La virgen Stara

Rellena y aprende de una encuesta de salida…Stara 16

 

Lo conocí en un aeropuerto, casi escondido tras una columna. Jamás lo había visto y, aunque nos habíamos citado a través de largos mensajes, ambos nos miramos. Por un instante hubo una duda, después una sonrisa y un tímido beso cuando en realidad habíamos quedado para profesarnos el amor que creíamos tenernos y soltar el deseo de follar.

Habíamos planeado tres días de amor aunque, en realidad, ambos sabíamos serían de sexo porque el amor sin contacto es etéreo y no deja marcas.

Comimos y con una botella de vino nos recostamos en el sofá, abrazados, riendo y buscando conocernos, buscando alargar el momento antes de meternos en la habitación, preciosa por cierto, con un enorme ventanal al mar.

Cuando al fin estuvimos en la habitación su prudencia resultaba extraña. Estaba nervioso y quería ir muy lento pese a que yo me despojé de la ropa en un santiamén. Sólo la luz de unas velas nos alumbraba y me acerqué a la ventana mientras que él se colocó detrás de mí. Entonces intentó penetrarme y digo intentó porque mis generosos glúteos se lo pusieron difícil.

 

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Lo sentí tímido, casi tembloroso. Me puse un cinturón y le animé a dominarme con él pero no le gustó, quería romanticismo. Se quedó inmóvil cuando, abriendo yo bien mis piernas, le mostré mis labios vaginales y parece que esto sí que le gustó porque en ese momento se olvidó del romanticismo y, arrodillándose, los lamió hasta hacerme fluir ríos por las piernas. Llegué a pensar que era el primer coño que había tenido en su boca en vista de la devoción y el ansia con que lo devoraba. Después me poseyó y volví a recordar el color de la pasión ya olvidada. Ese tímido hombre fue mío y lo sigue siendo, lo embrujé hasta el punto de hacerle probar su propio semen que cayó en mis labios al correrse gracias a mi mamada.

Desde entonces mis piernas siempre están húmedas y la gota de sangre que apareció en las sábanas no fue casual, marcó un destino de cavernas húmedas que huelen a mora y saben a vida, que necesitan de pasión para sentir que el amor existe no sólo cuando dos cuerpos se unen sino también cuando las dos almas que los habitan comparten otra existencia.

 

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Corte de manga de Stara

“Protectores del silencio para lapidar el sentido de los nombres y no se esconden”

“Para entender la sangre de alguien hay que acudir a la inteligencia… puro light”

“Hazme una lista de insultos pero cuando la hagas, animal de cuatro patas, hazla siempre para follarme”

…Stara 16

 

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En épocas de sequía vendrán tiempos mejores y no es la sed lo que me hastía sino la insufrible vanidad de tanto sosegado pene.

Hostigar hay que a tanto macho que se dice portentoso y luego nada, energías gastar en palabras vacuas, hipopótamos de manteca y grasa, sin deseo, nada que sacar de sus prepucios flácidos desde qué, sólo mamarrachadas y fanfarronadas de tamaños y durezas y mi clítoris nada, cariño, ni se inmuta, y mis túneles, nada cariño, ni se humedecen, vacío e indigencia no más porque de palabras no se alimenta el cuerpo ni tampoco el espíritu. De cartas de antiguos amantes que he recibido recientemente sí. Mi memoria se aleja hasta aquel maltrecho lecho dentro de su caravana. Su rubia melena de vikingo y su cuerpo largo de sílfido sobre las tablas de surf, haciendo surf sobre mis muslos. Me recordaba en su carta cuántas cosas me haría de tenerme hoy en día en su caravana choza de león hambriento y duro como ninguno de estos que me rodean en mi nueva vida familiar impuesta, una mierda esto en fin, para qué hablar más, mejor imaginar cuánto me seducía el león vikingo aquellos veranos ardientes en su caravana, uno detrás de otro, su lengua de león lamiendo mi cuello sigue bajando hasta mis pezones donde los chupa, los lame, los aprieta apenas hasta llegar a morderlos, se endurecen ahí entre sus dientes y me vuelve a chupar y sigue su lengua bajando hasta el ombligo, principio de mi existencia toda donde lo moja de saliva, en círculos a su alrededor derrama líquido de palabra en la piel sobre mi útero, mi fantasía se enciende, león de las aguas, ¡eres realmente cojonudo!, podrías venir aquí y darle una lección de sexo a todos estos acomodados machitos de tamaño XL, sólo en sus palabras porque en la práctica, ¡nada!, es el bullicio del fútbol, el ruido por el ruido, no como los gritos que me hacías soltar tú dentro de aquella caravana en el sur de mi isla. La tierra toda temblando, girando alrededor de mi placer sostenido por la punta de tu lengua de león sobre mi clítoris, la perla se hace dura y te llama ahora sí que me estoy mojando sólo de releer tu carta, león vikingo, sacudida entre mis piernas, ¡joder, eres cojonudo!, ahora te amarras el pelo rubio de guanche vikingo, menceyato caliente hasta las cejas, en una coleta y sé que ya no puedes más, que vas a lustrar tu pene con la grasa de mis túneles. Eres y no eres un dios, algo así como un tótem que me ha traído hasta este agujero de ruedas y paredes de metal, todo tan desequilibrado, desmoño y falta de control, parece que va a caer de las sacudidas adentro, tan pronto tierno regando la rosa, tan pronto guerrero en la plena ebullición del mundo, sin piedad, hasta me duele pero es un gusto, un gusto que no acabe, con coca o sin coca en el prepucio que se inflama para mí, ¡guau, eso sí que es una verga, tío! exclamo, ¡con eso me empalas hasta el agujero! Rozada toda que vas a dejarme menceyato de las aguas sureñas. Con tus fuertes manos me agarras la cintura y me la clavas, así de rodillas como estás en tu camastro y yo tumbada rodeo tu marcada cintura con mis piernas y me duele tu brusquedad ¡ay! aunque no, no me duele, me gusta, no, me duele, no, me gusta, sí, menea en un mete y saca, mete y saca de placer y dolor al mismo tiempo, esto sí que es una cabrona porra toda repleta de poder, no la flácida salpicadura de estos falsos poetas XL que no llevan los calzoncillos al revés porque siempre tienen a una ex pendiente y dependiente detrás de ellos, ¡no me jodas! y si no es la ex es la jodida madre que los parió; sin sexo debió de ser porque yo no sé ni cómo lo hacen en estas sosegadas tierras donde no parecen necesitar follar ni para multiplicarse. Y vuelvo a la carta del salvaje en tierra de menceyatos: Lástima tenerte tan lejos, me dice en un acceso de ternura, de estar aquí ahora conmigo, me dice, te pondría en posición de potro y te lamería el agujero del culo para lubricarte y luego te la iría metiendo despacio, sin apresuramiento, primero el prepucio, luego un trozo de tronco, sólo hasta el principio de mis venas, sólo para que sientas su relieve cómo palpita y se hincha por la añoranza que te tengo, en tu honor me rasparé las rodillas follándote sobre cualquier plataforma, me dice, en tu honor frotaré mi pene con las paredes de tus túneles hasta sacarte toda la sangre de adentro, no pararé hasta oírte gritar no una, ni dos, ni tres. Joder, menceyato, eras jodidamente bueno, no lo pongo en duda, habré de cruzar los mares, mandar a todos estos pringados XL a tomar por culo!!!

… dirigido especialmente desde la sucia boquita de esta Stara a todas aquellas mentes y corazones repletos de sucia hipocresía, que no son pocos, a ellos mi más intenso corte de manga…

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Taxi Norte

La gata deja su esencia en los ojos de muchos

 

Nunca olvidaré aquellas primeras vacaciones y últimas de mi ruptura con quien me arrebató un corazón que había vuelto a latir con generosidad y valentía, con la pasión que sólo es comparable a los primeros amores.

Me llevó a un modesto hotel asturiano ubicado en una cala. Durante el día y en pleno mes de agosto la cala se volvía imposible de pisar, sin embargo, llegado el atardecer, enmudecía para convertirse en una sorpresa para los sentidos cuando bajaba la marea y se transformaba en un reducto de silencio, paraíso perfecto para sentarse en la arena y hablar sin prisas. Ya sabía dónde me llevaba, él conocía muy bien aquel lugar, había buscado un rincón donde el reloj quedase aparcado y mis agujas pudieran moverse con libertad.

La primera mañana me despertó como yo no estaba acostumbrada, imbécil de él, era un romántico y pegado a mí abrí los ojos sintiendo sus labios en mi cuello, sus manos en mis pechos y su pene entre mis piernas. Por unos instantes me hice la dormida, me gustó sentir su excitación hasta que le dejé penetrarme. El niño duró bastante y me hizo correr dos veces, tiempo durante el cual moví los labios de abajo y los de arriba para gritar sin importarme que me escuchasen desde las habitaciones de al lado.

Así que aquel día había comenzado con una amplia sonrisa en la cara y con un buen desayuno frente a la arena antes de que llegase la marea de turistas. Lo tenía todo previsto, sabía de mis apetencias y propuso que no nos quedásemos allí, que cogiésemos unas birras y unos bocadillos y nos fuésemos a caminar un rato. De tal forma me llevó por un angosto sendero de monte hasta una preciosa playa natural, nudista y rocosa en la que pasamos el día tomando el sol, riendo, nadando en unas aguas frías que apenas le bajaban la erección al muy cabrón ya que insistía en bucear entre mis piernas a cada rato rozando sus labios contra los míos que aquella mañana, en la habitación, ya habían hablado por dos veces y que se sentían hinchados y desnudos y él podía verlos constantemente y su erección era prominente y permanente.

 

"Serie azul", © Esther Álvarez, 2016.

“Serie azul”, © Esther Álvarez, 2016.

 

Tras no sé cuántas horas, perdida completamente la noción del tiempo, él manifestó su interés por enseñarme una pequeña gruta que había a unos metros tras nosotros. Estuve de acuerdo y hacia allí nos dirigimos. Al entrar toqué la frialdad de sus paredes y de inmediato percibí a mi espalda al vástago queriendo explorar mi sexo, metiendo su cabeza. Así que para eso me había traído hasta aquí, pensé. Ya empezaba yo a excitarme de nuevo cuando, repentinamente apareció una pareja y tuvimos que dejarlo. Irritados por la calentura salimos de la gruta y volvimos a tumbarnos en la arena hasta que la marea subió, por cierto de qué forma en Asturias, y subió tanto que de pronto nos percatamos de que sería imposible volver por donde habíamos venido. Para regresar tendría que enseñarle a escalar las rocas, no quedaba otra opción. De esta forma acabamos ambos trepando la pedregosa costa yo, por supuesto, delante, y él, cómo no, detrás, sin sacar sus ojos de mi sexo, el muy salido, que asomaba de mi cortísimo short vaquero.

Cuando llegamos a la habitación nos resultó imposible contener el deseo, tampoco lo intentamos la verdad, y nos devoramos a pesar de que habíamos quedado en ir a cenar a un asador cercano. Permití que limpiase la sal del mar de mis labios con los suyos. Tras esto los asadores aún estaban abiertos y allá fuimos a cenar porque ambos queríamos más carne y la brasa, caliente como estaba, pedía más y más condumio. En el restaurante no cesamos de reír, un vino tras otro, y su mirada de deseo se clavaba en mis pezones que marcaban sus insinuantes relieves bajo el fino tejido de mi camiseta.

Volvimos al hotel tarde y ya había desaparecido la multitud. En el parking sólo los grillos nos saludaron. Le dije que se fumase un cigarro, que no había prisa y que podía acabar de escuchar “Just Give Me a Reason” sin embargo, al instante, salté como una gata al asiento trasero, me saqué las botas y el short, no las bragas porque no llevaba, y le mostré mis labios al tiempo que mordía los de mi boca. Se quedó patidifuso, nervioso y temeroso de que pudiesen vernos. Tras esta inicial confusión, ya recobrada su capacidad de raciocinio, apagó el pitillo y vino a sentarse junto a mí. Allí se dejó hacer de todo y me lo follé ni sé por cuánto tiempo hasta que sucedió lo mismo que en la cueva aquella tarde, al lado nuestro aparcó otro coche y lo tuvimos que dejar. Casi sin abrocharnos los pantalones volamos a la habitación y allí sí que tuvimos una larga y bonita noche de grillos.

¿Sabéis qué sucedió el resto de las vacaciones? Pues es fácil de imaginar cuando mantienes una sonrisa en la cara y te dejan soñar. Le enseñé a tocar las notas más afinadas y las más desafinadas en las húmedas rocas de mi cuerpo.

 

"Serie rojo", © Esther Álvarez, 2016.

“Serie rojo”, © Esther Álvarez, 2016.

 

Luego aquello terminó no sé ni cómo. Lo cierto es que de ese tipo ya casi nunca me acuerdo, sólo en extrañas ocasiones como esta y entonces pienso: ¡que le den al muy cabrón!

“Bilbao 88”         firma2