Deseo en alta mar

Estábamos en aquel crucero surcando el Mediterráneo. Acabábamos de dejar atrás la costa griega cuando tú apareciste. Lucy y yo nos hallábamos en una de las cubiertas superiores, cerca de una de las piscinas al aire libre, rodeada de tumbonas, que el crucero había instalado para disfrute y diversión de sus pasajeros. Casi se podía notar la ironía, toda aquella gente chapoteando en el agua de un recinto cerrado, rodeados de millas y millas de mar abierto. Al principio no estaba seguro de que fueses tú. Te habías teñido el pelo de un negro color azabache que contrastaba a todas luces con el rojizo color caoba al que me tenías acostumbrado e ibas ocultando tus ojos tras unas opacas gafas de sol. No obstante ese lunar sobre tu labio, esos pómulos levemente alzados y esos pechos generosos, aprisionados bajo una blanca blusa veraniega, no dejaban lugar a dudas. Te dirigiste hacia el bar situado junto a la piscina y te sentaste en uno de los taburetes libres, justo al lado de una pareja de veinteañeros que te miraron de arriba a abajo como quien mira un caramelo por desenvolver. Les ignoraste y llamaste al camarero para que se acercara. Pronuncié tu nombre en alta voz aún temeroso de haberme equivocado de persona, siempre he sentido algo de espanto al imaginarme haciendo el ridículo confundiendo a una desconocida con otra persona.

Te diste la vuelta casi inmediatamente con el ceño fruncido. Imagino que no esperabas que alguien te fuese a identificar o que algún conocido coincidiese contigo en aquellas vacaciones. Sentí una pizca de culpabilidad en ese instante. Era más que probable que no quisieses ser incordiada en aquel viaje de placer aunque fuésemos amigos desde hacía tantos años. Tu mirada recorrió la cubierta hasta dar conmigo y entonces una sonrisa asomó a tu rostro, sincera, relajada. Yo sonreí también y te hice señas para que te acercaras. Lucy se había despertado de su sopor ultravioleta y me preguntó que a quién llamaba. Cogiste el caipirinha que el camarero te había servido y te acercaste caminando lentamente, con tus andares de modelo de pasarela. Lucy terminó de despertarse completamente al llegar tú a nuestro lado. Sus ojos se abrieron como platos cuando tu sombra se posó sobre su figura. Te di dos besos e hice apresuradamente las presentaciones. Te agachaste para darle dos besos y tus mejillas quedaron impregnadas de protector solar. Te pregunté qué hacías viajando por esos mundos y me comentaste que estabas harta de la vida en la isla. Aquí al menos el mar no es la misma cosa cada día, me dijiste. Yo me encogí de hombros y comenté que el mar es el mismo, te despiertes donde te despiertes. Lucy nos observó con curiosidad.

Ella es hija del continente, dije señalando a mi compañera de crucero, no entiende la perspectiva provinciana del isleño de rajarse de su tierra constantemente paro luego estarla echando siempre de menos.

Lo cierto es que yo tenía razón. Tú y yo estábamos acostumbrados a viajar, por estudios o por trabajo, a recorrer miles de kilómetros en apenas un día cada dos por tres, así que afirmaste, mostrando una espectacular sonrisa que dirigiste a Lucy y yo en ese momento decidí dejarlas solas e ir a la barra a pedir algo de alcohol. No sabía muy bien qué tomar y finalmente me decidí por probar toda la carta de exquisitas margaritas que me empezó a preparar una de las camareras, una negra preciosa con un culo fantástico y unas tetas de escándalo. Horas antes había escuchado que era la novia del D.J. y que al parecer eran monógamos hasta decir basta, así que por esa vía no tenía nada que hacer. Una pena porque él también estaba muy bueno y tenía unos músculos dignos de ser admirados durante horas. Entre trago y trago de margarita me los imaginé a ambos haciendo ejercicio en el gimnasio del crucero situado dos cubiertas más abajo, sudando, suspirando y gimiendo, en fin, dándole a las máquinas del gym un uso muy poco legítimo. Uno de los camareros me devolvió a la realidad preguntándome si quería tomar algo más, un querubín rubio con cara de modelo que podría haber pasado por el novio de la Barbie. Miré mi vaso, ¿en qué momento lo había vaciado? Le pedí entonces otra margarita, esta vez con sabor a fresa. Mientras me la preparaba me di la vuelta en la barra. Allá, en la tumbona, te habías despojado de la blusa y estabas ahora tumbada boca abajo en una hamaca junto a la de Lucy. Lucy, sobre tu espalda, te embadurnaba de crema solar. Pensé entonces que debías de habérselo pedido nada más irme yo. Llevabas un bañador color ocre. Te desabrochaste la parte de arriba para que ella pudiese esparcir con más comodidad el ungüento. Las vi mover los labios y me pregunté qué estaríais murmurando. Lucy dijo algo y tú sonreíste y así continuaron hablando. Tú murmuraste algunas palabras y de pronto ella rompió en carcajadas. ¿Acaso estaban coqueteando? Alcé un poco las cejas. La verdad era que no estaba acostumbrado a que Lucy se riese así con alguien a quien no conocía, y mucho menos si esa persona era una amiga mía. La verdad era que mi chica resultaba ser bastante reservada. No le gustaban para nada las confianzas y las veces que había visitado Canarias, había tenido algún problema con lo que ella interpretaba como una extrema zalamería por parte de las mujeres y de los hombres isleños.

Cuando regresé a la zona de tumbonas, copa en mano, lo primero que hice fue preguntarles qué era aquello de lo que tanto se reían. En seguida me comentaste que le estabas contando a Lucy una anécdota de nuestra juventud más fiestera, allá en los bares de la Forward City y que ella, a la par, te estaba poniendo al corriente sobre mis experiencias en los tugurios más sombríos de Chueca. Me limité a bufar diciendo que no es tan fiero el león como lo pintan. Lucy terminó entonces de echarte crema por la espalda y comenzó a untarla sobre tu culo y tus muslos con lo que yo calificaría como una  actitud de extrema dedicación. Me pareció algo extraño eso pero no le presté mayor atención al asunto. Permanecimos así un buen rato, hablando de lo divino y de lo humano, a veces tú y yo, a veces ella y tú, a veces yo y ella y a veces los tres juntos. El caso fue que la tarde pasó volando y cuando menos lo esperamos ya el sol había caído.

Fue en esa taciturna hora de la tarde cuando nos preguntaste si queríamos que fuésemos a cenar juntos. Que estabas harta de cenar sola y de que se te acercasen borrachos alemanes y británicos intentando meterla en caliente dentro de una diosa atlante o incluso dando a entender que estaban dispuestos a pagar por ello. No era que te desagradase la idea, nos dijiste, la idea de que alguien pague por tener relaciones sexuales contigo, pero sí que te fastidiaba enormemente que todo ese intercambio se redujese a un mero folleteo, sin experiencia emocional o psíquica de por medio, que para ti resultaba casi tan importante como el orgasmo fisiológico acompañado de eyaculación. Si fuese prostituta, afirmaste, sería la Sasha Grey española. Entonces confesaste que te estaba entrando mucha pereza el ir a tu camarote, en la otra punta del crucero, a cambiarte para la cena.

Algo en mi mente despertó en ese preciso instante, los engranajes de mi cerebro comenzaron a ponerse en movimiento. En parte deseando que sucediese lo que quería que sucediese, en parte deseando dejarte la suficiente libertad como para que te echases atrás si lo veías necesario, te dije que a nosotros también nos parecía una pérdida total de tiempo y que, sin ningún problema, podías venirte a nuestro camarote, que además era de los de lujo, que podíamos pedir que nos sirviesen la cena allí y que allí, muy a gusto, podríamos seguir charlando y bebiendo. Por un instante te vi dudar. No parecías tener claro si lo que te proponíamos era alguna clase de encerrona, pero, ¡qué cojones!, podría ser divertido. Hasta el momento no habíamos dicho o hecho nada para darte a entender que queríamos algo contigo, ni Lucy ni yo.

Así que, finalmente, aceptaste la propuesta. Bajamos un par de cubiertas hasta llegar a nuestra habitación recién arreglada por el servicio del crucero. Entraste y cuando contemplaste las dimensiones de la misma soltaste un silbido de admiración. Dijiste que la tuya era la mitad de grande. Yo te escuché y luego llamé al servicio de habitaciones y pedí la cena para tres con champán para descorchar. Lucy, muy amablemente, animó a que te pusieses cómoda al tiempo que con un gracioso ademán de brazo te invitó a sentarte en el amplio sofá. El único otro sitio donde podrías hacerlo era la cama, pensé, y aún era demasiado pronto para eso.

En este instante de la narración comenzaré a hablar en presente porque, a partir de aquí la historia toma un giro tan apoteósico, tengo las imágenes tan frescas en mi mente que para mí es como si estuviesen sucediendo ahora aquí, delante mismo de mis narices:

 

<<Continuamos en ropa de baño. No hemos visto la necesidad de cambiarnos si no vamos a ir a ninguna parte. La cena tarda veinte minutos en subir y durante este tiempo nos limitamos a contar chistes obscenos, a recordar anécdotas juveniles o detallar encuentros y desencuentros sexuales o amorosos que cada uno ha tenido a lo largo de su vida. Estamos entrando en confianza. Cada vez Lucy y tú ríen más y, por extraño que pueda parecer, Lucy parece más tranquila que nunca. Yo me dedico a observarlas e intervengo solo ocasionalmente pues son ustedes dos las que llevan el centro de la charla. Que si una vez con un chico me pasó esto, dice ella, pues que si a mí me ocurrió esto otro con una novia que tuve, comentas tú, pues yo, replica ella, que si hice un trío en un coche en marcha y casi me quedo sin brazo, pues anda que yo, exclamas tú, yo he ido a un local de intercambio de parejas varias veces… que si eres muy guapa, ¿lo sabias?, se atreve a confesarte ella, de repente, sin comerlo ni beberlo. Nada hasta el momento te había hecho sospechar un vuelco así en vuestra conversación, puedo verlo en tu rostro.

─Los dos son bisexuales, ¿no es cierto? ─preguntas.

─Si, así es ─respondo.

El caso es que ya lo sabías de mí, pero no de ella. Yo era un viejo conocido tuyo, pero hasta esta noche Lucy era terreno vedado y ahora te encuentras con una extensión de tierra virgen ante ti que espera que la reclames. En ese momento ambas se quedan calladas, su mirada perdiéndose en la tuya. Ha pasado un ángel, probablemente caído. Sé que debiera decir algo para romper la tensión, una tensión que podría ser palpada en el mismísimo aire, sin embargo no lo hago. Soy un observador y me limito a reconocer los acontecimientos que suceden frente a mis ojos. Ella pone su mano sobre tu blanco muslo, sobre tu carne trémula. Tu sonrisa desaparece reemplazada por un gesto de sorpresa que se estampa en tu boca mientras tu mirada se clava en la de ella. Lucy continúa con una sonrisa de oreja a oreja. De repente se ha convertido en la depredadora que es, en una loba de mar que ha visto una presa fácil. Jamás había conocido en mi novia esa manera de entrarle a nadie. El momento se rompe con el sonido de unos golpes en la puerta. Es la cena, justo a tiempo. Salvados por la campana, pienso.

Mientras le doy algo de propina al muchacho que nos ha traído tan suculentas viandas, oigo a mi espalda cómo hablan en susurros. Me siento intrigado y no puedo esperar a cerrar la puerta para darme la vuelta y ver que, de nuevo, han asumido posiciones en el sofá, ahora cara a cara, mirándose la una a la otra pero sin tocarse aún y es aquí cuando el juego comienza. Cierras los ojos, te inclinas hacia delante y está ya su boca contra la tuya. Breves picos de indecisión antes de pasar a un beso verdadero. Su lengua entrando en tu boca y la tuya mezclándose con la de ella. La saliva de ella abandonando su ser para entrar a formar parte del tuyo. Me mantengo al margen. Solo en un inicio. Deseo que ambas disfruten de esta experiencia y lo cierto es que Lucy lleva el suficiente tiempo sin estar con una chica como para querer que esto sea algo privado, algo íntimo entre ella y tú. Yo simplemente me acerco y me siento detrás de ella. Mis brazos rodeando su cintura y acariciando sus muslos que confluyen con los tuyos. Mi boca se posa sobre su hombro y voy regando su espalda de besos para luego arrojar un suave mordisco a su cuello. Siento cómo se estremece su piel, su vello se eriza, sus manos van a tus pechos y los aprietan levemente al tiempo que mordisquea tus labios. Te echas hacia atrás con un leve gemido y con los ojos entrecerrados. Ya has ido demasiado lejos como para cambiar ahora de opinión y Lucy se permite recordártelo besándote el cuello. Yo hago lo propio por el otro lateral de tu cuello. Ella subiendo por la izquierda y yo por la derecha hasta llegar a tu boca. Pareces dudar de a quién regalarla primero. Te decantas por mí, tal vez para compensar el haber centrado toda tu atención hasta el momento en ella. Al rato abandonas mis labios y pasas a los suyos, así te aseguras de que ella no se va a sentir abandonada. Mis manos recorren tu cuerpo, aprieto tus pechos como ella lo hizo antes, acaricio tu espalda y tus hombros, te tumbo en el sillón cuan larga eres y mientras Lucy sigue comiéndote la boca yo voy impregnando tu cuerpo de mis besos. Tu pecho, tu vientre, tus muslos… recuerdo que una vez me comentaste el complejo que tenías con tu figura, sin embargo, debo decirte que para mí, en este preciso instante, eres una diosa griega esculpida por un artista del Renacimiento. Eres preciosa, eres perfecta, y los dos lo sabemos, Lucy y yo, y por eso vamos a asegurarnos de que sepas que, mientras estés en este camarote con nosotros, no adoraremos a nadie más. Ni siquiera es posible que nos adoremos entre nosotros más de lo que la adoración a tu persona nos permita. Te has convertido en el centro de nuestro pequeño universo. Te alzas un momento para desprenderte de la parte de arriba del bañador y dejas al descubierto esos generosos pechos que hasta el momento solo había podido contemplar en la distancia. Lucy sonríe al verlos y procede a depositar otro beso en tus labios antes de bajar a chupar y morder ese rosado pezón que ha quedado libre mientras yo me ocupo de su gemelo. Su lengua y la mía van lamiendo, mordiendo y rozando también tus senos con los dientes y así te arrancamos un gemido que produce el aumento evidente de mi evidente excitación.

Me levanto de repente, turbado, y empiezo a quitarme el bañador a través del cual se reluce una tremenda y colosal erección. Me desprendo de él y lo arrojo en algún lugar de la habitación, haciendo una breve nota mental para no perderlo. Estás tumbada todavía sobre el sofá, en el filo mismo del asiento, y ella está a cuatro patas sobre el suelo delante de ti. Ella ha comenzado a quitarte la parte de abajo del bañador y su cabeza va abriéndose paso entre tus piernas hasta llegar a tu pubis recortado. El camino a tu precioso coñito ya está abonado y húmedo, nos hemos asegurado previamente de ello. El rostro de Lucy se pierde entre tus muslos, su lengua acomete tus labios y tu clítoris, sin piedad alguna mientras te pellizcas los pezones y cierras los ojos para intentar contener todo el placer que recibes. Yo me agacho detrás de ella y comienzo a quitarle también la parte de atrás del bañador, que arrojo sobre la cama. Acaricio su espalda y le doy una brutal nalgada, recibiendo como respuesta un leve estremecimiento y un quejido ahogado entre tus muslos. Desde ahí detrás, desde esa posición casi animal, entierro mi cabeza entre las nalgas de Lucy y aspiro el olor que se me otorga entre sus muslos. Su coño huele a crema solar, a cloro de la piscina y a lujuria sáfica. Tú también has ayudado a abonar el camino y la verdad es que podría pasarme toda la vida con el rostro entre sus piernas de no ser porque he prometido, en nuestro acuerdo tácito, dedicarte el máximo de mi adoración. La azoto y la muerdo hasta dejar su carne blanca cubierta de rojo, y en ese momento me levanto para inclinarme a horcajadas detrás de ella. La penetración que inicio desde esta posición  es lenta y ella, sorprendida gratamente, deja de comerte el coño por un momento para ahogar su garganta en un gemido. Entro en ella poco a poco, no hace falta demasiada preparación, la excitación ha hecho que mi polla recorra un suave camino mientras ella vuelve a dedicarte sus concentradas energías. Comienzo a bombear, a entrar y salir, y ella suspira ahogada por tu esencia y así, el deseo de los tres va creciendo cada vez más. Tu mirada se posa sobre la mía, sonríes, pienso por un instante que si no era esto lo que deseabas entonces ha sido un buen hallazgo no buscado.

Después de un rato así cambiamos de posición. Lucy se aparta de entre tus piernas y yo me siento en el sillón de cara a ustedes. La mano en mi polla frotándome de arriba a abajo. Sigue dura como una roca ante la visión de mis dos bellezas, dos espectaculares mujeres que no han perdido tiempo en empezar a darse cariño delante mío. Ustedes saben que mi atención en sus amorosos quehaceres es absoluta. Se tocan, se magrean y se besan con la certeza de que para mí, en este momento, no hay más mundo que esta habitación y no hay más compañeras que mis dos compañeras de camarote. Te separas de ella y te me acercas sonriendo. Te agachas para besarme y te subes sobre el sillón antes de pasar una pierna sobre las mías y agarrar mi miembro para clavártelo poco a poco descendiendo tu cuerpo hacia el mío. Estabas deseando esto ¿verdad?, me susurras al oído mientras mueves tu cabeza y tu preciosa melena morena cae sobre nuestros rostros unidos. Yo cierro los ojos y te rodeo la espalda con mi brazo para que me cabalgues a gusto. Beso y muerdo tus hombros preso de la lujuria y me arrepiento de haber pensado que eras demasiado inocente, demasiado buena chica, como para acabar enredada con nosotros. Lucy no se ha quedado para nada inactiva. Ahora está agachada frente al borde del sillón, lamiendo mis huevos y pasando a mi polla cada vez que esta queda al descubierto con tus movimientos hacia arriba, pasando su lengua por toda ella y absorbiendo tus fluidos, a los que parece haberse hecho adicta. Puedo entenderla, yo también me estoy intoxicando de ti. Mi boca busca la tuya y ambas se funden en un beso que contiene el deseo violento de dos amantes que se deseaban y se buscaban desde hacía tiempo. Es posible que así haya sido, no digo que no.

Me cabalgas durante un buen rato de esta manera y ella lame y lame nuestro coito hasta que, con los dientes apretados te ruego que pares. Noto que he estado peligrosamente a punto de correrme y no quiero, aún no. Quiero aguantar todo lo que pueda para que ambas disfruten lo máximo posible. Se lo debo a ustedes, que me habéis otorgado lo que probablemente será uno de los mejores recuerdos de mi vida una vez que la noche acabe. Te levantas poco a poco y mi miembro sale lentamente de ti. Lucy se pone en pie y te ayuda a levantarte, invitándonos a trasladarnos a la cama. Cuando llega al borde de la misma te propina un suave empujón que te hace caer de espaldas sobre el colchón y quedas así, con las piernas abiertas. Pareces estar invitándonos a ambos a sumergirnos en ti. Esta vez colaboraremos, Lucy y yo, en conyugal armonía para comerte el coño. Rodeamos tu clítoris con nuestras lenguas y aprovechamos lo desenfrenado de nuestra pasión para besarnos cuando el frenesí lo permite compartiendo de este modo tus jugos. Que no se desperdicie ni una gota que los recursos son escasos, parecemos haber acordado en muda asamblea. Mis manos recorren tu cuerpo y pasan al de ella indistintamente. Cada parte de mi ser es independiente y, si estuviese permitido por las leyes naturales, estoy seguro de que cada una iría a su puta bola.

Mi Lucy se comporta de una manera muy profesional en esto del cunnilingus, yo a su lado no soy más que un principiante, dudo que aunque viva toda una vida consiga llegar a su nivel de maestría comiendo coños y haciendo que las mujeres se corran de puro placer que es lo que pareces estar alcanzando tú, el verdadero clímax, a decir por tus gemidos cada vez más y más altos hasta que nuestros rostros quedan empapados de tu orgasmo. Agarras nuestras cabezas para llevarnos a la altura de tu carita distorsionada por el placer y empiezas a besarnos a ambos, los dos cubiertos de tu corrida pero pletóricos y siempre a tu servicio, como bien pareces haber asumido. Le susurras a Lucy que es su turno, que ahora le toca a ella recibir y ser adorada, y procedemos a repetir la ceremonia con ella en el lugar que, anteriormente, ocupaste tú. Aunque eres buena comiendo coños y dando placer a una mujer, considero que aún te falta escuela para llegar a ser tan buena como Lucy. Confío en que ella te enseñe a hacerlo mejor si es que estamos de suerte y esto se vuelve algo habitual. Ella tarda un poco más en correrse y se ayuda de sus manos además de nuestras bocas para poder llegar al orgasmo, a ese volcán vibrante que inunda cada rincón de su cuerpo. Ahora te toca, me dices, y das una palmada a la cama para indicar que he de subirme. Me tumbo sobre la misma. Lucy baja a tu altura y te besa tiernamente antes de que ambas me dediquen una mirada de absoluto vicio y comiencen a trabajar con sus bocas sobre mi miembro que continúa duro y que amenaza tormenta ante el placer recibido. Ambas lenguas lo lamen de arriba a abajo, sin dejar ningún centímetro por cubrir. Ahora eres tú la que hace gala de unas dotes de experta felatriz y muestras a Lucy cómo debe hacerse, no cabe duda de que todos nos beneficiaremos de este intercambio de conocimientos. Cierro los ojos, estoy llegando al éxtasis, siento que se aproxima desde el fondo de algo, tengo mi polla a punto de caramelo y me corro con un gemido sobre mi propio vientre mientras ustedes siguen dale que dale, sus inconmensurables bocas entre mis piernas.>>

¿Y qué más contar a este respecto? Lo cierto es que estuvo muy bien y que esa noche no volviste a tu camarote. Nos quedamos los tres durmiendo juntos, adormecidos por el esfuerzo físico, el alcohol y la cena soporífera que nos metimos entre pecho y espalda tras la magnífica experiencia. Te acomodaste entre ambos y nos diste a cada uno un beso de buenas noches antes de cerrar los ojos y de escapar de nuestros brazos para ir directa a los de Morfeo. Después de unas horas me despertó un movimiento a mi lado y un ruido leve de pasos al pie de la cama. Abrí los ojos y vi que eras tú, que te ponías el bañador, las sandalias y cogías tu toalla con la intención de largarte. Pregunté si te marchabas ya. Tú diste un respingo al sentirte descubierta. Volviste a sonreírme aunque ya no era la misma sonrisa del día anterior, tenías el aspecto de alguien que espera lo inevitable y que se ha resignado a ello con tristeza contenida, podría afirmar que se trataba de una sonrisa cansada. Me dijiste que sí, que debías regresar a tu camarote. Quise saber si podíamos volver a vernos en esos días, si podíamos volver a cenar juntos los tres. Te encogiste de hombros y respondiste que tal vez, que era posible, que quién sabía. Después te acercaste y me diste un beso, breve, fugaz, tras el cual saliste por la puerta y desapareciste. Me volví a tumbar y me estreché contra Lucy, la abracé por detrás y me dormí de nuevo aspirando su olor y el tuyo que se había quedado aferrado a ella.

Sobra decir que nunca más volvimos a cenar juntos, y mucho menos volvimos a hacernos un trío. Te vimos en varias ocasiones en la piscina del crucero, siempre hablando con una pareja distinta, nunca dos veces con la misma, y siempre repitiéndose la misma escena. Te veíamos conversando con las parejas y, a medida que avanzaba la tarde, los tres se levantaban y se retiraban al interior del barco. Nunca dabas señales de reconocernos ni dirigías tu mirada hacia nosotros. Sin embargo todas esas parejas que desaparecían contigo, aparecían a la mañana siguiente con una indudable expresión de resaca y de tranquilidad placentera por un secreto compartido. Lucy y yo podíamos entender ese sentimiento, ya que era el nuestro en los días posteriores a tu irrupción en nuestras vidas. Incluso una vez terminado el crucero y de vuelta a nuestra cotidianidad ninguno de nosotros propuso ponerse en contacto contigo para preguntarte si acaso es que sucedió algo que te hubiese podido molestar o hacerte sentir mal, si en algún momento te sentiste utilizada… De alguna manera supimos que esto no habría hecho más que generar una incomodidad innecesaria en ti y en nosotros. Y es que en realidad lo más probable es que fuese al revés, que tú nos habías utilizado y que nosotros no habíamos significado más que el primer eslabón de una larga cadena de experiencias tuyas. Mejor era dejarlo estar. Quedarnos con el recuerdo de lo que disfrutamos y agradecer que el universo te pusiera en nuestro camino, nuestra fantasía sexual hecha realidad en aquel crucero en el que, plácidamente, surcamos el mediterráneo Lucy y yo, hace ya tanto tiempo, en aquellos locos años que compartí con Lucy antes de que también ella desapareciese de mi vida tras conocer a la tal Rut.

 

firma de Nadir

Post escrito por el amigo de Rut: “NADIR”

La guerra del fin del mundo

En esta historia soy un humilde soldado raso alemán durante la Segunda Guerra Mundial, en los últimos días antes del fin de la misma en Europa. Berlín está a punto de caer en manos de los aliados y la ciudad se encuentra presa de los bombardeos indiscriminados.

Me refugio en una bella mansión localizada a las afueras de la ciudad germana. Allí me atrinchero viviendo de los enseres y viandas que los dueños han dejado en la despensa tras abandonar apresuradamente el lugar. Un día despierto con el cañón de un fusil soviético apuntándome directamente a los ojos y sobre la cama veo a cuatro rusas, verdaderos bellezones, de las que por aquel entonces la Unión Soviética reclutaba para los pelotones de  infantería, especialmente como francotiradoras, con el argumento de que las mujeres siempre habían demostrado más presteza y sangre fría en el manejo de las armas que los hombres.

Inicialmente me asusto pero en seguida me percato de que no me quieren matar. En su alemán mal pronunciado me ponen al corriente de que no están con ningún regimiento. Son desertoras que están aprovechando los placeres que la guerra les brinda y tienen la irresoluble intención de establecerse en esta casa hasta que los víveres se acaben.

Los primeros días se divierten conmigo practicando sobre mi persona toda suerte de humillaciones. Me obligan a que cocine para ellas y me dan bofetadas con sus manos enguantadas si la comida no resulta del todo de su agrado. Me visten con las ropas de mujer que encontramos en los armarios y entonces se burlan de mi aspecto afeminado. A carcajada limpia me fuerzan a que les sirva de criada y les coloque sobre sus pieles desnudas también los trajes de la antigua señora de la casa. Entonces debo decirles lo guapas que están si no quiero recibir un cachetón tras otro y en caso de no sonar convincentes mis elogios empiezan a propinarme sopapos con sus duros guantes de cuero.

Entre ellas se llaman por sus rangos, una es Sargento, la otra Cabo, las otras dos son sencillamente Soldado. A estas últimas en mi pensamiento yo las distingo como Soldado Rubia y Soldado Morena.

En ocasiones, los juegos adquieren un matiz sexual. Un día de esos en los que ellas me han obligado a vestirme de mujer, al entrar en el guardarropa me encuentro a la líder de la pequeña tropa de desertoras, a la Sargento, masturbándose con las piernas abiertas en el suelo. La visión de tal espectáculo me deja con una erección demasiado grande como para ignorarla. Ella parece darse cuenta pero no estamos solos, las demás también acaban de hacer su aparición. En ese instante dos de ellas me agarran por los brazos y me ordenan tumbarme para que su líder pueda follarme todo lo que le plazca. Me opongo, a pesar de mi erección no deseo hacerlo, no al menos de este modo, de verdad no quiero, forcejeo, no me caen bien estas mujeres, mis captoras, de verdad que no quiero, vuelvo a intentar zafarme de sus garras, ni me gustan, ni las deseo, aunque mis instintos me traicionen. De repente la segunda en el mando, la Cabo rubia con ojos azules como el hielo, saca una pistola Luger, probablemente arrebatada a algún alemán muerto durante el bombardeo, y me apunta con ella a la cabeza. Su mensaje es claro y contundente: “Como no te la folles te volaré los sesos aquí mismo, así que fóllatela y fóllatela bien porque si no juro que te volaré las dos cabezas, la de arriba y la de abajo”.

Con un sollozo me tiro en el suelo. La jefa, una belleza morena de rasgos asiáticos parecidos a los de las tribus de la estepa siberiana, me levanta la falda de señora que llevo puesta, se sienta encima de mi ingle y comienza a moverse como si de un torbellino se tratara. Apenas ha empezado cuando otra de las desertoras se coloca sobre mi boca y, echando hacia un lado la larga pamela que me habían colocado sobre la cabeza, me ordena comerle el coño amenazando con que, de no hacerlo, me esperará el mismo castigo que su superiora me prometió. Intento complacerlas lo mejor que puedo, primero a estas, luego a las otras dos que inicialmente se habían conformado con mirarnos mientras se tocaban entre ellas en un pequeño rincón del guardarropa. Atrás queda la guerra, el hambre, el miedo y la muerte. Atrás queda el mundo. Detrás de esas cuatro paredes sólo palpita la Nada.

Se corren las cuatro y empapan todo mi cuerpo y las telas de mi vestido con sus fluidos, me siento un mero recipiente de eyaculaciones femeninas. En cuanto han terminado se frotan en grupo un rato más antes de acercárseme y empezar a acariciar mi erección que sigue en pie a pesar de las bruscas acometidas de estas mercenarias del infierno. Un par de movimientos más por parte de la enguantada mano de la salvaje generala hacen que una lluvia de líquido blanco se estrelle contra su cara.

Estoy demasiado cansado. No he comido muy bien los últimos días. Apenas he dormido tampoco y el esfuerzo de tratar de mantenerme con vida mientras cuatro sádicas soldados, procedentes de los cuatro rincones de la Madre Rusia, me follaban, obviamente, no me ha sentado lo que diríamos genial…

Antes de perder definitivamente el conocimiento veo cómo la líder se acerca, se quita el guante y me roza la mejilla en un acceso inesperado de ternura. Durante un instante su mirada y la mía se encuentran. Es una sensación inexplicable, sorprendente porque en este breve intervalo de cinco segundos me percato de todo el cariño que ella me hubiera dispensado de no haber sido por la crudeza de las circunstancias históricas en las que nos hemos venido a conocer, ¡jodida guerra!

Horas más tarde vuelvo en mí y ellas ya no están. Todavía llevo puestos los encajes de mujer. Me los saco inmediatamente y me pongo el uniforme. Me asomo a la ventana, observo el desolado paraje. Insisto en ver la silueta de las cuatro guerreras entre la bruma del amanecer pero ni rastro. Me encojo de hombros. Ya no tengo nada que hacer aquí, apenas queda comida en la despensa, moriré de inanición si permanezco en esta área, a treinta kilómetros de una Berlín asediada y sin provisiones.

Salgo arrastrando los pies y avanzo por la carretera sin rumbo. En mi memoria las cuatro desertoras aún brincan y gimen sobre mi lomo cual caballos desbocados. Por el camino, ya cerca de la ciudad, tropiezo con una patrulla rusa. Ninguna soldada entre aquellos hombres. De haber sabido ruso y de no haber corrido el riesgo de ser cogido prisionero me habría acercado a preguntarles por ellas. Opto sin embargo por camuflarme entre unos escombros y desde allí me fijo con detenimiento. Nada, ni una sola melena, ni una hermosa y fornida generala de rasgos asiáticos, ¡jodida guerra!

Cuando la patrulla enemiga se aleja lo suficiente emerjo al fin del escondrijo y continúo mi camino, no sé hacia dónde exactamente, en tiempos difíciles es vago e incierto el destino del hombre… hacia la costa tal vez y de ahí a otro país, a otro continente, quizás a otra vida.

 

firma de Nadir

Post escrito por el amigo de Rut: “NADIR”

Polvo literario

Tras leer las confesiones de Judit, aunque afirma que las realiza coaccionada por la “señorita” Rut, creo de justicia contar al público un episodio que sucedió no hace mucho tiempo y en el que participó también una tercera mujer, que podría tratarse de la sensual Stara.

Ocurrió en una vieja casona de La Laguna sede de una distinguida sociedad cultural, la noche de la presentación de mi última novela, que fue en uno de los salones de la planta baja sobre grandes lápidas de piedra gris bajo un techo de laberíntico artesonado de madera, con la humedad lagunera como atmósfera.

Mientras hablábamos el presentador, el editor, el anfitrión y yo mismo, las tres no paraban de ahogar sus risas a la par que se hacían confidencias al oído, lo que le aportaba un toque alegre a aquel modesto acto pretenciosamente rimbombante, ya que el resto de invitados parecían fantasmas momificados que llevaban en la casona desde su construcción en el siglo XVII.

Cuando terminaron las intervenciones, tocaba dedicar el libro a los asistentes al tiempo que un grupo de camareros servía un vino y diferentes viandas por fuera del salón, en el claustro de la casa. De forma pausada y caótica se formó una fila de personas interesadas en recabar mi firma, a cuyo término se colocaron las tres alegadoras, que continuaban ya en un tono más audible con sus cotilleos de contenido sexual explícito.

Las tres esperaron su turno hasta llegar al borde de la mesa. Seguían sonriendo cada vez con gesto más pícaro con sus tres magníficas y sensuales bocas, que comenzaron a entablar conmigo una conversación alusiva al tema de la novela y relacionada con la dedicatoria que querían que les escribiera en cada uno de los libros que sujetaban.

No llegué a poder escribirles nada porque mi próstata entró en modo pánico y tuve que pedirles que me disculparan pues necesitaba ir inmediatamente al servicio que se encontraba en la planta alta, a la que llegué tras subir unos oscuros peldaños desiguales que recordaban a cada paso su brillante e intenso pasado arbóreo y urbano, así como de caminar sobre listones de la misma época que se quejaban de los múltiples achaques causados por el tiempo transcurrido y el variable clima.

Cuando conseguí calmar la urgencia y salí del rústico pero elegante habitáculo, comprobé que en la habitación más cercana se encontraba la biblioteca de la sociedad cultural. Entré y empecé a recorrerla con mi vista, como si me encontrara dentro de una espiral de interminables estanterías, mientras me acercaba a acariciar con las yemas de mis dedos lo lomos de aquellas ediciones artesanales, como cualquier fetichista de libros que se precie de serlo.

Estaba ensimismado en mi fantasía, disfrutando del aterciopelado tacto de títulos de Balzac, Dostoyevski, Verne, Pasternak, Víctor Hugo, Tolstoi, Voltaire, Chejov, Baudelaire, Pushkin, Dumas, Gógol, Moliere, Gorki, Flaubert, Sholojov, Simone de Beauvoir, Goethe, Rimbaud, Joyce, Zola, Faulkner, Stendhal, Huxley, Marguerite Yourcenar, Shakespeare, Chateaubriand, Whitman, Tolkien, Defoe, Mann, Insen, Nabokov, Boccaccio, Dante, Sade…, cuando fui interrumpido por aquellas tres mujeres que no parecían ni enojadas, ni con la intención de reclamarme las prometidas  dedicatorias. Más bien parecían fascinadas por mi fetichismo, por encontrarme excitado con el tacto de aquellas vistosas encuadernaciones, y comenzaron a imitarme en busca de la misma sensación que mi rostro y mi cuerpo manifestaba. Así fuimos recorriendo, ejemplar tras ejemplar, respirando literatura y transpirando literatura, hasta que acabamos empapados de emociones, de recuerdos de lecturas compartidas.

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No sé cómo sucedió, pero a los cuatro nos sobraba la ropa y comenzamos a desnudarnos, tanto de las prendas como de recuerdos de lecturas, y rozábamos la piel primero con los libros y luego, como parecía inevitable, cuerpo a cuerpo, como si necesitáramos transmitir piel a piel todos los estremecimientos que nos habían proporcionado las lecturas y las experiencias de nuestras vidas.

Y seguimos abrazándonos, acariciándonos, besándonos, lamiéndonos, follándonos con todo lo que teníamos a nuestro alcance, mi polla, mis dedos, mi boca, sus dedos, sus pechos, sus culos, sus bocas… con el ritmo agitado que marca toda intensa pasión, todo intenso placer.

Hasta que caímos exhaustas, extasiadas, relajadas, sudadas, ligeramente temblorosas, tántricamente cachondas, agradecidas… Y desde entonces me siento más mujer, porque experimenté en mi propio cuerpo el orgasmo que tantas veces había provocado en el cuerpo de aquellas mujeres con las que había compartido mi sexo y que se lo tenían bien merecido.

Tras unos interminables instantes de reposo, nos incorporamos sin decir palabra y comenzamos a vestirnos como si interpretáramos una nueva coreografía cómplice, convencidas de que aquella experiencia había sido un ‘aquí te pillo, aquí te mato’, que había durado tan sólo unos minutos y que podríamos volver sin tener que dar explicaciones a incorporarnos a las conversaciones de pasillo y a degustar los sabores que había preparado la empresa de catering contratada para el evento.

Pero, cuando bajamos, el rebumbio que escuchábamos no procedía de los asistentes al acto, sino de una brigada de profesionales de la limpieza que acometía desde primera hora de la mañana la tarea de preparar la casona para acoger las actividades formativas previstas para ese nuevo e inesperado día.

Luego pregunté en confianza a algunas amistades que habían estado en el acto si se había notado mi temprana marcha del lugar, pero nadie recuerda que me hubiera ausentado. Ni tan siquiera que hubiera publicado y presentado una novela.

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Post escrito por el amigo de Rut: “ALAIN”

 

Melocotón en almíbar

Todo comenzó con melocotón en almíbar o mejor dicho, empezó después de  muchas noches inciertas, días entre grises y violetas. Mujeres con las que disfrutaba seduciendo pero que en la cama no me ponían. Llegó el momento en que no había más que rascar. Ni en los típicos lugares de ambiente, ni en los encuentros activistas del colectivo, ni en las páginas de contacto que tantos años me habían hecho triunfar. Ese día, en el salón de mi casa, divagando desde el ventanal, empecé a cuestionarme si mi orientación sexual había dado un giro: asexual, bisexual, monja. Entonces sonó el timbre. A esa hora de la tarde podría ser alguna amiga de alguna noche loca que perdió mi número de teléfono y querría hacerme una visita o alguien repartiendo folletos, de esos que acaban en la papelera.

Mi puerta es de un rojo valentino, en forma de arco y de estilo oriental.  A media altura lucen chapas que he ido coleccionado de mis viajes, una del Gay Pride de San Francisco, otra del viaje a Nepal, otra del encuentro Harley Davidson en Bogotá , otra que dice : “mi novia me tiene bien follada”. Me acerqué a la puerta y miré por la mirilla. Mi corazón se sobresaltó: ¡una rubia impresionante allá afuera, esperando a que le abriese!

Pude ver cómo leía detenidamente mis chapas, así que abrí del tirón. Ella se asustó y se precipitó hacia mí. Me sacaba unos palmos y no pude evitar bajar la cabeza y recorrer su presencia a cámara lenta, desde sus tacones rojo charol a sus largas piernas que parecía que nunca acababan, hasta la mini falda de gasa transparente blanca a juego con un broche que tenía colocado entre sus pechos, un broche especialmente llamativo.

─Hola, soy Anja Moskoya, tu nueva vecina ─saludó.

─Luna Grand, por favor, pasa ─le dije─. Tu casa da a la otra calle, sin embargo desde aquí puedes ver el lago.

Con la sutileza que me caracteriza se me encendió la bombilla para llamar su atención y en un flash ya estábamos recorriendo mi loft. Le enseñé la distribución del espacio, cómo había aprovechado cada recoveco, la enorme bañera en medio del salón le hizo mucha gracia.  Fui a la cocina y puede rescatar una lata de melocotón en almíbar y una botella de bourbon . Nos sentamos frente al ventanal y nos dejamos llevar por el improvisado picnic.

 

 

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©Julia Skalozub. Más sobre su trabajo en: http://juliaskalozub.com/

 

Comenzó hablándome de cómo había llegado a la ciudad desde Moscú, de su trabajo, de sus viajes y yo, a la par que ella hablaba, no hacía más que pensar en si sería bisexual, lesbiana, si habría visto mi chapa del arcoiris minutos antes frente a la puerta o peor aún,  si le habría dado tiempo a leer lo de “mi novia me tiene bien follada”.

Después de tres copas y entre risas y miradas cómplices, tuve la necesidad de saber en qué punto estábamos exactamente.

─¿Has estado con alguna mujer, has disfrutado del sexo con mujeres? ─le pregunté.

─Qué directa Luna ─contestó─, de acuerdo, te contaré. Tuve una experiencia en la universidad y otra con una compañera de trabajo. Sentí atracción por ellas pero no tuve plena satisfacción sexual. Creo que con los hombres tampoco la he tenido.

─¿Quieres jugar? ─le propuse de inmediato─. Dejarte llevar por el momento, solo abrirte a la experiencia sin pensar en nada. Mira, te taparé los ojos con este pañuelo.

Ella miró el pañuelo un instante y dijo:

─Luna, eres verdaderamente una lanzada pero despiertas en mi esa ganas de sentir. ¡Venga, sí!

 

©Julia Skalozub. Más sobre su trabajo en: http://juliaskalozub.com/

©Julia Skalozub. Más sobre su trabajo en: http://juliaskalozub.com/

 

¡Uy!, menuda  tarde de jueves que tuve. Una rubia de ojos verdes y cejas perfiladas, tocó en mi casa con la naturalidad de alguien que conoces de toda la vida. Sus labios rojos se fusionaron con la puerta al fondo y sin darme cuenta sentí esa necesidad de tocarlos, de besarlos, de chuparlos. Y a medida que hablábamos, iba estimulando mis sentidos y las ganas de jugar con ella.

Me coloqué a su espalda, detrás del sillón y ella veía cómo se interponía la panorámica del luminoso lago con la oscuridad del pañuelo. Cambió su postura corporal,  se puso más erguida y cambió su respiración, aunque no su sonrisa roja. Me incliné hacia su oído y comencé a pronunciar en un tono dulce y pausado palabras sugerentes, haciendo notar mi respiración: “fresa, labios, piel, caricias” Empecé a besar su pequeña oreja. Besos pequeños a la vez que le decía: “jugo, pechos, leche… ” Sus labios suntuosos temblaban. Puso sus manos entre sus muslos y yo aproveché esa inocencia de el que no ve para deslizar mi mano hacia su broche y desabrocharlo con el roce de mis dedos en sus pezones, buscando ese espacio entre el respeto y el deseo. Ella abrió sus piernas y tomo una postura más relajada. Me arrodillé frente a sus muslos y toqué sus pechos como si me perteneciesen provocando una situación entre el juego y el malestar. Sus pezones se pusieron duros, grandes y los pellizqué.  Empecé a acariciar sus manos y sus muslos. En un momento el deseo se apoderó de nosotras.  Levanté su falda  y me encontré todo al descubierto. Agarré bruscamente sus piernas y las tiré hacia mi, dejando prácticamente su cuerpo en horizontal. Cogí el almíbar de la lata de melocotón y lo rocié en su pubis. Chorreó por su enorme sexo provocando que se removiera de placer y me lancé a lamer aquella jugosa entrepierna. Era un placer tan dulce que no podía parar de chuparlo. Sus gemidos, cada vez más fuertes, hicieron que le arrancase la camisa para dejar al descubierto sus excitados pechos.

Abriendo aún más sus piernas, ella agarró mis pelos y restregó toda mi cara en su sexo. Froté sus pezones, erguidos y duros, con la punta de mi lengua y el juego de mi mandíbula. Serpenteaba todo su clítoris en mi boca, cada vez con más intensidad. Introduje mi lengua con fuerza en su vagina y entonces noté que tenía ganas de algo más contundente, de manera que cogí un melocotón y por la parte más hueca empuñé mis dos dedos para metérselo. Ella se volvió loca y no era para menos. Se giró y se puso de cuatro patas. Seguí sacando y metiendo el melocotón pero las contracciones de su perineo destrozaron la fruta, dejando mis dedos dentro de su útero.

─¡Fóllame! ─me dijo.

Estábamos muy calientes. Introduje todos mis dedos. La penetré cada vez más rápido y con más fuerza y ella jugaba con su cadera para saborear el placer de un coño bien lubricado.

─¡Quiero más! ─rogó y entonces la penetré hasta al fondo.

Estiró su cuello y mi puño se deslizó hasta que la hizo estallar en un enorme orgasmo. Entonces extraje mi puño y chupé toda esa dulce cascada que fluía por su entrepierna. Me puse de pie y empuñé su cara en mi coño para que chupara mi caramelo que cayó derretido en un solo gemido.

─Bienvenida al barrio, Anja ─susurré finalmente.

 Post escrito por la amiga de Rut:   “LUNA GRAND”

Luz eléctrica

Suena el jodido despertador justo cuando sentía sus pechos en mis manos, sin saber quién era, su rostro, ni sus manos, y yo, obsesionada únicamente en desabrochar sus botones pequeños para tornar con suavidad sus pezones, en una absoluta y profunda oscuridad.

Me levanto, con una respiración entrecortada y una sonrisa que hace entre ver que eso no se va quedar así. ¿Quién sería esa mujer con pechos marcados que desató en mí unas ganas locas de jugar?

Son las siete de la mañana, la luz del alba atraviesa el visillo y molesta descubrir mis ojos resacados. Es hora de levantarse pero no puedo descubrir mis ojos cansados, son diez minutos los que me arrebatan el momento. Intento no perder la conciencia con los ojos cerrados, solo permanecer inmóvil, descansando y divagando con mis pupilas, pendientes de no caer en un sueño profundo.

Y en esa milésima de segundo entre el aquí y el allí, aparece ella de nuevo. Esta vez se abalanza sobre mí, siento que estaba esperando en la oscuridad esa debilidad mía para dejarme inmóvil, menos los brazos que los puedo mover con facilidad.

Sabía que quería jugar, su respiración en mi oreja, marcaba el ritmo de sus deseos. Apreté su culo con firmeza y esto desató en ella una chispa que prendió el fuego en mí, saqué mi gato de nueve colas y la azoté. Se revolcó buscando la penetración, iba todo tan rápido que tenía todo mi coño contraído sin poder soltar la tensión rebosante de mi cuerpo.

Solté mi mano y la penetré sin mediar donde la metía, estaba todo tan húmedo que mi mano se deslizó hasta el abismo, ella entró en un éxtasis que empapó todas las sábanas, como en una explosión, el agua caliente bajaba por todo mi cuerpo e hizo estremecer mis labios. Sus pechos erguidos se pusieron frente a mí y el deseo de chuparlos mientras cabalgaba provocó que mi clítoris se pusiera duro como roca. El rozamiento de su pelvis, era cada vez más intenso, y mi fuerza se concentraba en un solo punto, follarla hasta quedar extenuada.

─Luna, vas a llegar tarde

─¿Me hablas?,¿Quién me habla?

Entro en una pura confusión cuando una caricia suave en mi cara hace que regrese la luz intensa, azul eléctrica en mis ojos.

La velocidad de mis latidos rompió la magia del momento, empapada, mojada, atrapada en un jodido momento que sabía que no se iba a repetir. Me levanté de un sobre salto como si estuviera frente a un precipicio. Me miré al espejo mientras encañonaba mis ojos al despertador y palpé mi jugoso coño.

─¡Shit!, ha pasado una hora, llego tarde a la reunión.

Sin ducharme y de trayecto al trabajo, apreté el puño del acelerador de mi Kawasaki a fondo y traté de liberar lo que aún quedaba en mí, a toda velocidad.

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“Llego, llego”, me repito, a la vez que se abre la puerta del ascensor en el oscuro parking del edificio. Entro como un viento pero una rubia con ojos verdes almendrados me clava la mirada como un escáner. Por arte de magia se apaga la luz y el ascensor se estremece quedando inmóvil. Siento su calor y la desesperación del pánico pero toco sus pechos y su respiración cambia, sus pequeños botones desabrocho sin mediar palabra, una sutil fragancia a coco provoca deslizar mi mano en toda su entrepierna. Le muerdo la oreja junto con una carcajada suya, como un imán empiezo a comer sus labios carnosos y provocadores. Aprieto sus nalgas contra la pared y ella suelta su bolso para agarrar mi melena

De nuevo da una sacudida el ascensor y se enciende la luz. Despertamos, nuestras miradas se cruzan y nos separamos, a la vez que se abre la puerta. Tratando de normalizar lo indescriptible,  entra una avalancha de gente y soltamos esa fuerza centrífuga que nos unió, nos colocamos frente a frente, con un recorrido de miradas que hace descubrir, en cada parpadeo, algo nuevo.

 

Dedicatoria:. A todas las personas que se sienten agredidas y con miedos para que todo  transmute.

 

Post escrito por la amiga de Rut:   “LUNA GRAND”