El día que a punto estuve de enamorarme de ti

Ella y yo estamos tumbadas en la gran cama de una jaima, frente a un acantilado. Los focos del escenario se encienden y entonces se hace visible a nuestros ojos la luz azul del océano que ilumina todo el teatro. La jaima se encuentra en medio del escenario, sobre un terreno de arena. Todo el decorado nos sitúa en  un bar muy al estilo chill out. La música ambiente que suena también es chill out. La melodía de café del mar acompaña al violento sonido con que las olas rompen en el acantilado bajo el precipicio que se abre a nuestros pies y también acompaña al piar de las gaviotas que a veces se elevan y parecen planear plácidamente para luego volver a lanzarse en picado contra la franja de cartón turquesa.

Ella y yo estamos aquí, en esta jaima, en medio del escenario.

Dispersos por las varias terrazas del lugar y dentro del restaurante, ocupando la mayor parte de las mesas, diversos grupos de comensales de todas las edades y armando distintos tipos de reuniones nos acompañan con sus risas, sus diálogos e incluso con sus discusiones y groserías.

El camarero, en el extremo de la barra más cercano a la zona de jaimas, porta su bandeja en la mano con plena maestría y no quita ojo de donde nosotras nos encontramos a pesar de que, supuestamente, nos camufla una fina cortina que, de tan fina y de tanto que la mueve la brisa, poco camuflaje debe considerarse.

No sé por qué estamos aquí ella y yo. Hace rato que me pedí el primer combinado y hace tanto rato ya y he pedido ya tantos y tan cargados combinados que olvidé qué motivo nos ha traído hasta aquí hoy y la verdad es que no sé muy bien cómo expresar este estado de embriaguez en el que me hallo para que el público, sentado al otro lado de los focos, lo pueda entender. Sí, creo que la mejor manera será sorbiendo primero, con movimientos torpes, mi pajita de coctel y luego soltando mi primer monólogo en voz alta y clara pero a la vez haciendo que las palabras salgan mal vocalizadas, como con lengua de trapo, sin que ello, por supuesto, suponga que no se vaya a entender este primer discurso con el que debo abrir la escena.

La música y los ruidos se van volviendo tenues y el brillo del mar comienza a languidecer. Todo es tragado por la oscuridad de este escenario excepto mi figura, ahora iluminada por la intensa luz de un foco que incide justo sobre mi coronilla. Le ha llegado el turno a la palabra, lo sé, estoy preparada para recibirla y darla, ya no tiemblo. No hay pánico. Comienzo:

─En este camastro de jaima, el olor de su piel se mezcla con la suave brisa que se eleva del acantilado. Ahora ella suelta su coleta y mueve su cabeza levemente y este gesto es una evidente incitación a algo más. Pienso, de pronto, no puedo evitarlo, que quiere que la bese justo ahí, en la curva que el cuello forma con el inicio de su hombro, ahí donde palpita una de sus venas. El placer de su vena del cuello está llamando a gritos mi beso, mi exquisita lamida. Recuerdo su sexo en mi boca, todo ese océano desprendido surtiendo mis labios y recuerdo…, cómo evocar esto de tal forma que todos ustedes, todos los ahí sentados, pasivos, al otro lado de los focos, lo lleguen a sentir, cómo… recuerdo el sexo de ella que es húmedo y salado y dulce al mismo tiempo y como se agitan con euforia sus nalgas pidiendo más y como por momentos se contrae su sexo todo, dulce de pronto y cálido de pronto, en torno a mis dedos en un retraerse de cueva e incienso.

El foco se apaga y de nuevo es la luz azul del océano en todo el teatro. Mis ojos quedan heridos de tanto y tanto allá al frente y los cierro y este gesto apenas consigue evitar el arañazo en mis retinas.

Ella me observa de reojo. Lleva la melena suelta. Una melena negra azabache que le cubre la espalda, casi hasta la cintura. Su vista clavada en mi barbilla partida, luego en mis pechos y luego, cuando se ha percatado de que con esta luz vuelven a manifestárseme cada una de sus intenciones, retira su mirada y se hace la distraída y señala entonces el horizonte, hacia la zona del anfiteatro y hacia el gallinero.

─Qué bonito el mar ─susurra apenas y su voz se hace perfectamente audible allá enfrente─, este sitio es una gozada.

Ella tal vez crea que la cosa pueda quedar ahí. Tal vez, en su extrema inconsciencia de niña haciendo ruindades, piense que todo quedará en la simple travesura  de acercarse a mi oído, como ahora hace, y decirme:

─Mira allá enfrente y a los lados, Rut ─señala esta vez al patio de butacas, a los lados y al fondo del escenario. Yo dirijo la vista hacia donde su dedo indica y, sí, el camarero no nos quita ojo. El resto de los actores, cada uno en su posición de guion inalterable, en su barra, en su taburete o en su largo sofá en otras casetas, han enmudecido y ahora son siluetas en penumbras bajo las luces de los focos que se han vuelto tenues en todas partes excepto la que ilumina nuestra jaima─ Todos nos observan ─me hace ver ella─, en silencio, expectantes, todos esperan algo de nosotras… ¿No sería estupendo besarnos ahora?, ¿rozar nuestras lenguas sin que eso nos importe, aquí delante de todos, en este camastro nuestro frente al acantilado?

Y yo asiento y siento calor y la imagino en una postura tras otra. Imagino como nada más llegar a casa la voy a agarrar por las nalgas y la voy a tumbar sin miramientos sobre la mesa de la cocina…

 

Cree tal vez ella que puede jugar sin que su juego trascienda. Cree quizás que ese cruzar de sus piernas, ese tensar y relajar glúteos al tiempo que contempla mi cuerpo extendido sobre el camastro a su lado y entreabre sus labios para luego morderlos ligeramente, no va a tener repercusiones algo más serias, si cabe, cuando regresemos juntas a casa.

─Me estoy excitando…, mucho.

─¿Te estás humedeciendo, cielo? ─le pregunto sintiendo que cada sílaba es como una gota de miel en mi lengua.  Alguien carraspea y se acomoda desde las butacas.

─Sí ─contesta─, mucho.

Ahora, casi por sorpresa, la sala al completo vuelve a iluminarse y es un estallido de relámpago turquesa. Los comensales reanudan sus diálogos, el camarero sus quehaceres y deambula de acá para allá, a veces pasa frente a nuestra jaima. El infinito mar de nuevo me araña las pupilas pero ya no las cierro. Lo quiero abarcar todo, todo, y me preparo, carraspeo sin que se escuche, sé hacerlo de este modo para modular la voz, recibo de nuevo a la palabra en lo que es mi segundo monólogo. Comienzo:

─Sí, sí, lo confieso, quisiera gritar bien alto para que nadie quede sin escuchar: ¡Miren señoras y señores, cómo lamo y relamo la bolita de ella, su precioso diamante, observen, cómo pulo y saco brillo!

A la par que hablo, ella saca una cuerda de debajo del camastro y se ata los tobillos a las barras laterales del camastro. Sobra aún cuerda suficiente para sus muñecas pero ella no puede, así que continúo mi discurso al tiempo que voy atándole los brazos a los hierros del cabezal.

─Ella atada ─la palabra retumba de nuevo y es más brillante que miles de focos juntos, la recibo y la doy─, atada a la cabecera del camastro, ¿la ven? ─levanto su falda tan hippi y holgada y abajo no lleva ni bragas─, ¿lo ven?

Escucho algunos carraspeos más entre el público. Algunos se recolocan allá en frente, al otro lado de los focos. Su sexo se ha hecho completamente visible y es como una selva que se abre frente al acantilado y a las aves que ahora planean todas sin intención de desaparecer bajo el océano.

─¿Lo ven señoras y señores? Sé que sí, sin duda, pueden verlo desde donde están, ocupando sus sillones, en sus pasivas posturas de pasivos espectadores. Sin embargo lo que no pueden es olerlo, no están lo suficientemente cerca y así se pierden lo que más excita, su olor…

Ahora otra vez los demás actores han enmudecido. La música y el resto de los sonidos se han apagado. El camarero se ha quedado inmóvil junto a nuestra jaima, en el preciso instante en que nos traía el siguiente coctel. Nada parece querer interrumpirnos. De nuevo solo el espléndido rayo de luz sobre nuestros cuerpos.

Bajo hasta su vulva, la abro de par en par y me sumerjo en ella. Es el licor más embriagador que he probado nunca. Esta vibrante perla en mi lengua y su gruta en mis dedos, en mis uno primero, dos después, tres más tarde, cuatro dedos por último, cuando ya su preciosa perla está dura y tan, tan húmeda.

Carraspeos allá al fondo del patio de butacas. Cremalleras que se bajan. Algunos gemidos a mi espalda, masculinos y femeninos, ahogados y reprimidos todos. Y es entonces cuando le toca a ella gritar, lanzar un chillido desgarrador que eleva y eleva el placer hasta el piso más alto del teatro.

Ella pide y pide más, más, hasta que alcanza el clímax y es en este instante cuando se prenden las lámparas  y una manguera sobre el escenario que llevan el resto de los actores suelta un chorro de espuma blanca y espesa al patio de butacas y a los palcos y allá a donde alcance sobre los espectadores, muchos de los cuales aún están con sus manos y sus dedos hurgando las braguetas y debajo de las bragas.

Los espectadores interrumpen tanta masturbación clandestina sintiéndose morir de la vergüenza por haber sido pillados in fraganti,  sin embargo yo ya no puedo parar, ni puedo hacer caso a los aplausos que en breve empezaré a escuchar a mi espalda porque le estoy comiendo el coño a ella y es un placer que va más allá de todo este escenario y ella me está ahora mismo chingando toda la cara con una eyaculación que es cierta, que es tan cierta como que casi me corro yo también, incluso sin tocarme, del puro deleite.

Y ahora, justo ahora, es cuando lo pienso y no sé cómo expresarlo mientras la ola de aplausos al fin nos  cae encima y hemos llegado a tiempo para recibirlos junto con todos los de la compañía que, tomados de la mano, reverenciamos una y otra vez al borde de las tablas. Ahora es cuando pienso que  dentro de un rato, en cuanto estemos entre los bastidores, recogiendo como los demás actores nuestras gaviotas de cartón piedra que en ningún momento fueron realmente lanzadas sobre ninguna ola, le pediré que si quiere venir de verdad a mi casa. Podremos sacar todos mis juguetes, todo mi arsenal de vibradores y bolitas de placer de múltiples velocidades y colores y, entre medio y medio, quizás, quién sabe, podré al fin atreverme a bajar la guardia y confesarle lo que siento por ella. Quién sabe, quizás hoy al fin me decida a amarla de una vez por todas y más allá de toda dramaturgia, en fin…

 

روت