Polvo literario

Tras leer las confesiones de Judit, aunque afirma que las realiza coaccionada por la “señorita” Rut, creo de justicia contar al público un episodio que sucedió no hace mucho tiempo y en el que participó también una tercera mujer, que podría tratarse de la sensual Stara.

Ocurrió en una vieja casona de La Laguna sede de una distinguida sociedad cultural, la noche de la presentación de mi última novela, que fue en uno de los salones de la planta baja sobre grandes lápidas de piedra gris bajo un techo de laberíntico artesonado de madera, con la humedad lagunera como atmósfera.

Mientras hablábamos el presentador, el editor, el anfitrión y yo mismo, las tres no paraban de ahogar sus risas a la par que se hacían confidencias al oído, lo que le aportaba un toque alegre a aquel modesto acto pretenciosamente rimbombante, ya que el resto de invitados parecían fantasmas momificados que llevaban en la casona desde su construcción en el siglo XVII.

Cuando terminaron las intervenciones, tocaba dedicar el libro a los asistentes al tiempo que un grupo de camareros servía un vino y diferentes viandas por fuera del salón, en el claustro de la casa. De forma pausada y caótica se formó una fila de personas interesadas en recabar mi firma, a cuyo término se colocaron las tres alegadoras, que continuaban ya en un tono más audible con sus cotilleos de contenido sexual explícito.

Las tres esperaron su turno hasta llegar al borde de la mesa. Seguían sonriendo cada vez con gesto más pícaro con sus tres magníficas y sensuales bocas, que comenzaron a entablar conmigo una conversación alusiva al tema de la novela y relacionada con la dedicatoria que querían que les escribiera en cada uno de los libros que sujetaban.

No llegué a poder escribirles nada porque mi próstata entró en modo pánico y tuve que pedirles que me disculparan pues necesitaba ir inmediatamente al servicio que se encontraba en la planta alta, a la que llegué tras subir unos oscuros peldaños desiguales que recordaban a cada paso su brillante e intenso pasado arbóreo y urbano, así como de caminar sobre listones de la misma época que se quejaban de los múltiples achaques causados por el tiempo transcurrido y el variable clima.

Cuando conseguí calmar la urgencia y salí del rústico pero elegante habitáculo, comprobé que en la habitación más cercana se encontraba la biblioteca de la sociedad cultural. Entré y empecé a recorrerla con mi vista, como si me encontrara dentro de una espiral de interminables estanterías, mientras me acercaba a acariciar con las yemas de mis dedos lo lomos de aquellas ediciones artesanales, como cualquier fetichista de libros que se precie de serlo.

Estaba ensimismado en mi fantasía, disfrutando del aterciopelado tacto de títulos de Balzac, Dostoyevski, Verne, Pasternak, Víctor Hugo, Tolstoi, Voltaire, Chejov, Baudelaire, Pushkin, Dumas, Gógol, Moliere, Gorki, Flaubert, Sholojov, Simone de Beauvoir, Goethe, Rimbaud, Joyce, Zola, Faulkner, Stendhal, Huxley, Marguerite Yourcenar, Shakespeare, Chateaubriand, Whitman, Tolkien, Defoe, Mann, Insen, Nabokov, Boccaccio, Dante, Sade…, cuando fui interrumpido por aquellas tres mujeres que no parecían ni enojadas, ni con la intención de reclamarme las prometidas  dedicatorias. Más bien parecían fascinadas por mi fetichismo, por encontrarme excitado con el tacto de aquellas vistosas encuadernaciones, y comenzaron a imitarme en busca de la misma sensación que mi rostro y mi cuerpo manifestaba. Así fuimos recorriendo, ejemplar tras ejemplar, respirando literatura y transpirando literatura, hasta que acabamos empapados de emociones, de recuerdos de lecturas compartidas.

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No sé cómo sucedió, pero a los cuatro nos sobraba la ropa y comenzamos a desnudarnos, tanto de las prendas como de recuerdos de lecturas, y rozábamos la piel primero con los libros y luego, como parecía inevitable, cuerpo a cuerpo, como si necesitáramos transmitir piel a piel todos los estremecimientos que nos habían proporcionado las lecturas y las experiencias de nuestras vidas.

Y seguimos abrazándonos, acariciándonos, besándonos, lamiéndonos, follándonos con todo lo que teníamos a nuestro alcance, mi polla, mis dedos, mi boca, sus dedos, sus pechos, sus culos, sus bocas… con el ritmo agitado que marca toda intensa pasión, todo intenso placer.

Hasta que caímos exhaustas, extasiadas, relajadas, sudadas, ligeramente temblorosas, tántricamente cachondas, agradecidas… Y desde entonces me siento más mujer, porque experimenté en mi propio cuerpo el orgasmo que tantas veces había provocado en el cuerpo de aquellas mujeres con las que había compartido mi sexo y que se lo tenían bien merecido.

Tras unos interminables instantes de reposo, nos incorporamos sin decir palabra y comenzamos a vestirnos como si interpretáramos una nueva coreografía cómplice, convencidas de que aquella experiencia había sido un ‘aquí te pillo, aquí te mato’, que había durado tan sólo unos minutos y que podríamos volver sin tener que dar explicaciones a incorporarnos a las conversaciones de pasillo y a degustar los sabores que había preparado la empresa de catering contratada para el evento.

Pero, cuando bajamos, el rebumbio que escuchábamos no procedía de los asistentes al acto, sino de una brigada de profesionales de la limpieza que acometía desde primera hora de la mañana la tarea de preparar la casona para acoger las actividades formativas previstas para ese nuevo e inesperado día.

Luego pregunté en confianza a algunas amistades que habían estado en el acto si se había notado mi temprana marcha del lugar, pero nadie recuerda que me hubiera ausentado. Ni tan siquiera que hubiera publicado y presentado una novela.

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Post escrito por el amigo de Rut: “ALAIN”

 

La guerra del fin del mundo

En esta historia soy un humilde soldado raso alemán durante la Segunda Guerra Mundial, en los últimos días antes del fin de la misma en Europa. Berlín está a punto de caer en manos de los aliados y la ciudad se encuentra presa de los bombardeos indiscriminados.

Me refugio en una bella mansión localizada a las afueras de la ciudad germana. Allí me atrinchero viviendo de los enseres y viandas que los dueños han dejado en la despensa tras abandonar apresuradamente el lugar. Un día despierto con el cañón de un fusil soviético apuntándome directamente a los ojos y sobre la cama veo a cuatro rusas, verdaderos bellezones, de las que por aquel entonces la Unión Soviética reclutaba para los pelotones de  infantería, especialmente como francotiradoras, con el argumento de que las mujeres siempre habían demostrado más presteza y sangre fría en el manejo de las armas que los hombres.

Inicialmente me asusto pero en seguida me percato de que no me quieren matar. En su alemán mal pronunciado me ponen al corriente de que no están con ningún regimiento. Son desertoras que están aprovechando los placeres que la guerra les brinda y tienen la irresoluble intención de establecerse en esta casa hasta que los víveres se acaben.

Los primeros días se divierten conmigo practicando sobre mi persona toda suerte de humillaciones. Me obligan a que cocine para ellas y me dan bofetadas con sus manos enguantadas si la comida no resulta del todo de su agrado. Me visten con las ropas de mujer que encontramos en los armarios y entonces se burlan de mi aspecto afeminado. A carcajada limpia me fuerzan a que les sirva de criada y les coloque sobre sus pieles desnudas también los trajes de la antigua señora de la casa. Entonces debo decirles lo guapas que están si no quiero recibir un cachetón tras otro y en caso de no sonar convincentes mis elogios empiezan a propinarme sopapos con sus duros guantes de cuero.

Entre ellas se llaman por sus rangos, una es Sargento, la otra Cabo, las otras dos son sencillamente Soldado. A estas últimas en mi pensamiento yo las distingo como Soldado Rubia y Soldado Morena.

En ocasiones, los juegos adquieren un matiz sexual. Un día de esos en los que ellas me han obligado a vestirme de mujer, al entrar en el guardarropa me encuentro a la líder de la pequeña tropa de desertoras, a la Sargento, masturbándose con las piernas abiertas en el suelo. La visión de tal espectáculo me deja con una erección demasiado grande como para ignorarla. Ella parece darse cuenta pero no estamos solos, las demás también acaban de hacer su aparición. En ese instante dos de ellas me agarran por los brazos y me ordenan tumbarme para que su líder pueda follarme todo lo que le plazca. Me opongo, a pesar de mi erección no deseo hacerlo, no al menos de este modo, de verdad no quiero, forcejeo, no me caen bien estas mujeres, mis captoras, de verdad que no quiero, vuelvo a intentar zafarme de sus garras, ni me gustan, ni las deseo, aunque mis instintos me traicionen. De repente la segunda en el mando, la Cabo rubia con ojos azules como el hielo, saca una pistola Luger, probablemente arrebatada a algún alemán muerto durante el bombardeo, y me apunta con ella a la cabeza. Su mensaje es claro y contundente: “Como no te la folles te volaré los sesos aquí mismo, así que fóllatela y fóllatela bien porque si no juro que te volaré las dos cabezas, la de arriba y la de abajo”.

Con un sollozo me tiro en el suelo. La jefa, una belleza morena de rasgos asiáticos parecidos a los de las tribus de la estepa siberiana, me levanta la falda de señora que llevo puesta, se sienta encima de mi ingle y comienza a moverse como si de un torbellino se tratara. Apenas ha empezado cuando otra de las desertoras se coloca sobre mi boca y, echando hacia un lado la larga pamela que me habían colocado sobre la cabeza, me ordena comerle el coño amenazando con que, de no hacerlo, me esperará el mismo castigo que su superiora me prometió. Intento complacerlas lo mejor que puedo, primero a estas, luego a las otras dos que inicialmente se habían conformado con mirarnos mientras se tocaban entre ellas en un pequeño rincón del guardarropa. Atrás queda la guerra, el hambre, el miedo y la muerte. Atrás queda el mundo. Detrás de esas cuatro paredes sólo palpita la Nada.

Se corren las cuatro y empapan todo mi cuerpo y las telas de mi vestido con sus fluidos, me siento un mero recipiente de eyaculaciones femeninas. En cuanto han terminado se frotan en grupo un rato más antes de acercárseme y empezar a acariciar mi erección que sigue en pie a pesar de las bruscas acometidas de estas mercenarias del infierno. Un par de movimientos más por parte de la enguantada mano de la salvaje generala hacen que una lluvia de líquido blanco se estrelle contra su cara.

Estoy demasiado cansado. No he comido muy bien los últimos días. Apenas he dormido tampoco y el esfuerzo de tratar de mantenerme con vida mientras cuatro sádicas soldados, procedentes de los cuatro rincones de la Madre Rusia, me follaban, obviamente, no me ha sentado lo que diríamos genial…

Antes de perder definitivamente el conocimiento veo cómo la líder se acerca, se quita el guante y me roza la mejilla en un acceso inesperado de ternura. Durante un instante su mirada y la mía se encuentran. Es una sensación inexplicable, sorprendente porque en este breve intervalo de cinco segundos me percato de todo el cariño que ella me hubiera dispensado de no haber sido por la crudeza de las circunstancias históricas en las que nos hemos venido a conocer, ¡jodida guerra!

Horas más tarde vuelvo en mí y ellas ya no están. Todavía llevo puestos los encajes de mujer. Me los saco inmediatamente y me pongo el uniforme. Me asomo a la ventana, observo el desolado paraje. Insisto en ver la silueta de las cuatro guerreras entre la bruma del amanecer pero ni rastro. Me encojo de hombros. Ya no tengo nada que hacer aquí, apenas queda comida en la despensa, moriré de inanición si permanezco en esta área, a treinta kilómetros de una Berlín asediada y sin provisiones.

Salgo arrastrando los pies y avanzo por la carretera sin rumbo. En mi memoria las cuatro desertoras aún brincan y gimen sobre mi lomo cual caballos desbocados. Por el camino, ya cerca de la ciudad, tropiezo con una patrulla rusa. Ninguna soldada entre aquellos hombres. De haber sabido ruso y de no haber corrido el riesgo de ser cogido prisionero me habría acercado a preguntarles por ellas. Opto sin embargo por camuflarme entre unos escombros y desde allí me fijo con detenimiento. Nada, ni una sola melena, ni una hermosa y fornida generala de rasgos asiáticos, ¡jodida guerra!

Cuando la patrulla enemiga se aleja lo suficiente emerjo al fin del escondrijo y continúo mi camino, no sé hacia dónde exactamente, en tiempos difíciles es vago e incierto el destino del hombre… hacia la costa tal vez y de ahí a otro país, a otro continente, quizás a otra vida.

 

firma de Nadir

Post escrito por el amigo de Rut: “NADIR”

Tres regalos para Lucy

Toqué el timbre de manera apresurada mientras echaba un vistazo a la calle. No mucho tiempo atrás solía merodear por allí, ya fuera porque mi discoteca favorita estaba cerca o porque iba a verla. Lo cierto es que no había esperado volver a pasar por la zona en un tiempo, a no ser que fuera por pura casualidad.

Mi sorpresa fue máxima cuando me abrió la otra, Rut. Qué raro, no esperaba encontrarla aquí. Aunque claro, teniendo en cuenta que ambas eran buenas amigas no resultaba del todo extraño. Nunca me había hablado demasiado con Rut, habíamos ido juntos a cenar con Lucy un par de veces, habíamos coincidido en alguna fiesta que otra. No es que me cayera mal. Era una mujer rondando la mitad de la treintena, delgada y de pelo negro oscuro, con ojos castaños rasgados que la hacían tener un toque oriental, y unos labios bastante marcados siempre cubiertos con un pintalabios rojo pasión. Me parecía bastante guapa y estaba seguro de que, prejuicios aparte, ella y yo en otro tiempo podríamos habernos caído bien. Me fijé en la ropa que llevaba, un vestido de seda negra que le marcaba bastante sus voluminosas curvas y dejaba entrever, a la luz del sol, su ropa interior. Tenía los pechos más grandes de lo que había pensado…

─¿Te vas a quedar ahí parado o piensas entrar? ─me increpó. Yo volví en mí, dejé de mirarle las tetas y procedí a darle dos besitos de cortesía en la mejilla. Aspiré su aroma a perfume, lo cierto es que olía bastante bien. Me dejó pasar y cerró la puerta.

─Bueno, ¿para qué quería Lucy verme? ─pregunté.

─Eso tendrás que preguntárselo a ella ─me respondió Rut sin dar más  detalles─, pero antes de verla hay algo que debes hacer.

Me quedé estupefacto. Se había puesto de rodillas, me había abierto la bragueta, me había bajado los calzones y se estaba metiendo mi polla en la boca. Mi polla, que, como es normal en situaciones como estas, estaba creciendo por momentos.

Rut comenzó a juguetear con su lengua y pasó esta por todos los recovecos de mi instrumento. Fue avanzando poco a poco por el glande y me temblaron las rodillas, no había duda de que la experiencia era un grado en esa mujer. Me sostuvo el miembro arriba y me chupó los huevos. Me estaba poniendo a cien, ¿que pretendía esa tía? Siguió succionando poco a poco, rodeando mi capullo y cubriendo mi manubrio de arriba a abajo con una limpieza de sable ejemplar. Pareció quedarse satisfecha, y tras esto añadió:

─Perfecto, creo que ya estás listo ─dijo, entonces se levantó y agarrando mi polla como quien te va llevando de la mano, me dirigió a través del pasillo hasta el salón de la casa de Lucy.

Lo que vi ahí me dejó boquiabierto. Había dos tíos, en pelotas, sentados en uno de los sillones, ambos con los miembros enhiestos y en la mano, tocándose para mantenerlos duros y que no flaquearan en ningún momento. Noté cómo se les endurecía todavía más al ver entrar a Rut en el salón. Me pregunté si a lo mejor ella les habría dado el mismo recibimiento que a mí, supongo que eso fue lo que sucedió. A uno de ellos lo reconocí al instante. Era Jose, igual que yo, un antiguo amante de Lucy, un tío de ojos verdes, un par de años mayor que yo, pelo corto y moreno, y un cuerpo bastante bien definido. Me había caído bien las pocas veces que habíamos coincidido, era un tipo bastante legal. Él también me reconoció y me saludó con una leve inclinación de cabeza, antes de volver a centrar su vista en Rut, a quien le acarició el muslo con dulzura.

Ella le apartó la mano sin dedicarle ni siquiera una mirada, optó por dirigirse a mí:

—Ahora voy a buscar a la anfitriona arriba. Nadir, será mejor que te vayas quitando la ropa, creo que sería incómodo para todos si vas a estar vestido —y dicho esto, comenzó a subir las escaleras con esas bragas negras transparentes, mientras movía el culito con cada taconazo que daba.

Me apresuré a quitarme la ropa antes de dedicarle una mirada al otro hombre que estaba con nosotros en la habitación. Era un chico moreno, alto y de ojos marrones, bastante musculado pero no lo suficiente como para resultar grotesco. Me pregunté quién sería y empecé a barajar nombres. Podría ser Julián o Mario, alguno de los otros ex de Lucy, pero no estaba seguro. Me lo quité de la cabeza cuando empecé a oír el ruido de dos pares de zapatos que bajaban los escalones. Me pregunté qué ropa tendría puesta Lucy.

Y no llevaba puesto nada. Bueno sí, un conjunto de lencería negra que le cubría muy poco. Podías ver toda su anatomía, Lucy era una verdadera ‘BBW’ (Big Beautiful Woman), anchas caderas, pechos enormes coronados por pezones erguidos que siempre te quedaban ganas de chupar, un culo tremendo que te daban ganas de morder y palmear en cuanto lo veías aparecer. Todo eso acompañado por una graciosa naricilla, unos ojitos oscuros y almendrados que me parecían demasiado tiernos y un pelo castaño que se me antojaba perfecto tanto cuando estaba recogido como cuando estaba suelto sobre sus hombros, tal era el caso ahora. Además, es una de las pocas mujeres que conozco que está prácticamente tan salida como yo, o al menos dispuesta a admitirlo. Siempre le encantó ver porno, masturbarse a todas horas, y follar, igual que a mí, por eso encajamos tan bien cuando nos conocimos.

Pero lo que me llamó la atención fue que era Rut quien guiaba a Lucy a bajar las escaleras, cogida de su brazo como una amante preocupada. Cuando el rostro de mi antigua amante se situó dentro de mi campo de visión, vi que Lucy tenía los ojos vendados por una tira negra. Avanzaba junto con su amiga riéndose, sin saber que ahí tenía a tres hombres que estaban deseando darle con todas sus fuerzas. Imaginé que Rut le había colocado la venda antes de bajar para entregarle una sorpresa y le habría indicado que le cogiera del brazo. En mi mente, a pesar de la excitación por los acontecimientos que se iban desarrollando, he de admitir que también se iban agolpando poco a poco las dudas. Me preguntaba si habría sido idea de las dos o solo de Rut, si acaso Lucy le habría comentado una fantasía aparentemente irrealizable en alguna noche de borrachera y su amiga se sintió en la obligación de ponerla en práctica. Rut acompañó a Lucy hasta la entrada del salón y se puso delante de ella.

—Bueno, ahora tienes que arrodillarte —le dijo. La sonrisa en sus labios era más que evidente. Se estaba descojonando con esto. Nos hizo señas para que nos acercáramos.

—De rodillas, vale —comentó Lucy, obedeciendo y agachándose—, ¡coño, que frío está el suelo!

—Tú no pienses en eso ahora —dijo Rut, aún con esa sonrisa de suficiencia—. Ahora mejor, ¿por qué no te inclinas un poco hacia delante? Eso es…

Jose era el que estaba más cerca. Su polla parecía tan dura que podría haber jurado que era una roca, y se erizó aún más cuando los labios de Lucy se acercaron progresivamente a ella.

—Más cerca, más cerca anda…—dijo Rut sonriendo todavía—, ya casi estás.

De esa manera la polla de Jose entró en contacto con los labios de Lucy. No sé qué podría estar pasando por la cabeza de mi querida en aquellos momentos, pero pude ver que una expresión pícara se formaba en sus rostro poco a poco.

—Vaya—le dijo, supuse que se estaba dirigiendo a su amiga—, me has traído justo lo que te pedí.

Se metió la punta de la polla de Jose en la boca, con la venda todavía colocada en los ojos, y comenzó a chuparla lentamente. Jose tenía un manubrio enorme, Lucy me lo había comentado muchas veces, y no era para menos, ya que era tanto gruesa como larga, y ella estaba tomándose bastante tiempo en pasarle la lengua por debajo y por arriba, y acariciarla con los dientes mientras se la restregaba por toda su cara. Intentó hasta hacerle una follada de cara, pero aquella tremenda envergadura no cabía en esa boca tan pequeña que tenía nuestra anfitriona. Lucy le subió la verga, como había hecho Rut conmigo, y le chupó los huevos, mientras con sus manos la acariciaba, bajando y subiendo poco a poco.

—Espera, espera, que hay más…—le comentó Rut susurrándole al oído. Se había puesto de rodillas detrás de ella y le estaba recogiendo el pelo para que no le molestara. Con la otra mano le acariciaba los pechos y le quitaba el sostén, dejando al descubierto esas dos tremendas tetazas que tanto me gustaban. Después descendió con su otro brazo hasta la vulva de Lucy tocándola como para comprobar si se estaba humedeciendo, y la expresión de su cara me hizo pensar que sí. Entonces llevó las extremidades de su amiga, ya que su boca estaba todavía ocupada con Jose, hasta el flanco del otro tipo que por lo que me había parecido escucharle decir unos instantes antes a Jose se llamaba Ulises, y el mío y esta sonrió aún más cuando notó nuestras dos tremendas vergas que estaban durísimas. Empezó a masturbarnos a mí y a Ulises con suavidad, bajando y subiendo mientras seguía chupando los huevos y la enorme polla de Jose, que gemía de gozo ante las atenciones de aquella bella mujer.

Comenzó a chuparnos las pollas a Ulises y a mí, y casi me corrí del gusto cuando sentí sus labios entrando en contacto con la punta de mi miembro. Había echado tanto de menos aquella boca, aquella lengua, aquel cuerpo… me empezó a lamer todo lo que se podía lamer, como Rut había hecho antes. Pero aquello era mejor. Mucho mejor. Me estaba volviendo completamente loco de placer con sus manos, sus labios, sus dientes. Siguió así durante un buen rato, hasta que se detuvo un instante y dijo:

—Yo no sé, pero estos sabores me suenan, creo que ya los he tenido antes en la boca.

Rut parecía que iba a decir algo pero no pudo impedir que Lucy se quitara la venda, dejando al descubierto esos hermosos ojitos almendrados que tanto me gustaban. Al vernos a todos ahí de pie en torno a ella, con las pollas endurecidas y humedecidas por su propia saliva, se quedó de piedra. Pero enseguida comenzó a reírse, tanto que parecía que iba a caerse hacia atrás. Se volvió hacia Rut con una expresión de descaro.

—Eres una cabrona, tía —le dijo guiñándole el ojo—, mira qué bien te ha salido el plan.

De modo que había sido una encerrona por parte de su amiga. Rut se encogió de hombros y, acto seguido, se puso en pie y se fue a sentar en uno de los sillones, dando a entender que desde ahí seguiría el espectáculo con la mirada.

Lucy continuó con nosotros, chupando, mamando y masturbándonos con sus manos y su boca. Intenté meter la mía hasta el fondo de su garganta, para hacerle una profunda, pero no pudo ser y, además, no quería forzarla hasta el límite de su capacidad antes de tiempo. El momento en el que más me excité fue cuando tuvo mi polla y la de Jose, las dos al mismo tiempo, en la boca. Es algo que me pone bastante a cien, que mi polla se roce con la de otro hombre cuando una chica me está dando placer. Creo que a Jose también le gustó bastante. Repetimos la misma operación unas cuantas veces, Rut nos miraba desde el sillón. Se había quitado las bragas negras y estaba masturbándose. Veía sus dedos rozarse poco a poco con su clítoris, mientras observaba como Lucy seguía entregando sus efusivas atenciones a nuestros miembros.

De repente, Ulises no se hizo esperar, se agachó y empezó a masturbar a Lucy, palpando su clítoris y metiéndole los dedos. Lucy empezó a gemir de placer, se notaba que le encantaba. Ulises sacó los dedos y se los metió dentro de la boca, saboreando los jugos de nuestra querida. Le pidió que se aupara un poco. Lucy se puso a cuatro patas, todavía con la polla de Jose y la mía en la boca, saboreándolas como quien prueba un chupete de fresa.

Ulises comenzó a penetrar a Lucy, al principio poco a poco, acostumbrándola, para después entrar y salir con violentas sacudidas, sus huevos restallando contra las nalgas de la preciosa morena mientras esta aullaba del placer. Siguió entregando su boca a Jose y a mí, que cada vez nos poníamos más cachondos al ver a Ulises montarla como si no hubiera mañana. No había duda, nosotros también queríamos un pedacito de ella.

Le dijimos a Ulises que cambiara de postura. El aceptó con un poco de mala gana. Se puso debajo de Lucy y comenzó a penetrarla otra vez, ahora empujando hacia arriba. Yo me puse detrás, separando sus nalgas y observando aquel culito que tanta hambre me daba. Admiré aquel pequeño orificio que me apresuré a lamer, dando círculos con la lengua alrededor del mismo antes de intentar introducirla poco a poco y chupar aquella pequeña abertura. Lucy suspiró, le estaba gustando. Me metí un dedo en la boca para lubricarlo con saliva y lo introduje, sin prisa pero sin pausa, en su ano. Metiéndolo y sacándolo. Después hice lo propio con otro, ya eran dos dedos que la penetraban.  Se le estaba abriendo el culo, dilatándose cada vez más y más. Me puse en cuclillas, encima de ella, y empecé a penetrarla lentamente por detrás, mientras Ulises seguía haciendo lo mismo por delante.

Simultáneamente, Jose se había levantado y estaba mirando la escena, completamente empalmado, un silencioso voyeur que observaba las lascivas atenciones que el otro hombre y yo impartíamos a nuestra anfitriona. Desde el sillón, Rut observaba la escena atentamente mientras se acariciaba el clítoris y se pellizcaba los pezones, y su mirada se encontró con la de él. No hizo falta decir nada, fue una comunicación casi telepática, ella no estaba dispuesta a que le quitáramos el protagonismo. Jose se plantó al lado del sillón y ella abandonó sus pechos para agarrar su tremendo manubrio, mientras que él la correspondió bajando los dedos hacia su humedecido coñito y dedicándole toda su atención con sus habilidosas manos. Me parecía algo bastante tierno, todo el mundo recibía algo, y eso a mi parecer era fantástico.

Ulises y yo seguíamos desviviéndonos con Lucy, al tiempo que ella emitía gemidos mezcla de dolor y de placer, o quizás de placer resultado del dolor. Ahora Ulises y ella se estaban besando, sus lenguas metiéndose la una dentro de la boca del otro, mojando sus labios con saliva, desesperados, hambrientos, pletóricos. Desplacé mi agarre desde las caderas de Lucy hasta sus hombros, no era una posición sencilla y estaba más que claro que para un principiante como un servidor no resultaba tan fácil como para un profesional del sexo entregado en cuerpo y alma. Mi mente había desaparecido y ahora actuaba por instinto, solo preocupado por mi deleite y el de los que me acompañaban.

En ese momento Jose apareció de nuevo en el panorama, no dispuesto a que le aventajásemos, y le pidió a Ulises que le cediese su sitio. Ulises accedió, otra vez un poco de mala gana, y se fue a que Rut saboreara en su polla los jugos de su mejor amiga. Yo salí del culo de Lucy y procedí a chuparle de nuevo el ano y morder sus gruesas nalgas, que estaban rebotando sobre el miembro de Jose con violencia felina. La gruesa polla de Jose aparecía y desaparecía delante de mí y lo cierto es que hasta me sentí tentado de pasarle la lengua por encima o hacer como había visto en muchas películas: agarrarla y chupar tanto su polla como el coño de Lucy, pero me contuve. No tenía la constancia de que a Jose le fuera eso, así que decidí no hacerlo, si bien ganas no me faltaron, pero era consciente de los límites que podía o no podía romper, y estaba más que claro que, al ser tanto él como Ulises prácticamente heterosexuales, ese era uno de los tabúes inquebrantables en esta orgiástica reunión, (en este tipo de encuentros se permite a las chicas jugar entre sí, a los chicos rara vez). Seguí chupando el culito enrojecido de Lucy, que rebotaba a más no poder, antes de decirle a Ulises que me sustituyese un rato sodomizando al bellezón de ojos verdes. Mientras él lo hacía, me dediqué a que Rut repitiese su limpieza de sable habitual. Estaba ansioso por sentir la lengua de esa preciosa morena rodeando mi glande otra vez. Se puso a ello inmediatamente, mientras yo observaba desde mi atalaya la forma en que Ulises y Jose penetraban a Lucy, que parecía en la gloria. Por sus expresiones, calculé que les faltaría poco para correrse, tenían en su rostro la mirada de unos hombres que están haciendo todo lo posible por luchar contra los mecanismos de su cuerpo para dominar con la mente sus viriles impulsos.

Cuando hubieron pasado apenas unos minutos, Jose procedió a apartar a Lucy de encima de él, y se puso sobre ella a derramar su simiente en la boca abierta de ella, encima de su lengua, que la ansiaba tremendamente. Era obvio que el pobre ya no aguantaba más. Ulises no se hizo esperar y también hizo lo mismo, dejando que su semen cayera sobre la garganta de nuestra morena. Yo me aparté de Rut y también regué de leche la lengua y la boca de aquella mujer a la que tanto deseaba, a la que tanto deseábamos todos. Lucy retuvo todo nuestro semen en los carrillos durante un momento, no sabía si se lo iba a tragar o no. Abrió la boca y dejó caer toda una lluvia blanca sobre sus pechos y sobre su vientre. Rut se acercó a cuatro patas, arrastrándose lentamente, y procedió a chupar nuestra semilla de los pechos de Lucy, mordisqueándole los pezones. En un instante, sus miradas se encontraron, y sonrieron antes de empezar a besarse tiernamente, al mismo tiempo que Lucy le permitía a su amiga del alma saborear la simiente que habíamos derramado dentro de ella.

—Bueno…—dijo Lucy, levantándose de repente con una sonrisa de ojos brillantes—, creo que me voy a dar una ducha.

Y salió a escape hacia su cuarto de baño, en la planta de arriba. Ni beso de despedida, ni un agradecimiento, ni una indicación de que aquello hubiese sido algo memorable. Nos quedamos algo abotargados, lo cierto es que lo habíamos pasado bien, todos nosotros, pero no podíamos decir que no nos hubiera costado lo suyo mantener el ritmo. A veces Lucy parecía dotada de una energía sobrenatural. Estábamos ahí, sudorosos, tiritando, con nuestras fuerzas gastadas, y nuestro objeto de deseo se había ido a donde no podíamos seguirla.

Pero todavía nos quedaba tiempo para algo más. Me giré hacia Rut.

—¿Tu aún no estás cansada, no…? —le pregunté, con los dientes afilados.

Ulises y Jose tuvieron la misma idea que yo y se acercaron lentamente hacia ella. Empezamos a besarla y a recorrer su cuerpo sudoroso, nuestros miembros estaban caídos tras la dura prueba con Lucy y era obvio que tardaríamos un poco en recuperar nuestras fuerzas, pero para entonces tendríamos a alguien nuevo con quien gastarlas. Rut sonrío con mis labios sobre los suyos, sabiendo que seguramente ella lo iba a pasar igual de bien que nosotros. Quién sabe, puede que incluso más.

 

firma de Nadir

Post escrito por el amigo de Rut: “NADIR”

 

Siguiente

Estaban allí todos. En aquel sótano oscuro y asfixiante. Esperando su turno. Tenía la falda en la cintura, las bragas en los tobillos y estaba muy excitada. El primero la había subido a aquella mesa enorme y ahora, se estaba quitando el cinturón sin dejar de decirle lo preciosa que era. Ella echó la cabeza hacia atrás y sintió la embestida mientras los otros jaleaban. Empezó a sentir la oleada, pero él ya había terminado. Rugió de rabia. Segundo. Abrió la blusa con fuerza, le manoseó el pecho y se le echó encima, dejándola sin aire. Un minuto después sintió su erección. Hasta el fondo. Los demás gritaban, gemían, lloraban. Casi desnudos. Desencajados. Preparados. No sabría si aguantaría. ¿Cuántos eran? Ahí estaba. Llegando. ¡Ahh! ¡Ahh! ¡Espera! ¡Por favor! Casi suplicaba. El hombre le agarró fuerte y se quedó muy quieto. Con la cabeza hacia atrás. La boca entreabierta. Vaciándose dentro. Esta vez sí. Quiero más, más, más, decía borracha, moviendo la cabeza. Nada importaba. Ni el dolor en los huesos, ni las piernas entumecidas, ni su sexo agotado. Sólo aquella sensación. Una y otra vez. Eléctrica. De llama. De noria. De dulce mareo. Siguiente.

Νηρευς 

Post escrito por la amiga de Rut:   “NEREA”

Melocotón en almíbar

Todo comenzó con melocotón en almíbar o mejor dicho, empezó después de  muchas noches inciertas, días entre grises y violetas. Mujeres con las que disfrutaba seduciendo pero que en la cama no me ponían. Llegó el momento en que no había más que rascar. Ni en los típicos lugares de ambiente, ni en los encuentros activistas del colectivo, ni en las páginas de contacto que tantos años me habían hecho triunfar. Ese día, en el salón de mi casa, divagando desde el ventanal, empecé a cuestionarme si mi orientación sexual había dado un giro: asexual, bisexual, monja. Entonces sonó el timbre. A esa hora de la tarde podría ser alguna amiga de alguna noche loca que perdió mi número de teléfono y querría hacerme una visita o alguien repartiendo folletos, de esos que acaban en la papelera.

Mi puerta es de un rojo valentino, en forma de arco y de estilo oriental.  A media altura lucen chapas que he ido coleccionado de mis viajes, una del Gay Pride de San Francisco, otra del viaje a Nepal, otra del encuentro Harley Davidson en Bogotá , otra que dice : “mi novia me tiene bien follada”. Me acerqué a la puerta y miré por la mirilla. Mi corazón se sobresaltó: ¡una rubia impresionante allá afuera, esperando a que le abriese!

Pude ver cómo leía detenidamente mis chapas, así que abrí del tirón. Ella se asustó y se precipitó hacia mí. Me sacaba unos palmos y no pude evitar bajar la cabeza y recorrer su presencia a cámara lenta, desde sus tacones rojo charol a sus largas piernas que parecía que nunca acababan, hasta la mini falda de gasa transparente blanca a juego con un broche que tenía colocado entre sus pechos, un broche especialmente llamativo.

─Hola, soy Anja Moskoya, tu nueva vecina ─saludó.

─Luna Grand, por favor, pasa ─le dije─. Tu casa da a la otra calle, sin embargo desde aquí puedes ver el lago.

Con la sutileza que me caracteriza se me encendió la bombilla para llamar su atención y en un flash ya estábamos recorriendo mi loft. Le enseñé la distribución del espacio, cómo había aprovechado cada recoveco, la enorme bañera en medio del salón le hizo mucha gracia.  Fui a la cocina y puede rescatar una lata de melocotón en almíbar y una botella de bourbon . Nos sentamos frente al ventanal y nos dejamos llevar por el improvisado picnic.

 

 

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©Julia Skalozub. Más sobre su trabajo en: http://juliaskalozub.com/

 

Comenzó hablándome de cómo había llegado a la ciudad desde Moscú, de su trabajo, de sus viajes y yo, a la par que ella hablaba, no hacía más que pensar en si sería bisexual, lesbiana, si habría visto mi chapa del arcoiris minutos antes frente a la puerta o peor aún,  si le habría dado tiempo a leer lo de “mi novia me tiene bien follada”.

Después de tres copas y entre risas y miradas cómplices, tuve la necesidad de saber en qué punto estábamos exactamente.

─¿Has estado con alguna mujer, has disfrutado del sexo con mujeres? ─le pregunté.

─Qué directa Luna ─contestó─, de acuerdo, te contaré. Tuve una experiencia en la universidad y otra con una compañera de trabajo. Sentí atracción por ellas pero no tuve plena satisfacción sexual. Creo que con los hombres tampoco la he tenido.

─¿Quieres jugar? ─le propuse de inmediato─. Dejarte llevar por el momento, solo abrirte a la experiencia sin pensar en nada. Mira, te taparé los ojos con este pañuelo.

Ella miró el pañuelo un instante y dijo:

─Luna, eres verdaderamente una lanzada pero despiertas en mi esa ganas de sentir. ¡Venga, sí!

 

©Julia Skalozub. Más sobre su trabajo en: http://juliaskalozub.com/

©Julia Skalozub. Más sobre su trabajo en: http://juliaskalozub.com/

 

¡Uy!, menuda  tarde de jueves que tuve. Una rubia de ojos verdes y cejas perfiladas, tocó en mi casa con la naturalidad de alguien que conoces de toda la vida. Sus labios rojos se fusionaron con la puerta al fondo y sin darme cuenta sentí esa necesidad de tocarlos, de besarlos, de chuparlos. Y a medida que hablábamos, iba estimulando mis sentidos y las ganas de jugar con ella.

Me coloqué a su espalda, detrás del sillón y ella veía cómo se interponía la panorámica del luminoso lago con la oscuridad del pañuelo. Cambió su postura corporal,  se puso más erguida y cambió su respiración, aunque no su sonrisa roja. Me incliné hacia su oído y comencé a pronunciar en un tono dulce y pausado palabras sugerentes, haciendo notar mi respiración: “fresa, labios, piel, caricias” Empecé a besar su pequeña oreja. Besos pequeños a la vez que le decía: “jugo, pechos, leche… ” Sus labios suntuosos temblaban. Puso sus manos entre sus muslos y yo aproveché esa inocencia de el que no ve para deslizar mi mano hacia su broche y desabrocharlo con el roce de mis dedos en sus pezones, buscando ese espacio entre el respeto y el deseo. Ella abrió sus piernas y tomo una postura más relajada. Me arrodillé frente a sus muslos y toqué sus pechos como si me perteneciesen provocando una situación entre el juego y el malestar. Sus pezones se pusieron duros, grandes y los pellizqué.  Empecé a acariciar sus manos y sus muslos. En un momento el deseo se apoderó de nosotras.  Levanté su falda  y me encontré todo al descubierto. Agarré bruscamente sus piernas y las tiré hacia mi, dejando prácticamente su cuerpo en horizontal. Cogí el almíbar de la lata de melocotón y lo rocié en su pubis. Chorreó por su enorme sexo provocando que se removiera de placer y me lancé a lamer aquella jugosa entrepierna. Era un placer tan dulce que no podía parar de chuparlo. Sus gemidos, cada vez más fuertes, hicieron que le arrancase la camisa para dejar al descubierto sus excitados pechos.

Abriendo aún más sus piernas, ella agarró mis pelos y restregó toda mi cara en su sexo. Froté sus pezones, erguidos y duros, con la punta de mi lengua y el juego de mi mandíbula. Serpenteaba todo su clítoris en mi boca, cada vez con más intensidad. Introduje mi lengua con fuerza en su vagina y entonces noté que tenía ganas de algo más contundente, de manera que cogí un melocotón y por la parte más hueca empuñé mis dos dedos para metérselo. Ella se volvió loca y no era para menos. Se giró y se puso de cuatro patas. Seguí sacando y metiendo el melocotón pero las contracciones de su perineo destrozaron la fruta, dejando mis dedos dentro de su útero.

─¡Fóllame! ─me dijo.

Estábamos muy calientes. Introduje todos mis dedos. La penetré cada vez más rápido y con más fuerza y ella jugaba con su cadera para saborear el placer de un coño bien lubricado.

─¡Quiero más! ─rogó y entonces la penetré hasta al fondo.

Estiró su cuello y mi puño se deslizó hasta que la hizo estallar en un enorme orgasmo. Entonces extraje mi puño y chupé toda esa dulce cascada que fluía por su entrepierna. Me puse de pie y empuñé su cara en mi coño para que chupara mi caramelo que cayó derretido en un solo gemido.

─Bienvenida al barrio, Anja ─susurré finalmente.

 Post escrito por la amiga de Rut:   “LUNA GRAND”

Luz eléctrica

Suena el jodido despertador justo cuando sentía sus pechos en mis manos, sin saber quién era, su rostro, ni sus manos, y yo, obsesionada únicamente en desabrochar sus botones pequeños para tornar con suavidad sus pezones, en una absoluta y profunda oscuridad.

Me levanto, con una respiración entrecortada y una sonrisa que hace entre ver que eso no se va quedar así. ¿Quién sería esa mujer con pechos marcados que desató en mí unas ganas locas de jugar?

Son las siete de la mañana, la luz del alba atraviesa el visillo y molesta descubrir mis ojos resacados. Es hora de levantarse pero no puedo descubrir mis ojos cansados, son diez minutos los que me arrebatan el momento. Intento no perder la conciencia con los ojos cerrados, solo permanecer inmóvil, descansando y divagando con mis pupilas, pendientes de no caer en un sueño profundo.

Y en esa milésima de segundo entre el aquí y el allí, aparece ella de nuevo. Esta vez se abalanza sobre mí, siento que estaba esperando en la oscuridad esa debilidad mía para dejarme inmóvil, menos los brazos que los puedo mover con facilidad.

Sabía que quería jugar, su respiración en mi oreja, marcaba el ritmo de sus deseos. Apreté su culo con firmeza y esto desató en ella una chispa que prendió el fuego en mí, saqué mi gato de nueve colas y la azoté. Se revolcó buscando la penetración, iba todo tan rápido que tenía todo mi coño contraído sin poder soltar la tensión rebosante de mi cuerpo.

Solté mi mano y la penetré sin mediar donde la metía, estaba todo tan húmedo que mi mano se deslizó hasta el abismo, ella entró en un éxtasis que empapó todas las sábanas, como en una explosión, el agua caliente bajaba por todo mi cuerpo e hizo estremecer mis labios. Sus pechos erguidos se pusieron frente a mí y el deseo de chuparlos mientras cabalgaba provocó que mi clítoris se pusiera duro como roca. El rozamiento de su pelvis, era cada vez más intenso, y mi fuerza se concentraba en un solo punto, follarla hasta quedar extenuada.

─Luna, vas a llegar tarde

─¿Me hablas?,¿Quién me habla?

Entro en una pura confusión cuando una caricia suave en mi cara hace que regrese la luz intensa, azul eléctrica en mis ojos.

La velocidad de mis latidos rompió la magia del momento, empapada, mojada, atrapada en un jodido momento que sabía que no se iba a repetir. Me levanté de un sobre salto como si estuviera frente a un precipicio. Me miré al espejo mientras encañonaba mis ojos al despertador y palpé mi jugoso coño.

─¡Shit!, ha pasado una hora, llego tarde a la reunión.

Sin ducharme y de trayecto al trabajo, apreté el puño del acelerador de mi Kawasaki a fondo y traté de liberar lo que aún quedaba en mí, a toda velocidad.

moto chica

“Llego, llego”, me repito, a la vez que se abre la puerta del ascensor en el oscuro parking del edificio. Entro como un viento pero una rubia con ojos verdes almendrados me clava la mirada como un escáner. Por arte de magia se apaga la luz y el ascensor se estremece quedando inmóvil. Siento su calor y la desesperación del pánico pero toco sus pechos y su respiración cambia, sus pequeños botones desabrocho sin mediar palabra, una sutil fragancia a coco provoca deslizar mi mano en toda su entrepierna. Le muerdo la oreja junto con una carcajada suya, como un imán empiezo a comer sus labios carnosos y provocadores. Aprieto sus nalgas contra la pared y ella suelta su bolso para agarrar mi melena

De nuevo da una sacudida el ascensor y se enciende la luz. Despertamos, nuestras miradas se cruzan y nos separamos, a la vez que se abre la puerta. Tratando de normalizar lo indescriptible,  entra una avalancha de gente y soltamos esa fuerza centrífuga que nos unió, nos colocamos frente a frente, con un recorrido de miradas que hace descubrir, en cada parpadeo, algo nuevo.

 

Dedicatoria:. A todas las personas que se sienten agredidas y con miedos para que todo  transmute.

 

Post escrito por la amiga de Rut:   “LUNA GRAND”