha que el camarero te había servido y te acercaste caminando lentamente, con tus andares de modelo de pasarela. Lucy terminó de despertarse completamente al llegar tú a nuestro lado. Sus ojos se abrieron como platos cuando tu sombra se posó sobre su figura. Te di dos besos e hice apresuradamente las presentaciones. Te agachaste para darle dos besos y tus mejillas quedaron impregnadas de protector solar. Te pregunté qué hacías viajando por esos mundos y me comentaste que estabas harta de la vida en la isla. Aquí al menos el mar no es la misma cosa cada día, me dijiste. Yo me encogí de hombros y comenté que el mar es el mismo, te despiertes donde te despiertes. Lucy nos observó con curiosidad.

Ella es hija del continente, dije señalando a mi compañera de crucero, no entiende la perspectiva provinciana del isleño de rajarse de su tierra constantemente paro luego estarla echando siempre de menos.

Lo cierto es que yo tenía razón. Tú y yo estábamos acostumbrados a viajar, por estudios o por trabajo, a recorrer miles de kilómetros en apenas un día cada dos por tres, así que afirmaste, mostrando una espectacular sonrisa que dirigiste a Lucy y yo en ese momento decidí dejarlas solas e ir a la barra a pedir algo de alcohol. No sabía muy bien qué tomar y finalmente me decidí por probar toda la carta de exquisitas margaritas que me empezó a preparar una de las camareras, una negra preciosa con un culo fantástico y unas tetas de escándalo. Horas antes había escuchado que era la novia del D.J. y que al parecer eran monógamos hasta decir basta, así que por esa vía no tenía nada que hacer. Una pena porque él también estaba muy bueno y tenía unos músculos dignos de ser admirados durante horas. Entre trago y trago de margarita me los imaginé a ambos haciendo ejercicio en el gimnasio del crucero situado dos cubiertas más abajo, sudando, suspirando y gimiendo, en fin, dándole a las máquinas del gym un uso muy poco legítimo. Uno de los camareros me devolvió a la realidad preguntándome si quería tomar algo más, un querubín rubio con cara de modelo que podría haber pasado por el novio de la Barbie. Miré mi vaso, ¿en qué momento lo había vaciado? Le pedí entonces otra margarita, esta vez con sabor a fresa. Mientras me la preparaba me di la vuelta en la barra. Allá, en la tumbona, te habías despojado de la blusa y estabas ahora tumbada boca abajo en una hamaca junto a la de Lucy. Lucy, sobre tu espalda, te embadurnaba de crema solar. Pensé entonces que debías de habérselo pedido nada más irme yo. Llevabas un bañador color ocre. Te desabrochaste la parte de arriba para que ella pudiese esparcir con más comodidad el ungüento. Las vi mover los labios y me pregunté qué estaríais murmurando. Lucy dijo algo y tú sonreíste y así continuaron hablando. Tú murmuraste algunas palabras y de pronto ella rompió en carcajadas. ¿Acaso estaban coqueteando? Alcé un poco las cejas. La verdad era que no estaba acostumbrado a que Lucy se riese así con alguien a quien no conocía, y mucho menos si esa persona era una amiga mía. La verdad era que mi chica resultaba ser bastante reservada. No le gustaban para nada las confianzas y las veces que había visitado Canarias, había tenido algún problema con lo que ella interpretaba como una extrema zalamería por parte de las mujeres y de los hombres isleños.

Cuando regresé a la zona de tumbonas, copa en mano, lo primero que hice fue preguntarles qué era aquello de lo que tanto se reían. En seguida me comentaste que le estabas contando a Lucy una anécdota de nuestra juventud más fiestera, allá en los bares de la Forward City y que ella, a la par, te estaba poniendo al corriente sobre mis experiencias en los tugurios más sombríos de Chueca. Me limité a bufar diciendo que no es tan fiero el león como lo pintan. Lucy terminó entonces de echarte crema por la espalda y comenzó a untarla sobre tu culo y tus muslos con lo que yo calificaría como una  actitud de extrema dedicación. Me pareció algo extraño eso pero no le presté mayor atención al asunto. Permanecimos así un buen rato, hablando de lo divino y de lo humano, a veces tú y yo, a veces ella y tú, a veces yo y ella y a veces los tres juntos. El caso fue que la tarde pasó volando y cuando menos lo esperamos ya el sol había caído.

Fue en esa taciturna hora de la tarde cuando nos preguntaste si queríamos que fuésemos a cenar juntos. Que estabas harta de cenar sola y de que se te acercasen borrachos alemanes y británicos intentando meterla en caliente dentro de una diosa atlante o incluso dando a entender que estaban dispuestos a pagar por ello. No era que te desagradase la idea, nos dijiste, la idea de que alguien pague por tener relaciones sexuales contigo, pero sí que te fastidiaba enormemente que todo ese intercambio se redujese a un mero folleteo, sin experiencia emocional o psíquica de por medio, que para ti resultaba casi tan importante como el orgasmo fisiológico acompañado de eyaculación. Si fuese prostituta, afirmaste, sería la Sasha Grey española. Entonces confesaste que te estaba entrando mucha pereza el ir a tu camarote, en la otra punta del crucero, a cambiarte para la cena.

Algo en mi mente despertó en ese preciso instante, los engranajes de mi cerebro comenzaron a ponerse en movimiento. En parte deseando que sucediese lo que quería que sucediese, en parte deseando dejarte la suficiente libertad como para que te echases atrás si lo veías necesario, te dije que a nosotros también nos parecía una pérdida total de tiempo y que, sin ningún problema, podías venirte a nuestro camarote, que además era de los de lujo, que podíamos pedir que nos sirviesen la cena allí y que allí, muy a gusto, podríamos seguir charlando y bebiendo. Por un instante te vi dudar. No parecías tener claro si lo que te proponíamos era alguna clase de encerrona, pero, ¡qué cojones!, podría ser divertido. Hasta el momento no habíamos dicho o hecho nada para darte a entender que queríamos algo contigo, ni Lucy ni yo.

Así que, finalmente, aceptaste la propuesta. Bajamos un par de cubiertas hasta llegar a nuestra habitación recién arreglada por el servicio del crucero. Entraste y cuando contemplaste las dimensiones de la misma soltaste un silbido de admiración. Dijiste que la tuya era la mitad de grande. Yo te escuché y luego llamé al servicio de habitaciones y pedí la cena para tres con champán para descorchar. Lucy, muy amablemente, animó a que te pusieses cómoda al tiempo que con un gracioso ademán de brazo te invitó a sentarte en el amplio sofá. El único otro sitio donde podrías hacerlo era la cama, pensé, y aún era demasiado pronto para eso.

En este instante de la narración comenzaré a hablar en presente porque, a partir de aquí la historia toma un giro tan apoteósico, tengo las imágenes tan frescas en mi mente que para mí es como si estuviesen sucediendo ahora aquí, delante mismo de mis narices:

 

<<Continuamos en ropa de baño. No hemos visto la necesidad de cambiarnos si no vamos a ir a ninguna parte. La cena tarda veinte minutos en subir y durante este tiempo nos limitamos a contar chistes obscenos, a recordar anécdotas juveniles o detallar encuentros y desencuentros sexuales o amorosos que cada uno ha tenido a lo largo de su vida. Estamos entrando en confianza. Cada vez Lucy y tú ríen más y, por extraño que pueda parecer, Lucy parece más tranquila que nunca. Yo me dedico a observarlas e intervengo solo ocasionalmente pues son ustedes dos las que llevan el centro de la charla. Que si una vez con un chico me pasó esto, dice ella, pues que si a mí me ocurrió esto otro con una novia que tuve, comentas tú, pues yo, replica ella, que si hice un trío en un coche en marcha y casi me quedo sin brazo, pues anda que yo, exclamas tú, yo he ido a un local de intercambio de parejas varias veces… que si eres muy guapa, ¿lo sabias?, se atreve a confesarte ella, de repente, sin comerlo ni beberlo. Nada hasta el momento te había hecho sospechar un vuelco así en vuestra conversación, puedo verlo en tu rostro.

─Los dos son bisexuales, ¿no es cierto? ─preguntas.

─Si, así es ─respondo.

El caso es que ya lo sabías de mí, pero no de ella. Yo era un viejo conocido tuyo, pero hasta esta noche Lucy era terreno vedado y ahora te encuentras con una extensión de tierra virgen ante ti que espera que la reclames. En ese momento ambas se quedan calladas, su mirada perdiéndose en la tuya. Ha pasado un ángel, probablemente caído. Sé que debiera decir algo para romper la tensión, una tensión que podría ser palpada en el mismísimo aire, sin embargo no lo hago. Soy un observador y me limito a reconocer los acontecimientos que suceden frente a mis ojos. Ella pone su mano sobre tu blanco muslo, sobre tu carne trémula. Tu sonrisa desaparece reemplazada por un gesto de sorpresa que se estampa en tu boca mientras tu mirada se clava en la de ella. Lucy continúa con una sonrisa de oreja a oreja. De repente se ha convertido en la depredadora que es, en una loba de mar que ha visto una presa fácil. Jamás había conocido en mi novia esa manera de entrarle a nadie. El momento se rompe con el sonido de unos golpes en la puerta. Es la cena, justo a tiempo. Salvados por la campana, pienso.

Mientras le doy algo de propina al muchacho que nos ha traído tan suculentas viandas, oigo a mi espalda cómo hablan en susurros. Me siento intrigado y no puedo esperar a cerrar la puerta para darme la vuelta y ver que, de nuevo, han asumido posiciones en el sofá, ahora cara a cara, mirándose la una a la otra pero sin tocarse aún y es aquí cuando el juego comienza. Cierras los ojos, te inclinas hacia delante y está ya su boca contra la tuya. Breves picos de indecisión antes de pasar a un beso verdadero. Su lengua entrando en tu boca y la tuya mezclándose con la de ella. La saliva de ella abandonando su ser para entrar a formar parte del tuyo. Me mantengo al margen. Solo en un inicio. Deseo que ambas disfruten de esta experiencia y lo cierto es que Lucy lleva el suficiente tiempo sin estar con una chica como para querer que esto sea algo privado, algo íntimo entre ella y tú. Yo simplemente me acerco y me siento detrás de ella. Mis brazos rodeando su cintura y acariciando sus muslos que confluyen con los tuyos. Mi boca se posa sobre su hombro y voy regando su espalda de besos para luego arrojar un suave mordisco a su cuello. Siento cómo se estremece su piel, su vello se eriza, sus manos van a tus pechos y los aprietan levemente al tiempo que mordisquea tus labios. Te echas hacia atrás con un leve gemido y con los ojos entrecerrados. Ya has ido demasiado lejos como para cambiar ahora de opinión y Lucy se permite recordártelo besándote el cuello. Yo hago lo propio por el otro lateral de tu cuello. Ella subiendo por la izquierda y yo por la derecha hasta llegar a tu boca. Pareces dudar de a quién regalarla primero. Te decantas por mí, tal vez para compensar el haber centrado toda tu atención hasta el momento en ella. Al rato abandonas mis labios y pasas a los suyos, así te aseguras de que ella no se va a sentir abandonada. Mis manos recorren tu cuerpo, aprieto tus pechos como ella lo hizo antes, acaricio tu espalda y tus hombros, te tumbo en el sillón cuan larga eres y mientras Lucy sigue comiéndote la boca yo voy impregnando tu cuerpo de mis besos. Tu pecho, tu vientre, tus muslos… recuerdo que una vez me comentaste el complejo que tenías con tu figura, sin embargo, debo decirte que para mí, en este preciso instante, eres una diosa griega esculpida por un artista del Renacimiento. Eres preciosa, eres perfecta, y los dos lo sabemos, Lucy y yo, y por eso vamos a asegurarnos de que sepas que, mientras estés en este camarote con nosotros, no adoraremos a nadie más. Ni siquiera es posible que nos adoremos entre nosotros más de lo que la adoración a tu persona nos permita. Te has convertido en el centro de nuestro pequeño universo. Te alzas un momento para desprenderte de la parte de arriba del bañador y dejas al descubierto esos generosos pechos que hasta el momento solo había podido contemplar en la distancia. Lucy sonríe al verlos y procede a depositar otro beso en tus labios antes de bajar a chupar y morder ese rosado pezón que ha quedado libre mientras yo me ocupo de su gemelo. Su lengua y la mía van lamiendo, mordiendo y rozando también tus senos con los dientes y así te arrancamos un gemido que produce el aumento evidente de mi evidente excitación.

Me levanto de repente, turbado, y empiezo a quitarme el bañador a través del cual se reluce una tremenda y colosal erección. Me desprendo de él y lo arrojo en algún lugar de la habitación, haciendo una breve nota mental para no perderlo. Estás tumbada todavía sobre el sofá, en el filo mismo del asiento, y ella está a cuatro patas sobre el suelo delante de ti. Ella ha comenzado a quitarte la parte de abajo del bañador y su cabeza va abriéndose paso entre tus piernas hasta llegar a tu pubis recortado. El camino a tu precioso coñito ya está abonado y húmedo, nos hemos asegurado previamente de ello. El rostro de Lucy se pierde entre tus muslos, su lengua acomete tus labios y tu clítoris, sin piedad alguna mientras te pellizcas los pezones y cierras los ojos para intentar contener todo el placer que recibes. Yo me agacho detrás de ella y comienzo a quitarle también la parte de atrás del bañador, que arrojo sobre la cama. Acaricio su espalda y le doy una brutal nalgada, recibiendo como respuesta un leve estremecimiento y un quejido ahogado entre tus muslos. Desde ahí detrás, desde esa posición casi animal, entierro mi cabeza entre las nalgas de Lucy y aspiro el olor que se me otorga entre sus muslos. Su coño huele a crema solar, a cloro de la piscina y a lujuria sáfica. Tú también has ayudado a abonar el camino y la verdad es que podría pasarme toda la vida con el rostro entre sus piernas de no ser porque he prometido, en nuestro acuerdo tácito, dedicarte el máximo de mi adoración. La azoto y la muerdo hasta dejar su carne blanca cubierta de rojo, y en ese momento me levanto para inclinarme a horcajadas detrás de ella. La penetración que inicio desde esta posición  es lenta y ella, sorprendida gratamente, deja de comerte el coño por un momento para ahogar su garganta en un gemido. Entro en ella poco a poco, no hace falta demasiada preparación, la excitación ha hecho que mi polla recorra un suave camino mientras ella vuelve a dedicarte sus concentradas energías. Comienzo a bombear, a entrar y salir, y ella suspira ahogada por tu esencia y así, el deseo de los tres va creciendo cada vez más. Tu mirada se posa sobre la mía, sonríes, pienso por un instante que si no era esto lo que deseabas entonces ha sido un buen hallazgo no buscado.

Después de un rato así cambiamos de posición. Lucy se aparta de entre tus piernas y yo me siento en el sillón de cara a ustedes. La mano en mi polla frotándome de arriba a abajo. Sigue dura como una roca ante la visión de mis dos bellezas, dos espectaculares mujeres que no han perdido tiempo en empezar a darse cariño delante mío. Ustedes saben que mi atención en sus amorosos quehaceres es absoluta. Se tocan, se magrean y se besan con la certeza de que para mí, en este momento, no hay más mundo que esta habitación y no hay más compañeras que mis dos compañeras de camarote. Te separas de ella y te me acercas sonriendo. Te agachas para besarme y te subes sobre el sillón antes de pasar una pierna sobre las mías y agarrar mi miembro para clavártelo poco a poco descendiendo tu cuerpo hacia el mío. Estabas deseando esto ¿verdad?, me susurras al oído mientras mueves tu cabeza y tu preciosa melena morena cae sobre nuestros rostros unidos. Yo cierro los ojos y te rodeo la espalda con mi brazo para que me cabalgues a gusto. Beso y muerdo tus hombros preso de la lujuria y me arrepiento de haber pensado que eras demasiado inocente, demasiado buena chica, como para acabar enredada con nosotros. Lucy no se ha quedado para nada inactiva. Ahora está agachada frente al borde del sillón, lamiendo mis huevos y pasando a mi polla cada vez que esta queda al descubierto con tus movimientos hacia arriba, pasando su lengua por toda ella y absorbiendo tus fluidos, a los que parece haberse hecho adicta. Puedo entenderla, yo también me estoy intoxicando de ti. Mi boca busca la tuya y ambas se funden en un beso que contiene el deseo violento de dos amantes que se deseaban y se buscaban desde hacía tiempo. Es posible que así haya sido, no digo que no.

Me cabalgas durante un buen rato de esta manera y ella lame y lame nuestro coito hasta que, con los dientes apretados te ruego que pares. Noto que he estado peligrosamente a punto de correrme y no quiero, aún no. Quiero aguantar todo lo que pueda para que ambas disfruten lo máximo posible. Se lo debo a ustedes, que me habéis otorgado lo que probablemente será uno de los mejores recuerdos de mi vida una vez que la noche acabe. Te levantas poco a poco y mi miembro sale lentamente de ti. Lucy se pone en pie y te ayuda a levantarte, invitándonos a trasladarnos a la cama. Cuando llega al borde de la misma te propina un suave empujón que te hace caer de espaldas sobre el colchón y quedas así, con las piernas abiertas. Pareces estar invitándonos a ambos a sumergirnos en ti. Esta vez colaboraremos, Lucy y yo, en conyugal armonía para comerte el coño. Rodeamos tu clítoris con nuestras lenguas y aprovechamos lo desenfrenado de nuestra pasión para besarnos cuando el frenesí lo permite compartiendo de este modo tus jugos. Que no se desperdicie ni una gota que los recursos son escasos, parecemos haber acordado en muda asamblea. Mis manos recorren tu cuerpo y pasan al de ella indistintamente. Cada parte de mi ser es independiente y, si estuviese permitido por las leyes naturales, estoy seguro de que cada una iría a su puta bola.

Mi Lucy se comporta de una manera muy profesional en esto del cunnilingus, yo a su lado no soy más que un principiante, dudo que aunque viva toda una vida consiga llegar a su nivel de maestría comiendo coños y haciendo que las mujeres se corran de puro placer que es lo que pareces estar alcanzando tú, el verdadero clímax, a decir por tus gemidos cada vez más y más altos hasta que nuestros rostros quedan empapados de tu orgasmo. Agarras nuestras cabezas para llevarnos a la altura de tu carita distorsionada por el placer y empiezas a besarnos a ambos, los dos cubiertos de tu corrida pero pletóricos y siempre a tu servicio, como bien pareces haber asumido. Le susurras a Lucy que es su turno, que ahora le toca a ella recibir y ser adorada, y procedemos a repetir la ceremonia con ella en el lugar que, anteriormente, ocupaste tú. Aunque eres buena comiendo coños y dando placer a una mujer, considero que aún te falta escuela para llegar a ser tan buena como Lucy. Confío en que ella te enseñe a hacerlo mejor si es que estamos de suerte y esto se vuelve algo habitual. Ella tarda un poco más en correrse y se ayuda de sus manos además de nuestras bocas para poder llegar al orgasmo, a ese volcán vibrante que inunda cada rincón de su cuerpo. Ahora te toca, me dices, y das una palmada a la cama para indicar que he de subirme. Me tumbo sobre la misma. Lucy baja a tu altura y te besa tiernamente antes de que ambas me dediquen una mirada de absoluto vicio y comiencen a trabajar con sus bocas sobre mi miembro que continúa duro y que amenaza tormenta ante el placer recibido. Ambas lenguas lo lamen de arriba a abajo, sin dejar ningún centímetro por cubrir. Ahora eres tú la que hace gala de unas dotes de experta felatriz y muestras a Lucy cómo debe hacerse, no cabe duda de que todos nos beneficiaremos de este intercambio de conocimientos. Cierro los ojos, estoy llegando al éxtasis, siento que se aproxima desde el fondo de algo, tengo mi polla a punto de caramelo y me corro con un gemido sobre mi propio vientre mientras ustedes siguen dale que dale, sus inconmensurables bocas entre mis piernas.>>

¿Y qué más contar a este respecto? Lo cierto es que estuvo muy bien y que esa noche no volviste a tu camarote. Nos quedamos los tres durmiendo juntos, adormecidos por el esfuerzo físico, el alcohol y la cena soporífera que nos metimos entre pecho y espalda tras la magnífica experiencia. Te acomodaste entre ambos y nos diste a cada uno un beso de buenas noches antes de cerrar los ojos y de escapar de nuestros brazos para ir directa a los de Morfeo. Después de unas horas me despertó un movimiento a mi lado y un ruido leve de pasos al pie de la cama. Abrí los ojos y vi que eras tú, que te ponías el bañador, las sandalias y cogías tu toalla con la intención de largarte. Pregunté si te marchabas ya. Tú diste un respingo al sentirte descubierta. Volviste a sonreírme aunque ya no era la misma sonrisa del día anterior, tenías el aspecto de alguien que espera lo inevitable y que se ha resignado a ello con tristeza contenida, podría afirmar que se trataba de una sonrisa cansada. Me dijiste que sí, que debías regresar a tu camarote. Quise saber si podíamos volver a vernos en esos días, si podíamos volver a cenar juntos los tres. Te encogiste de hombros y respondiste que tal vez, que era posible, que quién sabía. Después te acercaste y me diste un beso, breve, fugaz, tras el cual saliste por la puerta y desapareciste. Me volví a tumbar y me estreché contra Lucy, la abracé por detrás y me dormí de nuevo aspirando su olor y el tuyo que se había quedado aferrado a ella.

Sobra decir que nunca más volvimos a cenar juntos, y mucho menos volvimos a hacernos un trío. Te vimos en varias ocasiones en la piscina del crucero, siempre hablando con una pareja distinta, nunca dos veces con la misma, y siempre repitiéndose la misma escena. Te veíamos conversando con las parejas y, a medida que avanzaba la tarde, los tres se levantaban y se retiraban al interior del barco. Nunca dabas señales de reconocernos ni dirigías tu mirada hacia nosotros. Sin embargo todas esas parejas que desaparecían contigo, aparecían a la mañana siguiente con una indudable expresión de resaca y de tranquilidad placentera por un secreto compartido. Lucy y yo podíamos entender ese sentimiento, ya que era el nuestro en los días posteriores a tu irrupción en nuestras vidas. Incluso una vez terminado el crucero y de vuelta a nuestra cotidianidad ninguno de nosotros propuso ponerse en contacto contigo para preguntarte si acaso es que sucedió algo que te hubiese podido molestar o hacerte sentir mal, si en algún momento te sentiste utilizada… De alguna manera supimos que esto no habría hecho más que generar una incomodidad innecesaria en ti y en nosotros. Y es que en realidad lo más probable es que fuese al revés, que tú nos habías utilizado y que nosotros no habíamos significado más que el primer eslabón de una larga cadena de experiencias tuyas. Mejor era dejarlo estar. Quedarnos con el recuerdo de lo que disfrutamos y agradecer que el universo te pusiera en nuestro camino, nuestra fantasía sexual hecha realidad en aquel crucero en el que, plácidamente, surcamos el mediterráneo Lucy y yo, hace ya tanto tiempo, en aquellos locos años que compartí con Lucy antes de que también ella desapareciese de mi vida tras conocer a la tal Rut.

 

firma de Nadir

Post escrito por el amigo de Rut: “NADIR”

Bajo el sol de la Toscana

¿Quién dijo que dejarse ir no es una buena idea?, ¿que abandonarse a la lujuria en un país extranjero tras, no una sino dos decepciones amorosas, no resulta el perfecto narcótico contra el mal de amores? Yo desde luego les diré que lo he practicado y he salido de aquello más renovada que nunca. Les contaré de qué manera aconteció.

Tras la ruptura con Lucy, mi pequeño escarceo con Ulises y la posterior unión de ambos con embarazo incluido, mi estado anímico se había desmoronado por completo. De pronto había perdido mi sensitivo apetito, mi pasión por el buen vino y el buen sexo y toda mi enérgica capacidad de disfrute. Un buen día me monté en un tren sin preocuparme por mi destino y así comenzó un largo periplo por distintas ciudades de Europa con la plena intención de estar en cada lugar únicamente el tiempo que me viniese en gana y haciendo lo que me apeteciese. Después de dos meses de aquí para allá arribé en La Toscana, en Florencia, un quince de julio, nueve días después de mi treinta y cinco cumpleaños.

En principio quería visitar los magníficos lugares de interés que hay en esa ciudad de los que tanto había oído hablar a algunos amigos que habían viajado allí recientemente pero no fui capaz, pasé la tarde en el hotel sin ganas de nada. Al fin y al cabo no dejaba de ser una gran urbe y yo lo único que deseaba era soledad y silencio. Así que a la mañana siguiente me levanté temprano, alquilé un coche y puse rumbo a las afueras, dirección Siena. A mitad de trayecto me desvié por una carretera secundaria y acabé en Montefioralle, un pueblo medieval, luminosa estampa de la campiña italiana, grandes productores del  Chianti, repleto de viñedos y bañadas todas sus tierras por un brillo difícil de describir con palabras y fue allí, frente a los muros de una vieja casa de campo, sobre la misma tierra que pare tanta exquisita uva, donde yo, Rut, tuve una de las más magníficas experiencias de mi vida, el renacimiento de una nueva persona gracias al dorado líquido que mana de esta maravillosa región del mundo.

La casona la habitaban tres hermanas y dos primas de las mismas. Entre las cinco administraban estupendamente la cadena productiva del vino repartiéndose de tal forma las distintas tareas que la armonía parecía reinar allí de una forma sorprendente. Nunca había peleas, ni altercados, cada una sabía lo que debía hacer en su ocupación y las demás estaban siempre de acuerdo. La que se encargaba de dirigir el cultivo de los más de diez mil metros cuadrados lo hacía de forma intachable, al igual que la que se esmeraba en los procesos de elaboración. Lo mismo podía decirse de la supervisora de la bodega y con similar eficacia actuaba la que dirigía el embotellamiento y su posterior introducción en el mercado. Por último estaba la que regentaba las labores generales de la casa y esta fue a la que vine a conocer en la plaza central del pueblo el mismo día que llegué y con la que en seguida hice migas motivo por el cual, muy amablemente, me ofreció una habitación por el tiempo que quisiese y sin otra condición que la de que catase con verdadera actitud crítica la última producción que, tras veinticuatro meses en barrica de roble americano, debía ser valorada por un experto consumidor antes de ser embotellada cosa a la que, por supuesto, no pude ni quise negarme.

La morada en medio de los viñedos era hermosa y grande. Mi habitación sin embargo era pequeña y sin apenas muebles, parecida a la celda de un monje en una rústica abadía. Debo decir que agradecí enormemente tal austeridad pues se ajustaba a la necesidad de paz interior que había estado buscando. Desde mi ventana se podía contemplar todo aquel paisaje repleto de viñas donde el sol cada amanecer resplandecía dotando a la tierra de tonos rojizos, amarillos, naranjas y cobrizos. Cada día observaba a las hermanas ir y venir por los campos, por los pasillos de madera, subir y bajar las escaleras con sus quehaceres diarios. Excepto la que gobernaba la casa, las demás se mostraban algo herméticas conmigo aunque no dejaban de soltar una extraña y misteriosa sonrisita al pasar a mi lado. Yo las saludaba con la cabeza y ellas parecían ruborizarse y luego continuaban su camino dejándome encogida de hombros y sin saber si estaban encantadas con mi presencia o si, por el contrario, les resultaba una inquilina un tanto ridícula o molesta. De esta manera se fueron sucediendo las jornadas en las que, aparte de darme largos paseos por el campo, acompañar a la tercera hermana al pueblo de vez en cuando y leer no hice mucho más.

Transcurridas dos semanas, sumida como estaba en aquel estado de sosiego casi alucinado que la campiña ejercía sobre mi persona, caí en la cuenta de que, si bien no había olvidado a Lucy y a Ulises, sí que ya no sentía la pasada angustia y fue una de esas mañanas en que la hermana ama de casa y yo nos alcanzamos al pueblo para echar un vistazo a los productos que se mostraban en el mercadillo montado cada día por los agricultores, que ella me comunicó con ese dulce y cantarín acento italiano inglés suyo:

─Mañana es la fiesta de la cata, a las dos del mediodía debes estar preparada.

─De acuerdo ─asentí observando cómo ella exhibía frente a sus ojos una de las manzanas que acababa de extraer de uno de los puestitos. Sus dedos eran largos y estilizados, para haberse criado en el campo me percaté de que no tenía ni una sola rugosidad en la mano.

─Viste sencilla ─me dijo─, con un traje holgado pues debes estar ligera y sin presiones para lo que vas a comer y a beber.

A la mañana siguiente sentí en la casa una actividad frenética muy fuera de lo común. Escuché más ruidos de cacharros en la cocina de lo que habitualmente se oía y el ir y venir de la hermana bodeguera resultó extrañamente apresurado. Incluso los jornaleros que trabajaban el campo parecían más reconcentrados y laboriosos bajo la supervisión del capataz, hombre robusto de ciertos años, algo rudo en sus maneras aunque por lo demás bastante cordial, siempre me daba los buenos días con una mirada picarona y un breve balanceo de cabeza.

Llegadas las dos, la hora fijada, ya estaba montada la mesa en medio del campo con su mantel de cuadros blanco y verde. Un apetitoso manjar se exponía sobre ella y las largas botellas aún sin etiquetar repletas de la exquisita materia líquida donde el sol resplandecía y titilaba en chispas color rubí cual pequeños estallidos de diamantes. Una estampa muy rústica que invitaba a la comida y a la bebida. Sentí el despertar de mi apetito como hacía meses que no lo sentía y no sólo al festín, también al sexo oral y a la alegría de vivir. Un aletear de mariposas se estableció bajo mi ombligo mientras me sentaba a la mesa a la par que lo hacían mis cinco anfitrionas. Ellas, al igual que yo, iban vestidas con un sencillo traje que debía ser típico de aquella región y que yo me puse por encontrarlo, esa misma mañana, extendido a los pies de mi cama, de manera que entendí que este era el vestuario que se requería para tan importante festejo. Un traje suelto y blanco, de tela tan fina que casi se diría transparente, de una sola pieza y que se ponía y se quitaba fácilmente por la cabeza.

 

barril-y-botella

 

La gobernanta de la casa fue la que me sirvió la primera copa y permaneció de pie a mi lado observándome atentamente mientras yo acercaba el preciado brebaje a mis labios, olía el aroma que desprendía y luego lo sorbía profundamente. De pronto sentí como si me sumergiese en la tierra, en una tierra fresca, cálida, acogedora.

─Está excelente ─pronuncié a sabiendas de que aquel calificativo se quedaba verdaderamente corto para expresar el encantamiento al que acababa de rendirse mi paladar

Ella sonrió al escucharme con unos labios amplios y salvajemente carnosos, miró a sus hermanas y primas, afirmó levemente con la cabeza y como si se hubiesen leído el pensamiento las cinco a la par colmaron sus copas y las alzaron para brindar, gesto al que me uní alzando también la mía y brindando con ellas.

─Es un vino magnífico, créanme, no tengo palabras…

─¡Chist!, no hace falta que digas nada ─me dijo otra de las hermanas con voz de pajarillo─, simplemente bebe con nosotras.

Y así lo hice. Sin apenas dialogar, sencillamente comiendo y bebiendo y recibiendo con agradecimiento los sonidos de la domada naturaleza que nos rodeaba, transcurrieron no sé cuántas horas. El ama de casa, a cuyo pausado temperamento ya me había acostumbrado, me servía de comer y de beber cada vez que veía que mi plato o mi copa se vaciaban, sentada como estaba a mi lado, y yo notaba cómo todos mis sentidos se iban intensificando de manera extraordinaria. Podía oler cada uno de los poros de su piel, escuchaba el balancearse de las uvas todavía en sus matas, el zumbido de las moscas y las abejas sobre las flores. Las horas transcurrieron hasta que cayó la tarde y mi renacimiento fue haciéndose cada vez más evidente. El pelo de mi anfitriona fue cobrando un tono cobrizo como el vino y la tierra bajo la luz del atardecer. Caía sobre su cuello y deseé acariciarlo, beberlo, besarlo. De pronto ella me miró de soslayo y percibió algo en mi gesto. Clavó sus ojos en los míos que la observaban con una intensidad evidente y distinguí en el interior de sus pupilas un centellar de brillantes color ocre.

─Opino que ya va siendo hora ─dijo levantándose con parsimonia.

Las otras parecieron entender perfectamente a qué se refería pues las cuatro a la par se levantaron también rodando con tranquilidad sus sillas.

─Ven ─me animó tomándome del brazo─, ahora vamos a regarte.

─¿A regarme? ─pregunté dejando escapar una risita nerviosa.

─Sí, a regarte ─repitió conduciéndome ahora por entre las vides hacia el muro de piedra que separaba la plantación propia de las ajenas.

Al llegar allí se aproximó a mi rostro y sus carnosos labios humedecieron los míos. Aprecié de nuevo aquel intenso aroma afrutado. Alcé mi mano y rodeé su cuello justo en el momento en que hizo un amago de separarse. Acaricié su mejilla mientras introducía con suavidad mi lengua en su boca palpando de este modo la de ella. Todo fue un discurrir de salivas por mis papilas gustativas, un zambullirme en un estado de embriaguez aún más profundo que el que el vino me había aportado. Me sacó el traje por la cabeza dejándome completamente desnuda y entonces dijo:

─Échate ahí, sobre la tierra, a los pies del muro.

Obedecí sin rechistar. Estiré todo mi cuerpo, sentí los rayos del atardecer calentar mi piel y la dura piedra del muro acariciar mi costado izquierdo. Las cinco mujeres, se colocaron a contraluz erguidas frente a mí y se quitaron también sus trajes. Quedaron con las piernas abiertas una junto a la otra y entonces, al unísono, separaron sus labios vaginales con sus manos. Tuve que fruncir el ceño para poder ver bien ya que el espléndido sol me cegaba. Al fondo de aquellas lampiñas vulvas vislumbré con regocijo unas hendiduras potentes y brillantes bordeadas de dos rosados y pulposos relieves que estaban tan húmedos como las matas de uvas tras una llovida. Coronaba la hendidura un pliegue de carne más estirado que el resto que acababa formando una protuberancia clitorial de diámetro y dureza considerables y aquello fue lo que comenzaron a frotarse con sus dedos. Tras sus poderosas piernas vi cómo la bola solar se desprendía lentamente de su bóveda celeste flotando ahora sobre las parras del mismo modo que yo lo hacía en mi entusiasmado zozobrar a los pies de aquel muro. Fue entonces que ellas comenzaron a gemir, alzando sus cabezas, pletóricas del placer que la masturbación les proporcionaba, y sus pechos, enhiestos y voluptuosos, se agitaron, erizándose de repente todos aquellos pezones que yo deseé morder y chupar como un bebé a su tetina. Los gemidos parecían el piar de cinco pájaros, un piar cada vez más alto y enfebrecido, hasta que a las cinco a la vez les vino un estremecimiento y entonces, tomando resuello y recobrando la inicial firmeza de su postura con las piernas abiertas y los labios vaginales bien separados, empezaron a salir de sus clítoris unas abundantes fuentes de líquido amarillo y espumoso que se derramaron sobre mi persona.

La embriaguez en la que me abandoné en ese instante no resulta fácilmente descriptible. La cálida regada empapaba mis pies, mis piernas, mis muslos, mi pubis, mi ombligo, mi vientre, mis pechos, mi garganta, mi rostro, mi pelo y mis brazos que estiré por detrás de mi cabeza. Ni una sola parcela de mi persona quedó sin recibir aquella milagrosa regada. Con los ojos entrecerrados pude ver, como a cámara lenta, los cinco grifos brillando y el reflejo de la luz solar tiñendo el líquido que salía de ellos de un amarillo explosivo. De fondo escuchaba el fresco sonido del orín al caer y sobre mi piel tornábase en matices dorados y ocres dejando un rastro de espuma. Un aroma a uva blanca, a vino espumoso y joven invadió todos mis sentidos. Abrí la boca a un nuevo chorro que se estrellaba en ese instante contra mi barbilla. Saqué la lengua y lamí con agradecimiento. Bajo el intenso sabor a pis pude percibir los matices de la uva vernaccia, seca, con cuerpo y consistencia en el paladar. El olor a frutales me invadió de nuevo y cerré los ojos. En ese instante alguien separó los labios de mi vulva con sus dedos y uno de los chorros cayó sobre mi clítoris. La presión que sentí me proporcionó tal placer que a punto estuve de correrme. La regada ya había parado cuando elevé mis párpados y vi que la que había dirigido su grifo hacia mi pubis era la gobernanta de la casa y que el rústico capataz, salido de no sé dónde, se esmeraba aún en separar mis labios vaginales. Las otras mujeres ya se estaban vistiendo de nuevo con sus trajes.

─Ahí te dejamos ─expresó una de ellas─. Sabemos que te gusta esta tierra y nunca tienes la oportunidad de ararla estando siempre como estás metida en la casa. Es toda tuya.

El capataz liberó mi vulva empapada ahora de las micciones y haciendo un gesto de invitación con su mano dijo:

─Está preparada para la labranza, no hay duda, es toda para ti ─y levantándose se alejó acompañado de las cuatro anfitrionas.

Mi amiga ama de casa se tumbó en ese instante sobre mí y comenzó a besarme, primero el cuello, luego los hombros, introdujo su sedosa lengua en mi oído mientras acariciaba mi pelo aún humedecido por la riega. Me ericé al completo y algo bajo mi ombligo aleteó con enérgica vitalidad. Mordí levemente su cuello pero ella susurró:

─Déjate hacer, cariño ─y bajó su cabeza lamiendo todos aquellos jugos sobre mi piel hasta que alcanzó mi pubis. Allí posó su boca entre los relieves de mi sexo bebiendo el espumoso líquido que había quedado ahora mezclado con el que salía de mi vagina. Pasó su magnífica lengua sobre mi clítoris y comenzó a besarlo y a chuparlo con movimientos largos, profundos, lentos a veces y a veces más rápidos, circulares a veces y a veces verticales, de lamidas amplias y ávidas en ocasiones y en otras ocasiones cortas, rítmicas y precisas. Una corriente eléctrica subía por segundos más y más intensa desde allí hasta el punto central de mi mente sintiendo que toda yo me vaciaba y una oleada de placer estalló minutos después en mi garganta como el tañido de una campana en el lugar más elevado de la más elevada catedral. Y así grité, sí, grité como sólo las aves saben hacerlo, libre, sin pasado, sin recuerdos, completamente renacida volando sobre los prados y la campiña italiana en busca de un nuevo nido donde alojar mis semillas. La agarré por la melena y la animé a subir de nuevo hasta mi rostro. Permanecimos largo rato entrelazadas y besándonos mientras mi mano buscaba su perla del gusto y la trabajaba haciéndola estallar también en miles de gemidos que inundaron mi mente de un goce aún mayor que el que ella me había proporcionado con su lengua.

Describir lo que sucedió después es para mí casi un imposible pues era tal la nebulosa en la que me hallaba que apenas si poseo recuerdos certeros de todo lo demás. De manera un tanto borrosa, como en un sueño, veo cómo caminamos de la mano hacia la casa, desnudas las dos pisando con los pies descalzos las raíces de las parras. Una vez allí me llevó a su dormitorio donde tenía una bañera y la llenó con agua tibia. Me metió dentro y me lavó. Luego me secó y me hizo un hueco bajo sus edredones. Creo que dormimos toda la noche abrazadas y desnudas, piel con piel, pero cuando llegó el clarear del nuevo día y desperté no la encontré a mi lado. Entonces no pude asegurar si realmente ella había yacido allí conmigo o no. A los pies de la cama encontré mi ropa preparada y también mi maleta. En un papel, escrito en inglés y con letra un tanto infantil pude leer: “Gracias por la cata y por la inolvidable velada de ayer, ahora debes marcharte. Te deseamos mis hermanas, primas y yo un feliz viaje a donde quiera que vayas.” Me vestí rápidamente y salí al pasillo. No escuché a nadie por los alrededores. Me asomé a la ventana pero nadie parecía trabajar hoy en los campos. Una nube gris se había instalado en el cielo. Todo daba la sensación de estar deshabitado, oscuro, sin vida. Abajo me esperaba un coche de alquiler, probablemente contratado por ellas. Me encogí de hombros.

─Nunca entenderé a las mujeres ─musité.

Y aunque mis cinco anfitrionas, especialmente la sensual ama de casa, me habían gustado de una forma muy fuera de lo común, debo confesar que no dejé atrás aquel amable lugar con pena. Más bien, mientras conducía de nuevo rumbo a Florencia, reconocí una exaltación y una alegría en mi alma que hacía muchos meses que no me permitía el lujo de sentir. Entonces, con una sonrisa estampada en los labios, supe que ya era hora de regresar a casa.

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