Bajo el sol de la Toscana

¿Quién dijo que dejarse ir no es una buena idea?, ¿que abandonarse a la lujuria en un país extranjero tras, no una sino dos decepciones amorosas, no resulta el perfecto narcótico contra el mal de amores? Yo desde luego les diré que lo he practicado y he salido de aquello más renovada que nunca. Les contaré de qué manera aconteció.

Tras la ruptura con Lucy, mi pequeño escarceo con Ulises y la posterior unión de ambos con embarazo incluido, mi estado anímico se había desmoronado por completo. De pronto había perdido mi sensitivo apetito, mi pasión por el buen vino y el buen sexo y toda mi enérgica capacidad de disfrute. Un buen día me monté en un tren sin preocuparme por mi destino y así comenzó un largo periplo por distintas ciudades de Europa con la plena intención de estar en cada lugar únicamente el tiempo que me viniese en gana y haciendo lo que me apeteciese. Después de dos meses de aquí para allá arribé en La Toscana, en Florencia, un quince de julio, nueve días después de mi treinta y cinco cumpleaños.

En principio quería visitar los magníficos lugares de interés que hay en esa ciudad de los que tanto había oído hablar a algunos amigos que habían viajado allí recientemente pero no fui capaz, pasé la tarde en el hotel sin ganas de nada. Al fin y al cabo no dejaba de ser una gran urbe y yo lo único que deseaba era soledad y silencio. Así que a la mañana siguiente me levanté temprano, alquilé un coche y puse rumbo a las afueras, dirección Siena. A mitad de trayecto me desvié por una carretera secundaria y acabé en Montefioralle, un pueblo medieval, luminosa estampa de la campiña italiana, grandes productores del  Chianti, repleto de viñedos y bañadas todas sus tierras por un brillo difícil de describir con palabras y fue allí, frente a los muros de una vieja casa de campo, sobre la misma tierra que pare tanta exquisita uva, donde yo, Rut, tuve una de las más magníficas experiencias de mi vida, el renacimiento de una nueva persona gracias al dorado líquido que mana de esta maravillosa región del mundo.

La casona la habitaban tres hermanas y dos primas de las mismas. Entre las cinco administraban estupendamente la cadena productiva del vino repartiéndose de tal forma las distintas tareas que la armonía parecía reinar allí de una forma sorprendente. Nunca había peleas, ni altercados, cada una sabía lo que debía hacer en su ocupación y las demás estaban siempre de acuerdo. La que se encargaba de dirigir el cultivo de los más de diez mil metros cuadrados lo hacía de forma intachable, al igual que la que se esmeraba en los procesos de elaboración. Lo mismo podía decirse de la supervisora de la bodega y con similar eficacia actuaba la que dirigía el embotellamiento y su posterior introducción en el mercado. Por último estaba la que regentaba las labores generales de la casa y esta fue a la que vine a conocer en la plaza central del pueblo el mismo día que llegué y con la que en seguida hice migas motivo por el cual, muy amablemente, me ofreció una habitación por el tiempo que quisiese y sin otra condición que la de que catase con verdadera actitud crítica la última producción que, tras veinticuatro meses en barrica de roble americano, debía ser valorada por un experto consumidor antes de ser embotellada cosa a la que, por supuesto, no pude ni quise negarme.

La morada en medio de los viñedos era hermosa y grande. Mi habitación sin embargo era pequeña y sin apenas muebles, parecida a la celda de un monje en una rústica abadía. Debo decir que agradecí enormemente tal austeridad pues se ajustaba a la necesidad de paz interior que había estado buscando. Desde mi ventana se podía contemplar todo aquel paisaje repleto de viñas donde el sol cada amanecer resplandecía dotando a la tierra de tonos rojizos, amarillos, naranjas y cobrizos. Cada día observaba a las hermanas ir y venir por los campos, por los pasillos de madera, subir y bajar las escaleras con sus quehaceres diarios. Excepto la que gobernaba la casa, las demás se mostraban algo herméticas conmigo aunque no dejaban de soltar una extraña y misteriosa sonrisita al pasar a mi lado. Yo las saludaba con la cabeza y ellas parecían ruborizarse y luego continuaban su camino dejándome encogida de hombros y sin saber si estaban encantadas con mi presencia o si, por el contrario, les resultaba una inquilina un tanto ridícula o molesta. De esta manera se fueron sucediendo las jornadas en las que, aparte de darme largos paseos por el campo, acompañar a la tercera hermana al pueblo de vez en cuando y leer no hice mucho más.

Transcurridas dos semanas, sumida como estaba en aquel estado de sosiego casi alucinado que la campiña ejercía sobre mi persona, caí en la cuenta de que, si bien no había olvidado a Lucy y a Ulises, sí que ya no sentía la pasada angustia y fue una de esas mañanas en que la hermana ama de casa y yo nos alcanzamos al pueblo para echar un vistazo a los productos que se mostraban en el mercadillo montado cada día por los agricultores, que ella me comunicó con ese dulce y cantarín acento italiano inglés suyo:

─Mañana es la fiesta de la cata, a las dos del mediodía debes estar preparada.

─De acuerdo ─asentí observando cómo ella exhibía frente a sus ojos una de las manzanas que acababa de extraer de uno de los puestitos. Sus dedos eran largos y estilizados, para haberse criado en el campo me percaté de que no tenía ni una sola rugosidad en la mano.

─Viste sencilla ─me dijo─, con un traje holgado pues debes estar ligera y sin presiones para lo que vas a comer y a beber.

A la mañana siguiente sentí en la casa una actividad frenética muy fuera de lo común. Escuché más ruidos de cacharros en la cocina de lo que habitualmente se oía y el ir y venir de la hermana bodeguera resultó extrañamente apresurado. Incluso los jornaleros que trabajaban el campo parecían más reconcentrados y laboriosos bajo la supervisión del capataz, hombre robusto de ciertos años, algo rudo en sus maneras aunque por lo demás bastante cordial, siempre me daba los buenos días con una mirada picarona y un breve balanceo de cabeza.

Llegadas las dos, la hora fijada, ya estaba montada la mesa en medio del campo con su mantel de cuadros blanco y verde. Un apetitoso manjar se exponía sobre ella y las largas botellas aún sin etiquetar repletas de la exquisita materia líquida donde el sol resplandecía y titilaba en chispas color rubí cual pequeños estallidos de diamantes. Una estampa muy rústica que invitaba a la comida y a la bebida. Sentí el despertar de mi apetito como hacía meses que no lo sentía y no sólo al festín, también al sexo oral y a la alegría de vivir. Un aletear de mariposas se estableció bajo mi ombligo mientras me sentaba a la mesa a la par que lo hacían mis cinco anfitrionas. Ellas, al igual que yo, iban vestidas con un sencillo traje que debía ser típico de aquella región y que yo me puse por encontrarlo, esa misma mañana, extendido a los pies de mi cama, de manera que entendí que este era el vestuario que se requería para tan importante festejo. Un traje suelto y blanco, de tela tan fina que casi se diría transparente, de una sola pieza y que se ponía y se quitaba fácilmente por la cabeza.

 

barril-y-botella

 

La gobernanta de la casa fue la que me sirvió la primera copa y permaneció de pie a mi lado observándome atentamente mientras yo acercaba el preciado brebaje a mis labios, olía el aroma que desprendía y luego lo sorbía profundamente. De pronto sentí como si me sumergiese en la tierra, en una tierra fresca, cálida, acogedora.

─Está excelente ─pronuncié a sabiendas de que aquel calificativo se quedaba verdaderamente corto para expresar el encantamiento al que acababa de rendirse mi paladar

Ella sonrió al escucharme con unos labios amplios y salvajemente carnosos, miró a sus hermanas y primas, afirmó levemente con la cabeza y como si se hubiesen leído el pensamiento las cinco a la par colmaron sus copas y las alzaron para brindar, gesto al que me uní alzando también la mía y brindando con ellas.

─Es un vino magnífico, créanme, no tengo palabras…

─¡Chist!, no hace falta que digas nada ─me dijo otra de las hermanas con voz de pajarillo─, simplemente bebe con nosotras.

Y así lo hice. Sin apenas dialogar, sencillamente comiendo y bebiendo y recibiendo con agradecimiento los sonidos de la domada naturaleza que nos rodeaba, transcurrieron no sé cuántas horas. El ama de casa, a cuyo pausado temperamento ya me había acostumbrado, me servía de comer y de beber cada vez que veía que mi plato o mi copa se vaciaban, sentada como estaba a mi lado, y yo notaba cómo todos mis sentidos se iban intensificando de manera extraordinaria. Podía oler cada uno de los poros de su piel, escuchaba el balancearse de las uvas todavía en sus matas, el zumbido de las moscas y las abejas sobre las flores. Las horas transcurrieron hasta que cayó la tarde y mi renacimiento fue haciéndose cada vez más evidente. El pelo de mi anfitriona fue cobrando un tono cobrizo como el vino y la tierra bajo la luz del atardecer. Caía sobre su cuello y deseé acariciarlo, beberlo, besarlo. De pronto ella me miró de soslayo y percibió algo en mi gesto. Clavó sus ojos en los míos que la observaban con una intensidad evidente y distinguí en el interior de sus pupilas un centellar de brillantes color ocre.

─Opino que ya va siendo hora ─dijo levantándose con parsimonia.

Las otras parecieron entender perfectamente a qué se refería pues las cuatro a la par se levantaron también rodando con tranquilidad sus sillas.

─Ven ─me animó tomándome del brazo─, ahora vamos a regarte.

─¿A regarme? ─pregunté dejando escapar una risita nerviosa.

─Sí, a regarte ─repitió conduciéndome ahora por entre las vides hacia el muro de piedra que separaba la plantación propia de las ajenas.

Al llegar allí se aproximó a mi rostro y sus carnosos labios humedecieron los míos. Aprecié de nuevo aquel intenso aroma afrutado. Alcé mi mano y rodeé su cuello justo en el momento en que hizo un amago de separarse. Acaricié su mejilla mientras introducía con suavidad mi lengua en su boca palpando de este modo la de ella. Todo fue un discurrir de salivas por mis papilas gustativas, un zambullirme en un estado de embriaguez aún más profundo que el que el vino me había aportado. Me sacó el traje por la cabeza dejándome completamente desnuda y entonces dijo:

─Échate ahí, sobre la tierra, a los pies del muro.

Obedecí sin rechistar. Estiré todo mi cuerpo, sentí los rayos del atardecer calentar mi piel y la dura piedra del muro acariciar mi costado izquierdo. Las cinco mujeres, se colocaron a contraluz erguidas frente a mí y se quitaron también sus trajes. Quedaron con las piernas abiertas una junto a la otra y entonces, al unísono, separaron sus labios vaginales con sus manos. Tuve que fruncir el ceño para poder ver bien ya que el espléndido sol me cegaba. Al fondo de aquellas lampiñas vulvas vislumbré con regocijo unas hendiduras potentes y brillantes bordeadas de dos rosados y pulposos relieves que estaban tan húmedos como las matas de uvas tras una llovida. Coronaba la hendidura un pliegue de carne más estirado que el resto que acababa formando una protuberancia clitorial de diámetro y dureza considerables y aquello fue lo que comenzaron a frotarse con sus dedos. Tras sus poderosas piernas vi cómo la bola solar se desprendía lentamente de su bóveda celeste flotando ahora sobre las parras del mismo modo que yo lo hacía en mi entusiasmado zozobrar a los pies de aquel muro. Fue entonces que ellas comenzaron a gemir, alzando sus cabezas, pletóricas del placer que la masturbación les proporcionaba, y sus pechos, enhiestos y voluptuosos, se agitaron, erizándose de repente todos aquellos pezones que yo deseé morder y chupar como un bebé a su tetina. Los gemidos parecían el piar de cinco pájaros, un piar cada vez más alto y enfebrecido, hasta que a las cinco a la vez les vino un estremecimiento y entonces, tomando resuello y recobrando la inicial firmeza de su postura con las piernas abiertas y los labios vaginales bien separados, empezaron a salir de sus clítoris unas abundantes fuentes de líquido amarillo y espumoso que se derramaron sobre mi persona.

La embriaguez en la que me abandoné en ese instante no resulta fácilmente descriptible. La cálida regada empapaba mis pies, mis piernas, mis muslos, mi pubis, mi ombligo, mi vientre, mis pechos, mi garganta, mi rostro, mi pelo y mis brazos que estiré por detrás de mi cabeza. Ni una sola parcela de mi persona quedó sin recibir aquella milagrosa regada. Con los ojos entrecerrados pude ver, como a cámara lenta, los cinco grifos brillando y el reflejo de la luz solar tiñendo el líquido que salía de ellos de un amarillo explosivo. De fondo escuchaba el fresco sonido del orín al caer y sobre mi piel tornábase en matices dorados y ocres dejando un rastro de espuma. Un aroma a uva blanca, a vino espumoso y joven invadió todos mis sentidos. Abrí la boca a un nuevo chorro que se estrellaba en ese instante contra mi barbilla. Saqué la lengua y lamí con agradecimiento. Bajo el intenso sabor a pis pude percibir los matices de la uva vernaccia, seca, con cuerpo y consistencia en el paladar. El olor a frutales me invadió de nuevo y cerré los ojos. En ese instante alguien separó los labios de mi vulva con sus dedos y uno de los chorros cayó sobre mi clítoris. La presión que sentí me proporcionó tal placer que a punto estuve de correrme. La regada ya había parado cuando elevé mis párpados y vi que la que había dirigido su grifo hacia mi pubis era la gobernanta de la casa y que el rústico capataz, salido de no sé dónde, se esmeraba aún en separar mis labios vaginales. Las otras mujeres ya se estaban vistiendo de nuevo con sus trajes.

─Ahí te dejamos ─expresó una de ellas─. Sabemos que te gusta esta tierra y nunca tienes la oportunidad de ararla estando siempre como estás metida en la casa. Es toda tuya.

El capataz liberó mi vulva empapada ahora de las micciones y haciendo un gesto de invitación con su mano dijo:

─Está preparada para la labranza, no hay duda, es toda para ti ─y levantándose se alejó acompañado de las cuatro anfitrionas.

Mi amiga ama de casa se tumbó en ese instante sobre mí y comenzó a besarme, primero el cuello, luego los hombros, introdujo su sedosa lengua en mi oído mientras acariciaba mi pelo aún humedecido por la riega. Me ericé al completo y algo bajo mi ombligo aleteó con enérgica vitalidad. Mordí levemente su cuello pero ella susurró:

─Déjate hacer, cariño ─y bajó su cabeza lamiendo todos aquellos jugos sobre mi piel hasta que alcanzó mi pubis. Allí posó su boca entre los relieves de mi sexo bebiendo el espumoso líquido que había quedado ahora mezclado con el que salía de mi vagina. Pasó su magnífica lengua sobre mi clítoris y comenzó a besarlo y a chuparlo con movimientos largos, profundos, lentos a veces y a veces más rápidos, circulares a veces y a veces verticales, de lamidas amplias y ávidas en ocasiones y en otras ocasiones cortas, rítmicas y precisas. Una corriente eléctrica subía por segundos más y más intensa desde allí hasta el punto central de mi mente sintiendo que toda yo me vaciaba y una oleada de placer estalló minutos después en mi garganta como el tañido de una campana en el lugar más elevado de la más elevada catedral. Y así grité, sí, grité como sólo las aves saben hacerlo, libre, sin pasado, sin recuerdos, completamente renacida volando sobre los prados y la campiña italiana en busca de un nuevo nido donde alojar mis semillas. La agarré por la melena y la animé a subir de nuevo hasta mi rostro. Permanecimos largo rato entrelazadas y besándonos mientras mi mano buscaba su perla del gusto y la trabajaba haciéndola estallar también en miles de gemidos que inundaron mi mente de un goce aún mayor que el que ella me había proporcionado con su lengua.

Describir lo que sucedió después es para mí casi un imposible pues era tal la nebulosa en la que me hallaba que apenas si poseo recuerdos certeros de todo lo demás. De manera un tanto borrosa, como en un sueño, veo cómo caminamos de la mano hacia la casa, desnudas las dos pisando con los pies descalzos las raíces de las parras. Una vez allí me llevó a su dormitorio donde tenía una bañera y la llenó con agua tibia. Me metió dentro y me lavó. Luego me secó y me hizo un hueco bajo sus edredones. Creo que dormimos toda la noche abrazadas y desnudas, piel con piel, pero cuando llegó el clarear del nuevo día y desperté no la encontré a mi lado. Entonces no pude asegurar si realmente ella había yacido allí conmigo o no. A los pies de la cama encontré mi ropa preparada y también mi maleta. En un papel, escrito en inglés y con letra un tanto infantil pude leer: “Gracias por la cata y por la inolvidable velada de ayer, ahora debes marcharte. Te deseamos mis hermanas, primas y yo un feliz viaje a donde quiera que vayas.” Me vestí rápidamente y salí al pasillo. No escuché a nadie por los alrededores. Me asomé a la ventana pero nadie parecía trabajar hoy en los campos. Una nube gris se había instalado en el cielo. Todo daba la sensación de estar deshabitado, oscuro, sin vida. Abajo me esperaba un coche de alquiler, probablemente contratado por ellas. Me encogí de hombros.

─Nunca entenderé a las mujeres ─musité.

Y aunque mis cinco anfitrionas, especialmente la sensual ama de casa, me habían gustado de una forma muy fuera de lo común, debo confesar que no dejé atrás aquel amable lugar con pena. Más bien, mientras conducía de nuevo rumbo a Florencia, reconocí una exaltación y una alegría en mi alma que hacía muchos meses que no me permitía el lujo de sentir. Entonces, con una sonrisa estampada en los labios, supe que ya era hora de regresar a casa.

روت

Judit al desnudo

Estoy un poco harta y hastiada de las hipocresías y como lo estoy voy a contaros a todos los lectores algunas cosas sobre mí que no conocéis. Lo confesaré al fin:

Hasta el momento la Judit que he mostrado en este blog no ha sido exactamente la Judit que soy.

Por qué he querido aparentar ser una mujer que no soy, podríais preguntarme. Por un motivo muy sencillo: estoy felizmente casada con un hombre dedicado a la política que, además, lleva muchos años ostentando un importante cargo en el ayuntamiento de un pueblo de cuyo nombre prefiero no acordarme en este momento. Así las cosas, escribir sobre mis verdaderas experiencias sexuales y sobre mis deseos más ocultos pensé que podría acarrearme más de un problema. Y que conste que si hasta el momento no he resultado del todo sincera no ha sido sólo por salvaguardar mi reputación social, sino también y sobre todo, y esto quiero recalcarlo bien: ¡sobre todo!, por mi marido, hombre al que idolatro, adoro y al que le debo mi más profundo agradecimiento y respeto por ser la persona que, con tierna complacencia, me paga las facturas de la peluquería, del hipermercado, de la boutique y demás caprichos materiales e inmateriales que se me antojan mensualmente, a cambio ¿de qué?, pues a cambio de nada, a cambio simplemente de aceptar ser penetrada por él cada vez que le viene una calentura y de estar pendiente de los asuntos de la casa, de que el servicio mantenga limpias las alfombras, bien a punto su comida cuando regresa del ayuntamiento y bien planchadas sus camisas, sus chaquetas y sus corbatas. Por lo demás se trata únicamente de acompañarle de manera correcta a las fiestas y a las cenas en casa de sus compañeros de partido, también a alguna que otra rueda de prensa en la que la aparición de su esposa se aconseja como lo más recomendable para su imagen pública y…bueno, nada más, nimiedades si tenemos en cuenta todos los gastos que  una mujer con mi exquisito gusto por las marcas de calidad y mi glamour requiere.

Y ya que voy a destaparme frente a vosotros diré, y no es que quiera excusar mi licencioso comportamiento, esta cara oculta y perversa de la verdadera Judit que soy, que las relaciones sexuales con mi marido me dejan más fría que un pollo en medio del Ártico.

Que si fue así desde el primer momento, podríais también preguntarme, pues no lo sé, no lo recuerdo, hace ya tantos años que nos casamos. Hará como treinta años de aquella insulsa boda de pueblo tras la cual tuve que fingir que era virgen y que no me habían desvirgado varios chicos en aquella fiesta de graduación en San Francisco a donde fui a finalizar mis estudios de bachillerato. Los cinco chicos se lo montaron conmigo sobre una mesa de billar, uno detrás de otro los fui despachando, aún recuerdo sus adolescentes falos poniéndose duros entre sus dedos mientras contemplaban cómo era penetrada por el siguiente en la lista de espera sobre el suave tapete de la mesa de juego. Glamurosa y deseada, sí, mucho, tanto como jamás me ha hecho sentir mi marido. Especialmente cuando percibí que el semen de aquellos recién graduados que se tocaban haciendo un círculo alrededor de la mesa caía en gotas regándome todo el cuerpo. Uno se corrió sobre mis pantorrillas, el otro sobre mi pecho derecho el otro sobre mi pezón izquierdo y el otro sobre mi vientre al tiempo que yo gemía de gusto porque el falo de uno de estos inquietos muchachos de diecisiete años me taladraba la vagina sin la menor consideración escupiendo en inglés sobre mi rostro insultos del tipo de: zorra, puta, perra, guarra, etc… que me hicieron gritar aún más y más fuerte, de tal forma que si mi marido me escuchase alguna vez así en la cama se asustaría ya que con él jamás he llegado a emitir decibelios más altos que los que puede alcanzar el más breve de los suspiros. Y así debe de hacer la esposa de un personaje político, con la responsabilidad de mi marido, no me cabe la menor duda, hay que guardar la compostura siempre, saber estar y permanecer en el lugar que a cada una le corresponde. Discreción, moderación y sigilo en todas las expresiones de las mujeres que, como yo, ostentamos un cargo social tan alto. Somos un ejemplo para todas las demás mujeres y muchas, como mi amiga Rut, la directora de este blog, no quieren comprenderlo.

¿Por qué no hablar ahora de lo penoso de mi situación por culpa de la directora de este blog, la “señorita” Rut, ahora que ella me ha descubierto y me está obligando a ser sincera conmigo misma y con todos los lectores utilizando el más feo de los métodos, o séase, el chantaje?

Pero miren, por lo pronto me voy a callar…al fin y al cabo seguimos siendo amigas y tal vez en el próximo post que escriba os relate cómo fue que ella me descubrió y cómo tuve que acceder a su vil chantaje y doy gracias a Dios de que al menos mi nombre, bajo el seudónimo de Judit, pueda continuar siendo anónimo, única petición a la que accedió la directora de este blog, repito el sarcasmo por si no se ha entendido anteriormente, la “señorita” Rut.

En resumen, seguiré escribiendo y publicando bajo la censura positiva que Rut me ha impuesto, y bajo su yugo iréis conociendo a la verdadera Judit, la Judit al desnudo que soy a partir de este momento, momento que marca el fin de una etapa y el inicio de otra y al que espero sobrevivir gracias a la condescendencia de todos vosotros, mis queridos lectores. Ya sabéis que os idolatro y que estoy deseando conoceros en persona para practicar sexo salvaje sin parar, eso sí, siempre a espaldas de mi marido y de mis colegas de la parroquia en la que imparto las caquetequesis que si no…

ιουδειθ

La virgen Stara

Rellena y aprende de una encuesta de salida…Stara 16

 

Lo conocí en un aeropuerto, casi escondido tras una columna. Jamás lo había visto y, aunque nos habíamos citado a través de largos mensajes, ambos nos miramos. Por un instante hubo una duda, después una sonrisa y un tímido beso cuando en realidad habíamos quedado para profesarnos el amor que creíamos tenernos y soltar el deseo de follar.

Habíamos planeado tres días de amor aunque, en realidad, ambos sabíamos serían de sexo porque el amor sin contacto es etéreo y no deja marcas.

Comimos y con una botella de vino nos recostamos en el sofá, abrazados, riendo y buscando conocernos, buscando alargar el momento antes de meternos en la habitación, preciosa por cierto, con un enorme ventanal al mar.

Cuando al fin estuvimos en la habitación su prudencia resultaba extraña. Estaba nervioso y quería ir muy lento pese a que yo me despojé de la ropa en un santiamén. Sólo la luz de unas velas nos alumbraba y me acerqué a la ventana mientras que él se colocó detrás de mí. Entonces intentó penetrarme y digo intentó porque mis generosos glúteos se lo pusieron difícil.

 

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Lo sentí tímido, casi tembloroso. Me puse un cinturón y le animé a dominarme con él pero no le gustó, quería romanticismo. Se quedó inmóvil cuando, abriendo yo bien mis piernas, le mostré mis labios vaginales y parece que esto sí que le gustó porque en ese momento se olvidó del romanticismo y, arrodillándose, los lamió hasta hacerme fluir ríos por las piernas. Llegué a pensar que era el primer coño que había tenido en su boca en vista de la devoción y el ansia con que lo devoraba. Después me poseyó y volví a recordar el color de la pasión ya olvidada. Ese tímido hombre fue mío y lo sigue siendo, lo embrujé hasta el punto de hacerle probar su propio semen que cayó en mis labios al correrse gracias a mi mamada.

Desde entonces mis piernas siempre están húmedas y la gota de sangre que apareció en las sábanas no fue casual, marcó un destino de cavernas húmedas que huelen a mora y saben a vida, que necesitan de pasión para sentir que el amor existe no sólo cuando dos cuerpos se unen sino también cuando las dos almas que los habitan comparten otra existencia.

 

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Follarte como si no te quisiera

Nada puede conmigo reina

cuando te follo así

como si realmente no sintiese nada por ti

y pedirte entre gemidos que, por favor,

no me quieras ni lo más mínimo,

sexo y sólo sexo es lo que me gusta

para blindarme con mis armaduras

hasta las cejas, reina,

y el corazón ya de paso

porque no es un órgano estrictamente necesario

para follarte así, como lo hago,

invadiéndote profundamente con mi arnés

de colores insinuantes

y vibraciones múltiples

mientras te digo

que yo tampoco te quiero

que sólo deseo poseerte de este modo:

utilizar tu cuerpo

como si nunca hubiese estado

loca por tus huesos,

como si ese flujo con el que ahora me empapas

no fuese alimento suficiente

para mi alma

y, ¡toma reina!, ahí va otra nalgada

para que sepas que ¡no!,

¡ni se te ocurra!, quererme.

 

Follarte así,

por detrás, atándote las manos,

tirándote del pelo,

como si realmente no te quisiese,

como si tu compañía,

tu ronca y dulce voz,

tus rarezas y tus locas ideas

no fuesen lo que más añoro

cuando estoy lejos de ti

y dártelo así, sin la más mínima ternura,

venciendo todo el dolor del mundo,

al otro lado de la puerta

sé que me observan los lobos,

mi armadura ya está puesta

sobre el sudor de mi desnuda piel

se siente bien,

se siente parte de mí misma,

gracias a ti, reina, sé que estoy preparada

para la gran cacería

si puedo no quererte un poco

aniquilaré a mis enemigos

como hago con tu cintura

tómalo fuerte, así,

como si no te quisiera,

que ya cabalgo hacia mis fieras:

pisotearé sus cadáveres,

la muerte tan cercana

gracias a ti, reina,

cuando te venza el orgasmo

la veré alejarse de nuevo

y sabré que es la señal de salida;

los lobos aúllan al otro lado de la puerta,

mis músculos se disponen para combatirlos…

روت

 

Judit al desnudo, antes de ser descubierta por Rut

Creo que ya os expliqué en mi post anterior los motivos por los cuales me he visto en la difícil tesitura de tener que desenmascararme y contar cómo es mi verdadera vida erótica la que, por supuesto, no muestro frente a mi marido ni en mi vida social y pública, ya que esto podría restarle votos a él, gran hombre dedicado a la política y a demás cuestiones de estado, y perjudicar de manera considerable mi imagen de buena mujer casada.

Sin embargo y a pesar de las presiones que la directora de este blog, la “señorita” Rut, ha ejercido sobre mi persona, no creáis que nuestra relación como amigas se ha visto mermada, no, ni mucho menos. Tal y como acordamos, mientras mi identidad no salga a la luz no sólo no habrá problema sino que, de algún modo, esta nueva forma de escribir me brinda una sensación de libertad que de otro modo no habría podido experimentar.

En mi post anterior os había prometido relataros cómo fue que mi amiga, la “señorita” Rut, descubrió mis licenciosas actividades llevadas a cabo siempre a espaldas de mi vida conyugal y de mi conservadora congregación de amistades y así haré ya que, quizás otra cosa no, pero mi palabra siempre, siempre la cumplo, excepto aquella que tenga que ver con cualquier tipo de fidelidad sexual, como ya os imaginaréis, especialmente las pronunciadas frente al altar dirigidas a mi querido esposo.

El día aquel en que Rut me descubrió, mi marido había regresado a casa a la hora habitual del mediodía con un periódico local en la mano. Se sentó en la mesa de la cocina y arrojó el periódico furioso sobre la mesa. Desanudándose la corbata exclamó:

─Qué tonterías dice la opinión pública. Ya no saben ni cómo vender periódicos. Ahora me critican todas esas feministas, partida de abortistas y de lesbianas, diciendo que soy la viva imagen de esa sociedad del patriarcado que ellas aborrecen. Y todo simplemente por haber observado una realidad que hasta el más mediocre analista habría observado y es la de que el paro ha aumentado desde que la mujer se ha incorporado al mercado de trabajo, que lo mejor sería que las mujeres se dedicasen a lo de siempre. Si siempre fue así, ¿a qué vienen ahora a pretender cambiarlo? Y es simplemente verdad, todas esas frustradas, camioneras, que no han encontrado un macho alfa que se las folle bien, ese es su gran problema, ya podrían estarse calladitas, dedicadas a las labores familiares, como tú ¿verdad mi Judit?, que eres tan feliz conmigo…

Y sin dejarme siquiera responder, estando yo frente al fregadero poniendo en remojo el cacharro con el que me acababa de calentar el café, sentí sus manos por detrás levantándome la falda. Sus dedos torpes rodaron mis bragas, separaron mis piernas y sin quitarse si quiera los pantalones, sacando su ridículo pene entre la cremallera, me penetró así sin más, sin preocuparse en ponerme mínimamente húmeda. Fue, cómo no, un polvo soso, insulso, un polvo que a él le sirvió para recobrar su lastimado estatus de poder y a mí me sirvió para perder cinco minutos de mi precioso tiempo y de mi garganta gimiendo como si me viniese el mejor orgasmo de mi vida cuando en realidad lo que más me hubiese apetecido era bostezar y, sobre todo, que me dejó con un calentón de verdadera polla increíble. Por eso, y no es que quiera de nuevo excusarme, aquella noche, aprovechando que era viernes y que mi marido tenía una cena importante de diplomáticos, a la que no podían acudir las mujeres según él mismo me había advertido, yo, con la excusa de que necesitaba refrescarme un rato, me fui al bingo dispuesta a gastar cuanto más, mejor.

La sala de bingo estaba especialmente concurrida y, viendo a un solitario hombre de cierta edad pero muy bien parecido, sentado a una mesa y contando con meticulosidad algunos billetes que quedaban entre los pliegues de su cartera, me senté a su lado.

─¿No tienes mucho dinero ya? ─le pregunté.

Él se encogió de hombros y me miró. Sus ojos brillaron por un instante. Supongo que no se pudo creer lo que le estaba sucediendo, de repente una mujer tan guapa como mi persona y tan elegante lo había escogido de compañero de mesa, así sin más esmero de conquista por su parte.

─Yo tengo mucha pasta, añadí, y acabo de llegar y…no me apetece estar sola hoy ─sonreí con picardía─, ¿te importa acompañarme?

El hombre se agitó por un momento, pasó su mano por su coronilla y resoplando afirmó con la cabeza.

─Pues venga ─resolví─. ¡Croupier, tráiganos diez cartones que este señor y yo vamos a apostar y mucho!

Así comenzó una velada de locura y juego que se extendió no sé cuántas horas a lo largo de las cuales ganamos, perdimos, volvimos a ganar y volvimos a perder y bebimos, bebimos no sé ni cuántas ginebras yo, ni cuántos whiskies él, todo, por supuesto, pagado por mí y entre cartón y cartón me abalancé sobre sus labios no sé ni cuántas veces mordiéndole la boca con un deseo y una necesidad de empaparme de su semen más que evidentes. Y hasta tal punto llegó a estar el ambiente caldeado que antes de abandonar el local, nos precipitamos ambos hacia los servicios y allí mismo, amenizados de fondo por la voz del croupier que cantaba los números y por los gritos de ¡línea! que a ratos se alzaban de entre las mesas, liberamos nuestra lujuria, él sentado sobre el inodoro con los pantalones y los calzoncillos bajados hasta los tobillos y yo con mi falda subida, las bragas echadas a un lado y cabalgando sobre sus inglés para sentir con cada sacudida cómo se deslizaban sus, por lo menos veinte centímetros de pene bien duros por toda mi vagina. Y oye, aquello sí que fue un buen polvo, con qué voracidad me la tragaba, hasta que al fin el hombre se corrió, no dentro por supuesto, minutos antes tuve la precaución de liberarme de la penetración, arrodillarme en el suelo y chupársela con entusiasmo extremo hasta que su líquido espeso y abundante mojó mis labios, mis mejillas, mis ojos y hasta mi pelo, tal fue el impulso con el que aquel chingo fue expulsado de su magnífico prepucio.

Después de aquello él carraspeó varias veces mientras se subía el pantalón y se lo abrochaba, yo creo que sin creerse todavía lo que le estaba sucediendo, y yo me abotoné de nuevo el escote, me alisé el pelo y me coloqué modosamente la falda tras lo cual él me dijo:

─¿Y ahora qué?, no sé ni tu nombre.

─Para nada necesitas saberlo ─le interrumpí─. Ahora tú y yo nos vamos a un swinger que hay por aquí cerca, vamos a seguir pasándolo en grande.

Dicho esto le cogí de la mano y lo arrastré hacia la calle y fue en el swinger donde me encontré con la directora de este blog, la “señorita” Rut, que, como vosotros ya sabéis, suele merodear por esta clase de antros.

Así que tal y como les explicaba al principio del presente post fue aquí, en este local swinger donde aconteció la escena que puso mi reputación en las chantajistas manos de Rut y, aunque os prometí que hoy contaría esta escena de mi vida, al tratarse sin duda de un episodio muy importante y que necesita larga explicación, prefiero dedicarle un solo post a él, así que os emplazo para mi próxima publicación. Sólo sepan que sucedió en un cuarto oscuro, aunque con la suficiente luz a la entrada como para que la “señorita” Rut pudiese verme y seguirme…

Lo dejamos ahí por lo pronto. No sé vosotros pero yo ahora mismo me voy a gusto, con el sabor en mis labios del semen de mi compañero de mesa en el bingo y con la satisfactoria sensación de sus veinte centímetros de musculoso pene frotando mi vagina.

Respecto al macho alfa de mi marido, pues ya sabréis a lo largo de mis relatos cómo se las ingenió para salir bien parado con la opinión pública y con todas esas feministas de moral más que discutible, ejem, mejor no hablar de ellas, ¡marimachos!, y lo siento Rut si no te gusta lo que digo, en este país aún hay libertad de expresión, gracias a grandes hombres como mi marido, que luchan porque las instituciones democráticas aún se mantengan en pie, a pesar de esos corpúsculos antisistemas que tú y muchas mujeres como tú apoyáis, mujeres de ética y principios más que dudosos, ¡¡¡que ya es bastante con que tenga que estar contando en este blog todas estas dobles actividades mías por tu culpa!!! En fin…

ιουδειθ

Corte de manga de Stara

“Protectores del silencio para lapidar el sentido de los nombres y no se esconden”

“Para entender la sangre de alguien hay que acudir a la inteligencia… puro light”

“Hazme una lista de insultos pero cuando la hagas, animal de cuatro patas, hazla siempre para follarme”

…Stara 16

 

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En épocas de sequía vendrán tiempos mejores y no es la sed lo que me hastía sino la insufrible vanidad de tanto sosegado pene.

Hostigar hay que a tanto macho que se dice portentoso y luego nada, energías gastar en palabras vacuas, hipopótamos de manteca y grasa, sin deseo, nada que sacar de sus prepucios flácidos desde qué, sólo mamarrachadas y fanfarronadas de tamaños y durezas y mi clítoris nada, cariño, ni se inmuta, y mis túneles, nada cariño, ni se humedecen, vacío e indigencia no más porque de palabras no se alimenta el cuerpo ni tampoco el espíritu. De cartas de antiguos amantes que he recibido recientemente sí. Mi memoria se aleja hasta aquel maltrecho lecho dentro de su caravana. Su rubia melena de vikingo y su cuerpo largo de sílfido sobre las tablas de surf, haciendo surf sobre mis muslos. Me recordaba en su carta cuántas cosas me haría de tenerme hoy en día en su caravana choza de león hambriento y duro como ninguno de estos que me rodean en mi nueva vida familiar impuesta, una mierda esto en fin, para qué hablar más, mejor imaginar cuánto me seducía el león vikingo aquellos veranos ardientes en su caravana, uno detrás de otro, su lengua de león lamiendo mi cuello sigue bajando hasta mis pezones donde los chupa, los lame, los aprieta apenas hasta llegar a morderlos, se endurecen ahí entre sus dientes y me vuelve a chupar y sigue su lengua bajando hasta el ombligo, principio de mi existencia toda donde lo moja de saliva, en círculos a su alrededor derrama líquido de palabra en la piel sobre mi útero, mi fantasía se enciende, león de las aguas, ¡eres realmente cojonudo!, podrías venir aquí y darle una lección de sexo a todos estos acomodados machitos de tamaño XL, sólo en sus palabras porque en la práctica, ¡nada!, es el bullicio del fútbol, el ruido por el ruido, no como los gritos que me hacías soltar tú dentro de aquella caravana en el sur de mi isla. La tierra toda temblando, girando alrededor de mi placer sostenido por la punta de tu lengua de león sobre mi clítoris, la perla se hace dura y te llama ahora sí que me estoy mojando sólo de releer tu carta, león vikingo, sacudida entre mis piernas, ¡joder, eres cojonudo!, ahora te amarras el pelo rubio de guanche vikingo, menceyato caliente hasta las cejas, en una coleta y sé que ya no puedes más, que vas a lustrar tu pene con la grasa de mis túneles. Eres y no eres un dios, algo así como un tótem que me ha traído hasta este agujero de ruedas y paredes de metal, todo tan desequilibrado, desmoño y falta de control, parece que va a caer de las sacudidas adentro, tan pronto tierno regando la rosa, tan pronto guerrero en la plena ebullición del mundo, sin piedad, hasta me duele pero es un gusto, un gusto que no acabe, con coca o sin coca en el prepucio que se inflama para mí, ¡guau, eso sí que es una verga, tío! exclamo, ¡con eso me empalas hasta el agujero! Rozada toda que vas a dejarme menceyato de las aguas sureñas. Con tus fuertes manos me agarras la cintura y me la clavas, así de rodillas como estás en tu camastro y yo tumbada rodeo tu marcada cintura con mis piernas y me duele tu brusquedad ¡ay! aunque no, no me duele, me gusta, no, me duele, no, me gusta, sí, menea en un mete y saca, mete y saca de placer y dolor al mismo tiempo, esto sí que es una cabrona porra toda repleta de poder, no la flácida salpicadura de estos falsos poetas XL que no llevan los calzoncillos al revés porque siempre tienen a una ex pendiente y dependiente detrás de ellos, ¡no me jodas! y si no es la ex es la jodida madre que los parió; sin sexo debió de ser porque yo no sé ni cómo lo hacen en estas sosegadas tierras donde no parecen necesitar follar ni para multiplicarse. Y vuelvo a la carta del salvaje en tierra de menceyatos: Lástima tenerte tan lejos, me dice en un acceso de ternura, de estar aquí ahora conmigo, me dice, te pondría en posición de potro y te lamería el agujero del culo para lubricarte y luego te la iría metiendo despacio, sin apresuramiento, primero el prepucio, luego un trozo de tronco, sólo hasta el principio de mis venas, sólo para que sientas su relieve cómo palpita y se hincha por la añoranza que te tengo, en tu honor me rasparé las rodillas follándote sobre cualquier plataforma, me dice, en tu honor frotaré mi pene con las paredes de tus túneles hasta sacarte toda la sangre de adentro, no pararé hasta oírte gritar no una, ni dos, ni tres. Joder, menceyato, eras jodidamente bueno, no lo pongo en duda, habré de cruzar los mares, mandar a todos estos pringados XL a tomar por culo!!!

… dirigido especialmente desde la sucia boquita de esta Stara a todas aquellas mentes y corazones repletos de sucia hipocresía, que no son pocos, a ellos mi más intenso corte de manga…

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La última playa

Sólo en una ocasión gocé de un trabajo que podríamos calificar de decente, según la casposa definición que la mayoría de la sociedad usa para catalogar el amplio abanico de actividades profesionales con las que el ser humano medio puede mal que bien ganarse la vida, aunque claro, no me duró mucho tiempo. Sucedió durante la época en la que regresé a vivir a  Canarias, mi tierra natal. Tras llegarme noticias, por una amiga en común, del feliz parto de Lucy y de aquella idílica relación de familia que había iniciado con Ulises y su lindo bebé, dejé la productora para la que aún grababa algunas películas, amontoné mis pocas pertenencias realmente imprescindibles en una maleta y volé de Madrid a Gran Canaria sin pensármelo dos veces. Necesitaba alejarme de la casa que había compartido tantos años con ella y también necesitaba poner pies en polvorosa, meter mar de por medio  y recomponer mis destrozados ánimos con la vitamina D del sol. Una vez en la isla, debido a mis más que indiscutibles dotes sociales y comunicativas, en seguida me propusieron regentar un barco de travesías y juergas.

Mi barco se llamaba “The last beach” haciendo alusión a la playa de Maspalomas donde se recogían a los grupos de turistas para trasladarlos al muelle de Puerto Rico desde el que zarpaba. Con su carcaza de madera avejentada, sus dos mástiles y su proa en la que ondeaba, siempre altiva, la bandera de la calavera del temido Edward England, pretendía simular los antiguos navíos piratas que atravesaban el Atlántico rumbo a las Américas y, aunque tenía una capacidad como para unos ciento cincuenta pasajeros, resultaba muy habitual que sobrepasásemos el límite moderadamente con la finalidad de facturar lo más posible sin correr riesgos de hundimiento por exceso de peso. En él proporcionábamos a los turistas un ameno paseo por el largo litoral sur de la isla, litoral en el que nadie posaba su vista ya que todos iban a beber como cosacos, a saltar con la música del DJ que pinchaba discos sin parar en la cabina del timonel, a meterse rayas, a tocarse sus entrepiernas, a practicar el sexo oral y la anarquía pura y dura en cubierta y demás excesos imaginados y por imaginar que, sin embargo, en tierra no sólo no se atrevían a llevar a cabo, sino que además miraban por el rabillo del ojo y con desconfianza a los que sí tenían el valor de hacerlo. Ya en las últimas leguas de travesía se solían lanzar por la borda empujados por la imperiosa necesidad de limpiar sus extasiados cuerpos de tanta lujuria causa del mareo que el vaivén de las olas, el alcohol, las drogas y el sexo les había provocado y también con la seguridad de que de esta forma podrían desprenderse definitivamente de ese ser oscuro e ignominioso que todos llevamos dentro pero del que había que renegar necesariamente una vez ponían los pies en secano.

Sucedió que en una ocasión y debido a la incompetente negligencia de algunos tour operadores a los que, todo hay que decirlo, tampoco se les podía pedir más teniendo en cuenta el mísero sueldo que cobraban y la cantidad de horas que trabajaban fuera de contrato, se reservó el barco para dos agencias distintas en el mismo día y para la misma travesía. Cuando fuimos a recogerlos con nuestra flota de guaguas a sus respectivos hoteles, nos encontramos con un numeroso grupo de turistas de diversas nacionalidades: ingleses y rusos en su mayoría y también turistas peninsulares.  Todos reclamaban a gritos su derecho a ser trasladados hasta el barco pero el caso era que sumaban casi el doble de la capacidad del mismo y yo, no sabiendo qué hacer y completamente paralizada por las presiones, me encontré en una situación de bloqueo tal que, cuando me vine a dar cuenta, las guaguas ya habían arrancado repletas de todo aquel gentío. Al llegar al muelle de Puerto Rico, el capitán del buque, viendo la tremenda marabunta bajarse de las dos guaguas, que muchos habían ido incluso de pie, me dio cuatro chillidos. ¿Cómo era posible que hubiese accedido a traer a tanta gente?, ¿me iba a responsabilizar yo de las posibles consecuencias? Era necesario, sin duda, que la mitad de los pasajeros se quedasen sin viajar, se les pediría disculpas y se les devolvería el dinero, así de sencillo. Sin embargo ya la avalancha había comenzado a subir la pasarela, gritando, empujándose y haciéndose un reducido hueco dentro de la cubierta a trompicones. ¿Se daba cuenta?, le dije al capitán señalando hacia el tumulto y encogiéndome de hombros, aquello sin duda se nos había escapado de las manos. Pero él comenzó a gritar con las venas de la garganta a punto de estallar que dejasen de embarcar inmediatamente, que el buque podía hundirse si nos excedíamos. A sus bramidos no parecían hacer caso ni tan siquiera los turistas peninsulares que supuestamente entendían el español a la perfección. Un hombre de unos cincuenta años de espaldas anchas, tripa más bien prominente y shorts que se le escurrían por debajo del ombligo, agarrado a la estaca de la bandera pirata, se inclinó hacia nosotros y nos enseñó el dedo medio al tiempo que gritó en un inglés cerrado: ¡This is a riot, raise the catwalk!; lo que significa: “¡Esto es un motín, eleven la pasarela!” De manera que nos pensaban dejar en tierra a nosotros, a los máximos responsables. Sin perder ni un minuto más en discusiones inútiles el capitán y yo ascendimos corriendo a bordo y vimos cómo, en efecto, la pasarela se recogía y la actividad de desamarre del barco comenzaba a ponerse en marcha. Las tres velas se desplegaron, tres de los marineros que trabajaban para el buque izaban el ancla obligados por los tripulantes. Al cabo de varios minutos nos encontramos todos deslizándonos pesadamente sobre las olas. De la cabina del timonel se escapó el inicio de una música disco a un volumen extenuante y nuestras voces, las voces del capitán y la mía advirtiendo del peligro de zozobrar en alta mar, ya ni siquiera se escuchaban. Al timonel, rodeado por otros tantos turistas, no le había quedado más remedio que poner rumbo hacia su itinerario habitual y al disjey, cuyo plato de disco se encontraba en la misma cabina que la del timonel, no le había quedado otra que comenzar a pinchar el repertorio musical que traía preparado con su típico: “¡Que comience la fiesta! Let the party begin!”.

(a partir de este momento el relato tiene banda sonora, ¡no te la pierdas!, anima la escena y define exactamente lo que nuestros personajes están escuchando)

Y aquello se desmadró en ese preciso instante si cabe aún más de lo que ya lo estaba. La gente empezó a saltar al ritmo de la música que pinchaba el DJ. Ellos solos, sin esperar a que los camareros les sirviesen, empezaron a pasar por encima de las dos barras detrás de las cuales había gran cantidad de botellas, bebidas alcohólicas de diferentes grados y colores y a abrir las botellas repartiéndolas entre el gentío mientras el capitán y yo contemplábamos con la boca abierta tremendo panorama sin saber cómo hacer para poner orden. Sin duda aquello era una sublevación a todas luces y nosotros ya no podíamos hacer más que sumarnos al disparatado asunto. El cincuentón de los shorts por debajo del ombligo me agarró de la mano y me llevó hacia la proa. Junto a la bandera pirata abrió una botella de vodka con total desparpajo y en su inglés cerrado me dijo: Miss Keep calm. this is a real riot; lo que significa: “Guarde la calma señorita, esto es un auténtico amotinamiento”, y al tiempo que me extendía la botella añadió: His company wanted to rip us off and now you’re going to pay dearly; lo que significa: “Su compañía pretendía estafarnos y ahora lo vais a pagar caro”. Con la mano temblorosa agarré la botella y pegué mis labios a la boquilla. El líquido quemó mi garganta pero de alguna manera calmó mis nervios. Él sonrió al ver cómo me rendía al alcohol bebiendo otro largo trago y me pareció percibir que uno de sus colmillos brilló de manera sospechosa.

─Miss ─me dijo haciendo un educado gesto hacia un grupo de cinco hombres que a varios metros nos miraban sin dejar de sonreír─, are you invited to be the center of our orgies ─lo que significa: “Está usted invitada a ser el centro de nuestras orgías”.

A pesar de aquellas no muy estimulantes palabras, sin perder el cierto grado de aturdimiento que el vodka me había proporcionado, me tomé un minuto de respiro para observar el estado general de la revuelta en cubierta. La marabunta continuaba saltando sin parar. Algunos aspiraban polvos blancos por la nariz y varios grupos andaban por aquí y por allá desprendiéndose de los trajes de baño, de las camisetas “Remember Gran Canaria” y de los sujetadores colorines chupachups comprados en los chinos frente a sus apartamentos. En la barandilla, cerca de uno de los mástiles,  el clítoris de una chica que se encontraba de pie completamente en pelotas y con las piernas separadas estaba siendo succionado por la boca de un chico que permanecía de cuclillas frente a ella. La chica le gritó: Следуйте, следует, что я кончу!; que en ruso significa: “¡Sigue, sigue que me corro!” A todas estas el capitán se había perdido entre tantas cabezas, manos alzadas, desmoñadas melenas azotadas por el viento de la alta mar, o quién sabía, tal vez lo habían encerrado en las dependencias subterráneas donde se almacenaban los víveres y demás suministros del barco, a estas alturas del levantamiento todo era posible. Era obvio que mi estigma sexual, prendido en mi frente desde mi nacimiento, me perseguía hasta las fronteras de la última playa de la isla, del planeta y más allá. No me sería posible escapar, de ningún modo, sólo un inmediato hundimiento permitiría un milagro semejante. El anglosajón de la enorme tripa me volvió a agarrar del brazo y me remolcó esta vez hacia aquel grupo de hombres los cuales comenzaron a reír a carcajadas al ver cómo su jefazo les llevaba la deseada presa al nido.

─Now you kneel before us as a sign of your servitude to the new magnanimous of this ship ─lo cual significa: “Ahora te arrodillarás ante nosotros como muestra de tu servidumbre al nuevo magnánimo de este buque”, y esto lo dijo señalando el suelo salpicado de bebidas que la gente derramaba al tropezar unos con otros.

Los cinco hombres hicieron un corro en torno a mi persona y al barrigudo bebedor de vodka al cual, mirándole de soslayo, le arrebaté en un abrir y cerrar de ojos la botella. Sin decir una palabra volví a beber largamente. Las maliciosas carcajadas de los hombres sonaron en mis oídos por encima de la música del DJ pero no me importó porque acababa de tener una brillante idea, debía hacerlos saltar a todos, a todos sin excepción. ¡Haría hundir el maldito barco si fuese preciso y los mandaría a todos al mismísimo infierno! Alcé la mano todavía agarrando la botella y empecé a dar brincos.

─¡Vaaaaamos! ─grité al ritmo de la música, rodeé con mi brazo los hombros del magnánimo jefazo y brinqué azotando mi melena al aire, moviendo desquiciadamente mi cabeza de delante a atrás al tiempo que berreaba sin parar con el otro brazo levantado─. ¡Vaaaamos!

En ese momento las neuronas espejo de los cinco hombres, de las que desde luego no se podía decir que careciesen, se activaron y ellos comenzaron a sacudir sus cabezas a la par que la mía. Visto esto al jefazo no le quedó otra que seguirme la corriente simulando que en realidad él estaba permitiendo ese cambio de planes. ¡Caaaaamon!, animó también. Le cogí la mano y lo arrastré entre el tumulto al grito de: ¡Vaaaamos! y así lo llevé hasta los pies de la escalera del puente de mando. Subí el primer escalón me di la vuelta y abrazando su cuello empecé a restregar mis pechos en su cara. Sus mejillas enrojecieron de gusto y cuando al fin me aparté le escuché gritar con euforia: ¡Caaaaaamon! a cuya orden todo el barco comenzó a saltar movidos por un embriagador y unísono ritmo que invadió sus mentes y sus corazones. Subí escalón por escalón menando a propósito el culo y detrás de mí subía el magnánimo cuyo short había resbalado tanto que ya casi dejaba al descubierto su pubis. Una vez que hubimos alcanzado el puente de mando pude contemplar cómo la sublevación se había convertido en una auténtica masa unificada de cuerpos que botaban y coreaban a una, y en ese instante el suelo del barco comenzó a perder estabilidad. ¿Dónde estaría el capitán?, me pregunté ahora asustada. Al barco le quedaba poco tiempo de flotación, finalmente tendríamos que soltar peso pero ¿cómo?, ¿podríamos lanzar a gente por la borda?, ¿sería realmente ético arriesgar la vida de varios hombres para salvar la de todos los pasajeros? De pronto la proa comenzó a inclinarse y se escucharon los berridos de pavor de algunos. En esa zona del barco la gente comenzó a correr hacia el lado de la popa con el ciego objetivo de contrarrestar peso. El rumor de peligro inminente por hundimiento comenzó a prender entre los desmadrados de cubierta y poco a poco todos dejaron de saltar presas del pánico. Hasta a la cabina del timonel y del DJ debió de llegar la alerta pues de repente la música paró. Todo quedó en silencio. Ahora era en la popa del barco en donde se había arremolinado el tumulto y ésta comenzaba a hundirse. Todas las miradas se alzaron hacia el puente de mando, todos los ojos se clavaron en mi persona y en la persona del barrigudo jefe de la sublevación de cuyos shorts caídos asomaban ahora algunos pelos de su pubis. El barco se inclinó aún más por la zona de popa y un grito de espanto se abrió de nuevo paso en cubierta. Todos a una corrieron esta vez hacia la proa.

─¡Eh, tranquilos! ─grité en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─. Lo primero que hay que hacer es equilibrar el peso, la mitad de las personas a un lado y la otra mitad al otro lado.

Pero no me hicieron caso. Actuaban como un cuerpo indivisible. Si una parte de la marabunta se trasladaba hacia la proa todos le seguían y si la otra parte se trasladaba hacia la popa todos le seguían también. Así no conseguíamos sino columpiar el barco como un péndulo cada vez con más fuerza. Más tarde o más temprano acabaríamos por zozobrar. Había que actuar con rapidez.

─And now, what can we do? ─preguntó el magnánimo.

─Que qué podemos hacer ─grité furiosa de nuevo en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─. ¿No se lo habíamos dicho, no le habíamos dicho que no podían subir todos? Ahora hay que hacer una selección de pasajeros, la que debimos hacer en el puerto antes de zarpar.

─I don’t understand you ─balbuceó el hombre─. What do you mean?

─Que a qué me refiero –sonreí casi diría que con maldad. El barco volvió a columpiarse por el lado de la popa─. ¿Usted cree que podremos aguantar así mucho tiempo? ¡Esto se hunde, se hunde, tendremos que desprendernos de algunos pasajeros! ─Los cinco fieles acompañantes del cincuentón trataban de guardar el equilibrio a los pies de la escalera, bajo el puente de mando─. Yo creo que con que nos desquitemos del peso de tres hombres tendremos suficiente y bien podrían ser tres de vosotros, por lo que veo sois los más entrados en panza que hay en este buque ─dictaminé.

─But what does it say? ─me amonestó el jefazo al tiempo que el barco volvió a zarandearse esta vez alcanzando una inclinación de por lo menos veinte grados. Un grito generalizado se mantuvo en el aire unos segundos─. That’s inhumane, you can’t do it ─lo que significa: “Eso es inhumano, usted no puede hacerlo”.

─Cómo que no ─dije en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─. ¿Usted de verdad cree que esto aguantará mucho tiempo más?, ¿no ve en qué difícil situación nos ha puesto su amotinamiento? Ahora mismo que se coloquen aquí sus cinco marineros y que se quiten la ropa, debo valorar vuestros pesos y decidir qué tres hombres van a ser lanzados.

─But…

─No se hable más. ¡Vosotros cinco! ─ordené señalándolos─. Suban para acá ahora mismo ─Los hombres obedecieron y se irguieron frente a mí tan rectos como el constante mecerse del barco les permitió─. ¡Y usted! ─le ladré al jefazo─, ya puede ir quitándose la ropa ─Y para mi sorpresa el jefe agachó la cabeza y, manso como un animalito de corral, empezó a sacarse la camiseta “Remember Maspalomas” y el short que ya casi le caía por debajo de los calzoncillos─. ¡Eso también! ─dije señalando los calzoncillos─, ¡todo!

Inmediatamente los otros siguieron el ejemplo de su magnánimo jefazo quedando en unos segundos completamente en cueros. Me alejé dos pasos hacia atrás para contemplar el panorama dando golpecitos con mi dedo en mi barbilla: seis hombres desnudos permanecían todo lo erguidos que podían, haciendo claros esfuerzos por mantener bien metidas sus panzas sobrealimentadas a base de hamburguesas y perritos calientes mientras sus colgantes penes se balanceaban, a la par que el barco, de popa a proa y de proa a popa. Patética visión que, sin embargo ellos parecieron comenzar a disfrutar porque, mientras los observaba, midiendo pesos y volúmenes, me percaté de que el pene del jefazo crecía y se ponía duro por momentos.

─¿Y eso? ─pregunté señalando su prepucio ahora completamente empalmado. Él se encogió de hombros y un atisbo de sonrisa asomó por entre sus rosados mofletes. El amigo a su lado posó atentamente su mirada sobre aquel miembro erecto─. Debe saber usted que entre su barriga de tonel y su enorme pene empalmado va a ser el primer candidato.

El magnánimo, para defenderse, señaló el pene de su compañero y lo agarró con la mano para mostrármelo. Al elevarlo de ese modo este pene también se puso duro y las venas se hincharon considerablemente. Mis ojos casi no salieron de sus órbitas al contemplar tremendo manubrio. Empalmado era casi el doble que el de su jefe.

─Pero bueno, este también va a ser seleccionado, me parece ─solté y entonces, como si hubiese pronunciado un conjuro, las pollas de los otros cuatro comenzaron asimismo a empinarse. No cabía duda, aquello les estaba excitando sobremanera.

En ese instante mi cabeza pensó a la velocidad de un rayo. Calculé que no nos quedarían más de cinco minutos para que comenzase el hundimiento definitivo. Ahora los hombres frente a mí se tocaban unos a otros con el afán de demostrar que el otro la tenía más grande que él y que, ciertamente se merecía más ser entregado a las fauces de los, por estos mares, delfines. Sin embargo había que reconocer que Dios no había escatimado en bondad a la hora de dotar a aquellos penes de volumen, dureza y dimensiones suficientes como para hacer que nuestro barco recuperase su estabilidad inicial si los lanzaba, no a tres sino a los seis, los seis hombres sin piedad a las frías aguas del Atlántico. Ellos parecían embelesados mirándose unos a otros, admirando sus huevos, sus prepucios, las venas más o menos hinchadas a lo largo del miembro.

─Está bien ─resolví y todos devolvieron sus miradas a mi persona─, los voy a tirar a los seis, lo sabéis, ¿verdad?

Y sin esperar respuesta, tras una nueva sacudida y posterior inclinación del barco, esta vez calculé que de unos treinta grados, vociferé:

─¡Adelante mis valientes hay que coger a estos seis hombres y arrojarlos al mar si no queremos hundirnos!

Un desorganizado gentío subió entonces las escaleras y, agarrando a los seis condenados, los condujeron brutalmente por cubierta hasta la borda de estribor por donde, sin necesidad de volver a ordenarlo, los fueron empujando uno por uno. Todos pudimos contemplar cómo seis cuerpos en cueros, con sus pollas portentosas y bien duras ondeando al viento al igual que nuestra bandera pirata, se precipitaban al vacío y acababan luchando a brazadas contra las bravías olas del gélido mar del Atlántico.

Y no voy a seguir relatando este escabroso asunto de las pollas y de sus portadores. Sólo decir que este suceso, como ya conté al principio, me costó aquel puesto de trabajo a pesar de que al final, sintiendo lástima por los seis infelices, solté una chalupa al mar para que pudiesen subirse a ella y esperar allí hasta que las brigadas de la guardia civil costera viniesen a rescatarlos. El barco, tras perder aquel peso se estabilizó de repente y la gente volvió poco a poco a la calma. Entonces bajé a las bodegas donde, como me había imaginado, habían encerrado al capitán y, tras liberarlo, este nos condujo al puerto de Mogán que era el más próximo. Allí se armó un gran revuelo. Todos, tanto los pasajeros del “Last beach” como la multitud de paseantes domingueros que suelen andar por estas costas, se agolparon en el embarcadero sin dejar de relatarse unos a otros lo recién acontecido en aquel buque pirata, mientras esperaban ver llegar a los náufragos que ya se acercaban remolcados por una lancha de la guardia civil. Al atracar la chalupa y ver a los seis hombres desnudos salir de ella, un ¡ohhh! se escapó de todas las gargantas presentes.

─ You’ll pay me! –escupió el cincuentón barriga de tonel al pasar a mi lado, lo que significa: “¡Me las pagarás!”.

Los que estaban cerca y pudieron escucharlo atendieron a mi persona deseando saber con qué palabras me defendería.

─Pero si se amotinaron y luego resulta que les gustó que les mirase ─dije en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─, juro que les gustó, se les puso tiesa, casi no nos ahogamos por su culpa, aquellos penes pesaban lo suyo, se los puedo asegurar…

Pero nadie pareció ya darme la más mínima credibilidad, más interesados como estaban en mimar a aquellos seis desvalidos abrigando ahora sus erizados cuerpos con mantas y alimentando sus hambrientos estómagos trayéndoles apresuradamente de un Mac Donald cercano unas big macs dobles con su doble ración de papas fritas.

روت

Este post se ha escrito inspirado en el movimiento “CFNM Lovers”, “Hombres desnudos, mujeres vestidas”