Provocación de alejarme

” Provocación de alejarme ” … 88 y como tú !!!

… Me aleja del dolor y el peligro es volver a provocar por ese vacío sexual … Salgo de esta estúpida historia. Técnicas de satisfacerme alquilando my Alma con mis bragas, esa llamada o grito al encuentro y, donde existen lobos, alquilar esa guerra intensa, interna de la pasión de fusionar repeticiones aprendidas una tras otra, donde el material es la propia carne abierta y sujeta al campamento de mi Spam!!!, es libre … nombres de una lista donde se trabaja en ese bar de copas, donde siendo visible era invisible, pero mis bragas limpias deseaban ser fustigadas por algún o varios cabrones machos con secretos oscuros que los hacían ser monstruos de mentiras. Adentrarme en ese baño sucio donde la loba esconde su verdad: el ser follada y mal pagada. Deseo madurar muchas experiencias con diferentes ejemplares. No deseo meditar. Donde el sudor y los gemidos van incluidos a lo que corría por la mente y el cuerpo, puffff !!!, qué calor, intenso, ya están frente a mí. Se rozaban contra los azulejos pintados de feos grafitis donde sólo podía leer perra o puta!!! Me pasaban sus miembros por la boca, por los pechos y por mi adorada roca de Spam!!! Quiero recordar esos olores para cuando esté sola. Intento reinventar los movimientos, los gritos brutales donde sus manos y las mías entraban de boca en boca, uno de ellos me la mete hasta hacerme vomitar, babea sobre mis pechos y escupe mentiras secuestradas de su realidad o de su fantasía, son cuervos hambrientos. Abran la puerta un poco para que todos vean que un grito y su placer no son rebajas de grandes comercios; si entras es para jugar !!!… pelean para penetrarme por todos lados y lo hacen, vacío, y  lo intentan, ¿unidos? Todo me da igual, lo único que quiero es olvidar aquella cala y aquel amor donde me corría sin cruzar las piernas y una mancha de sangre quedaba siembre en la sábana. Ya van, todos a una, parecen una orquesta, mezclas de esencias de olores repugnantes que en estos momentos puedo decir que adoro. Beber, relax, placer, me giran y me tiran, me vapulean como quieren, van a culminar. El azar hizo una gran mentira a esta que amé, sagrada comunidad perteneciente a varios, donde mis rocas erigieron un cuenco de pezones cubiertos de arena blanca, apretados con fuerza para escalar aquel acantilado, provocan que me suelte mucho más. Escupan, escupan que deseo apretar my Spam!!! Para correrme hay tanta hierba vacía, me aburre ya pero no la deseo corta, la deseo larga y ornamental y menos mal que llueve en diferentes líquidos, con olores de gritos de hambre y no me desmayo porque ser fuente de agua da alturas a mis muslos que hacen ascos a los regalos de estos lobos sin grandeza, placer en un subsuelo, nada de besar la boca, hipócritas machotes, que el agua comienza a caer y no me interesan los esclavos cubiertos de presión, doloridos de misterios y abismos… Tiempo es lo que necesito para no recordar y no vomitar las manchas que no te hacen volar, aunque al final volaste. Pero mis lágrimas, aguas curativas, cierran esas rocas donde no acepto ningún SPAM!!! …..

…Las batallas se luchan con las misma batallas, pero tú, 88, aprendí !!! ….

Stara ´18

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El día que a punto estuve de enamorarme de ti

Ella y yo estamos tumbadas en la gran cama de una jaima, frente a un acantilado. Los focos del escenario se encienden y entonces se hace visible a nuestros ojos la luz azul del océano que ilumina todo el teatro. La jaima se encuentra en medio del escenario, sobre un terreno de arena. Todo el decorado nos sitúa en  un bar muy al estilo chill out. La música ambiente que suena también es chill out. La melodía de café del mar acompaña al violento sonido con que las olas rompen en el acantilado bajo el precipicio que se abre a nuestros pies y también acompaña al piar de las gaviotas que a veces se elevan y parecen planear plácidamente para luego volver a lanzarse en picado contra la franja de cartón turquesa.

Ella y yo estamos aquí, en esta jaima, en medio del escenario.

Dispersos por las varias terrazas del lugar y dentro del restaurante, ocupando la mayor parte de las mesas, diversos grupos de comensales de todas las edades y armando distintos tipos de reuniones nos acompañan con sus risas, sus diálogos e incluso con sus discusiones y groserías.

El camarero, en el extremo de la barra más cercano a la zona de jaimas, porta su bandeja en la mano con plena maestría y no quita ojo de donde nosotras nos encontramos a pesar de que, supuestamente, nos camufla una fina cortina que, de tan fina y de tanto que la mueve la brisa, poco camuflaje debe considerarse.

No sé por qué estamos aquí ella y yo. Hace rato que me pedí el primer combinado y hace tanto rato ya y he pedido ya tantos y tan cargados combinados que olvidé qué motivo nos ha traído hasta aquí hoy y la verdad es que no sé muy bien cómo expresar este estado de embriaguez en el que me hallo para que el público, sentado al otro lado de los focos, lo pueda entender. Sí, creo que la mejor manera será sorbiendo primero, con movimientos torpes, mi pajita de coctel y luego soltando mi primer monólogo en voz alta y clara pero a la vez haciendo que las palabras salgan mal vocalizadas, como con lengua de trapo, sin que ello, por supuesto, suponga que no se vaya a entender este primer discurso con el que debo abrir la escena.

La música y los ruidos se van volviendo tenues y el brillo del mar comienza a languidecer. Todo es tragado por la oscuridad de este escenario excepto mi figura, ahora iluminada por la intensa luz de un foco que incide justo sobre mi coronilla. Le ha llegado el turno a la palabra, lo sé, estoy preparada para recibirla y darla, ya no tiemblo. No hay pánico. Comienzo:

─En este camastro de jaima, el olor de su piel se mezcla con la suave brisa que se eleva del acantilado. Ahora ella suelta su coleta y mueve su cabeza levemente y este gesto es una evidente incitación a algo más. Pienso, de pronto, no puedo evitarlo, que quiere que la bese justo ahí, en la curva que el cuello forma con el inicio de su hombro, ahí donde palpita una de sus venas. El placer de su vena del cuello está llamando a gritos mi beso, mi exquisita lamida. Recuerdo su sexo en mi boca, todo ese océano desprendido surtiendo mis labios y recuerdo…, cómo evocar esto de tal forma que todos ustedes, todos los ahí sentados, pasivos, al otro lado de los focos, lo lleguen a sentir, cómo… recuerdo el sexo de ella que es húmedo y salado y dulce al mismo tiempo y como se agitan con euforia sus nalgas pidiendo más y como por momentos se contrae su sexo todo, dulce de pronto y cálido de pronto, en torno a mis dedos en un retraerse de cueva e incienso.

El foco se apaga y de nuevo es la luz azul del océano en todo el teatro. Mis ojos quedan heridos de tanto y tanto allá al frente y los cierro y este gesto apenas consigue evitar el arañazo en mis retinas.

Ella me observa de reojo. Lleva la melena suelta. Una melena negra azabache que le cubre la espalda, casi hasta la cintura. Su vista clavada en mi barbilla partida, luego en mis pechos y luego, cuando se ha percatado de que con esta luz vuelven a manifestárseme cada una de sus intenciones, retira su mirada y se hace la distraída y señala entonces el horizonte, hacia la zona del anfiteatro y hacia el gallinero.

─Qué bonito el mar ─susurra apenas y su voz se hace perfectamente audible allá enfrente─, este sitio es una gozada.

Ella tal vez crea que la cosa pueda quedar ahí. Tal vez, en su extrema inconsciencia de niña haciendo ruindades, piense que todo quedará en la simple travesura  de acercarse a mi oído, como ahora hace, y decirme:

─Mira allá enfrente y a los lados, Rut ─señala esta vez al patio de butacas, a los lados y al fondo del escenario. Yo dirijo la vista hacia donde su dedo indica y, sí, el camarero no nos quita ojo. El resto de los actores, cada uno en su posición de guion inalterable, en su barra, en su taburete o en su largo sofá en otras casetas, han enmudecido y ahora son siluetas en penumbras bajo las luces de los focos que se han vuelto tenues en todas partes excepto la que ilumina nuestra jaima─ Todos nos observan ─me hace ver ella─, en silencio, expectantes, todos esperan algo de nosotras… ¿No sería estupendo besarnos ahora?, ¿rozar nuestras lenguas sin que eso nos importe, aquí delante de todos, en este camastro nuestro frente al acantilado?

Y yo asiento y siento calor y la imagino en una postura tras otra. Imagino como nada más llegar a casa la voy a agarrar por las nalgas y la voy a tumbar sin miramientos sobre la mesa de la cocina…

 

Cree tal vez ella que puede jugar sin que su juego trascienda. Cree quizás que ese cruzar de sus piernas, ese tensar y relajar glúteos al tiempo que contempla mi cuerpo extendido sobre el camastro a su lado y entreabre sus labios para luego morderlos ligeramente, no va a tener repercusiones algo más serias, si cabe, cuando regresemos juntas a casa.

─Me estoy excitando…, mucho.

─¿Te estás humedeciendo, cielo? ─le pregunto sintiendo que cada sílaba es como una gota de miel en mi lengua.  Alguien carraspea y se acomoda desde las butacas.

─Sí ─contesta─, mucho.

Ahora, casi por sorpresa, la sala al completo vuelve a iluminarse y es un estallido de relámpago turquesa. Los comensales reanudan sus diálogos, el camarero sus quehaceres y deambula de acá para allá, a veces pasa frente a nuestra jaima. El infinito mar de nuevo me araña las pupilas pero ya no las cierro. Lo quiero abarcar todo, todo, y me preparo, carraspeo sin que se escuche, sé hacerlo de este modo para modular la voz, recibo de nuevo a la palabra en lo que es mi segundo monólogo. Comienzo:

─Sí, sí, lo confieso, quisiera gritar bien alto para que nadie quede sin escuchar: ¡Miren señoras y señores, cómo lamo y relamo la bolita de ella, su precioso diamante, observen, cómo pulo y saco brillo!

A la par que hablo, ella saca una cuerda de debajo del camastro y se ata los tobillos a las barras laterales del camastro. Sobra aún cuerda suficiente para sus muñecas pero ella no puede, así que continúo mi discurso al tiempo que voy atándole los brazos a los hierros del cabezal.

─Ella atada ─la palabra retumba de nuevo y es más brillante que miles de focos juntos, la recibo y la doy─, atada a la cabecera del camastro, ¿la ven? ─levanto su falda tan hippi y holgada y abajo no lleva ni bragas─, ¿lo ven?

Escucho algunos carraspeos más entre el público. Algunos se recolocan allá en frente, al otro lado de los focos. Su sexo se ha hecho completamente visible y es como una selva que se abre frente al acantilado y a las aves que ahora planean todas sin intención de desaparecer bajo el océano.

─¿Lo ven señoras y señores? Sé que sí, sin duda, pueden verlo desde donde están, ocupando sus sillones, en sus pasivas posturas de pasivos espectadores. Sin embargo lo que no pueden es olerlo, no están lo suficientemente cerca y así se pierden lo que más excita, su olor…

Ahora otra vez los demás actores han enmudecido. La música y el resto de los sonidos se han apagado. El camarero se ha quedado inmóvil junto a nuestra jaima, en el preciso instante en que nos traía el siguiente coctel. Nada parece querer interrumpirnos. De nuevo solo el espléndido rayo de luz sobre nuestros cuerpos.

Bajo hasta su vulva, la abro de par en par y me sumerjo en ella. Es el licor más embriagador que he probado nunca. Esta vibrante perla en mi lengua y su gruta en mis dedos, en mis uno primero, dos después, tres más tarde, cuatro dedos por último, cuando ya su preciosa perla está dura y tan, tan húmeda.

Carraspeos allá al fondo del patio de butacas. Cremalleras que se bajan. Algunos gemidos a mi espalda, masculinos y femeninos, ahogados y reprimidos todos. Y es entonces cuando le toca a ella gritar, lanzar un chillido desgarrador que eleva y eleva el placer hasta el piso más alto del teatro.

Ella pide y pide más, más, hasta que alcanza el clímax y es en este instante cuando se prenden las lámparas  y una manguera sobre el escenario que llevan el resto de los actores suelta un chorro de espuma blanca y espesa al patio de butacas y a los palcos y allá a donde alcance sobre los espectadores, muchos de los cuales aún están con sus manos y sus dedos hurgando las braguetas y debajo de las bragas.

Los espectadores interrumpen tanta masturbación clandestina sintiéndose morir de la vergüenza por haber sido pillados in fraganti,  sin embargo yo ya no puedo parar, ni puedo hacer caso a los aplausos que en breve empezaré a escuchar a mi espalda porque le estoy comiendo el coño a ella y es un placer que va más allá de todo este escenario y ella me está ahora mismo chingando toda la cara con una eyaculación que es cierta, que es tan cierta como que casi me corro yo también, incluso sin tocarme, del puro deleite.

Y ahora, justo ahora, es cuando lo pienso y no sé cómo expresarlo mientras la ola de aplausos al fin nos  cae encima y hemos llegado a tiempo para recibirlos junto con todos los de la compañía que, tomados de la mano, reverenciamos una y otra vez al borde de las tablas. Ahora es cuando pienso que  dentro de un rato, en cuanto estemos entre los bastidores, recogiendo como los demás actores nuestras gaviotas de cartón piedra que en ningún momento fueron realmente lanzadas sobre ninguna ola, le pediré que si quiere venir de verdad a mi casa. Podremos sacar todos mis juguetes, todo mi arsenal de vibradores y bolitas de placer de múltiples velocidades y colores y, entre medio y medio, quizás, quién sabe, podré al fin atreverme a bajar la guardia y confesarle lo que siento por ella. Quién sabe, quizás hoy al fin me decida a amarla de una vez por todas y más allá de toda dramaturgia, en fin…

 

روت

Deseo en alta mar

Estábamos en aquel crucero surcando el Mediterráneo. Acabábamos de dejar atrás la costa griega cuando tú apareciste. Lucy y yo nos hallábamos en una de las cubiertas superiores, cerca de una de las piscinas al aire libre, rodeada de tumbonas, que el crucero había instalado para disfrute y diversión de sus pasajeros. Casi se podía notar la ironía, toda aquella gente chapoteando en el agua de un recinto cerrado, rodeados de millas y millas de mar abierto. Al principio no estaba seguro de que fueses tú. Te habías teñido el pelo de un negro color azabache que contrastaba a todas luces con el rojizo color caoba al que me tenías acostumbrado e ibas ocultando tus ojos tras unas opacas gafas de sol. No obstante ese lunar sobre tu labio, esos pómulos levemente alzados y esos pechos generosos, aprisionados bajo una blanca blusa veraniega, no dejaban lugar a dudas. Te dirigiste hacia el bar situado junto a la piscina y te sentaste en uno de los taburetes libres, justo al lado de una pareja de veinteañeros que te miraron de arriba a abajo como quien mira un caramelo por desenvolver. Les ignoraste y llamaste al camarero para que se acercara. Pronuncié tu nombre en alta voz aún temeroso de haberme equivocado de persona, siempre he sentido algo de espanto al imaginarme haciendo el ridículo confundiendo a una desconocida con otra persona.

Te diste la vuelta casi inmediatamente con el ceño fruncido. Imagino que no esperabas que alguien te fuese a identificar o que algún conocido coincidiese contigo en aquellas vacaciones. Sentí una pizca de culpabilidad en ese instante. Era más que probable que no quisieses ser incordiada en aquel viaje de placer aunque fuésemos amigos desde hacía tantos años. Tu mirada recorrió la cubierta hasta dar conmigo y entonces una sonrisa asomó a tu rostro, sincera, relajada. Yo sonreí también y te hice señas para que te acercaras. Lucy se había despertado de su sopor ultravioleta y me preguntó que a quién llamaba. Cogiste el caipirinha que el camarero te había servido y te acercaste caminando lentamente, con tus andares de modelo de pasarela. Lucy terminó de despertarse completamente al llegar tú a nuestro lado. Sus ojos se abrieron como platos cuando tu sombra se posó sobre su figura. Te di dos besos e hice apresuradamente las presentaciones. Te agachaste para darle dos besos y tus mejillas quedaron impregnadas de protector solar. Te pregunté qué hacías viajando por esos mundos y me comentaste que estabas harta de la vida en la isla. Aquí al menos el mar no es la misma cosa cada día, me dijiste. Yo me encogí de hombros y comenté que el mar es el mismo, te despiertes donde te despiertes. Lucy nos observó con curiosidad.

Ella es hija del continente, dije señalando a mi compañera de crucero, no entiende la perspectiva provinciana del isleño de rajarse de su tierra constantemente paro luego estarla echando siempre de menos.

Lo cierto es que yo tenía razón. Tú y yo estábamos acostumbrados a viajar, por estudios o por trabajo, a recorrer miles de kilómetros en apenas un día cada dos por tres, así que afirmaste, mostrando una espectacular sonrisa que dirigiste a Lucy y yo en ese momento decidí dejarlas solas e ir a la barra a pedir algo de alcohol. No sabía muy bien qué tomar y finalmente me decidí por probar toda la carta de exquisitas margaritas que me empezó a preparar una de las camareras, una negra preciosa con un culo fantástico y unas tetas de escándalo. Horas antes había escuchado que era la novia del D.J. y que al parecer eran monógamos hasta decir basta, así que por esa vía no tenía nada que hacer. Una pena porque él también estaba muy bueno y tenía unos músculos dignos de ser admirados durante horas. Entre trago y trago de margarita me los imaginé a ambos haciendo ejercicio en el gimnasio del crucero situado dos cubiertas más abajo, sudando, suspirando y gimiendo, en fin, dándole a las máquinas del gym un uso muy poco legítimo. Uno de los camareros me devolvió a la realidad preguntándome si quería tomar algo más, un querubín rubio con cara de modelo que podría haber pasado por el novio de la Barbie. Miré mi vaso, ¿en qué momento lo había vaciado? Le pedí entonces otra margarita, esta vez con sabor a fresa. Mientras me la preparaba me di la vuelta en la barra. Allá, en la tumbona, te habías despojado de la blusa y estabas ahora tumbada boca abajo en una hamaca junto a la de Lucy. Lucy, sobre tu espalda, te embadurnaba de crema solar. Pensé entonces que debías de habérselo pedido nada más irme yo. Llevabas un bañador color ocre. Te desabrochaste la parte de arriba para que ella pudiese esparcir con más comodidad el ungüento. Las vi mover los labios y me pregunté qué estaríais murmurando. Lucy dijo algo y tú sonreíste y así continuaron hablando. Tú murmuraste algunas palabras y de pronto ella rompió en carcajadas. ¿Acaso estaban coqueteando? Alcé un poco las cejas. La verdad era que no estaba acostumbrado a que Lucy se riese así con alguien a quien no conocía, y mucho menos si esa persona era una amiga mía. La verdad era que mi chica resultaba ser bastante reservada. No le gustaban para nada las confianzas y las veces que había visitado Canarias, había tenido algún problema con lo que ella interpretaba como una extrema zalamería por parte de las mujeres y de los hombres isleños.

Cuando regresé a la zona de tumbonas, copa en mano, lo primero que hice fue preguntarles qué era aquello de lo que tanto se reían. En seguida me comentaste que le estabas contando a Lucy una anécdota de nuestra juventud más fiestera, allá en los bares de la Forward City y que ella, a la par, te estaba poniendo al corriente sobre mis experiencias en los tugurios más sombríos de Chueca. Me limité a bufar diciendo que no es tan fiero el león como lo pintan. Lucy terminó entonces de echarte crema por la espalda y comenzó a untarla sobre tu culo y tus muslos con lo que yo calificaría como una  actitud de extrema dedicación. Me pareció algo extraño eso pero no le presté mayor atención al asunto. Permanecimos así un buen rato, hablando de lo divino y de lo humano, a veces tú y yo, a veces ella y tú, a veces yo y ella y a veces los tres juntos. El caso fue que la tarde pasó volando y cuando menos lo esperamos ya el sol había caído.

Fue en esa taciturna hora de la tarde cuando nos preguntaste si queríamos que fuésemos a cenar juntos. Que estabas harta de cenar sola y de que se te acercasen borrachos alemanes y británicos intentando meterla en caliente dentro de una diosa atlante o incluso dando a entender que estaban dispuestos a pagar por ello. No era que te desagradase la idea, nos dijiste, la idea de que alguien pague por tener relaciones sexuales contigo, pero sí que te fastidiaba enormemente que todo ese intercambio se redujese a un mero folleteo, sin experiencia emocional o psíquica de por medio, que para ti resultaba casi tan importante como el orgasmo fisiológico acompañado de eyaculación. Si fuese prostituta, afirmaste, sería la Sasha Grey española. Entonces confesaste que te estaba entrando mucha pereza el ir a tu camarote, en la otra punta del crucero, a cambiarte para la cena.

Algo en mi mente despertó en ese preciso instante, los engranajes de mi cerebro comenzaron a ponerse en movimiento. En parte deseando que sucediese lo que quería que sucediese, en parte deseando dejarte la suficiente libertad como para que te echases atrás si lo veías necesario, te dije que a nosotros también nos parecía una pérdida total de tiempo y que, sin ningún problema, podías venirte a nuestro camarote, que además era de los de lujo, que podíamos pedir que nos sirviesen la cena allí y que allí, muy a gusto, podríamos seguir charlando y bebiendo. Por un instante te vi dudar. No parecías tener claro si lo que te proponíamos era alguna clase de encerrona, pero, ¡qué cojones!, podría ser divertido. Hasta el momento no habíamos dicho o hecho nada para darte a entender que queríamos algo contigo, ni Lucy ni yo.

Así que, finalmente, aceptaste la propuesta. Bajamos un par de cubiertas hasta llegar a nuestra habitación recién arreglada por el servicio del crucero. Entraste y cuando contemplaste las dimensiones de la misma soltaste un silbido de admiración. Dijiste que la tuya era la mitad de grande. Yo te escuché y luego llamé al servicio de habitaciones y pedí la cena para tres con champán para descorchar. Lucy, muy amablemente, animó a que te pusieses cómoda al tiempo que con un gracioso ademán de brazo te invitó a sentarte en el amplio sofá. El único otro sitio donde podrías hacerlo era la cama, pensé, y aún era demasiado pronto para eso.

En este instante de la narración comenzaré a hablar en presente porque, a partir de aquí la historia toma un giro tan apoteósico, tengo las imágenes tan frescas en mi mente que para mí es como si estuviesen sucediendo ahora aquí, delante mismo de mis narices:

 

<<Continuamos en ropa de baño. No hemos visto la necesidad de cambiarnos si no vamos a ir a ninguna parte. La cena tarda veinte minutos en subir y durante este tiempo nos limitamos a contar chistes obscenos, a recordar anécdotas juveniles o detallar encuentros y desencuentros sexuales o amorosos que cada uno ha tenido a lo largo de su vida. Estamos entrando en confianza. Cada vez Lucy y tú ríen más y, por extraño que pueda parecer, Lucy parece más tranquila que nunca. Yo me dedico a observarlas e intervengo solo ocasionalmente pues son ustedes dos las que llevan el centro de la charla. Que si una vez con un chico me pasó esto, dice ella, pues que si a mí me ocurrió esto otro con una novia que tuve, comentas tú, pues yo, replica ella, que si hice un trío en un coche en marcha y casi me quedo sin brazo, pues anda que yo, exclamas tú, yo he ido a un local de intercambio de parejas varias veces… que si eres muy guapa, ¿lo sabias?, se atreve a confesarte ella, de repente, sin comerlo ni beberlo. Nada hasta el momento te había hecho sospechar un vuelco así en vuestra conversación, puedo verlo en tu rostro.

─Los dos son bisexuales, ¿no es cierto? ─preguntas.

─Si, así es ─respondo.

El caso es que ya lo sabías de mí, pero no de ella. Yo era un viejo conocido tuyo, pero hasta esta noche Lucy era terreno vedado y ahora te encuentras con una extensión de tierra virgen ante ti que espera que la reclames. En ese momento ambas se quedan calladas, su mirada perdiéndose en la tuya. Ha pasado un ángel, probablemente caído. Sé que debiera decir algo para romper la tensión, una tensión que podría ser palpada en el mismísimo aire, sin embargo no lo hago. Soy un observador y me limito a reconocer los acontecimientos que suceden frente a mis ojos. Ella pone su mano sobre tu blanco muslo, sobre tu carne trémula. Tu sonrisa desaparece reemplazada por un gesto de sorpresa que se estampa en tu boca mientras tu mirada se clava en la de ella. Lucy continúa con una sonrisa de oreja a oreja. De repente se ha convertido en la depredadora que es, en una loba de mar que ha visto una presa fácil. Jamás había conocido en mi novia esa manera de entrarle a nadie. El momento se rompe con el sonido de unos golpes en la puerta. Es la cena, justo a tiempo. Salvados por la campana, pienso.

Mientras le doy algo de propina al muchacho que nos ha traído tan suculentas viandas, oigo a mi espalda cómo hablan en susurros. Me siento intrigado y no puedo esperar a cerrar la puerta para darme la vuelta y ver que, de nuevo, han asumido posiciones en el sofá, ahora cara a cara, mirándose la una a la otra pero sin tocarse aún y es aquí cuando el juego comienza. Cierras los ojos, te inclinas hacia delante y está ya su boca contra la tuya. Breves picos de indecisión antes de pasar a un beso verdadero. Su lengua entrando en tu boca y la tuya mezclándose con la de ella. La saliva de ella abandonando su ser para entrar a formar parte del tuyo. Me mantengo al margen. Solo en un inicio. Deseo que ambas disfruten de esta experiencia y lo cierto es que Lucy lleva el suficiente tiempo sin estar con una chica como para querer que esto sea algo privado, algo íntimo entre ella y tú. Yo simplemente me acerco y me siento detrás de ella. Mis brazos rodeando su cintura y acariciando sus muslos que confluyen con los tuyos. Mi boca se posa sobre su hombro y voy regando su espalda de besos para luego arrojar un suave mordisco a su cuello. Siento cómo se estremece su piel, su vello se eriza, sus manos van a tus pechos y los aprietan levemente al tiempo que mordisquea tus labios. Te echas hacia atrás con un leve gemido y con los ojos entrecerrados. Ya has ido demasiado lejos como para cambiar ahora de opinión y Lucy se permite recordártelo besándote el cuello. Yo hago lo propio por el otro lateral de tu cuello. Ella subiendo por la izquierda y yo por la derecha hasta llegar a tu boca. Pareces dudar de a quién regalarla primero. Te decantas por mí, tal vez para compensar el haber centrado toda tu atención hasta el momento en ella. Al rato abandonas mis labios y pasas a los suyos, así te aseguras de que ella no se va a sentir abandonada. Mis manos recorren tu cuerpo, aprieto tus pechos como ella lo hizo antes, acaricio tu espalda y tus hombros, te tumbo en el sillón cuan larga eres y mientras Lucy sigue comiéndote la boca yo voy impregnando tu cuerpo de mis besos. Tu pecho, tu vientre, tus muslos… recuerdo que una vez me comentaste el complejo que tenías con tu figura, sin embargo, debo decirte que para mí, en este preciso instante, eres una diosa griega esculpida por un artista del Renacimiento. Eres preciosa, eres perfecta, y los dos lo sabemos, Lucy y yo, y por eso vamos a asegurarnos de que sepas que, mientras estés en este camarote con nosotros, no adoraremos a nadie más. Ni siquiera es posible que nos adoremos entre nosotros más de lo que la adoración a tu persona nos permita. Te has convertido en el centro de nuestro pequeño universo. Te alzas un momento para desprenderte de la parte de arriba del bañador y dejas al descubierto esos generosos pechos que hasta el momento solo había podido contemplar en la distancia. Lucy sonríe al verlos y procede a depositar otro beso en tus labios antes de bajar a chupar y morder ese rosado pezón que ha quedado libre mientras yo me ocupo de su gemelo. Su lengua y la mía van lamiendo, mordiendo y rozando también tus senos con los dientes y así te arrancamos un gemido que produce el aumento evidente de mi evidente excitación.

Me levanto de repente, turbado, y empiezo a quitarme el bañador a través del cual se reluce una tremenda y colosal erección. Me desprendo de él y lo arrojo en algún lugar de la habitación, haciendo una breve nota mental para no perderlo. Estás tumbada todavía sobre el sofá, en el filo mismo del asiento, y ella está a cuatro patas sobre el suelo delante de ti. Ella ha comenzado a quitarte la parte de abajo del bañador y su cabeza va abriéndose paso entre tus piernas hasta llegar a tu pubis recortado. El camino a tu precioso coñito ya está abonado y húmedo, nos hemos asegurado previamente de ello. El rostro de Lucy se pierde entre tus muslos, su lengua acomete tus labios y tu clítoris, sin piedad alguna mientras te pellizcas los pezones y cierras los ojos para intentar contener todo el placer que recibes. Yo me agacho detrás de ella y comienzo a quitarle también la parte de atrás del bañador, que arrojo sobre la cama. Acaricio su espalda y le doy una brutal nalgada, recibiendo como respuesta un leve estremecimiento y un quejido ahogado entre tus muslos. Desde ahí detrás, desde esa posición casi animal, entierro mi cabeza entre las nalgas de Lucy y aspiro el olor que se me otorga entre sus muslos. Su coño huele a crema solar, a cloro de la piscina y a lujuria sáfica. Tú también has ayudado a abonar el camino y la verdad es que podría pasarme toda la vida con el rostro entre sus piernas de no ser porque he prometido, en nuestro acuerdo tácito, dedicarte el máximo de mi adoración. La azoto y la muerdo hasta dejar su carne blanca cubierta de rojo, y en ese momento me levanto para inclinarme a horcajadas detrás de ella. La penetración que inicio desde esta posición  es lenta y ella, sorprendida gratamente, deja de comerte el coño por un momento para ahogar su garganta en un gemido. Entro en ella poco a poco, no hace falta demasiada preparación, la excitación ha hecho que mi polla recorra un suave camino mientras ella vuelve a dedicarte sus concentradas energías. Comienzo a bombear, a entrar y salir, y ella suspira ahogada por tu esencia y así, el deseo de los tres va creciendo cada vez más. Tu mirada se posa sobre la mía, sonríes, pienso por un instante que si no era esto lo que deseabas entonces ha sido un buen hallazgo no buscado.

Después de un rato así cambiamos de posición. Lucy se aparta de entre tus piernas y yo me siento en el sillón de cara a ustedes. La mano en mi polla frotándome de arriba a abajo. Sigue dura como una roca ante la visión de mis dos bellezas, dos espectaculares mujeres que no han perdido tiempo en empezar a darse cariño delante mío. Ustedes saben que mi atención en sus amorosos quehaceres es absoluta. Se tocan, se magrean y se besan con la certeza de que para mí, en este momento, no hay más mundo que esta habitación y no hay más compañeras que mis dos compañeras de camarote. Te separas de ella y te me acercas sonriendo. Te agachas para besarme y te subes sobre el sillón antes de pasar una pierna sobre las mías y agarrar mi miembro para clavártelo poco a poco descendiendo tu cuerpo hacia el mío. Estabas deseando esto ¿verdad?, me susurras al oído mientras mueves tu cabeza y tu preciosa melena morena cae sobre nuestros rostros unidos. Yo cierro los ojos y te rodeo la espalda con mi brazo para que me cabalgues a gusto. Beso y muerdo tus hombros preso de la lujuria y me arrepiento de haber pensado que eras demasiado inocente, demasiado buena chica, como para acabar enredada con nosotros. Lucy no se ha quedado para nada inactiva. Ahora está agachada frente al borde del sillón, lamiendo mis huevos y pasando a mi polla cada vez que esta queda al descubierto con tus movimientos hacia arriba, pasando su lengua por toda ella y absorbiendo tus fluidos, a los que parece haberse hecho adicta. Puedo entenderla, yo también me estoy intoxicando de ti. Mi boca busca la tuya y ambas se funden en un beso que contiene el deseo violento de dos amantes que se deseaban y se buscaban desde hacía tiempo. Es posible que así haya sido, no digo que no.

Me cabalgas durante un buen rato de esta manera y ella lame y lame nuestro coito hasta que, con los dientes apretados te ruego que pares. Noto que he estado peligrosamente a punto de correrme y no quiero, aún no. Quiero aguantar todo lo que pueda para que ambas disfruten lo máximo posible. Se lo debo a ustedes, que me habéis otorgado lo que probablemente será uno de los mejores recuerdos de mi vida una vez que la noche acabe. Te levantas poco a poco y mi miembro sale lentamente de ti. Lucy se pone en pie y te ayuda a levantarte, invitándonos a trasladarnos a la cama. Cuando llega al borde de la misma te propina un suave empujón que te hace caer de espaldas sobre el colchón y quedas así, con las piernas abiertas. Pareces estar invitándonos a ambos a sumergirnos en ti. Esta vez colaboraremos, Lucy y yo, en conyugal armonía para comerte el coño. Rodeamos tu clítoris con nuestras lenguas y aprovechamos lo desenfrenado de nuestra pasión para besarnos cuando el frenesí lo permite compartiendo de este modo tus jugos. Que no se desperdicie ni una gota que los recursos son escasos, parecemos haber acordado en muda asamblea. Mis manos recorren tu cuerpo y pasan al de ella indistintamente. Cada parte de mi ser es independiente y, si estuviese permitido por las leyes naturales, estoy seguro de que cada una iría a su puta bola.

Mi Lucy se comporta de una manera muy profesional en esto del cunnilingus, yo a su lado no soy más que un principiante, dudo que aunque viva toda una vida consiga llegar a su nivel de maestría comiendo coños y haciendo que las mujeres se corran de puro placer que es lo que pareces estar alcanzando tú, el verdadero clímax, a decir por tus gemidos cada vez más y más altos hasta que nuestros rostros quedan empapados de tu orgasmo. Agarras nuestras cabezas para llevarnos a la altura de tu carita distorsionada por el placer y empiezas a besarnos a ambos, los dos cubiertos de tu corrida pero pletóricos y siempre a tu servicio, como bien pareces haber asumido. Le susurras a Lucy que es su turno, que ahora le toca a ella recibir y ser adorada, y procedemos a repetir la ceremonia con ella en el lugar que, anteriormente, ocupaste tú. Aunque eres buena comiendo coños y dando placer a una mujer, considero que aún te falta escuela para llegar a ser tan buena como Lucy. Confío en que ella te enseñe a hacerlo mejor si es que estamos de suerte y esto se vuelve algo habitual. Ella tarda un poco más en correrse y se ayuda de sus manos además de nuestras bocas para poder llegar al orgasmo, a ese volcán vibrante que inunda cada rincón de su cuerpo. Ahora te toca, me dices, y das una palmada a la cama para indicar que he de subirme. Me tumbo sobre la misma. Lucy baja a tu altura y te besa tiernamente antes de que ambas me dediquen una mirada de absoluto vicio y comiencen a trabajar con sus bocas sobre mi miembro que continúa duro y que amenaza tormenta ante el placer recibido. Ambas lenguas lo lamen de arriba a abajo, sin dejar ningún centímetro por cubrir. Ahora eres tú la que hace gala de unas dotes de experta felatriz y muestras a Lucy cómo debe hacerse, no cabe duda de que todos nos beneficiaremos de este intercambio de conocimientos. Cierro los ojos, estoy llegando al éxtasis, siento que se aproxima desde el fondo de algo, tengo mi polla a punto de caramelo y me corro con un gemido sobre mi propio vientre mientras ustedes siguen dale que dale, sus inconmensurables bocas entre mis piernas.>>

¿Y qué más contar a este respecto? Lo cierto es que estuvo muy bien y que esa noche no volviste a tu camarote. Nos quedamos los tres durmiendo juntos, adormecidos por el esfuerzo físico, el alcohol y la cena soporífera que nos metimos entre pecho y espalda tras la magnífica experiencia. Te acomodaste entre ambos y nos diste a cada uno un beso de buenas noches antes de cerrar los ojos y de escapar de nuestros brazos para ir directa a los de Morfeo. Después de unas horas me despertó un movimiento a mi lado y un ruido leve de pasos al pie de la cama. Abrí los ojos y vi que eras tú, que te ponías el bañador, las sandalias y cogías tu toalla con la intención de largarte. Pregunté si te marchabas ya. Tú diste un respingo al sentirte descubierta. Volviste a sonreírme aunque ya no era la misma sonrisa del día anterior, tenías el aspecto de alguien que espera lo inevitable y que se ha resignado a ello con tristeza contenida, podría afirmar que se trataba de una sonrisa cansada. Me dijiste que sí, que debías regresar a tu camarote. Quise saber si podíamos volver a vernos en esos días, si podíamos volver a cenar juntos los tres. Te encogiste de hombros y respondiste que tal vez, que era posible, que quién sabía. Después te acercaste y me diste un beso, breve, fugaz, tras el cual saliste por la puerta y desapareciste. Me volví a tumbar y me estreché contra Lucy, la abracé por detrás y me dormí de nuevo aspirando su olor y el tuyo que se había quedado aferrado a ella.

Sobra decir que nunca más volvimos a cenar juntos, y mucho menos volvimos a hacernos un trío. Te vimos en varias ocasiones en la piscina del crucero, siempre hablando con una pareja distinta, nunca dos veces con la misma, y siempre repitiéndose la misma escena. Te veíamos conversando con las parejas y, a medida que avanzaba la tarde, los tres se levantaban y se retiraban al interior del barco. Nunca dabas señales de reconocernos ni dirigías tu mirada hacia nosotros. Sin embargo todas esas parejas que desaparecían contigo, aparecían a la mañana siguiente con una indudable expresión de resaca y de tranquilidad placentera por un secreto compartido. Lucy y yo podíamos entender ese sentimiento, ya que era el nuestro en los días posteriores a tu irrupción en nuestras vidas. Incluso una vez terminado el crucero y de vuelta a nuestra cotidianidad ninguno de nosotros propuso ponerse en contacto contigo para preguntarte si acaso es que sucedió algo que te hubiese podido molestar o hacerte sentir mal, si en algún momento te sentiste utilizada… De alguna manera supimos que esto no habría hecho más que generar una incomodidad innecesaria en ti y en nosotros. Y es que en realidad lo más probable es que fuese al revés, que tú nos habías utilizado y que nosotros no habíamos significado más que el primer eslabón de una larga cadena de experiencias tuyas. Mejor era dejarlo estar. Quedarnos con el recuerdo de lo que disfrutamos y agradecer que el universo te pusiera en nuestro camino, nuestra fantasía sexual hecha realidad en aquel crucero en el que, plácidamente, surcamos el mediterráneo Lucy y yo, hace ya tanto tiempo, en aquellos locos años que compartí con Lucy antes de que también ella desapareciese de mi vida tras conocer a la tal Rut.

 

firma de Nadir

Post escrito por el amigo de Rut: “NADIR”

Bajo el sol de la Toscana

¿Quién dijo que dejarse ir no es una buena idea?, ¿que abandonarse a la lujuria en un país extranjero tras, no una sino dos decepciones amorosas, no resulta el perfecto narcótico contra el mal de amores? Yo desde luego les diré que lo he practicado y he salido de aquello más renovada que nunca. Les contaré de qué manera aconteció.

Tras la ruptura con Lucy, mi pequeño escarceo con Ulises y la posterior unión de ambos con embarazo incluido, mi estado anímico se había desmoronado por completo. De pronto había perdido mi sensitivo apetito, mi pasión por el buen vino y el buen sexo y toda mi enérgica capacidad de disfrute. Un buen día me monté en un tren sin preocuparme por mi destino y así comenzó un largo periplo por distintas ciudades de Europa con la plena intención de estar en cada lugar únicamente el tiempo que me viniese en gana y haciendo lo que me apeteciese. Después de dos meses de aquí para allá arribé en La Toscana, en Florencia, un quince de julio, nueve días después de mi treinta y cinco cumpleaños.

En principio quería visitar los magníficos lugares de interés que hay en esa ciudad de los que tanto había oído hablar a algunos amigos que habían viajado allí recientemente pero no fui capaz, pasé la tarde en el hotel sin ganas de nada. Al fin y al cabo no dejaba de ser una gran urbe y yo lo único que deseaba era soledad y silencio. Así que a la mañana siguiente me levanté temprano, alquilé un coche y puse rumbo a las afueras, dirección Siena. A mitad de trayecto me desvié por una carretera secundaria y acabé en Montefioralle, un pueblo medieval, luminosa estampa de la campiña italiana, grandes productores del  Chianti, repleto de viñedos y bañadas todas sus tierras por un brillo difícil de describir con palabras y fue allí, frente a los muros de una vieja casa de campo, sobre la misma tierra que pare tanta exquisita uva, donde yo, Rut, tuve una de las más magníficas experiencias de mi vida, el renacimiento de una nueva persona gracias al dorado líquido que mana de esta maravillosa región del mundo.

La casona la habitaban tres hermanas y dos primas de las mismas. Entre las cinco administraban estupendamente la cadena productiva del vino repartiéndose de tal forma las distintas tareas que la armonía parecía reinar allí de una forma sorprendente. Nunca había peleas, ni altercados, cada una sabía lo que debía hacer en su ocupación y las demás estaban siempre de acuerdo. La que se encargaba de dirigir el cultivo de los más de diez mil metros cuadrados lo hacía de forma intachable, al igual que la que se esmeraba en los procesos de elaboración. Lo mismo podía decirse de la supervisora de la bodega y con similar eficacia actuaba la que dirigía el embotellamiento y su posterior introducción en el mercado. Por último estaba la que regentaba las labores generales de la casa y esta fue a la que vine a conocer en la plaza central del pueblo el mismo día que llegué y con la que en seguida hice migas motivo por el cual, muy amablemente, me ofreció una habitación por el tiempo que quisiese y sin otra condición que la de que catase con verdadera actitud crítica la última producción que, tras veinticuatro meses en barrica de roble americano, debía ser valorada por un experto consumidor antes de ser embotellada cosa a la que, por supuesto, no pude ni quise negarme.

La morada en medio de los viñedos era hermosa y grande. Mi habitación sin embargo era pequeña y sin apenas muebles, parecida a la celda de un monje en una rústica abadía. Debo decir que agradecí enormemente tal austeridad pues se ajustaba a la necesidad de paz interior que había estado buscando. Desde mi ventana se podía contemplar todo aquel paisaje repleto de viñas donde el sol cada amanecer resplandecía dotando a la tierra de tonos rojizos, amarillos, naranjas y cobrizos. Cada día observaba a las hermanas ir y venir por los campos, por los pasillos de madera, subir y bajar las escaleras con sus quehaceres diarios. Excepto la que gobernaba la casa, las demás se mostraban algo herméticas conmigo aunque no dejaban de soltar una extraña y misteriosa sonrisita al pasar a mi lado. Yo las saludaba con la cabeza y ellas parecían ruborizarse y luego continuaban su camino dejándome encogida de hombros y sin saber si estaban encantadas con mi presencia o si, por el contrario, les resultaba una inquilina un tanto ridícula o molesta. De esta manera se fueron sucediendo las jornadas en las que, aparte de darme largos paseos por el campo, acompañar a la tercera hermana al pueblo de vez en cuando y leer no hice mucho más.

Transcurridas dos semanas, sumida como estaba en aquel estado de sosiego casi alucinado que la campiña ejercía sobre mi persona, caí en la cuenta de que, si bien no había olvidado a Lucy y a Ulises, sí que ya no sentía la pasada angustia y fue una de esas mañanas en que la hermana ama de casa y yo nos alcanzamos al pueblo para echar un vistazo a los productos que se mostraban en el mercadillo montado cada día por los agricultores, que ella me comunicó con ese dulce y cantarín acento italiano inglés suyo:

─Mañana es la fiesta de la cata, a las dos del mediodía debes estar preparada.

─De acuerdo ─asentí observando cómo ella exhibía frente a sus ojos una de las manzanas que acababa de extraer de uno de los puestitos. Sus dedos eran largos y estilizados, para haberse criado en el campo me percaté de que no tenía ni una sola rugosidad en la mano.

─Viste sencilla ─me dijo─, con un traje holgado pues debes estar ligera y sin presiones para lo que vas a comer y a beber.

A la mañana siguiente sentí en la casa una actividad frenética muy fuera de lo común. Escuché más ruidos de cacharros en la cocina de lo que habitualmente se oía y el ir y venir de la hermana bodeguera resultó extrañamente apresurado. Incluso los jornaleros que trabajaban el campo parecían más reconcentrados y laboriosos bajo la supervisión del capataz, hombre robusto de ciertos años, algo rudo en sus maneras aunque por lo demás bastante cordial, siempre me daba los buenos días con una mirada picarona y un breve balanceo de cabeza.

Llegadas las dos, la hora fijada, ya estaba montada la mesa en medio del campo con su mantel de cuadros blanco y verde. Un apetitoso manjar se exponía sobre ella y las largas botellas aún sin etiquetar repletas de la exquisita materia líquida donde el sol resplandecía y titilaba en chispas color rubí cual pequeños estallidos de diamantes. Una estampa muy rústica que invitaba a la comida y a la bebida. Sentí el despertar de mi apetito como hacía meses que no lo sentía y no sólo al festín, también al sexo oral y a la alegría de vivir. Un aletear de mariposas se estableció bajo mi ombligo mientras me sentaba a la mesa a la par que lo hacían mis cinco anfitrionas. Ellas, al igual que yo, iban vestidas con un sencillo traje que debía ser típico de aquella región y que yo me puse por encontrarlo, esa misma mañana, extendido a los pies de mi cama, de manera que entendí que este era el vestuario que se requería para tan importante festejo. Un traje suelto y blanco, de tela tan fina que casi se diría transparente, de una sola pieza y que se ponía y se quitaba fácilmente por la cabeza.

 

barril-y-botella

 

La gobernanta de la casa fue la que me sirvió la primera copa y permaneció de pie a mi lado observándome atentamente mientras yo acercaba el preciado brebaje a mis labios, olía el aroma que desprendía y luego lo sorbía profundamente. De pronto sentí como si me sumergiese en la tierra, en una tierra fresca, cálida, acogedora.

─Está excelente ─pronuncié a sabiendas de que aquel calificativo se quedaba verdaderamente corto para expresar el encantamiento al que acababa de rendirse mi paladar

Ella sonrió al escucharme con unos labios amplios y salvajemente carnosos, miró a sus hermanas y primas, afirmó levemente con la cabeza y como si se hubiesen leído el pensamiento las cinco a la par colmaron sus copas y las alzaron para brindar, gesto al que me uní alzando también la mía y brindando con ellas.

─Es un vino magnífico, créanme, no tengo palabras…

─¡Chist!, no hace falta que digas nada ─me dijo otra de las hermanas con voz de pajarillo─, simplemente bebe con nosotras.

Y así lo hice. Sin apenas dialogar, sencillamente comiendo y bebiendo y recibiendo con agradecimiento los sonidos de la domada naturaleza que nos rodeaba, transcurrieron no sé cuántas horas. El ama de casa, a cuyo pausado temperamento ya me había acostumbrado, me servía de comer y de beber cada vez que veía que mi plato o mi copa se vaciaban, sentada como estaba a mi lado, y yo notaba cómo todos mis sentidos se iban intensificando de manera extraordinaria. Podía oler cada uno de los poros de su piel, escuchaba el balancearse de las uvas todavía en sus matas, el zumbido de las moscas y las abejas sobre las flores. Las horas transcurrieron hasta que cayó la tarde y mi renacimiento fue haciéndose cada vez más evidente. El pelo de mi anfitriona fue cobrando un tono cobrizo como el vino y la tierra bajo la luz del atardecer. Caía sobre su cuello y deseé acariciarlo, beberlo, besarlo. De pronto ella me miró de soslayo y percibió algo en mi gesto. Clavó sus ojos en los míos que la observaban con una intensidad evidente y distinguí en el interior de sus pupilas un centellar de brillantes color ocre.

─Opino que ya va siendo hora ─dijo levantándose con parsimonia.

Las otras parecieron entender perfectamente a qué se refería pues las cuatro a la par se levantaron también rodando con tranquilidad sus sillas.

─Ven ─me animó tomándome del brazo─, ahora vamos a regarte.

─¿A regarme? ─pregunté dejando escapar una risita nerviosa.

─Sí, a regarte ─repitió conduciéndome ahora por entre las vides hacia el muro de piedra que separaba la plantación propia de las ajenas.

Al llegar allí se aproximó a mi rostro y sus carnosos labios humedecieron los míos. Aprecié de nuevo aquel intenso aroma afrutado. Alcé mi mano y rodeé su cuello justo en el momento en que hizo un amago de separarse. Acaricié su mejilla mientras introducía con suavidad mi lengua en su boca palpando de este modo la de ella. Todo fue un discurrir de salivas por mis papilas gustativas, un zambullirme en un estado de embriaguez aún más profundo que el que el vino me había aportado. Me sacó el traje por la cabeza dejándome completamente desnuda y entonces dijo:

─Échate ahí, sobre la tierra, a los pies del muro.

Obedecí sin rechistar. Estiré todo mi cuerpo, sentí los rayos del atardecer calentar mi piel y la dura piedra del muro acariciar mi costado izquierdo. Las cinco mujeres, se colocaron a contraluz erguidas frente a mí y se quitaron también sus trajes. Quedaron con las piernas abiertas una junto a la otra y entonces, al unísono, separaron sus labios vaginales con sus manos. Tuve que fruncir el ceño para poder ver bien ya que el espléndido sol me cegaba. Al fondo de aquellas lampiñas vulvas vislumbré con regocijo unas hendiduras potentes y brillantes bordeadas de dos rosados y pulposos relieves que estaban tan húmedos como las matas de uvas tras una llovida. Coronaba la hendidura un pliegue de carne más estirado que el resto que acababa formando una protuberancia clitorial de diámetro y dureza considerables y aquello fue lo que comenzaron a frotarse con sus dedos. Tras sus poderosas piernas vi cómo la bola solar se desprendía lentamente de su bóveda celeste flotando ahora sobre las parras del mismo modo que yo lo hacía en mi entusiasmado zozobrar a los pies de aquel muro. Fue entonces que ellas comenzaron a gemir, alzando sus cabezas, pletóricas del placer que la masturbación les proporcionaba, y sus pechos, enhiestos y voluptuosos, se agitaron, erizándose de repente todos aquellos pezones que yo deseé morder y chupar como un bebé a su tetina. Los gemidos parecían el piar de cinco pájaros, un piar cada vez más alto y enfebrecido, hasta que a las cinco a la vez les vino un estremecimiento y entonces, tomando resuello y recobrando la inicial firmeza de su postura con las piernas abiertas y los labios vaginales bien separados, empezaron a salir de sus clítoris unas abundantes fuentes de líquido amarillo y espumoso que se derramaron sobre mi persona.

La embriaguez en la que me abandoné en ese instante no resulta fácilmente descriptible. La cálida regada empapaba mis pies, mis piernas, mis muslos, mi pubis, mi ombligo, mi vientre, mis pechos, mi garganta, mi rostro, mi pelo y mis brazos que estiré por detrás de mi cabeza. Ni una sola parcela de mi persona quedó sin recibir aquella milagrosa regada. Con los ojos entrecerrados pude ver, como a cámara lenta, los cinco grifos brillando y el reflejo de la luz solar tiñendo el líquido que salía de ellos de un amarillo explosivo. De fondo escuchaba el fresco sonido del orín al caer y sobre mi piel tornábase en matices dorados y ocres dejando un rastro de espuma. Un aroma a uva blanca, a vino espumoso y joven invadió todos mis sentidos. Abrí la boca a un nuevo chorro que se estrellaba en ese instante contra mi barbilla. Saqué la lengua y lamí con agradecimiento. Bajo el intenso sabor a pis pude percibir los matices de la uva vernaccia, seca, con cuerpo y consistencia en el paladar. El olor a frutales me invadió de nuevo y cerré los ojos. En ese instante alguien separó los labios de mi vulva con sus dedos y uno de los chorros cayó sobre mi clítoris. La presión que sentí me proporcionó tal placer que a punto estuve de correrme. La regada ya había parado cuando elevé mis párpados y vi que la que había dirigido su grifo hacia mi pubis era la gobernanta de la casa y que el rústico capataz, salido de no sé dónde, se esmeraba aún en separar mis labios vaginales. Las otras mujeres ya se estaban vistiendo de nuevo con sus trajes.

─Ahí te dejamos ─expresó una de ellas─. Sabemos que te gusta esta tierra y nunca tienes la oportunidad de ararla estando siempre como estás metida en la casa. Es toda tuya.

El capataz liberó mi vulva empapada ahora de las micciones y haciendo un gesto de invitación con su mano dijo:

─Está preparada para la labranza, no hay duda, es toda para ti ─y levantándose se alejó acompañado de las cuatro anfitrionas.

Mi amiga ama de casa se tumbó en ese instante sobre mí y comenzó a besarme, primero el cuello, luego los hombros, introdujo su sedosa lengua en mi oído mientras acariciaba mi pelo aún humedecido por la riega. Me ericé al completo y algo bajo mi ombligo aleteó con enérgica vitalidad. Mordí levemente su cuello pero ella susurró:

─Déjate hacer, cariño ─y bajó su cabeza lamiendo todos aquellos jugos sobre mi piel hasta que alcanzó mi pubis. Allí posó su boca entre los relieves de mi sexo bebiendo el espumoso líquido que había quedado ahora mezclado con el que salía de mi vagina. Pasó su magnífica lengua sobre mi clítoris y comenzó a besarlo y a chuparlo con movimientos largos, profundos, lentos a veces y a veces más rápidos, circulares a veces y a veces verticales, de lamidas amplias y ávidas en ocasiones y en otras ocasiones cortas, rítmicas y precisas. Una corriente eléctrica subía por segundos más y más intensa desde allí hasta el punto central de mi mente sintiendo que toda yo me vaciaba y una oleada de placer estalló minutos después en mi garganta como el tañido de una campana en el lugar más elevado de la más elevada catedral. Y así grité, sí, grité como sólo las aves saben hacerlo, libre, sin pasado, sin recuerdos, completamente renacida volando sobre los prados y la campiña italiana en busca de un nuevo nido donde alojar mis semillas. La agarré por la melena y la animé a subir de nuevo hasta mi rostro. Permanecimos largo rato entrelazadas y besándonos mientras mi mano buscaba su perla del gusto y la trabajaba haciéndola estallar también en miles de gemidos que inundaron mi mente de un goce aún mayor que el que ella me había proporcionado con su lengua.

Describir lo que sucedió después es para mí casi un imposible pues era tal la nebulosa en la que me hallaba que apenas si poseo recuerdos certeros de todo lo demás. De manera un tanto borrosa, como en un sueño, veo cómo caminamos de la mano hacia la casa, desnudas las dos pisando con los pies descalzos las raíces de las parras. Una vez allí me llevó a su dormitorio donde tenía una bañera y la llenó con agua tibia. Me metió dentro y me lavó. Luego me secó y me hizo un hueco bajo sus edredones. Creo que dormimos toda la noche abrazadas y desnudas, piel con piel, pero cuando llegó el clarear del nuevo día y desperté no la encontré a mi lado. Entonces no pude asegurar si realmente ella había yacido allí conmigo o no. A los pies de la cama encontré mi ropa preparada y también mi maleta. En un papel, escrito en inglés y con letra un tanto infantil pude leer: “Gracias por la cata y por la inolvidable velada de ayer, ahora debes marcharte. Te deseamos mis hermanas, primas y yo un feliz viaje a donde quiera que vayas.” Me vestí rápidamente y salí al pasillo. No escuché a nadie por los alrededores. Me asomé a la ventana pero nadie parecía trabajar hoy en los campos. Una nube gris se había instalado en el cielo. Todo daba la sensación de estar deshabitado, oscuro, sin vida. Abajo me esperaba un coche de alquiler, probablemente contratado por ellas. Me encogí de hombros.

─Nunca entenderé a las mujeres ─musité.

Y aunque mis cinco anfitrionas, especialmente la sensual ama de casa, me habían gustado de una forma muy fuera de lo común, debo confesar que no dejé atrás aquel amable lugar con pena. Más bien, mientras conducía de nuevo rumbo a Florencia, reconocí una exaltación y una alegría en mi alma que hacía muchos meses que no me permitía el lujo de sentir. Entonces, con una sonrisa estampada en los labios, supe que ya era hora de regresar a casa.

روت

La guerra del fin del mundo

En esta historia soy un humilde soldado raso alemán durante la Segunda Guerra Mundial, en los últimos días antes del fin de la misma en Europa. Berlín está a punto de caer en manos de los aliados y la ciudad se encuentra presa de los bombardeos indiscriminados.

Me refugio en una bella mansión localizada a las afueras de la ciudad germana. Allí me atrinchero viviendo de los enseres y viandas que los dueños han dejado en la despensa tras abandonar apresuradamente el lugar. Un día despierto con el cañón de un fusil soviético apuntándome directamente a los ojos y sobre la cama veo a cuatro rusas, verdaderos bellezones, de las que por aquel entonces la Unión Soviética reclutaba para los pelotones de  infantería, especialmente como francotiradoras, con el argumento de que las mujeres siempre habían demostrado más presteza y sangre fría en el manejo de las armas que los hombres.

Inicialmente me asusto pero en seguida me percato de que no me quieren matar. En su alemán mal pronunciado me ponen al corriente de que no están con ningún regimiento. Son desertoras que están aprovechando los placeres que la guerra les brinda y tienen la irresoluble intención de establecerse en esta casa hasta que los víveres se acaben.

Los primeros días se divierten conmigo practicando sobre mi persona toda suerte de humillaciones. Me obligan a que cocine para ellas y me dan bofetadas con sus manos enguantadas si la comida no resulta del todo de su agrado. Me visten con las ropas de mujer que encontramos en los armarios y entonces se burlan de mi aspecto afeminado. A carcajada limpia me fuerzan a que les sirva de criada y les coloque sobre sus pieles desnudas también los trajes de la antigua señora de la casa. Entonces debo decirles lo guapas que están si no quiero recibir un cachetón tras otro y en caso de no sonar convincentes mis elogios empiezan a propinarme sopapos con sus duros guantes de cuero.

Entre ellas se llaman por sus rangos, una es Sargento, la otra Cabo, las otras dos son sencillamente Soldado. A estas últimas en mi pensamiento yo las distingo como Soldado Rubia y Soldado Morena.

En ocasiones, los juegos adquieren un matiz sexual. Un día de esos en los que ellas me han obligado a vestirme de mujer, al entrar en el guardarropa me encuentro a la líder de la pequeña tropa de desertoras, a la Sargento, masturbándose con las piernas abiertas en el suelo. La visión de tal espectáculo me deja con una erección demasiado grande como para ignorarla. Ella parece darse cuenta pero no estamos solos, las demás también acaban de hacer su aparición. En ese instante dos de ellas me agarran por los brazos y me ordenan tumbarme para que su líder pueda follarme todo lo que le plazca. Me opongo, a pesar de mi erección no deseo hacerlo, no al menos de este modo, de verdad no quiero, forcejeo, no me caen bien estas mujeres, mis captoras, de verdad que no quiero, vuelvo a intentar zafarme de sus garras, ni me gustan, ni las deseo, aunque mis instintos me traicionen. De repente la segunda en el mando, la Cabo rubia con ojos azules como el hielo, saca una pistola Luger, probablemente arrebatada a algún alemán muerto durante el bombardeo, y me apunta con ella a la cabeza. Su mensaje es claro y contundente: “Como no te la folles te volaré los sesos aquí mismo, así que fóllatela y fóllatela bien porque si no juro que te volaré las dos cabezas, la de arriba y la de abajo”.

Con un sollozo me tiro en el suelo. La jefa, una belleza morena de rasgos asiáticos parecidos a los de las tribus de la estepa siberiana, me levanta la falda de señora que llevo puesta, se sienta encima de mi ingle y comienza a moverse como si de un torbellino se tratara. Apenas ha empezado cuando otra de las desertoras se coloca sobre mi boca y, echando hacia un lado la larga pamela que me habían colocado sobre la cabeza, me ordena comerle el coño amenazando con que, de no hacerlo, me esperará el mismo castigo que su superiora me prometió. Intento complacerlas lo mejor que puedo, primero a estas, luego a las otras dos que inicialmente se habían conformado con mirarnos mientras se tocaban entre ellas en un pequeño rincón del guardarropa. Atrás queda la guerra, el hambre, el miedo y la muerte. Atrás queda el mundo. Detrás de esas cuatro paredes sólo palpita la Nada.

Se corren las cuatro y empapan todo mi cuerpo y las telas de mi vestido con sus fluidos, me siento un mero recipiente de eyaculaciones femeninas. En cuanto han terminado se frotan en grupo un rato más antes de acercárseme y empezar a acariciar mi erección que sigue en pie a pesar de las bruscas acometidas de estas mercenarias del infierno. Un par de movimientos más por parte de la enguantada mano de la salvaje generala hacen que una lluvia de líquido blanco se estrelle contra su cara.

Estoy demasiado cansado. No he comido muy bien los últimos días. Apenas he dormido tampoco y el esfuerzo de tratar de mantenerme con vida mientras cuatro sádicas soldados, procedentes de los cuatro rincones de la Madre Rusia, me follaban, obviamente, no me ha sentado lo que diríamos genial…

Antes de perder definitivamente el conocimiento veo cómo la líder se acerca, se quita el guante y me roza la mejilla en un acceso inesperado de ternura. Durante un instante su mirada y la mía se encuentran. Es una sensación inexplicable, sorprendente porque en este breve intervalo de cinco segundos me percato de todo el cariño que ella me hubiera dispensado de no haber sido por la crudeza de las circunstancias históricas en las que nos hemos venido a conocer, ¡jodida guerra!

Horas más tarde vuelvo en mí y ellas ya no están. Todavía llevo puestos los encajes de mujer. Me los saco inmediatamente y me pongo el uniforme. Me asomo a la ventana, observo el desolado paraje. Insisto en ver la silueta de las cuatro guerreras entre la bruma del amanecer pero ni rastro. Me encojo de hombros. Ya no tengo nada que hacer aquí, apenas queda comida en la despensa, moriré de inanición si permanezco en esta área, a treinta kilómetros de una Berlín asediada y sin provisiones.

Salgo arrastrando los pies y avanzo por la carretera sin rumbo. En mi memoria las cuatro desertoras aún brincan y gimen sobre mi lomo cual caballos desbocados. Por el camino, ya cerca de la ciudad, tropiezo con una patrulla rusa. Ninguna soldada entre aquellos hombres. De haber sabido ruso y de no haber corrido el riesgo de ser cogido prisionero me habría acercado a preguntarles por ellas. Opto sin embargo por camuflarme entre unos escombros y desde allí me fijo con detenimiento. Nada, ni una sola melena, ni una hermosa y fornida generala de rasgos asiáticos, ¡jodida guerra!

Cuando la patrulla enemiga se aleja lo suficiente emerjo al fin del escondrijo y continúo mi camino, no sé hacia dónde exactamente, en tiempos difíciles es vago e incierto el destino del hombre… hacia la costa tal vez y de ahí a otro país, a otro continente, quizás a otra vida.

 

firma de Nadir

Post escrito por el amigo de Rut: “NADIR”

Follarte como si no te quisiera

Nada puede conmigo reina

cuando te follo así

como si realmente no sintiese nada por ti

y pedirte entre gemidos que, por favor,

no me quieras ni lo más mínimo,

sexo y sólo sexo es lo que me gusta

para blindarme con mis armaduras

hasta las cejas, reina,

y el corazón ya de paso

porque no es un órgano estrictamente necesario

para follarte así, como lo hago,

invadiéndote profundamente con mi arnés

de colores insinuantes

y vibraciones múltiples

mientras te digo

que yo tampoco te quiero

que sólo deseo poseerte de este modo:

utilizar tu cuerpo

como si nunca hubiese estado

loca por tus huesos,

como si ese flujo con el que ahora me empapas

no fuese alimento suficiente

para mi alma

y, ¡toma reina!, ahí va otra nalgada

para que sepas que ¡no!,

¡ni se te ocurra!, quererme.

 

Follarte así,

por detrás, atándote las manos,

tirándote del pelo,

como si realmente no te quisiese,

como si tu compañía,

tu ronca y dulce voz,

tus rarezas y tus locas ideas

no fuesen lo que más añoro

cuando estoy lejos de ti

y dártelo así, sin la más mínima ternura,

venciendo todo el dolor del mundo,

al otro lado de la puerta

sé que me observan los lobos,

mi armadura ya está puesta

sobre el sudor de mi desnuda piel

se siente bien,

se siente parte de mí misma,

gracias a ti, reina, sé que estoy preparada

para la gran cacería

si puedo no quererte un poco

aniquilaré a mis enemigos

como hago con tu cintura

tómalo fuerte, así,

como si no te quisiera,

que ya cabalgo hacia mis fieras:

pisotearé sus cadáveres,

la muerte tan cercana

gracias a ti, reina,

cuando te venza el orgasmo

la veré alejarse de nuevo

y sabré que es la señal de salida;

los lobos aúllan al otro lado de la puerta,

mis músculos se disponen para combatirlos…

روت

 

La última playa

Sólo en una ocasión gocé de un trabajo que podríamos calificar de decente, según la casposa definición que la mayoría de la sociedad usa para catalogar el amplio abanico de actividades profesionales con las que el ser humano medio puede mal que bien ganarse la vida, aunque claro, no me duró mucho tiempo. Sucedió durante la época en la que regresé a vivir a  Canarias, mi tierra natal. Tras llegarme noticias, por una amiga en común, del feliz parto de Lucy y de aquella idílica relación de familia que había iniciado con Ulises y su lindo bebé, dejé la productora para la que aún grababa algunas películas, amontoné mis pocas pertenencias realmente imprescindibles en una maleta y volé de Madrid a Gran Canaria sin pensármelo dos veces. Necesitaba alejarme de la casa que había compartido tantos años con ella y también necesitaba poner pies en polvorosa, meter mar de por medio  y recomponer mis destrozados ánimos con la vitamina D del sol. Una vez en la isla, debido a mis más que indiscutibles dotes sociales y comunicativas, en seguida me propusieron regentar un barco de travesías y juergas.

Mi barco se llamaba “The last beach” haciendo alusión a la playa de Maspalomas donde se recogían a los grupos de turistas para trasladarlos al muelle de Puerto Rico desde el que zarpaba. Con su carcaza de madera avejentada, sus dos mástiles y su proa en la que ondeaba, siempre altiva, la bandera de la calavera del temido Edward England, pretendía simular los antiguos navíos piratas que atravesaban el Atlántico rumbo a las Américas y, aunque tenía una capacidad como para unos ciento cincuenta pasajeros, resultaba muy habitual que sobrepasásemos el límite moderadamente con la finalidad de facturar lo más posible sin correr riesgos de hundimiento por exceso de peso. En él proporcionábamos a los turistas un ameno paseo por el largo litoral sur de la isla, litoral en el que nadie posaba su vista ya que todos iban a beber como cosacos, a saltar con la música del DJ que pinchaba discos sin parar en la cabina del timonel, a meterse rayas, a tocarse sus entrepiernas, a practicar el sexo oral y la anarquía pura y dura en cubierta y demás excesos imaginados y por imaginar que, sin embargo, en tierra no sólo no se atrevían a llevar a cabo, sino que además miraban por el rabillo del ojo y con desconfianza a los que sí tenían el valor de hacerlo. Ya en las últimas leguas de travesía se solían lanzar por la borda empujados por la imperiosa necesidad de limpiar sus extasiados cuerpos de tanta lujuria causa del mareo que el vaivén de las olas, el alcohol, las drogas y el sexo les había provocado y también con la seguridad de que de esta forma podrían desprenderse definitivamente de ese ser oscuro e ignominioso que todos llevamos dentro pero del que había que renegar necesariamente una vez ponían los pies en secano.

Sucedió que en una ocasión y debido a la incompetente negligencia de algunos tour operadores a los que, todo hay que decirlo, tampoco se les podía pedir más teniendo en cuenta el mísero sueldo que cobraban y la cantidad de horas que trabajaban fuera de contrato, se reservó el barco para dos agencias distintas en el mismo día y para la misma travesía. Cuando fuimos a recogerlos con nuestra flota de guaguas a sus respectivos hoteles, nos encontramos con un numeroso grupo de turistas de diversas nacionalidades: ingleses y rusos en su mayoría y también turistas peninsulares.  Todos reclamaban a gritos su derecho a ser trasladados hasta el barco pero el caso era que sumaban casi el doble de la capacidad del mismo y yo, no sabiendo qué hacer y completamente paralizada por las presiones, me encontré en una situación de bloqueo tal que, cuando me vine a dar cuenta, las guaguas ya habían arrancado repletas de todo aquel gentío. Al llegar al muelle de Puerto Rico, el capitán del buque, viendo la tremenda marabunta bajarse de las dos guaguas, que muchos habían ido incluso de pie, me dio cuatro chillidos. ¿Cómo era posible que hubiese accedido a traer a tanta gente?, ¿me iba a responsabilizar yo de las posibles consecuencias? Era necesario, sin duda, que la mitad de los pasajeros se quedasen sin viajar, se les pediría disculpas y se les devolvería el dinero, así de sencillo. Sin embargo ya la avalancha había comenzado a subir la pasarela, gritando, empujándose y haciéndose un reducido hueco dentro de la cubierta a trompicones. ¿Se daba cuenta?, le dije al capitán señalando hacia el tumulto y encogiéndome de hombros, aquello sin duda se nos había escapado de las manos. Pero él comenzó a gritar con las venas de la garganta a punto de estallar que dejasen de embarcar inmediatamente, que el buque podía hundirse si nos excedíamos. A sus bramidos no parecían hacer caso ni tan siquiera los turistas peninsulares que supuestamente entendían el español a la perfección. Un hombre de unos cincuenta años de espaldas anchas, tripa más bien prominente y shorts que se le escurrían por debajo del ombligo, agarrado a la estaca de la bandera pirata, se inclinó hacia nosotros y nos enseñó el dedo medio al tiempo que gritó en un inglés cerrado: ¡This is a riot, raise the catwalk!; lo que significa: “¡Esto es un motín, eleven la pasarela!” De manera que nos pensaban dejar en tierra a nosotros, a los máximos responsables. Sin perder ni un minuto más en discusiones inútiles el capitán y yo ascendimos corriendo a bordo y vimos cómo, en efecto, la pasarela se recogía y la actividad de desamarre del barco comenzaba a ponerse en marcha. Las tres velas se desplegaron, tres de los marineros que trabajaban para el buque izaban el ancla obligados por los tripulantes. Al cabo de varios minutos nos encontramos todos deslizándonos pesadamente sobre las olas. De la cabina del timonel se escapó el inicio de una música disco a un volumen extenuante y nuestras voces, las voces del capitán y la mía advirtiendo del peligro de zozobrar en alta mar, ya ni siquiera se escuchaban. Al timonel, rodeado por otros tantos turistas, no le había quedado más remedio que poner rumbo hacia su itinerario habitual y al disjey, cuyo plato de disco se encontraba en la misma cabina que la del timonel, no le había quedado otra que comenzar a pinchar el repertorio musical que traía preparado con su típico: “¡Que comience la fiesta! Let the party begin!”.

(a partir de este momento el relato tiene banda sonora, ¡no te la pierdas!, anima la escena y define exactamente lo que nuestros personajes están escuchando)

Y aquello se desmadró en ese preciso instante si cabe aún más de lo que ya lo estaba. La gente empezó a saltar al ritmo de la música que pinchaba el DJ. Ellos solos, sin esperar a que los camareros les sirviesen, empezaron a pasar por encima de las dos barras detrás de las cuales había gran cantidad de botellas, bebidas alcohólicas de diferentes grados y colores y a abrir las botellas repartiéndolas entre el gentío mientras el capitán y yo contemplábamos con la boca abierta tremendo panorama sin saber cómo hacer para poner orden. Sin duda aquello era una sublevación a todas luces y nosotros ya no podíamos hacer más que sumarnos al disparatado asunto. El cincuentón de los shorts por debajo del ombligo me agarró de la mano y me llevó hacia la proa. Junto a la bandera pirata abrió una botella de vodka con total desparpajo y en su inglés cerrado me dijo: Miss Keep calm. this is a real riot; lo que significa: “Guarde la calma señorita, esto es un auténtico amotinamiento”, y al tiempo que me extendía la botella añadió: His company wanted to rip us off and now you’re going to pay dearly; lo que significa: “Su compañía pretendía estafarnos y ahora lo vais a pagar caro”. Con la mano temblorosa agarré la botella y pegué mis labios a la boquilla. El líquido quemó mi garganta pero de alguna manera calmó mis nervios. Él sonrió al ver cómo me rendía al alcohol bebiendo otro largo trago y me pareció percibir que uno de sus colmillos brilló de manera sospechosa.

─Miss ─me dijo haciendo un educado gesto hacia un grupo de cinco hombres que a varios metros nos miraban sin dejar de sonreír─, are you invited to be the center of our orgies ─lo que significa: “Está usted invitada a ser el centro de nuestras orgías”.

A pesar de aquellas no muy estimulantes palabras, sin perder el cierto grado de aturdimiento que el vodka me había proporcionado, me tomé un minuto de respiro para observar el estado general de la revuelta en cubierta. La marabunta continuaba saltando sin parar. Algunos aspiraban polvos blancos por la nariz y varios grupos andaban por aquí y por allá desprendiéndose de los trajes de baño, de las camisetas “Remember Gran Canaria” y de los sujetadores colorines chupachups comprados en los chinos frente a sus apartamentos. En la barandilla, cerca de uno de los mástiles,  el clítoris de una chica que se encontraba de pie completamente en pelotas y con las piernas separadas estaba siendo succionado por la boca de un chico que permanecía de cuclillas frente a ella. La chica le gritó: Следуйте, следует, что я кончу!; que en ruso significa: “¡Sigue, sigue que me corro!” A todas estas el capitán se había perdido entre tantas cabezas, manos alzadas, desmoñadas melenas azotadas por el viento de la alta mar, o quién sabía, tal vez lo habían encerrado en las dependencias subterráneas donde se almacenaban los víveres y demás suministros del barco, a estas alturas del levantamiento todo era posible. Era obvio que mi estigma sexual, prendido en mi frente desde mi nacimiento, me perseguía hasta las fronteras de la última playa de la isla, del planeta y más allá. No me sería posible escapar, de ningún modo, sólo un inmediato hundimiento permitiría un milagro semejante. El anglosajón de la enorme tripa me volvió a agarrar del brazo y me remolcó esta vez hacia aquel grupo de hombres los cuales comenzaron a reír a carcajadas al ver cómo su jefazo les llevaba la deseada presa al nido.

─Now you kneel before us as a sign of your servitude to the new magnanimous of this ship ─lo cual significa: “Ahora te arrodillarás ante nosotros como muestra de tu servidumbre al nuevo magnánimo de este buque”, y esto lo dijo señalando el suelo salpicado de bebidas que la gente derramaba al tropezar unos con otros.

Los cinco hombres hicieron un corro en torno a mi persona y al barrigudo bebedor de vodka al cual, mirándole de soslayo, le arrebaté en un abrir y cerrar de ojos la botella. Sin decir una palabra volví a beber largamente. Las maliciosas carcajadas de los hombres sonaron en mis oídos por encima de la música del DJ pero no me importó porque acababa de tener una brillante idea, debía hacerlos saltar a todos, a todos sin excepción. ¡Haría hundir el maldito barco si fuese preciso y los mandaría a todos al mismísimo infierno! Alcé la mano todavía agarrando la botella y empecé a dar brincos.

─¡Vaaaaamos! ─grité al ritmo de la música, rodeé con mi brazo los hombros del magnánimo jefazo y brinqué azotando mi melena al aire, moviendo desquiciadamente mi cabeza de delante a atrás al tiempo que berreaba sin parar con el otro brazo levantado─. ¡Vaaaamos!

En ese momento las neuronas espejo de los cinco hombres, de las que desde luego no se podía decir que careciesen, se activaron y ellos comenzaron a sacudir sus cabezas a la par que la mía. Visto esto al jefazo no le quedó otra que seguirme la corriente simulando que en realidad él estaba permitiendo ese cambio de planes. ¡Caaaaamon!, animó también. Le cogí la mano y lo arrastré entre el tumulto al grito de: ¡Vaaaamos! y así lo llevé hasta los pies de la escalera del puente de mando. Subí el primer escalón me di la vuelta y abrazando su cuello empecé a restregar mis pechos en su cara. Sus mejillas enrojecieron de gusto y cuando al fin me aparté le escuché gritar con euforia: ¡Caaaaaamon! a cuya orden todo el barco comenzó a saltar movidos por un embriagador y unísono ritmo que invadió sus mentes y sus corazones. Subí escalón por escalón menando a propósito el culo y detrás de mí subía el magnánimo cuyo short había resbalado tanto que ya casi dejaba al descubierto su pubis. Una vez que hubimos alcanzado el puente de mando pude contemplar cómo la sublevación se había convertido en una auténtica masa unificada de cuerpos que botaban y coreaban a una, y en ese instante el suelo del barco comenzó a perder estabilidad. ¿Dónde estaría el capitán?, me pregunté ahora asustada. Al barco le quedaba poco tiempo de flotación, finalmente tendríamos que soltar peso pero ¿cómo?, ¿podríamos lanzar a gente por la borda?, ¿sería realmente ético arriesgar la vida de varios hombres para salvar la de todos los pasajeros? De pronto la proa comenzó a inclinarse y se escucharon los berridos de pavor de algunos. En esa zona del barco la gente comenzó a correr hacia el lado de la popa con el ciego objetivo de contrarrestar peso. El rumor de peligro inminente por hundimiento comenzó a prender entre los desmadrados de cubierta y poco a poco todos dejaron de saltar presas del pánico. Hasta a la cabina del timonel y del DJ debió de llegar la alerta pues de repente la música paró. Todo quedó en silencio. Ahora era en la popa del barco en donde se había arremolinado el tumulto y ésta comenzaba a hundirse. Todas las miradas se alzaron hacia el puente de mando, todos los ojos se clavaron en mi persona y en la persona del barrigudo jefe de la sublevación de cuyos shorts caídos asomaban ahora algunos pelos de su pubis. El barco se inclinó aún más por la zona de popa y un grito de espanto se abrió de nuevo paso en cubierta. Todos a una corrieron esta vez hacia la proa.

─¡Eh, tranquilos! ─grité en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─. Lo primero que hay que hacer es equilibrar el peso, la mitad de las personas a un lado y la otra mitad al otro lado.

Pero no me hicieron caso. Actuaban como un cuerpo indivisible. Si una parte de la marabunta se trasladaba hacia la proa todos le seguían y si la otra parte se trasladaba hacia la popa todos le seguían también. Así no conseguíamos sino columpiar el barco como un péndulo cada vez con más fuerza. Más tarde o más temprano acabaríamos por zozobrar. Había que actuar con rapidez.

─And now, what can we do? ─preguntó el magnánimo.

─Que qué podemos hacer ─grité furiosa de nuevo en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─. ¿No se lo habíamos dicho, no le habíamos dicho que no podían subir todos? Ahora hay que hacer una selección de pasajeros, la que debimos hacer en el puerto antes de zarpar.

─I don’t understand you ─balbuceó el hombre─. What do you mean?

─Que a qué me refiero –sonreí casi diría que con maldad. El barco volvió a columpiarse por el lado de la popa─. ¿Usted cree que podremos aguantar así mucho tiempo? ¡Esto se hunde, se hunde, tendremos que desprendernos de algunos pasajeros! ─Los cinco fieles acompañantes del cincuentón trataban de guardar el equilibrio a los pies de la escalera, bajo el puente de mando─. Yo creo que con que nos desquitemos del peso de tres hombres tendremos suficiente y bien podrían ser tres de vosotros, por lo que veo sois los más entrados en panza que hay en este buque ─dictaminé.

─But what does it say? ─me amonestó el jefazo al tiempo que el barco volvió a zarandearse esta vez alcanzando una inclinación de por lo menos veinte grados. Un grito generalizado se mantuvo en el aire unos segundos─. That’s inhumane, you can’t do it ─lo que significa: “Eso es inhumano, usted no puede hacerlo”.

─Cómo que no ─dije en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─. ¿Usted de verdad cree que esto aguantará mucho tiempo más?, ¿no ve en qué difícil situación nos ha puesto su amotinamiento? Ahora mismo que se coloquen aquí sus cinco marineros y que se quiten la ropa, debo valorar vuestros pesos y decidir qué tres hombres van a ser lanzados.

─But…

─No se hable más. ¡Vosotros cinco! ─ordené señalándolos─. Suban para acá ahora mismo ─Los hombres obedecieron y se irguieron frente a mí tan rectos como el constante mecerse del barco les permitió─. ¡Y usted! ─le ladré al jefazo─, ya puede ir quitándose la ropa ─Y para mi sorpresa el jefe agachó la cabeza y, manso como un animalito de corral, empezó a sacarse la camiseta “Remember Maspalomas” y el short que ya casi le caía por debajo de los calzoncillos─. ¡Eso también! ─dije señalando los calzoncillos─, ¡todo!

Inmediatamente los otros siguieron el ejemplo de su magnánimo jefazo quedando en unos segundos completamente en cueros. Me alejé dos pasos hacia atrás para contemplar el panorama dando golpecitos con mi dedo en mi barbilla: seis hombres desnudos permanecían todo lo erguidos que podían, haciendo claros esfuerzos por mantener bien metidas sus panzas sobrealimentadas a base de hamburguesas y perritos calientes mientras sus colgantes penes se balanceaban, a la par que el barco, de popa a proa y de proa a popa. Patética visión que, sin embargo ellos parecieron comenzar a disfrutar porque, mientras los observaba, midiendo pesos y volúmenes, me percaté de que el pene del jefazo crecía y se ponía duro por momentos.

─¿Y eso? ─pregunté señalando su prepucio ahora completamente empalmado. Él se encogió de hombros y un atisbo de sonrisa asomó por entre sus rosados mofletes. El amigo a su lado posó atentamente su mirada sobre aquel miembro erecto─. Debe saber usted que entre su barriga de tonel y su enorme pene empalmado va a ser el primer candidato.

El magnánimo, para defenderse, señaló el pene de su compañero y lo agarró con la mano para mostrármelo. Al elevarlo de ese modo este pene también se puso duro y las venas se hincharon considerablemente. Mis ojos casi no salieron de sus órbitas al contemplar tremendo manubrio. Empalmado era casi el doble que el de su jefe.

─Pero bueno, este también va a ser seleccionado, me parece ─solté y entonces, como si hubiese pronunciado un conjuro, las pollas de los otros cuatro comenzaron asimismo a empinarse. No cabía duda, aquello les estaba excitando sobremanera.

En ese instante mi cabeza pensó a la velocidad de un rayo. Calculé que no nos quedarían más de cinco minutos para que comenzase el hundimiento definitivo. Ahora los hombres frente a mí se tocaban unos a otros con el afán de demostrar que el otro la tenía más grande que él y que, ciertamente se merecía más ser entregado a las fauces de los, por estos mares, delfines. Sin embargo había que reconocer que Dios no había escatimado en bondad a la hora de dotar a aquellos penes de volumen, dureza y dimensiones suficientes como para hacer que nuestro barco recuperase su estabilidad inicial si los lanzaba, no a tres sino a los seis, los seis hombres sin piedad a las frías aguas del Atlántico. Ellos parecían embelesados mirándose unos a otros, admirando sus huevos, sus prepucios, las venas más o menos hinchadas a lo largo del miembro.

─Está bien ─resolví y todos devolvieron sus miradas a mi persona─, los voy a tirar a los seis, lo sabéis, ¿verdad?

Y sin esperar respuesta, tras una nueva sacudida y posterior inclinación del barco, esta vez calculé que de unos treinta grados, vociferé:

─¡Adelante mis valientes hay que coger a estos seis hombres y arrojarlos al mar si no queremos hundirnos!

Un desorganizado gentío subió entonces las escaleras y, agarrando a los seis condenados, los condujeron brutalmente por cubierta hasta la borda de estribor por donde, sin necesidad de volver a ordenarlo, los fueron empujando uno por uno. Todos pudimos contemplar cómo seis cuerpos en cueros, con sus pollas portentosas y bien duras ondeando al viento al igual que nuestra bandera pirata, se precipitaban al vacío y acababan luchando a brazadas contra las bravías olas del gélido mar del Atlántico.

Y no voy a seguir relatando este escabroso asunto de las pollas y de sus portadores. Sólo decir que este suceso, como ya conté al principio, me costó aquel puesto de trabajo a pesar de que al final, sintiendo lástima por los seis infelices, solté una chalupa al mar para que pudiesen subirse a ella y esperar allí hasta que las brigadas de la guardia civil costera viniesen a rescatarlos. El barco, tras perder aquel peso se estabilizó de repente y la gente volvió poco a poco a la calma. Entonces bajé a las bodegas donde, como me había imaginado, habían encerrado al capitán y, tras liberarlo, este nos condujo al puerto de Mogán que era el más próximo. Allí se armó un gran revuelo. Todos, tanto los pasajeros del “Last beach” como la multitud de paseantes domingueros que suelen andar por estas costas, se agolparon en el embarcadero sin dejar de relatarse unos a otros lo recién acontecido en aquel buque pirata, mientras esperaban ver llegar a los náufragos que ya se acercaban remolcados por una lancha de la guardia civil. Al atracar la chalupa y ver a los seis hombres desnudos salir de ella, un ¡ohhh! se escapó de todas las gargantas presentes.

─ You’ll pay me! –escupió el cincuentón barriga de tonel al pasar a mi lado, lo que significa: “¡Me las pagarás!”.

Los que estaban cerca y pudieron escucharlo atendieron a mi persona deseando saber con qué palabras me defendería.

─Pero si se amotinaron y luego resulta que les gustó que les mirase ─dije en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─, juro que les gustó, se les puso tiesa, casi no nos ahogamos por su culpa, aquellos penes pesaban lo suyo, se los puedo asegurar…

Pero nadie pareció ya darme la más mínima credibilidad, más interesados como estaban en mimar a aquellos seis desvalidos abrigando ahora sus erizados cuerpos con mantas y alimentando sus hambrientos estómagos trayéndoles apresuradamente de un Mac Donald cercano unas big macs dobles con su doble ración de papas fritas.

روت

Este post se ha escrito inspirado en el movimiento “CFNM Lovers”, “Hombres desnudos, mujeres vestidas”