Bajo el sol de la Toscana

¿Quién dijo que dejarse ir no es una buena idea?, ¿que abandonarse a la lujuria en un país extranjero tras, no una sino dos decepciones amorosas, no resulta el perfecto narcótico contra el mal de amores? Yo desde luego les diré que lo he practicado y he salido de aquello más renovada que nunca. Les contaré de qué manera aconteció.

Tras la ruptura con Lucy, mi pequeño escarceo con Ulises y la posterior unión de ambos con embarazo incluido, mi estado anímico se había desmoronado por completo. De pronto había perdido mi sensitivo apetito, mi pasión por el buen vino y el buen sexo y toda mi enérgica capacidad de disfrute. Un buen día me monté en un tren sin preocuparme por mi destino y así comenzó un largo periplo por distintas ciudades de Europa con la plena intención de estar en cada lugar únicamente el tiempo que me viniese en gana y haciendo lo que me apeteciese. Después de dos meses de aquí para allá arribé en La Toscana, en Florencia, un quince de julio, nueve días después de mi treinta y cinco cumpleaños.

En principio quería visitar los magníficos lugares de interés que hay en esa ciudad de los que tanto había oído hablar a algunos amigos que habían viajado allí recientemente pero no fui capaz, pasé la tarde en el hotel sin ganas de nada. Al fin y al cabo no dejaba de ser una gran urbe y yo lo único que deseaba era soledad y silencio. Así que a la mañana siguiente me levanté temprano, alquilé un coche y puse rumbo a las afueras, dirección Siena. A mitad de trayecto me desvié por una carretera secundaria y acabé en Montefioralle, un pueblo medieval, luminosa estampa de la campiña italiana, grandes productores del  Chianti, repleto de viñedos y bañadas todas sus tierras por un brillo difícil de describir con palabras y fue allí, frente a los muros de una vieja casa de campo, sobre la misma tierra que pare tanta exquisita uva, donde yo, Rut, tuve una de las más magníficas experiencias de mi vida, el renacimiento de una nueva persona gracias al dorado líquido que mana de esta maravillosa región del mundo.

La casona la habitaban tres hermanas y dos primas de las mismas. Entre las cinco administraban estupendamente la cadena productiva del vino repartiéndose de tal forma las distintas tareas que la armonía parecía reinar allí de una forma sorprendente. Nunca había peleas, ni altercados, cada una sabía lo que debía hacer en su ocupación y las demás estaban siempre de acuerdo. La que se encargaba de dirigir el cultivo de los más de diez mil metros cuadrados lo hacía de forma intachable, al igual que la que se esmeraba en los procesos de elaboración. Lo mismo podía decirse de la supervisora de la bodega y con similar eficacia actuaba la que dirigía el embotellamiento y su posterior introducción en el mercado. Por último estaba la que regentaba las labores generales de la casa y esta fue a la que vine a conocer en la plaza central del pueblo el mismo día que llegué y con la que en seguida hice migas motivo por el cual, muy amablemente, me ofreció una habitación por el tiempo que quisiese y sin otra condición que la de que catase con verdadera actitud crítica la última producción que, tras veinticuatro meses en barrica de roble americano, debía ser valorada por un experto consumidor antes de ser embotellada cosa a la que, por supuesto, no pude ni quise negarme.

La morada en medio de los viñedos era hermosa y grande. Mi habitación sin embargo era pequeña y sin apenas muebles, parecida a la celda de un monje en una rústica abadía. Debo decir que agradecí enormemente tal austeridad pues se ajustaba a la necesidad de paz interior que había estado buscando. Desde mi ventana se podía contemplar todo aquel paisaje repleto de viñas donde el sol cada amanecer resplandecía dotando a la tierra de tonos rojizos, amarillos, naranjas y cobrizos. Cada día observaba a las hermanas ir y venir por los campos, por los pasillos de madera, subir y bajar las escaleras con sus quehaceres diarios. Excepto la que gobernaba la casa, las demás se mostraban algo herméticas conmigo aunque no dejaban de soltar una extraña y misteriosa sonrisita al pasar a mi lado. Yo las saludaba con la cabeza y ellas parecían ruborizarse y luego continuaban su camino dejándome encogida de hombros y sin saber si estaban encantadas con mi presencia o si, por el contrario, les resultaba una inquilina un tanto ridícula o molesta. De esta manera se fueron sucediendo las jornadas en las que, aparte de darme largos paseos por el campo, acompañar a la tercera hermana al pueblo de vez en cuando y leer no hice mucho más.

Transcurridas dos semanas, sumida como estaba en aquel estado de sosiego casi alucinado que la campiña ejercía sobre mi persona, caí en la cuenta de que, si bien no había olvidado a Lucy y a Ulises, sí que ya no sentía la pasada angustia y fue una de esas mañanas en que la hermana ama de casa y yo nos alcanzamos al pueblo para echar un vistazo a los productos que se mostraban en el mercadillo montado cada día por los agricultores, que ella me comunicó con ese dulce y cantarín acento italiano inglés suyo:

─Mañana es la fiesta de la cata, a las dos del mediodía debes estar preparada.

─De acuerdo ─asentí observando cómo ella exhibía frente a sus ojos una de las manzanas que acababa de extraer de uno de los puestitos. Sus dedos eran largos y estilizados, para haberse criado en el campo me percaté de que no tenía ni una sola rugosidad en la mano.

─Viste sencilla ─me dijo─, con un traje holgado pues debes estar ligera y sin presiones para lo que vas a comer y a beber.

A la mañana siguiente sentí en la casa una actividad frenética muy fuera de lo común. Escuché más ruidos de cacharros en la cocina de lo que habitualmente se oía y el ir y venir de la hermana bodeguera resultó extrañamente apresurado. Incluso los jornaleros que trabajaban el campo parecían más reconcentrados y laboriosos bajo la supervisión del capataz, hombre robusto de ciertos años, algo rudo en sus maneras aunque por lo demás bastante cordial, siempre me daba los buenos días con una mirada picarona y un breve balanceo de cabeza.

Llegadas las dos, la hora fijada, ya estaba montada la mesa en medio del campo con su mantel de cuadros blanco y verde. Un apetitoso manjar se exponía sobre ella y las largas botellas aún sin etiquetar repletas de la exquisita materia líquida donde el sol resplandecía y titilaba en chispas color rubí cual pequeños estallidos de diamantes. Una estampa muy rústica que invitaba a la comida y a la bebida. Sentí el despertar de mi apetito como hacía meses que no lo sentía y no sólo al festín, también al sexo oral y a la alegría de vivir. Un aletear de mariposas se estableció bajo mi ombligo mientras me sentaba a la mesa a la par que lo hacían mis cinco anfitrionas. Ellas, al igual que yo, iban vestidas con un sencillo traje que debía ser típico de aquella región y que yo me puse por encontrarlo, esa misma mañana, extendido a los pies de mi cama, de manera que entendí que este era el vestuario que se requería para tan importante festejo. Un traje suelto y blanco, de tela tan fina que casi se diría transparente, de una sola pieza y que se ponía y se quitaba fácilmente por la cabeza.

 

barril-y-botella

 

La gobernanta de la casa fue la que me sirvió la primera copa y permaneció de pie a mi lado observándome atentamente mientras yo acercaba el preciado brebaje a mis labios, olía el aroma que desprendía y luego lo sorbía profundamente. De pronto sentí como si me sumergiese en la tierra, en una tierra fresca, cálida, acogedora.

─Está excelente ─pronuncié a sabiendas de que aquel calificativo se quedaba verdaderamente corto para expresar el encantamiento al que acababa de rendirse mi paladar

Ella sonrió al escucharme con unos labios amplios y salvajemente carnosos, miró a sus hermanas y primas, afirmó levemente con la cabeza y como si se hubiesen leído el pensamiento las cinco a la par colmaron sus copas y las alzaron para brindar, gesto al que me uní alzando también la mía y brindando con ellas.

─Es un vino magnífico, créanme, no tengo palabras…

─¡Chist!, no hace falta que digas nada ─me dijo otra de las hermanas con voz de pajarillo─, simplemente bebe con nosotras.

Y así lo hice. Sin apenas dialogar, sencillamente comiendo y bebiendo y recibiendo con agradecimiento los sonidos de la domada naturaleza que nos rodeaba, transcurrieron no sé cuántas horas. El ama de casa, a cuyo pausado temperamento ya me había acostumbrado, me servía de comer y de beber cada vez que veía que mi plato o mi copa se vaciaban, sentada como estaba a mi lado, y yo notaba cómo todos mis sentidos se iban intensificando de manera extraordinaria. Podía oler cada uno de los poros de su piel, escuchaba el balancearse de las uvas todavía en sus matas, el zumbido de las moscas y las abejas sobre las flores. Las horas transcurrieron hasta que cayó la tarde y mi renacimiento fue haciéndose cada vez más evidente. El pelo de mi anfitriona fue cobrando un tono cobrizo como el vino y la tierra bajo la luz del atardecer. Caía sobre su cuello y deseé acariciarlo, beberlo, besarlo. De pronto ella me miró de soslayo y percibió algo en mi gesto. Clavó sus ojos en los míos que la observaban con una intensidad evidente y distinguí en el interior de sus pupilas un centellar de brillantes color ocre.

─Opino que ya va siendo hora ─dijo levantándose con parsimonia.

Las otras parecieron entender perfectamente a qué se refería pues las cuatro a la par se levantaron también rodando con tranquilidad sus sillas.

─Ven ─me animó tomándome del brazo─, ahora vamos a regarte.

─¿A regarme? ─pregunté dejando escapar una risita nerviosa.

─Sí, a regarte ─repitió conduciéndome ahora por entre las vides hacia el muro de piedra que separaba la plantación propia de las ajenas.

Al llegar allí se aproximó a mi rostro y sus carnosos labios humedecieron los míos. Aprecié de nuevo aquel intenso aroma afrutado. Alcé mi mano y rodeé su cuello justo en el momento en que hizo un amago de separarse. Acaricié su mejilla mientras introducía con suavidad mi lengua en su boca palpando de este modo la de ella. Todo fue un discurrir de salivas por mis papilas gustativas, un zambullirme en un estado de embriaguez aún más profundo que el que el vino me había aportado. Me sacó el traje por la cabeza dejándome completamente desnuda y entonces dijo:

─Échate ahí, sobre la tierra, a los pies del muro.

Obedecí sin rechistar. Estiré todo mi cuerpo, sentí los rayos del atardecer calentar mi piel y la dura piedra del muro acariciar mi costado izquierdo. Las cinco mujeres, se colocaron a contraluz erguidas frente a mí y se quitaron también sus trajes. Quedaron con las piernas abiertas una junto a la otra y entonces, al unísono, separaron sus labios vaginales con sus manos. Tuve que fruncir el ceño para poder ver bien ya que el espléndido sol me cegaba. Al fondo de aquellas lampiñas vulvas vislumbré con regocijo unas hendiduras potentes y brillantes bordeadas de dos rosados y pulposos relieves que estaban tan húmedos como las matas de uvas tras una llovida. Coronaba la hendidura un pliegue de carne más estirado que el resto que acababa formando una protuberancia clitorial de diámetro y dureza considerables y aquello fue lo que comenzaron a frotarse con sus dedos. Tras sus poderosas piernas vi cómo la bola solar se desprendía lentamente de su bóveda celeste flotando ahora sobre las parras del mismo modo que yo lo hacía en mi entusiasmado zozobrar a los pies de aquel muro. Fue entonces que ellas comenzaron a gemir, alzando sus cabezas, pletóricas del placer que la masturbación les proporcionaba, y sus pechos, enhiestos y voluptuosos, se agitaron, erizándose de repente todos aquellos pezones que yo deseé morder y chupar como un bebé a su tetina. Los gemidos parecían el piar de cinco pájaros, un piar cada vez más alto y enfebrecido, hasta que a las cinco a la vez les vino un estremecimiento y entonces, tomando resuello y recobrando la inicial firmeza de su postura con las piernas abiertas y los labios vaginales bien separados, empezaron a salir de sus clítoris unas abundantes fuentes de líquido amarillo y espumoso que se derramaron sobre mi persona.

La embriaguez en la que me abandoné en ese instante no resulta fácilmente descriptible. La cálida regada empapaba mis pies, mis piernas, mis muslos, mi pubis, mi ombligo, mi vientre, mis pechos, mi garganta, mi rostro, mi pelo y mis brazos que estiré por detrás de mi cabeza. Ni una sola parcela de mi persona quedó sin recibir aquella milagrosa regada. Con los ojos entrecerrados pude ver, como a cámara lenta, los cinco grifos brillando y el reflejo de la luz solar tiñendo el líquido que salía de ellos de un amarillo explosivo. De fondo escuchaba el fresco sonido del orín al caer y sobre mi piel tornábase en matices dorados y ocres dejando un rastro de espuma. Un aroma a uva blanca, a vino espumoso y joven invadió todos mis sentidos. Abrí la boca a un nuevo chorro que se estrellaba en ese instante contra mi barbilla. Saqué la lengua y lamí con agradecimiento. Bajo el intenso sabor a pis pude percibir los matices de la uva vernaccia, seca, con cuerpo y consistencia en el paladar. El olor a frutales me invadió de nuevo y cerré los ojos. En ese instante alguien separó los labios de mi vulva con sus dedos y uno de los chorros cayó sobre mi clítoris. La presión que sentí me proporcionó tal placer que a punto estuve de correrme. La regada ya había parado cuando elevé mis párpados y vi que la que había dirigido su grifo hacia mi pubis era la gobernanta de la casa y que el rústico capataz, salido de no sé dónde, se esmeraba aún en separar mis labios vaginales. Las otras mujeres ya se estaban vistiendo de nuevo con sus trajes.

─Ahí te dejamos ─expresó una de ellas─. Sabemos que te gusta esta tierra y nunca tienes la oportunidad de ararla estando siempre como estás metida en la casa. Es toda tuya.

El capataz liberó mi vulva empapada ahora de las micciones y haciendo un gesto de invitación con su mano dijo:

─Está preparada para la labranza, no hay duda, es toda para ti ─y levantándose se alejó acompañado de las cuatro anfitrionas.

Mi amiga ama de casa se tumbó en ese instante sobre mí y comenzó a besarme, primero el cuello, luego los hombros, introdujo su sedosa lengua en mi oído mientras acariciaba mi pelo aún humedecido por la riega. Me ericé al completo y algo bajo mi ombligo aleteó con enérgica vitalidad. Mordí levemente su cuello pero ella susurró:

─Déjate hacer, cariño ─y bajó su cabeza lamiendo todos aquellos jugos sobre mi piel hasta que alcanzó mi pubis. Allí posó su boca entre los relieves de mi sexo bebiendo el espumoso líquido que había quedado ahora mezclado con el que salía de mi vagina. Pasó su magnífica lengua sobre mi clítoris y comenzó a besarlo y a chuparlo con movimientos largos, profundos, lentos a veces y a veces más rápidos, circulares a veces y a veces verticales, de lamidas amplias y ávidas en ocasiones y en otras ocasiones cortas, rítmicas y precisas. Una corriente eléctrica subía por segundos más y más intensa desde allí hasta el punto central de mi mente sintiendo que toda yo me vaciaba y una oleada de placer estalló minutos después en mi garganta como el tañido de una campana en el lugar más elevado de la más elevada catedral. Y así grité, sí, grité como sólo las aves saben hacerlo, libre, sin pasado, sin recuerdos, completamente renacida volando sobre los prados y la campiña italiana en busca de un nuevo nido donde alojar mis semillas. La agarré por la melena y la animé a subir de nuevo hasta mi rostro. Permanecimos largo rato entrelazadas y besándonos mientras mi mano buscaba su perla del gusto y la trabajaba haciéndola estallar también en miles de gemidos que inundaron mi mente de un goce aún mayor que el que ella me había proporcionado con su lengua.

Describir lo que sucedió después es para mí casi un imposible pues era tal la nebulosa en la que me hallaba que apenas si poseo recuerdos certeros de todo lo demás. De manera un tanto borrosa, como en un sueño, veo cómo caminamos de la mano hacia la casa, desnudas las dos pisando con los pies descalzos las raíces de las parras. Una vez allí me llevó a su dormitorio donde tenía una bañera y la llenó con agua tibia. Me metió dentro y me lavó. Luego me secó y me hizo un hueco bajo sus edredones. Creo que dormimos toda la noche abrazadas y desnudas, piel con piel, pero cuando llegó el clarear del nuevo día y desperté no la encontré a mi lado. Entonces no pude asegurar si realmente ella había yacido allí conmigo o no. A los pies de la cama encontré mi ropa preparada y también mi maleta. En un papel, escrito en inglés y con letra un tanto infantil pude leer: “Gracias por la cata y por la inolvidable velada de ayer, ahora debes marcharte. Te deseamos mis hermanas, primas y yo un feliz viaje a donde quiera que vayas.” Me vestí rápidamente y salí al pasillo. No escuché a nadie por los alrededores. Me asomé a la ventana pero nadie parecía trabajar hoy en los campos. Una nube gris se había instalado en el cielo. Todo daba la sensación de estar deshabitado, oscuro, sin vida. Abajo me esperaba un coche de alquiler, probablemente contratado por ellas. Me encogí de hombros.

─Nunca entenderé a las mujeres ─musité.

Y aunque mis cinco anfitrionas, especialmente la sensual ama de casa, me habían gustado de una forma muy fuera de lo común, debo confesar que no dejé atrás aquel amable lugar con pena. Más bien, mientras conducía de nuevo rumbo a Florencia, reconocí una exaltación y una alegría en mi alma que hacía muchos meses que no me permitía el lujo de sentir. Entonces, con una sonrisa estampada en los labios, supe que ya era hora de regresar a casa.

روت

La guerra del fin del mundo

En esta historia soy un humilde soldado raso alemán durante la Segunda Guerra Mundial, en los últimos días antes del fin de la misma en Europa. Berlín está a punto de caer en manos de los aliados y la ciudad se encuentra presa de los bombardeos indiscriminados.

Me refugio en una bella mansión localizada a las afueras de la ciudad germana. Allí me atrinchero viviendo de los enseres y viandas que los dueños han dejado en la despensa tras abandonar apresuradamente el lugar. Un día despierto con el cañón de un fusil soviético apuntándome directamente a los ojos y sobre la cama veo a cuatro rusas, verdaderos bellezones, de las que por aquel entonces la Unión Soviética reclutaba para los pelotones de  infantería, especialmente como francotiradoras, con el argumento de que las mujeres siempre habían demostrado más presteza y sangre fría en el manejo de las armas que los hombres.

Inicialmente me asusto pero en seguida me percato de que no me quieren matar. En su alemán mal pronunciado me ponen al corriente de que no están con ningún regimiento. Son desertoras que están aprovechando los placeres que la guerra les brinda y tienen la irresoluble intención de establecerse en esta casa hasta que los víveres se acaben.

Los primeros días se divierten conmigo practicando sobre mi persona toda suerte de humillaciones. Me obligan a que cocine para ellas y me dan bofetadas con sus manos enguantadas si la comida no resulta del todo de su agrado. Me visten con las ropas de mujer que encontramos en los armarios y entonces se burlan de mi aspecto afeminado. A carcajada limpia me fuerzan a que les sirva de criada y les coloque sobre sus pieles desnudas también los trajes de la antigua señora de la casa. Entonces debo decirles lo guapas que están si no quiero recibir un cachetón tras otro y en caso de no sonar convincentes mis elogios empiezan a propinarme sopapos con sus duros guantes de cuero.

Entre ellas se llaman por sus rangos, una es Sargento, la otra Cabo, las otras dos son sencillamente Soldado. A estas últimas en mi pensamiento yo las distingo como Soldado Rubia y Soldado Morena.

En ocasiones, los juegos adquieren un matiz sexual. Un día de esos en los que ellas me han obligado a vestirme de mujer, al entrar en el guardarropa me encuentro a la líder de la pequeña tropa de desertoras, a la Sargento, masturbándose con las piernas abiertas en el suelo. La visión de tal espectáculo me deja con una erección demasiado grande como para ignorarla. Ella parece darse cuenta pero no estamos solos, las demás también acaban de hacer su aparición. En ese instante dos de ellas me agarran por los brazos y me ordenan tumbarme para que su líder pueda follarme todo lo que le plazca. Me opongo, a pesar de mi erección no deseo hacerlo, no al menos de este modo, de verdad no quiero, forcejeo, no me caen bien estas mujeres, mis captoras, de verdad que no quiero, vuelvo a intentar zafarme de sus garras, ni me gustan, ni las deseo, aunque mis instintos me traicionen. De repente la segunda en el mando, la Cabo rubia con ojos azules como el hielo, saca una pistola Luger, probablemente arrebatada a algún alemán muerto durante el bombardeo, y me apunta con ella a la cabeza. Su mensaje es claro y contundente: “Como no te la folles te volaré los sesos aquí mismo, así que fóllatela y fóllatela bien porque si no juro que te volaré las dos cabezas, la de arriba y la de abajo”.

Con un sollozo me tiro en el suelo. La jefa, una belleza morena de rasgos asiáticos parecidos a los de las tribus de la estepa siberiana, me levanta la falda de señora que llevo puesta, se sienta encima de mi ingle y comienza a moverse como si de un torbellino se tratara. Apenas ha empezado cuando otra de las desertoras se coloca sobre mi boca y, echando hacia un lado la larga pamela que me habían colocado sobre la cabeza, me ordena comerle el coño amenazando con que, de no hacerlo, me esperará el mismo castigo que su superiora me prometió. Intento complacerlas lo mejor que puedo, primero a estas, luego a las otras dos que inicialmente se habían conformado con mirarnos mientras se tocaban entre ellas en un pequeño rincón del guardarropa. Atrás queda la guerra, el hambre, el miedo y la muerte. Atrás queda el mundo. Detrás de esas cuatro paredes sólo palpita la Nada.

Se corren las cuatro y empapan todo mi cuerpo y las telas de mi vestido con sus fluidos, me siento un mero recipiente de eyaculaciones femeninas. En cuanto han terminado se frotan en grupo un rato más antes de acercárseme y empezar a acariciar mi erección que sigue en pie a pesar de las bruscas acometidas de estas mercenarias del infierno. Un par de movimientos más por parte de la enguantada mano de la salvaje generala hacen que una lluvia de líquido blanco se estrelle contra su cara.

Estoy demasiado cansado. No he comido muy bien los últimos días. Apenas he dormido tampoco y el esfuerzo de tratar de mantenerme con vida mientras cuatro sádicas soldados, procedentes de los cuatro rincones de la Madre Rusia, me follaban, obviamente, no me ha sentado lo que diríamos genial…

Antes de perder definitivamente el conocimiento veo cómo la líder se acerca, se quita el guante y me roza la mejilla en un acceso inesperado de ternura. Durante un instante su mirada y la mía se encuentran. Es una sensación inexplicable, sorprendente porque en este breve intervalo de cinco segundos me percato de todo el cariño que ella me hubiera dispensado de no haber sido por la crudeza de las circunstancias históricas en las que nos hemos venido a conocer, ¡jodida guerra!

Horas más tarde vuelvo en mí y ellas ya no están. Todavía llevo puestos los encajes de mujer. Me los saco inmediatamente y me pongo el uniforme. Me asomo a la ventana, observo el desolado paraje. Insisto en ver la silueta de las cuatro guerreras entre la bruma del amanecer pero ni rastro. Me encojo de hombros. Ya no tengo nada que hacer aquí, apenas queda comida en la despensa, moriré de inanición si permanezco en esta área, a treinta kilómetros de una Berlín asediada y sin provisiones.

Salgo arrastrando los pies y avanzo por la carretera sin rumbo. En mi memoria las cuatro desertoras aún brincan y gimen sobre mi lomo cual caballos desbocados. Por el camino, ya cerca de la ciudad, tropiezo con una patrulla rusa. Ninguna soldada entre aquellos hombres. De haber sabido ruso y de no haber corrido el riesgo de ser cogido prisionero me habría acercado a preguntarles por ellas. Opto sin embargo por camuflarme entre unos escombros y desde allí me fijo con detenimiento. Nada, ni una sola melena, ni una hermosa y fornida generala de rasgos asiáticos, ¡jodida guerra!

Cuando la patrulla enemiga se aleja lo suficiente emerjo al fin del escondrijo y continúo mi camino, no sé hacia dónde exactamente, en tiempos difíciles es vago e incierto el destino del hombre… hacia la costa tal vez y de ahí a otro país, a otro continente, quizás a otra vida.

 

firma de Nadir

Post escrito por el amigo de Rut: “NADIR”

Follarte como si no te quisiera

Nada puede conmigo reina

cuando te follo así

como si realmente no sintiese nada por ti

y pedirte entre gemidos que, por favor,

no me quieras ni lo más mínimo,

sexo y sólo sexo es lo que me gusta

para blindarme con mis armaduras

hasta las cejas, reina,

y el corazón ya de paso

porque no es un órgano estrictamente necesario

para follarte así, como lo hago,

invadiéndote profundamente con mi arnés

de colores insinuantes

y vibraciones múltiples

mientras te digo

que yo tampoco te quiero

que sólo deseo poseerte de este modo:

utilizar tu cuerpo

como si nunca hubiese estado

loca por tus huesos,

como si ese flujo con el que ahora me empapas

no fuese alimento suficiente

para mi alma

y, ¡toma reina!, ahí va otra nalgada

para que sepas que ¡no!,

¡ni se te ocurra!, quererme.

 

Follarte así,

por detrás, atándote las manos,

tirándote del pelo,

como si realmente no te quisiese,

como si tu compañía,

tu ronca y dulce voz,

tus rarezas y tus locas ideas

no fuesen lo que más añoro

cuando estoy lejos de ti

y dártelo así, sin la más mínima ternura,

venciendo todo el dolor del mundo,

al otro lado de la puerta

sé que me observan los lobos,

mi armadura ya está puesta

sobre el sudor de mi desnuda piel

se siente bien,

se siente parte de mí misma,

gracias a ti, reina, sé que estoy preparada

para la gran cacería

si puedo no quererte un poco

aniquilaré a mis enemigos

como hago con tu cintura

tómalo fuerte, así,

como si no te quisiera,

que ya cabalgo hacia mis fieras:

pisotearé sus cadáveres,

la muerte tan cercana

gracias a ti, reina,

cuando te venza el orgasmo

la veré alejarse de nuevo

y sabré que es la señal de salida;

los lobos aúllan al otro lado de la puerta,

mis músculos se disponen para combatirlos…

روت

 

La última playa

Sólo en una ocasión gocé de un trabajo que podríamos calificar de decente, según la casposa definición que la mayoría de la sociedad usa para catalogar el amplio abanico de actividades profesionales con las que el ser humano medio puede mal que bien ganarse la vida, aunque claro, no me duró mucho tiempo. Sucedió durante la época en la que regresé a vivir a  Canarias, mi tierra natal. Tras llegarme noticias, por una amiga en común, del feliz parto de Lucy y de aquella idílica relación de familia que había iniciado con Ulises y su lindo bebé, dejé la productora para la que aún grababa algunas películas, amontoné mis pocas pertenencias realmente imprescindibles en una maleta y volé de Madrid a Gran Canaria sin pensármelo dos veces. Necesitaba alejarme de la casa que había compartido tantos años con ella y también necesitaba poner pies en polvorosa, meter mar de por medio  y recomponer mis destrozados ánimos con la vitamina D del sol. Una vez en la isla, debido a mis más que indiscutibles dotes sociales y comunicativas, en seguida me propusieron regentar un barco de travesías y juergas.

Mi barco se llamaba “The last beach” haciendo alusión a la playa de Maspalomas donde se recogían a los grupos de turistas para trasladarlos al muelle de Puerto Rico desde el que zarpaba. Con su carcaza de madera avejentada, sus dos mástiles y su proa en la que ondeaba, siempre altiva, la bandera de la calavera del temido Edward England, pretendía simular los antiguos navíos piratas que atravesaban el Atlántico rumbo a las Américas y, aunque tenía una capacidad como para unos ciento cincuenta pasajeros, resultaba muy habitual que sobrepasásemos el límite moderadamente con la finalidad de facturar lo más posible sin correr riesgos de hundimiento por exceso de peso. En él proporcionábamos a los turistas un ameno paseo por el largo litoral sur de la isla, litoral en el que nadie posaba su vista ya que todos iban a beber como cosacos, a saltar con la música del DJ que pinchaba discos sin parar en la cabina del timonel, a meterse rayas, a tocarse sus entrepiernas, a practicar el sexo oral y la anarquía pura y dura en cubierta y demás excesos imaginados y por imaginar que, sin embargo, en tierra no sólo no se atrevían a llevar a cabo, sino que además miraban por el rabillo del ojo y con desconfianza a los que sí tenían el valor de hacerlo. Ya en las últimas leguas de travesía se solían lanzar por la borda empujados por la imperiosa necesidad de limpiar sus extasiados cuerpos de tanta lujuria causa del mareo que el vaivén de las olas, el alcohol, las drogas y el sexo les había provocado y también con la seguridad de que de esta forma podrían desprenderse definitivamente de ese ser oscuro e ignominioso que todos llevamos dentro pero del que había que renegar necesariamente una vez ponían los pies en secano.

Sucedió que en una ocasión y debido a la incompetente negligencia de algunos tour operadores a los que, todo hay que decirlo, tampoco se les podía pedir más teniendo en cuenta el mísero sueldo que cobraban y la cantidad de horas que trabajaban fuera de contrato, se reservó el barco para dos agencias distintas en el mismo día y para la misma travesía. Cuando fuimos a recogerlos con nuestra flota de guaguas a sus respectivos hoteles, nos encontramos con un numeroso grupo de turistas de diversas nacionalidades: ingleses y rusos en su mayoría y también turistas peninsulares.  Todos reclamaban a gritos su derecho a ser trasladados hasta el barco pero el caso era que sumaban casi el doble de la capacidad del mismo y yo, no sabiendo qué hacer y completamente paralizada por las presiones, me encontré en una situación de bloqueo tal que, cuando me vine a dar cuenta, las guaguas ya habían arrancado repletas de todo aquel gentío. Al llegar al muelle de Puerto Rico, el capitán del buque, viendo la tremenda marabunta bajarse de las dos guaguas, que muchos habían ido incluso de pie, me dio cuatro chillidos. ¿Cómo era posible que hubiese accedido a traer a tanta gente?, ¿me iba a responsabilizar yo de las posibles consecuencias? Era necesario, sin duda, que la mitad de los pasajeros se quedasen sin viajar, se les pediría disculpas y se les devolvería el dinero, así de sencillo. Sin embargo ya la avalancha había comenzado a subir la pasarela, gritando, empujándose y haciéndose un reducido hueco dentro de la cubierta a trompicones. ¿Se daba cuenta?, le dije al capitán señalando hacia el tumulto y encogiéndome de hombros, aquello sin duda se nos había escapado de las manos. Pero él comenzó a gritar con las venas de la garganta a punto de estallar que dejasen de embarcar inmediatamente, que el buque podía hundirse si nos excedíamos. A sus bramidos no parecían hacer caso ni tan siquiera los turistas peninsulares que supuestamente entendían el español a la perfección. Un hombre de unos cincuenta años de espaldas anchas, tripa más bien prominente y shorts que se le escurrían por debajo del ombligo, agarrado a la estaca de la bandera pirata, se inclinó hacia nosotros y nos enseñó el dedo medio al tiempo que gritó en un inglés cerrado: ¡This is a riot, raise the catwalk!; lo que significa: “¡Esto es un motín, eleven la pasarela!” De manera que nos pensaban dejar en tierra a nosotros, a los máximos responsables. Sin perder ni un minuto más en discusiones inútiles el capitán y yo ascendimos corriendo a bordo y vimos cómo, en efecto, la pasarela se recogía y la actividad de desamarre del barco comenzaba a ponerse en marcha. Las tres velas se desplegaron, tres de los marineros que trabajaban para el buque izaban el ancla obligados por los tripulantes. Al cabo de varios minutos nos encontramos todos deslizándonos pesadamente sobre las olas. De la cabina del timonel se escapó el inicio de una música disco a un volumen extenuante y nuestras voces, las voces del capitán y la mía advirtiendo del peligro de zozobrar en alta mar, ya ni siquiera se escuchaban. Al timonel, rodeado por otros tantos turistas, no le había quedado más remedio que poner rumbo hacia su itinerario habitual y al disjey, cuyo plato de disco se encontraba en la misma cabina que la del timonel, no le había quedado otra que comenzar a pinchar el repertorio musical que traía preparado con su típico: “¡Que comience la fiesta! Let the party begin!”.

(a partir de este momento el relato tiene banda sonora, ¡no te la pierdas!, anima la escena y define exactamente lo que nuestros personajes están escuchando)

Y aquello se desmadró en ese preciso instante si cabe aún más de lo que ya lo estaba. La gente empezó a saltar al ritmo de la música que pinchaba el DJ. Ellos solos, sin esperar a que los camareros les sirviesen, empezaron a pasar por encima de las dos barras detrás de las cuales había gran cantidad de botellas, bebidas alcohólicas de diferentes grados y colores y a abrir las botellas repartiéndolas entre el gentío mientras el capitán y yo contemplábamos con la boca abierta tremendo panorama sin saber cómo hacer para poner orden. Sin duda aquello era una sublevación a todas luces y nosotros ya no podíamos hacer más que sumarnos al disparatado asunto. El cincuentón de los shorts por debajo del ombligo me agarró de la mano y me llevó hacia la proa. Junto a la bandera pirata abrió una botella de vodka con total desparpajo y en su inglés cerrado me dijo: Miss Keep calm. this is a real riot; lo que significa: “Guarde la calma señorita, esto es un auténtico amotinamiento”, y al tiempo que me extendía la botella añadió: His company wanted to rip us off and now you’re going to pay dearly; lo que significa: “Su compañía pretendía estafarnos y ahora lo vais a pagar caro”. Con la mano temblorosa agarré la botella y pegué mis labios a la boquilla. El líquido quemó mi garganta pero de alguna manera calmó mis nervios. Él sonrió al ver cómo me rendía al alcohol bebiendo otro largo trago y me pareció percibir que uno de sus colmillos brilló de manera sospechosa.

─Miss ─me dijo haciendo un educado gesto hacia un grupo de cinco hombres que a varios metros nos miraban sin dejar de sonreír─, are you invited to be the center of our orgies ─lo que significa: “Está usted invitada a ser el centro de nuestras orgías”.

A pesar de aquellas no muy estimulantes palabras, sin perder el cierto grado de aturdimiento que el vodka me había proporcionado, me tomé un minuto de respiro para observar el estado general de la revuelta en cubierta. La marabunta continuaba saltando sin parar. Algunos aspiraban polvos blancos por la nariz y varios grupos andaban por aquí y por allá desprendiéndose de los trajes de baño, de las camisetas “Remember Gran Canaria” y de los sujetadores colorines chupachups comprados en los chinos frente a sus apartamentos. En la barandilla, cerca de uno de los mástiles,  el clítoris de una chica que se encontraba de pie completamente en pelotas y con las piernas separadas estaba siendo succionado por la boca de un chico que permanecía de cuclillas frente a ella. La chica le gritó: Следуйте, следует, что я кончу!; que en ruso significa: “¡Sigue, sigue que me corro!” A todas estas el capitán se había perdido entre tantas cabezas, manos alzadas, desmoñadas melenas azotadas por el viento de la alta mar, o quién sabía, tal vez lo habían encerrado en las dependencias subterráneas donde se almacenaban los víveres y demás suministros del barco, a estas alturas del levantamiento todo era posible. Era obvio que mi estigma sexual, prendido en mi frente desde mi nacimiento, me perseguía hasta las fronteras de la última playa de la isla, del planeta y más allá. No me sería posible escapar, de ningún modo, sólo un inmediato hundimiento permitiría un milagro semejante. El anglosajón de la enorme tripa me volvió a agarrar del brazo y me remolcó esta vez hacia aquel grupo de hombres los cuales comenzaron a reír a carcajadas al ver cómo su jefazo les llevaba la deseada presa al nido.

─Now you kneel before us as a sign of your servitude to the new magnanimous of this ship ─lo cual significa: “Ahora te arrodillarás ante nosotros como muestra de tu servidumbre al nuevo magnánimo de este buque”, y esto lo dijo señalando el suelo salpicado de bebidas que la gente derramaba al tropezar unos con otros.

Los cinco hombres hicieron un corro en torno a mi persona y al barrigudo bebedor de vodka al cual, mirándole de soslayo, le arrebaté en un abrir y cerrar de ojos la botella. Sin decir una palabra volví a beber largamente. Las maliciosas carcajadas de los hombres sonaron en mis oídos por encima de la música del DJ pero no me importó porque acababa de tener una brillante idea, debía hacerlos saltar a todos, a todos sin excepción. ¡Haría hundir el maldito barco si fuese preciso y los mandaría a todos al mismísimo infierno! Alcé la mano todavía agarrando la botella y empecé a dar brincos.

─¡Vaaaaamos! ─grité al ritmo de la música, rodeé con mi brazo los hombros del magnánimo jefazo y brinqué azotando mi melena al aire, moviendo desquiciadamente mi cabeza de delante a atrás al tiempo que berreaba sin parar con el otro brazo levantado─. ¡Vaaaamos!

En ese momento las neuronas espejo de los cinco hombres, de las que desde luego no se podía decir que careciesen, se activaron y ellos comenzaron a sacudir sus cabezas a la par que la mía. Visto esto al jefazo no le quedó otra que seguirme la corriente simulando que en realidad él estaba permitiendo ese cambio de planes. ¡Caaaaamon!, animó también. Le cogí la mano y lo arrastré entre el tumulto al grito de: ¡Vaaaamos! y así lo llevé hasta los pies de la escalera del puente de mando. Subí el primer escalón me di la vuelta y abrazando su cuello empecé a restregar mis pechos en su cara. Sus mejillas enrojecieron de gusto y cuando al fin me aparté le escuché gritar con euforia: ¡Caaaaaamon! a cuya orden todo el barco comenzó a saltar movidos por un embriagador y unísono ritmo que invadió sus mentes y sus corazones. Subí escalón por escalón menando a propósito el culo y detrás de mí subía el magnánimo cuyo short había resbalado tanto que ya casi dejaba al descubierto su pubis. Una vez que hubimos alcanzado el puente de mando pude contemplar cómo la sublevación se había convertido en una auténtica masa unificada de cuerpos que botaban y coreaban a una, y en ese instante el suelo del barco comenzó a perder estabilidad. ¿Dónde estaría el capitán?, me pregunté ahora asustada. Al barco le quedaba poco tiempo de flotación, finalmente tendríamos que soltar peso pero ¿cómo?, ¿podríamos lanzar a gente por la borda?, ¿sería realmente ético arriesgar la vida de varios hombres para salvar la de todos los pasajeros? De pronto la proa comenzó a inclinarse y se escucharon los berridos de pavor de algunos. En esa zona del barco la gente comenzó a correr hacia el lado de la popa con el ciego objetivo de contrarrestar peso. El rumor de peligro inminente por hundimiento comenzó a prender entre los desmadrados de cubierta y poco a poco todos dejaron de saltar presas del pánico. Hasta a la cabina del timonel y del DJ debió de llegar la alerta pues de repente la música paró. Todo quedó en silencio. Ahora era en la popa del barco en donde se había arremolinado el tumulto y ésta comenzaba a hundirse. Todas las miradas se alzaron hacia el puente de mando, todos los ojos se clavaron en mi persona y en la persona del barrigudo jefe de la sublevación de cuyos shorts caídos asomaban ahora algunos pelos de su pubis. El barco se inclinó aún más por la zona de popa y un grito de espanto se abrió de nuevo paso en cubierta. Todos a una corrieron esta vez hacia la proa.

─¡Eh, tranquilos! ─grité en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─. Lo primero que hay que hacer es equilibrar el peso, la mitad de las personas a un lado y la otra mitad al otro lado.

Pero no me hicieron caso. Actuaban como un cuerpo indivisible. Si una parte de la marabunta se trasladaba hacia la proa todos le seguían y si la otra parte se trasladaba hacia la popa todos le seguían también. Así no conseguíamos sino columpiar el barco como un péndulo cada vez con más fuerza. Más tarde o más temprano acabaríamos por zozobrar. Había que actuar con rapidez.

─And now, what can we do? ─preguntó el magnánimo.

─Que qué podemos hacer ─grité furiosa de nuevo en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─. ¿No se lo habíamos dicho, no le habíamos dicho que no podían subir todos? Ahora hay que hacer una selección de pasajeros, la que debimos hacer en el puerto antes de zarpar.

─I don’t understand you ─balbuceó el hombre─. What do you mean?

─Que a qué me refiero –sonreí casi diría que con maldad. El barco volvió a columpiarse por el lado de la popa─. ¿Usted cree que podremos aguantar así mucho tiempo? ¡Esto se hunde, se hunde, tendremos que desprendernos de algunos pasajeros! ─Los cinco fieles acompañantes del cincuentón trataban de guardar el equilibrio a los pies de la escalera, bajo el puente de mando─. Yo creo que con que nos desquitemos del peso de tres hombres tendremos suficiente y bien podrían ser tres de vosotros, por lo que veo sois los más entrados en panza que hay en este buque ─dictaminé.

─But what does it say? ─me amonestó el jefazo al tiempo que el barco volvió a zarandearse esta vez alcanzando una inclinación de por lo menos veinte grados. Un grito generalizado se mantuvo en el aire unos segundos─. That’s inhumane, you can’t do it ─lo que significa: “Eso es inhumano, usted no puede hacerlo”.

─Cómo que no ─dije en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─. ¿Usted de verdad cree que esto aguantará mucho tiempo más?, ¿no ve en qué difícil situación nos ha puesto su amotinamiento? Ahora mismo que se coloquen aquí sus cinco marineros y que se quiten la ropa, debo valorar vuestros pesos y decidir qué tres hombres van a ser lanzados.

─But…

─No se hable más. ¡Vosotros cinco! ─ordené señalándolos─. Suban para acá ahora mismo ─Los hombres obedecieron y se irguieron frente a mí tan rectos como el constante mecerse del barco les permitió─. ¡Y usted! ─le ladré al jefazo─, ya puede ir quitándose la ropa ─Y para mi sorpresa el jefe agachó la cabeza y, manso como un animalito de corral, empezó a sacarse la camiseta “Remember Maspalomas” y el short que ya casi le caía por debajo de los calzoncillos─. ¡Eso también! ─dije señalando los calzoncillos─, ¡todo!

Inmediatamente los otros siguieron el ejemplo de su magnánimo jefazo quedando en unos segundos completamente en cueros. Me alejé dos pasos hacia atrás para contemplar el panorama dando golpecitos con mi dedo en mi barbilla: seis hombres desnudos permanecían todo lo erguidos que podían, haciendo claros esfuerzos por mantener bien metidas sus panzas sobrealimentadas a base de hamburguesas y perritos calientes mientras sus colgantes penes se balanceaban, a la par que el barco, de popa a proa y de proa a popa. Patética visión que, sin embargo ellos parecieron comenzar a disfrutar porque, mientras los observaba, midiendo pesos y volúmenes, me percaté de que el pene del jefazo crecía y se ponía duro por momentos.

─¿Y eso? ─pregunté señalando su prepucio ahora completamente empalmado. Él se encogió de hombros y un atisbo de sonrisa asomó por entre sus rosados mofletes. El amigo a su lado posó atentamente su mirada sobre aquel miembro erecto─. Debe saber usted que entre su barriga de tonel y su enorme pene empalmado va a ser el primer candidato.

El magnánimo, para defenderse, señaló el pene de su compañero y lo agarró con la mano para mostrármelo. Al elevarlo de ese modo este pene también se puso duro y las venas se hincharon considerablemente. Mis ojos casi no salieron de sus órbitas al contemplar tremendo manubrio. Empalmado era casi el doble que el de su jefe.

─Pero bueno, este también va a ser seleccionado, me parece ─solté y entonces, como si hubiese pronunciado un conjuro, las pollas de los otros cuatro comenzaron asimismo a empinarse. No cabía duda, aquello les estaba excitando sobremanera.

En ese instante mi cabeza pensó a la velocidad de un rayo. Calculé que no nos quedarían más de cinco minutos para que comenzase el hundimiento definitivo. Ahora los hombres frente a mí se tocaban unos a otros con el afán de demostrar que el otro la tenía más grande que él y que, ciertamente se merecía más ser entregado a las fauces de los, por estos mares, delfines. Sin embargo había que reconocer que Dios no había escatimado en bondad a la hora de dotar a aquellos penes de volumen, dureza y dimensiones suficientes como para hacer que nuestro barco recuperase su estabilidad inicial si los lanzaba, no a tres sino a los seis, los seis hombres sin piedad a las frías aguas del Atlántico. Ellos parecían embelesados mirándose unos a otros, admirando sus huevos, sus prepucios, las venas más o menos hinchadas a lo largo del miembro.

─Está bien ─resolví y todos devolvieron sus miradas a mi persona─, los voy a tirar a los seis, lo sabéis, ¿verdad?

Y sin esperar respuesta, tras una nueva sacudida y posterior inclinación del barco, esta vez calculé que de unos treinta grados, vociferé:

─¡Adelante mis valientes hay que coger a estos seis hombres y arrojarlos al mar si no queremos hundirnos!

Un desorganizado gentío subió entonces las escaleras y, agarrando a los seis condenados, los condujeron brutalmente por cubierta hasta la borda de estribor por donde, sin necesidad de volver a ordenarlo, los fueron empujando uno por uno. Todos pudimos contemplar cómo seis cuerpos en cueros, con sus pollas portentosas y bien duras ondeando al viento al igual que nuestra bandera pirata, se precipitaban al vacío y acababan luchando a brazadas contra las bravías olas del gélido mar del Atlántico.

Y no voy a seguir relatando este escabroso asunto de las pollas y de sus portadores. Sólo decir que este suceso, como ya conté al principio, me costó aquel puesto de trabajo a pesar de que al final, sintiendo lástima por los seis infelices, solté una chalupa al mar para que pudiesen subirse a ella y esperar allí hasta que las brigadas de la guardia civil costera viniesen a rescatarlos. El barco, tras perder aquel peso se estabilizó de repente y la gente volvió poco a poco a la calma. Entonces bajé a las bodegas donde, como me había imaginado, habían encerrado al capitán y, tras liberarlo, este nos condujo al puerto de Mogán que era el más próximo. Allí se armó un gran revuelo. Todos, tanto los pasajeros del “Last beach” como la multitud de paseantes domingueros que suelen andar por estas costas, se agolparon en el embarcadero sin dejar de relatarse unos a otros lo recién acontecido en aquel buque pirata, mientras esperaban ver llegar a los náufragos que ya se acercaban remolcados por una lancha de la guardia civil. Al atracar la chalupa y ver a los seis hombres desnudos salir de ella, un ¡ohhh! se escapó de todas las gargantas presentes.

─ You’ll pay me! –escupió el cincuentón barriga de tonel al pasar a mi lado, lo que significa: “¡Me las pagarás!”.

Los que estaban cerca y pudieron escucharlo atendieron a mi persona deseando saber con qué palabras me defendería.

─Pero si se amotinaron y luego resulta que les gustó que les mirase ─dije en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─, juro que les gustó, se les puso tiesa, casi no nos ahogamos por su culpa, aquellos penes pesaban lo suyo, se los puedo asegurar…

Pero nadie pareció ya darme la más mínima credibilidad, más interesados como estaban en mimar a aquellos seis desvalidos abrigando ahora sus erizados cuerpos con mantas y alimentando sus hambrientos estómagos trayéndoles apresuradamente de un Mac Donald cercano unas big macs dobles con su doble ración de papas fritas.

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Este post se ha escrito inspirado en el movimiento “CFNM Lovers”, “Hombres desnudos, mujeres vestidas”

 

4 Porque me sobras !!!

Pondré una firma en la legión de cuerpos y mentes que no abandonan el vicio

El silencio de los que deseamos GRITAR !!! ……………………….. AMÉN ………………..

 

… No celebres MACHISTA el pene dentro porque los escritos de mis bragas ya son cubos de las propias rabietas de las ganas que tengo, adiestrada a manchar en la lengua de rica salsa, líquida y espesa con olor del deseo de tiempos estancados. Es el macho $, música de pecado en cada fusta caliente que adentra, a la fuerza, en las zonas que desea él. Aprender y luego el dolor, rico rincón escondido de la mente caliente del ego. ¿Duele y paras? Pues yo allí también deseo caliente y me toca lengua, dedos, pene o cualquier cosa que pueda morder antes y pueda apretar la bala más roja. Déjame que suavice el glande con la lengua chorreando dentro de símbolos y huecos, qué sabroso regalo de licores en cápsulas que presiono hasta el fondo de la garganta. ¡No!, ¡no!, ¡no vomito!, es la ley del clan del deseo tributario, tú me das pene y yo una arcada más. Traeeeeee ese objeto y explota la gasolina arrancada y embriagada sin vergüenza alguna a la marginal indigencia. Me arrastro como una loba y huelo mal, para que asfixies mi cuello mientras clavas el tacón en posición y así llega al fondo de mi rabieta que me sale a flote entre insultos que me ponen, muérdeme y escúpeme la espalda mientras sujetas bandera de 4, voy a poner la firma de mis llantos en tus huevos de escarcha y blanca leche.

 

Serie "Basura y sex". Fotógrafa Stara Grazie. 2016.

Serie “Basura y sex”. Fotógrafa Stara Grazie. 2016.

 

 

Mis dedos no abandonan nada, ningún hueco, ya mal hechos y flácidos colgajos como el saco de un escrito y abro el libro para llegar a tu cara, no sueltes esas bonitas historias de naranjas y colgantes frescos, ¿es que aún se las cree alguien? Pues entérate que yo jamás dejo las ardientes leches de dulce chocolate, gratis todas para tu infiel destino conmigo y ¡te jodes y me jodes así, con la boca llena de tu grasa de animal bastardo!… Frascos y más frascos son ya tus flácidos genios. ¿Qué?, masticando cristales transparentes nos grabamos sin comprender el éxito que daría una noche de colocarte en la estación adecuada, eclipsa a gente diminuta en mi boca con bolitas de regalo, banderas diferentes donde el miembro es ya razón social de capitales y capitanes que se rigen en poses, ¿es que alguien se cree eso todavía?, miel fresca y espesa de tanto tiempo de penes sin emociones, no cierres los ojos, habla y YA!!! terminamos …..

 

 … Para aquellos que descubren la verdad en hembras de formatos …..

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Polvo literario

Tras leer las confesiones de Judit, aunque afirma que las realiza coaccionada por la “señorita” Rut, creo de justicia contar al público un episodio que sucedió no hace mucho tiempo y en el que participó también una tercera mujer, que podría tratarse de la sensual Stara.

Ocurrió en una vieja casona de La Laguna sede de una distinguida sociedad cultural, la noche de la presentación de mi última novela, que fue en uno de los salones de la planta baja sobre grandes lápidas de piedra gris bajo un techo de laberíntico artesonado de madera, con la humedad lagunera como atmósfera.

Mientras hablábamos el presentador, el editor, el anfitrión y yo mismo, las tres no paraban de ahogar sus risas a la par que se hacían confidencias al oído, lo que le aportaba un toque alegre a aquel modesto acto pretenciosamente rimbombante, ya que el resto de invitados parecían fantasmas momificados que llevaban en la casona desde su construcción en el siglo XVII.

Cuando terminaron las intervenciones, tocaba dedicar el libro a los asistentes al tiempo que un grupo de camareros servía un vino y diferentes viandas por fuera del salón, en el claustro de la casa. De forma pausada y caótica se formó una fila de personas interesadas en recabar mi firma, a cuyo término se colocaron las tres alegadoras, que continuaban ya en un tono más audible con sus cotilleos de contenido sexual explícito.

Las tres esperaron su turno hasta llegar al borde de la mesa. Seguían sonriendo cada vez con gesto más pícaro con sus tres magníficas y sensuales bocas, que comenzaron a entablar conmigo una conversación alusiva al tema de la novela y relacionada con la dedicatoria que querían que les escribiera en cada uno de los libros que sujetaban.

No llegué a poder escribirles nada porque mi próstata entró en modo pánico y tuve que pedirles que me disculparan pues necesitaba ir inmediatamente al servicio que se encontraba en la planta alta, a la que llegué tras subir unos oscuros peldaños desiguales que recordaban a cada paso su brillante e intenso pasado arbóreo y urbano, así como de caminar sobre listones de la misma época que se quejaban de los múltiples achaques causados por el tiempo transcurrido y el variable clima.

Cuando conseguí calmar la urgencia y salí del rústico pero elegante habitáculo, comprobé que en la habitación más cercana se encontraba la biblioteca de la sociedad cultural. Entré y empecé a recorrerla con mi vista, como si me encontrara dentro de una espiral de interminables estanterías, mientras me acercaba a acariciar con las yemas de mis dedos lo lomos de aquellas ediciones artesanales, como cualquier fetichista de libros que se precie de serlo.

Estaba ensimismado en mi fantasía, disfrutando del aterciopelado tacto de títulos de Balzac, Dostoyevski, Verne, Pasternak, Víctor Hugo, Tolstoi, Voltaire, Chejov, Baudelaire, Pushkin, Dumas, Gógol, Moliere, Gorki, Flaubert, Sholojov, Simone de Beauvoir, Goethe, Rimbaud, Joyce, Zola, Faulkner, Stendhal, Huxley, Marguerite Yourcenar, Shakespeare, Chateaubriand, Whitman, Tolkien, Defoe, Mann, Insen, Nabokov, Boccaccio, Dante, Sade…, cuando fui interrumpido por aquellas tres mujeres que no parecían ni enojadas, ni con la intención de reclamarme las prometidas  dedicatorias. Más bien parecían fascinadas por mi fetichismo, por encontrarme excitado con el tacto de aquellas vistosas encuadernaciones, y comenzaron a imitarme en busca de la misma sensación que mi rostro y mi cuerpo manifestaba. Así fuimos recorriendo, ejemplar tras ejemplar, respirando literatura y transpirando literatura, hasta que acabamos empapados de emociones, de recuerdos de lecturas compartidas.

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No sé cómo sucedió, pero a los cuatro nos sobraba la ropa y comenzamos a desnudarnos, tanto de las prendas como de recuerdos de lecturas, y rozábamos la piel primero con los libros y luego, como parecía inevitable, cuerpo a cuerpo, como si necesitáramos transmitir piel a piel todos los estremecimientos que nos habían proporcionado las lecturas y las experiencias de nuestras vidas.

Y seguimos abrazándonos, acariciándonos, besándonos, lamiéndonos, follándonos con todo lo que teníamos a nuestro alcance, mi polla, mis dedos, mi boca, sus dedos, sus pechos, sus culos, sus bocas… con el ritmo agitado que marca toda intensa pasión, todo intenso placer.

Hasta que caímos exhaustas, extasiadas, relajadas, sudadas, ligeramente temblorosas, tántricamente cachondas, agradecidas… Y desde entonces me siento más mujer, porque experimenté en mi propio cuerpo el orgasmo que tantas veces había provocado en el cuerpo de aquellas mujeres con las que había compartido mi sexo y que se lo tenían bien merecido.

Tras unos interminables instantes de reposo, nos incorporamos sin decir palabra y comenzamos a vestirnos como si interpretáramos una nueva coreografía cómplice, convencidas de que aquella experiencia había sido un ‘aquí te pillo, aquí te mato’, que había durado tan sólo unos minutos y que podríamos volver sin tener que dar explicaciones a incorporarnos a las conversaciones de pasillo y a degustar los sabores que había preparado la empresa de catering contratada para el evento.

Pero, cuando bajamos, el rebumbio que escuchábamos no procedía de los asistentes al acto, sino de una brigada de profesionales de la limpieza que acometía desde primera hora de la mañana la tarea de preparar la casona para acoger las actividades formativas previstas para ese nuevo e inesperado día.

Luego pregunté en confianza a algunas amistades que habían estado en el acto si se había notado mi temprana marcha del lugar, pero nadie recuerda que me hubiera ausentado. Ni tan siquiera que hubiera publicado y presentado una novela.

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Post escrito por el amigo de Rut: “ALAIN”

 

Melocotón en almíbar

Todo comenzó con melocotón en almíbar o mejor dicho, empezó después de  muchas noches inciertas, días entre grises y violetas. Mujeres con las que disfrutaba seduciendo pero que en la cama no me ponían. Llegó el momento en que no había más que rascar. Ni en los típicos lugares de ambiente, ni en los encuentros activistas del colectivo, ni en las páginas de contacto que tantos años me habían hecho triunfar. Ese día, en el salón de mi casa, divagando desde el ventanal, empecé a cuestionarme si mi orientación sexual había dado un giro: asexual, bisexual, monja. Entonces sonó el timbre. A esa hora de la tarde podría ser alguna amiga de alguna noche loca que perdió mi número de teléfono y querría hacerme una visita o alguien repartiendo folletos, de esos que acaban en la papelera.

Mi puerta es de un rojo valentino, en forma de arco y de estilo oriental.  A media altura lucen chapas que he ido coleccionado de mis viajes, una del Gay Pride de San Francisco, otra del viaje a Nepal, otra del encuentro Harley Davidson en Bogotá , otra que dice : “mi novia me tiene bien follada”. Me acerqué a la puerta y miré por la mirilla. Mi corazón se sobresaltó: ¡una rubia impresionante allá afuera, esperando a que le abriese!

Pude ver cómo leía detenidamente mis chapas, así que abrí del tirón. Ella se asustó y se precipitó hacia mí. Me sacaba unos palmos y no pude evitar bajar la cabeza y recorrer su presencia a cámara lenta, desde sus tacones rojo charol a sus largas piernas que parecía que nunca acababan, hasta la mini falda de gasa transparente blanca a juego con un broche que tenía colocado entre sus pechos, un broche especialmente llamativo.

─Hola, soy Anja Moskoya, tu nueva vecina ─saludó.

─Luna Grand, por favor, pasa ─le dije─. Tu casa da a la otra calle, sin embargo desde aquí puedes ver el lago.

Con la sutileza que me caracteriza se me encendió la bombilla para llamar su atención y en un flash ya estábamos recorriendo mi loft. Le enseñé la distribución del espacio, cómo había aprovechado cada recoveco, la enorme bañera en medio del salón le hizo mucha gracia.  Fui a la cocina y puede rescatar una lata de melocotón en almíbar y una botella de bourbon . Nos sentamos frente al ventanal y nos dejamos llevar por el improvisado picnic.

 

 

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©Julia Skalozub. Más sobre su trabajo en: http://juliaskalozub.com/

 

Comenzó hablándome de cómo había llegado a la ciudad desde Moscú, de su trabajo, de sus viajes y yo, a la par que ella hablaba, no hacía más que pensar en si sería bisexual, lesbiana, si habría visto mi chapa del arcoiris minutos antes frente a la puerta o peor aún,  si le habría dado tiempo a leer lo de “mi novia me tiene bien follada”.

Después de tres copas y entre risas y miradas cómplices, tuve la necesidad de saber en qué punto estábamos exactamente.

─¿Has estado con alguna mujer, has disfrutado del sexo con mujeres? ─le pregunté.

─Qué directa Luna ─contestó─, de acuerdo, te contaré. Tuve una experiencia en la universidad y otra con una compañera de trabajo. Sentí atracción por ellas pero no tuve plena satisfacción sexual. Creo que con los hombres tampoco la he tenido.

─¿Quieres jugar? ─le propuse de inmediato─. Dejarte llevar por el momento, solo abrirte a la experiencia sin pensar en nada. Mira, te taparé los ojos con este pañuelo.

Ella miró el pañuelo un instante y dijo:

─Luna, eres verdaderamente una lanzada pero despiertas en mi esa ganas de sentir. ¡Venga, sí!

 

©Julia Skalozub. Más sobre su trabajo en: http://juliaskalozub.com/

©Julia Skalozub. Más sobre su trabajo en: http://juliaskalozub.com/

 

¡Uy!, menuda  tarde de jueves que tuve. Una rubia de ojos verdes y cejas perfiladas, tocó en mi casa con la naturalidad de alguien que conoces de toda la vida. Sus labios rojos se fusionaron con la puerta al fondo y sin darme cuenta sentí esa necesidad de tocarlos, de besarlos, de chuparlos. Y a medida que hablábamos, iba estimulando mis sentidos y las ganas de jugar con ella.

Me coloqué a su espalda, detrás del sillón y ella veía cómo se interponía la panorámica del luminoso lago con la oscuridad del pañuelo. Cambió su postura corporal,  se puso más erguida y cambió su respiración, aunque no su sonrisa roja. Me incliné hacia su oído y comencé a pronunciar en un tono dulce y pausado palabras sugerentes, haciendo notar mi respiración: “fresa, labios, piel, caricias” Empecé a besar su pequeña oreja. Besos pequeños a la vez que le decía: “jugo, pechos, leche… ” Sus labios suntuosos temblaban. Puso sus manos entre sus muslos y yo aproveché esa inocencia de el que no ve para deslizar mi mano hacia su broche y desabrocharlo con el roce de mis dedos en sus pezones, buscando ese espacio entre el respeto y el deseo. Ella abrió sus piernas y tomo una postura más relajada. Me arrodillé frente a sus muslos y toqué sus pechos como si me perteneciesen provocando una situación entre el juego y el malestar. Sus pezones se pusieron duros, grandes y los pellizqué.  Empecé a acariciar sus manos y sus muslos. En un momento el deseo se apoderó de nosotras.  Levanté su falda  y me encontré todo al descubierto. Agarré bruscamente sus piernas y las tiré hacia mi, dejando prácticamente su cuerpo en horizontal. Cogí el almíbar de la lata de melocotón y lo rocié en su pubis. Chorreó por su enorme sexo provocando que se removiera de placer y me lancé a lamer aquella jugosa entrepierna. Era un placer tan dulce que no podía parar de chuparlo. Sus gemidos, cada vez más fuertes, hicieron que le arrancase la camisa para dejar al descubierto sus excitados pechos.

Abriendo aún más sus piernas, ella agarró mis pelos y restregó toda mi cara en su sexo. Froté sus pezones, erguidos y duros, con la punta de mi lengua y el juego de mi mandíbula. Serpenteaba todo su clítoris en mi boca, cada vez con más intensidad. Introduje mi lengua con fuerza en su vagina y entonces noté que tenía ganas de algo más contundente, de manera que cogí un melocotón y por la parte más hueca empuñé mis dos dedos para metérselo. Ella se volvió loca y no era para menos. Se giró y se puso de cuatro patas. Seguí sacando y metiendo el melocotón pero las contracciones de su perineo destrozaron la fruta, dejando mis dedos dentro de su útero.

─¡Fóllame! ─me dijo.

Estábamos muy calientes. Introduje todos mis dedos. La penetré cada vez más rápido y con más fuerza y ella jugaba con su cadera para saborear el placer de un coño bien lubricado.

─¡Quiero más! ─rogó y entonces la penetré hasta al fondo.

Estiró su cuello y mi puño se deslizó hasta que la hizo estallar en un enorme orgasmo. Entonces extraje mi puño y chupé toda esa dulce cascada que fluía por su entrepierna. Me puse de pie y empuñé su cara en mi coño para que chupara mi caramelo que cayó derretido en un solo gemido.

─Bienvenida al barrio, Anja ─susurré finalmente.

 Post escrito por la amiga de Rut:   “LUNA GRAND”