Judit al desnudo, antes de ser descubierta por Rut

Creo que ya os expliqué en mi post anterior los motivos por los cuales me he visto en la difícil tesitura de tener que desenmascararme y contar cómo es mi verdadera vida erótica la que, por supuesto, no muestro frente a mi marido ni en mi vida social y pública, ya que esto podría restarle votos a él, gran hombre dedicado a la política y a demás cuestiones de estado, y perjudicar de manera considerable mi imagen de buena mujer casada.

Sin embargo y a pesar de las presiones que la directora de este blog, la “señorita” Rut, ha ejercido sobre mi persona, no creáis que nuestra relación como amigas se ha visto mermada, no, ni mucho menos. Tal y como acordamos, mientras mi identidad no salga a la luz no sólo no habrá problema sino que, de algún modo, esta nueva forma de escribir me brinda una sensación de libertad que de otro modo no habría podido experimentar.

En mi post anterior os había prometido relataros cómo fue que mi amiga, la “señorita” Rut, descubrió mis licenciosas actividades llevadas a cabo siempre a espaldas de mi vida conyugal y de mi conservadora congregación de amistades y así haré ya que, quizás otra cosa no, pero mi palabra siempre, siempre la cumplo, excepto aquella que tenga que ver con cualquier tipo de fidelidad sexual, como ya os imaginaréis, especialmente las pronunciadas frente al altar dirigidas a mi querido esposo.

El día aquel en que Rut me descubrió, mi marido había regresado a casa a la hora habitual del mediodía con un periódico local en la mano. Se sentó en la mesa de la cocina y arrojó el periódico furioso sobre la mesa. Desanudándose la corbata exclamó:

─Qué tonterías dice la opinión pública. Ya no saben ni cómo vender periódicos. Ahora me critican todas esas feministas, partida de abortistas y de lesbianas, diciendo que soy la viva imagen de esa sociedad del patriarcado que ellas aborrecen. Y todo simplemente por haber observado una realidad que hasta el más mediocre analista habría observado y es la de que el paro ha aumentado desde que la mujer se ha incorporado al mercado de trabajo, que lo mejor sería que las mujeres se dedicasen a lo de siempre. Si siempre fue así, ¿a qué vienen ahora a pretender cambiarlo? Y es simplemente verdad, todas esas frustradas, camioneras, que no han encontrado un macho alfa que se las folle bien, ese es su gran problema, ya podrían estarse calladitas, dedicadas a las labores familiares, como tú ¿verdad mi Judit?, que eres tan feliz conmigo…

Y sin dejarme siquiera responder, estando yo frente al fregadero poniendo en remojo el cacharro con el que me acababa de calentar el café, sentí sus manos por detrás levantándome la falda. Sus dedos torpes rodaron mis bragas, separaron mis piernas y sin quitarse si quiera los pantalones, sacando su ridículo pene entre la cremallera, me penetró así sin más, sin preocuparse en ponerme mínimamente húmeda. Fue, cómo no, un polvo soso, insulso, un polvo que a él le sirvió para recobrar su lastimado estatus de poder y a mí me sirvió para perder cinco minutos de mi precioso tiempo y de mi garganta gimiendo como si me viniese el mejor orgasmo de mi vida cuando en realidad lo que más me hubiese apetecido era bostezar y, sobre todo, que me dejó con un calentón de verdadera polla increíble. Por eso, y no es que quiera de nuevo excusarme, aquella noche, aprovechando que era viernes y que mi marido tenía una cena importante de diplomáticos, a la que no podían acudir las mujeres según él mismo me había advertido, yo, con la excusa de que necesitaba refrescarme un rato, me fui al bingo dispuesta a gastar cuanto más, mejor.

La sala de bingo estaba especialmente concurrida y, viendo a un solitario hombre de cierta edad pero muy bien parecido, sentado a una mesa y contando con meticulosidad algunos billetes que quedaban entre los pliegues de su cartera, me senté a su lado.

─¿No tienes mucho dinero ya? ─le pregunté.

Él se encogió de hombros y me miró. Sus ojos brillaron por un instante. Supongo que no se pudo creer lo que le estaba sucediendo, de repente una mujer tan guapa como mi persona y tan elegante lo había escogido de compañero de mesa, así sin más esmero de conquista por su parte.

─Yo tengo mucha pasta, añadí, y acabo de llegar y…no me apetece estar sola hoy ─sonreí con picardía─, ¿te importa acompañarme?

El hombre se agitó por un momento, pasó su mano por su coronilla y resoplando afirmó con la cabeza.

─Pues venga ─resolví─. ¡Croupier, tráiganos diez cartones que este señor y yo vamos a apostar y mucho!

Así comenzó una velada de locura y juego que se extendió no sé cuántas horas a lo largo de las cuales ganamos, perdimos, volvimos a ganar y volvimos a perder y bebimos, bebimos no sé ni cuántas ginebras yo, ni cuántos whiskies él, todo, por supuesto, pagado por mí y entre cartón y cartón me abalancé sobre sus labios no sé ni cuántas veces mordiéndole la boca con un deseo y una necesidad de empaparme de su semen más que evidentes. Y hasta tal punto llegó a estar el ambiente caldeado que antes de abandonar el local, nos precipitamos ambos hacia los servicios y allí mismo, amenizados de fondo por la voz del croupier que cantaba los números y por los gritos de ¡línea! que a ratos se alzaban de entre las mesas, liberamos nuestra lujuria, él sentado sobre el inodoro con los pantalones y los calzoncillos bajados hasta los tobillos y yo con mi falda subida, las bragas echadas a un lado y cabalgando sobre sus inglés para sentir con cada sacudida cómo se deslizaban sus, por lo menos veinte centímetros de pene bien duros por toda mi vagina. Y oye, aquello sí que fue un buen polvo, con qué voracidad me la tragaba, hasta que al fin el hombre se corrió, no dentro por supuesto, minutos antes tuve la precaución de liberarme de la penetración, arrodillarme en el suelo y chupársela con entusiasmo extremo hasta que su líquido espeso y abundante mojó mis labios, mis mejillas, mis ojos y hasta mi pelo, tal fue el impulso con el que aquel chingo fue expulsado de su magnífico prepucio.

Después de aquello él carraspeó varias veces mientras se subía el pantalón y se lo abrochaba, yo creo que sin creerse todavía lo que le estaba sucediendo, y yo me abotoné de nuevo el escote, me alisé el pelo y me coloqué modosamente la falda tras lo cual él me dijo:

─¿Y ahora qué?, no sé ni tu nombre.

─Para nada necesitas saberlo ─le interrumpí─. Ahora tú y yo nos vamos a un swinger que hay por aquí cerca, vamos a seguir pasándolo en grande.

Dicho esto le cogí de la mano y lo arrastré hacia la calle y fue en el swinger donde me encontré con la directora de este blog, la “señorita” Rut, que, como vosotros ya sabéis, suele merodear por esta clase de antros.

Así que tal y como les explicaba al principio del presente post fue aquí, en este local swinger donde aconteció la escena que puso mi reputación en las chantajistas manos de Rut y, aunque os prometí que hoy contaría esta escena de mi vida, al tratarse sin duda de un episodio muy importante y que necesita larga explicación, prefiero dedicarle un solo post a él, así que os emplazo para mi próxima publicación. Sólo sepan que sucedió en un cuarto oscuro, aunque con la suficiente luz a la entrada como para que la “señorita” Rut pudiese verme y seguirme…

Lo dejamos ahí por lo pronto. No sé vosotros pero yo ahora mismo me voy a gusto, con el sabor en mis labios del semen de mi compañero de mesa en el bingo y con la satisfactoria sensación de sus veinte centímetros de musculoso pene frotando mi vagina.

Respecto al macho alfa de mi marido, pues ya sabréis a lo largo de mis relatos cómo se las ingenió para salir bien parado con la opinión pública y con todas esas feministas de moral más que discutible, ejem, mejor no hablar de ellas, ¡marimachos!, y lo siento Rut si no te gusta lo que digo, en este país aún hay libertad de expresión, gracias a grandes hombres como mi marido, que luchan porque las instituciones democráticas aún se mantengan en pie, a pesar de esos corpúsculos antisistemas que tú y muchas mujeres como tú apoyáis, mujeres de ética y principios más que dudosos, ¡¡¡que ya es bastante con que tenga que estar contando en este blog todas estas dobles actividades mías por tu culpa!!! En fin…

ιουδειθ

Judit al desnudo

Estoy un poco harta y hastiada de las hipocresías y como lo estoy voy a contaros a todos los lectores algunas cosas sobre mí que no conocéis. Lo confesaré al fin:

Hasta el momento la Judit que he mostrado en este blog no ha sido exactamente la Judit que soy.

Por qué he querido aparentar ser una mujer que no soy, podríais preguntarme. Por un motivo muy sencillo: estoy felizmente casada con un hombre dedicado a la política que, además, lleva muchos años ostentando un importante cargo en el ayuntamiento de un pueblo de cuyo nombre prefiero no acordarme en este momento. Así las cosas, escribir sobre mis verdaderas experiencias sexuales y sobre mis deseos más ocultos pensé que podría acarrearme más de un problema. Y que conste que si hasta el momento no he resultado del todo sincera no ha sido sólo por salvaguardar mi reputación social, sino también y sobre todo, y esto quiero recalcarlo bien: ¡sobre todo!, por mi marido, hombre al que idolatro, adoro y al que le debo mi más profundo agradecimiento y respeto por ser la persona que, con tierna complacencia, me paga las facturas de la peluquería, del hipermercado, de la boutique y demás caprichos materiales e inmateriales que se me antojan mensualmente, a cambio ¿de qué?, pues a cambio de nada, a cambio simplemente de aceptar ser penetrada por él cada vez que le viene una calentura y de estar pendiente de los asuntos de la casa, de que el servicio mantenga limpias las alfombras, bien a punto su comida cuando regresa del ayuntamiento y bien planchadas sus camisas, sus chaquetas y sus corbatas. Por lo demás se trata únicamente de acompañarle de manera correcta a las fiestas y a las cenas en casa de sus compañeros de partido, también a alguna que otra rueda de prensa en la que la aparición de su esposa se aconseja como lo más recomendable para su imagen pública y…bueno, nada más, nimiedades si tenemos en cuenta todos los gastos que  una mujer con mi exquisito gusto por las marcas de calidad y mi glamour requiere.

Y ya que voy a destaparme frente a vosotros diré, y no es que quiera excusar mi licencioso comportamiento, esta cara oculta y perversa de la verdadera Judit que soy, que las relaciones sexuales con mi marido me dejan más fría que un pollo en medio del Ártico.

Que si fue así desde el primer momento, podríais también preguntarme, pues no lo sé, no lo recuerdo, hace ya tantos años que nos casamos. Hará como treinta años de aquella insulsa boda de pueblo tras la cual tuve que fingir que era virgen y que no me habían desvirgado varios chicos en aquella fiesta de graduación en San Francisco a donde fui a finalizar mis estudios de bachillerato. Los cinco chicos se lo montaron conmigo sobre una mesa de billar, uno detrás de otro los fui despachando, aún recuerdo sus adolescentes falos poniéndose duros entre sus dedos mientras contemplaban cómo era penetrada por el siguiente en la lista de espera sobre el suave tapete de la mesa de juego. Glamurosa y deseada, sí, mucho, tanto como jamás me ha hecho sentir mi marido. Especialmente cuando percibí que el semen de aquellos recién graduados que se tocaban haciendo un círculo alrededor de la mesa caía en gotas regándome todo el cuerpo. Uno se corrió sobre mis pantorrillas, el otro sobre mi pecho derecho el otro sobre mi pezón izquierdo y el otro sobre mi vientre al tiempo que yo gemía de gusto porque el falo de uno de estos inquietos muchachos de diecisiete años me taladraba la vagina sin la menor consideración escupiendo en inglés sobre mi rostro insultos del tipo de: zorra, puta, perra, guarra, etc… que me hicieron gritar aún más y más fuerte, de tal forma que si mi marido me escuchase alguna vez así en la cama se asustaría ya que con él jamás he llegado a emitir decibelios más altos que los que puede alcanzar el más breve de los suspiros. Y así debe de hacer la esposa de un personaje político, con la responsabilidad de mi marido, no me cabe la menor duda, hay que guardar la compostura siempre, saber estar y permanecer en el lugar que a cada una le corresponde. Discreción, moderación y sigilo en todas las expresiones de las mujeres que, como yo, ostentamos un cargo social tan alto. Somos un ejemplo para todas las demás mujeres y muchas, como mi amiga Rut, la directora de este blog, no quieren comprenderlo.

¿Por qué no hablar ahora de lo penoso de mi situación por culpa de la directora de este blog, la “señorita” Rut, ahora que ella me ha descubierto y me está obligando a ser sincera conmigo misma y con todos los lectores utilizando el más feo de los métodos, o séase, el chantaje?

Pero miren, por lo pronto me voy a callar…al fin y al cabo seguimos siendo amigas y tal vez en el próximo post que escriba os relate cómo fue que ella me descubrió y cómo tuve que acceder a su vil chantaje y doy gracias a Dios de que al menos mi nombre, bajo el seudónimo de Judit, pueda continuar siendo anónimo, única petición a la que accedió la directora de este blog, repito el sarcasmo por si no se ha entendido anteriormente, la “señorita” Rut.

En resumen, seguiré escribiendo y publicando bajo la censura positiva que Rut me ha impuesto, y bajo su yugo iréis conociendo a la verdadera Judit, la Judit al desnudo que soy a partir de este momento, momento que marca el fin de una etapa y el inicio de otra y al que espero sobrevivir gracias a la condescendencia de todos vosotros, mis queridos lectores. Ya sabéis que os idolatro y que estoy deseando conoceros en persona para practicar sexo salvaje sin parar, eso sí, siempre a espaldas de mi marido y de mis colegas de la parroquia en la que imparto las caquetequesis que si no…

ιουδειθ

Dieciocho años

Es curiosa la manera en que el azar nos hace recordar historias que guardamos en una sala muy profunda de nuestra mente. Unas veces puede ser beneficioso, otras perjudicial y hay unas terceras que no se sabría definir.

Me encontraba en la cola del cine, aburrida de tanto esperar a que la pareja que tenía delante se decidiera por una película de acción o una comedia romántica. De repente me sentí observada. Instintivamente giré la cabeza hacia mi izquierda. Vi un rostro aniñado en un cuerpo varonil. Solo apartó su mirada traviesa cuando la chica que le acompañaba le llamó. Él se excusó y se marcharon hacia una de las salas. Habían pasado muchos años, pero él seguía siendo el mismo chico que conocí.

Nos habíamos conocido cuando me mudé con mis hijos a un barrio de las afueras. Él era el hijo de los vecinos de enfrente. A base de vernos todos los días en el ascensor, de prestarnos la sal o el azúcar y de otras cosas que ocurren entre personas que viven en la misma planta, llegamos a cierto punto de confianza. Quizá porque estaba más pendiente de mis hijos aún pequeños, quizás porque no me había recuperado del desplante de mi ya ex- marido, la cuestión es que no me di cuenta de lo que yo le inspiraba hasta que me lo dijo a la cara. No me desagradaba, aunque fuera mucho más joven que yo. Ya había cumplido los dieciocho años, por lo tanto no iba a meterme en ningún lío.

Aquella misma tarde acabamos en mi cama, como si los planetas se hubiesen alineado para que mis hijos estuvieran con mi hermana y sus padres no se encontraran en casa. Al dejarse caer sobre mí, devoró mis labios mientras amasaba mis pechos entre sus robustas manos. Paseó los dedos por mi vientre, surcando las caderas hasta llegar a las rodillas y abrir mis piernas con cierta lentitud. Mordió suavemente mis muslos hasta llegar a la blandura de mis labios vaginales y lamer el clítoris. Disfruté muchísimo, pero cuando me penetró subí un peldaño más en la escalera del placer. Cada embestida era más fuerte, cada beso más apasionado, cada caricia más honda… Llenó el preservativo hasta la mitad y cayó extenuado, abrazándose a mi cintura.

Repetimos en varias ocasiones. Con cada una de ellas me relajaba más y más. Al fin y al cabo no estábamos haciendo daño a nadie. Recordé que los hombres son únicos en sus diferentes sabores, y que mi vida no podía reducirse a uno que ya no quería ser degustado por mí.

Terminamos con nuestro excitante ritual cuando le concedieron la beca para irse a estudiar a Irlanda. Se acabó justo a tiempo… A tiempo de que siguiera siendo nuestro pequeño secreto.

Mientras veía una película de época me acordaba de aquellos momentos bajo las sábanas, de aquella virilidad insaciable, de aquel ardor que me devoraba por dentro, de su olor a ternura y misterio. Comencé a sentir lo mismo que en aquellos días, pero tenía demasiada gente cerca como para adentrar una mano bajo los pantalones.

Al salir me encontré de nuevo con él  y su novia en el vestíbulo. Les vi alejarse de la mano hacia la calle, donde se perdieron entre la multitud. Hay historias que es mejor dejarlas en la memoria, ya sea de manera objetiva o adornada con color de rosa.

Cuando llegué a mi piso cogí un quinto de ron de la alacena, lo preparé y me lo bebí lentamente mientras escuchaba un disco de música francesa. Decidí que aquel jovencito regresara al fondo de mi mente y me puse a pensar en algo tan relajante que me quedé dormida en el sofá.

ιουδειθ

© Carmen Cuarzo

 

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Entró una chica muy joven. Su larga cabellera lisa se mecía con sus movimientos. Su rostro no tenía nada que envidiarle al de una muñeca. Su vestido de pronunciado escote y falda muy corta dibujaba sus curvas de pasarela. Sus altos tacones parecían una extensión de sus piernas. Pasó cerca de nosotros en dirección a la barra, donde se sentó a esperar a que algún camarero la atendiera.

─Seguro que se queda como una estatua cuando folla.

Aquella afirmación me dejó fuera de juego. No sabía si era por el efecto de la piña colada que él estaba tomando o porque los focos multicolores del pub le estaban afectando al cerebro. Sin pensarlo dos veces le pregunté por qué había dicho eso.

─Porque lo tengo más que comprobado ─respondió con mucha seguridad─. La primera vez que estuve con una de esas chicas tan perfectas creí que sería sensacional, pero no fue así.

» La conocí en un bar parecido a éste. Al principio tenía miedo de que me rechazara, pero ella me indicó con un gesto de su mano que deseaba charlar conmigo. En un pispás nos encontrábamos en su apartamento, besándonos con cierta frialdad de su parte. Le quité la poca ropa que cubría su cuerpo y la que llevaba yo. Se acostó sobre la cama y abrió las piernas en un ángulo casi recto. “Que sea rápido”, dijo con autoridad. Yo me quedé estupefacto. ¿Era una cámara oculta? ¿Acaso me había liado con una prostituta? ¡No, no estaba dispuesto a eso! Así que me vestí y me fui sin mediar palabra.

» Desde entonces me he topado con varias de ese estilo, con muy pocas diferencias entre ellas. Me quedo con ellas si tengo muchas ansias… Ojalá encontrara alguna muñequita que se moviera dentro y fuera de la cama, pero lo dudo.

─Bueno ─comenté─, no se puede tener todo en esta vida… Además, la perfección es solo para la publicidad.

─Cierto ─confirmó él─, La imperfección suele ser más interesante… Y estoy viendo un buen ejemplo. Disculpa.

Se acercó a una mujer más o menos de nuestra edad. Sus ondas deshechas acariciaban sus hombros. Su vestido vaporoso favorecía sus blandas formas. Sus sandalias planas no desmerecían la vivacidad de sus pasos al bailar. Se sorprendió por su presencia, pero le agradó. Por los gestos se adivinaba que todo iba como la seda…

No pude seguir observándoles. Un hombre muy apuesto se sentó frente a mí e hizo gala de su encanto. Me dejé seducir con mucho gusto y nos fuimos del bar, no sin antes despedirme de mi amigo y su nueva princesa.

ιουδειθ

© Carmen Cuarzo

Viaje a Sodoma y Gomorra en taxi

La lujuria puede flotar en cualquier parte, aunque algunas veces tiene el dudoso gusto de hacerlo alrededor de lo que nos resulta poco atractivo, por no decir repulsivo.

Un día en que la guagua me dejó tirada no me quedó más remedio que coger un taxi. Me encontré de bruces con un hombre enjuto, de escasos cabellos blancos y rostro tan resquebrajado por las arrugas como sus manos por las manchas. A mi solicitud solo me respondió con una mirada extraña a través del retrovisor. ¿Qué quería decir con esos ojos caídos y vidriosos?

Unos diez minutos después de arrancar pronunció unas palabras que me dejaron helada.

─Tengo ganas de ir a un lugar solitario y follarte hasta partirte en dos.

─¿Perdón?

─No te hagas la remilgada. Se nota que te va la marcha… ─prosiguió con una mueca que pretendía ser una sonrisa sugerente─. Nos lo montaríamos ahí atrás, donde estás tú. Seguro que eres de las que se mueven cuando la penetran, como una bailarina brasileña. La última con la que estuve era un palo de escoba… Pero algo me dice que contigo tendré suerte.

No hallaba la ocasión para irme. ¿Qué le hacía pensar que yo estaba interesada en él? Confirmaba el mito del aburrimiento infinito de los taxistas. Tantas horas parados o dando vueltas por la ciudad hacen que se les caliente la cabeza, y algunas veces se les baje el calor hasta la entrepierna. ¿Por qué no me recogió uno que lo tuviera todo en su sitio en vez de este sátiro sin ménades? Definitivamente aquel no era mi día.

─¿Sabes? Me gustaría tener más contacto contigo. Si no te decides hoy te doy mi número y quedamos para otro día. Además, podríamos hacer un ménage à quatre con una pareja que llevé desde el aeropuerto hasta el hotel que hay más arriba de aquí.  Nunca he hecho uno. Debe ser fabuloso…

Nos detuvimos en un semáforo en rojo.

─Me bajo aquí ─afirmé con toda la mala leche que hervía en mis entrañas.

Antes de que se diera cuenta me desenganché de su convoy, tan cargado de decadente lascivia. Caminé con paso rápido para perderle de vista lo antes posible. Al llegar a mi destino se esfumó la incomodidad de ese momento y solo quedó lo estrafalario.

No sé si habrá conseguido a su bailarina particular, pero espero no volver a encontrarme con él cuando vuelva a coger un taxi.

ιουδειθ

© Carmen Cuarzo

Bécquer digitalizado

Hay personas que se clavan en el corazón sin haber compartido mucho tiempo con ellas. No creo que vaya a ser sencillo poder olvidar a aquel chico.

Le conocí en una librería. Lo primero que vi fue su mano chocando contra la mía por un ejemplar de Rimas de Bécquer. Nos disculpamos y se lo cedí a él después de insistirle en que lo hiciera. Sirvió de trampolín para que hablásemos de libros, escritores, discos, películas, actores e invitarme a un café en la terraza de enfrente.

No me resultaba desagradable. Joven pero culto, tímido pero decidido. No me costó mucho perderme en el castaño de sus ojos, desear meter mis dedos en la abundancia de su cabello oscuro y rizado, besar la finura de sus labios y la suavidad de su piel clara. Solo tuve que esperar dos días para ver cumplidos mis anhelos.

Después de un paseo por la avenida marítima fuimos a mi piso con la excusa de prestarle unos libros que tenía curiosidad por leer. Mientras yo se los alcanzaba poniéndolos sobre la mesita del salón percibí que él también lo deseaba. En menos de lo que dura un segundo estábamos desnudos sobre mi cama, practicando el estilo de gimnasia que tanto gusta… Se movía con una pasión inusitada, como si la vida le fuera en ello. Nunca me ha gustado la desgana, pero esa entrega no la recordaba desde hacía muchos años. No me incomodaba. Es más, lo hacía todo muy especial.

Repetimos varias veces a lo largo de uno o dos meses, pero la que más recuerdo fue una en la que después del acto carnal tuvimos una conversación que me sacó de órbita.

─¿Quieres venir a un concierto con mis amigos?

─No ─respondí tajantemente─, ¿no te das cuenta de nuestra relación? Te lo voy a explicar… Tú y yo no somos novios; somos dos personas adultas que se atraen y disfrutan de esa química… Así de simple.

─Está bien ─dijo antes de levantarse y comenzar a vestirse.

─¿Qué ocurre? ─sus ojos estaban acuosos, pero nada resbalaba de ellos.

─Nada ─respondió mirándome con fijeza─. Es mejor dejar las cosas claras.

─¡No te vayas así! ─le supliqué mientras me tapaba con una bata.

─Tranquila ─me detuvo con un nudo en la garganta─, quien estuvo mal fui yo.

Exhaló un suspiro y se marchó lo más rápido que sus pies le permitieron. El sonido de la puerta hizo que me desplomara sobre la cama. ¿Qué había hecho yo? No lo sabía con certeza, aunque algo había quedado bastante evidente… ¿Aún queda espacio en esta sociedad fría y materialista de cambio de milenio para esa llama que arde sin consumir?

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Desde entonces pienso en él con frecuencia. No es porque sienta lo mismo, sino porque el cristal de su corazón será rallado mil veces en este mundo de acero y resina que nos obliga a integrarnos en él.

Espero que haya aprendido a luchar.

 

ιουδειθ

© Carmen Cuarzo

Juego de chicas

Nunca deja de sorprenderme la brusquedad que algunos emplean con los demás, en especial con las mujeres. ¿Por qué digo esto? Por el encontronazo que tuve ayer en un bar…

Estaba tranquila en la barra, tomando mi copa y disfrutando de la música que pinchaba el D.J. cuando me sorprendió un hombre joven sentándose a mi lado.

─Hola ─me saludó con mucho encanto─, he estado mirándote y no he podido resistirme a decirte algo.

─Muy bien ─contesté yo─, pero un hola me parece poco…

─Es verdad ─una chica nos miraba con atención desde una de las mesas─, quería proponerte algo ─él correspondió a esa mirada─, a mi chica y a mí nos gustaría hacer un trío contigo o hacerlo tú y ella mientras yo miro.

─No me interesa ─afirmé tajantemente.

Su cara mostró agravio. Ella tenía un gesto que mostraba contrariedad y alivio al mismo tiempo.

─¿Por qué no? ─volvió a sonreír─. Será divertido…

─Creo que solo para ti ─seguí con la misma actitud para que se diera cuenta al fin de que ese tema no iba conmigo.

─Me da que no lo has probado. Te va a gustar. Al fin y al cabo todas las tías son bisexuales…

Eso acabó por enfadarme. ¿Qué sabía él de mí para decir semejante tontería? ¿Había estado con todas las mujeres de planeta? ¡Valiente gilipollas! No me contuve más.

─¿No sabes aceptar un no por respuesta? ¡Pues aprende! Que desees con todas tus fuerzas que las tías cumplan tus fantasías no significa que seamos bisexuales… A algunas solo nos van los hombres y los queremos para nosotras solas. ¿Por qué no le has propuesto a tu novia o lo que sea hacer un trío con otro chico y que después tú y él os lieis ante sus ojos? ─una expresión de asco en su rostro respondió a la pregunta─. Pues a mí no me ha hecho falta hablar con ella para saber que esto solo lo hace por ti. ¡Vete a la mierda!

─¡Qué rara eres! ─se despidió en un agudo tono de desprecio que no me hizo mella.

Respiré hondo y volví a mi serenidad. Les vi intercambiar un par de frases antes de que él la cogiera del brazo y se fueran del local con paso rápido.

Me dio qué pensar ese incidente. No era la primera vez que un tío sin demasiada sesera me afirmaba esas cosas como un hecho irrefutable. ¿No voy a saber yo mejor que nadie lo que me gusta y lo que no? ¡Venga ya!

En fin, mejor me olvido de los hombres de las cavernas y sus muñecas hinchables.

Me voy a dar un paseo, en casa nunca se pesca nada…

ιουδειθ

© Carmen Cuarzo