Provocación de alejarme

” Provocación de alejarme ” … 88 y como tú !!!

… Me aleja del dolor y el peligro es volver a provocar por ese vacío sexual … Salgo de esta estúpida historia. Técnicas de satisfacerme alquilando my Alma con mis bragas, esa llamada o grito al encuentro y, donde existen lobos, alquilar esa guerra intensa, interna de la pasión de fusionar repeticiones aprendidas una tras otra, donde el material es la propia carne abierta y sujeta al campamento de mi Spam!!!, es libre … nombres de una lista donde se trabaja en ese bar de copas, donde siendo visible era invisible, pero mis bragas limpias deseaban ser fustigadas por algún o varios cabrones machos con secretos oscuros que los hacían ser monstruos de mentiras. Adentrarme en ese baño sucio donde la loba esconde su verdad: el ser follada y mal pagada. Deseo madurar muchas experiencias con diferentes ejemplares. No deseo meditar. Donde el sudor y los gemidos van incluidos a lo que corría por la mente y el cuerpo, puffff !!!, qué calor, intenso, ya están frente a mí. Se rozaban contra los azulejos pintados de feos grafitis donde sólo podía leer perra o puta!!! Me pasaban sus miembros por la boca, por los pechos y por mi adorada roca de Spam!!! Quiero recordar esos olores para cuando esté sola. Intento reinventar los movimientos, los gritos brutales donde sus manos y las mías entraban de boca en boca, uno de ellos me la mete hasta hacerme vomitar, babea sobre mis pechos y escupe mentiras secuestradas de su realidad o de su fantasía, son cuervos hambrientos. Abran la puerta un poco para que todos vean que un grito y su placer no son rebajas de grandes comercios; si entras es para jugar !!!… pelean para penetrarme por todos lados y lo hacen, vacío, y  lo intentan, ¿unidos? Todo me da igual, lo único que quiero es olvidar aquella cala y aquel amor donde me corría sin cruzar las piernas y una mancha de sangre quedaba siembre en la sábana. Ya van, todos a una, parecen una orquesta, mezclas de esencias de olores repugnantes que en estos momentos puedo decir que adoro. Beber, relax, placer, me giran y me tiran, me vapulean como quieren, van a culminar. El azar hizo una gran mentira a esta que amé, sagrada comunidad perteneciente a varios, donde mis rocas erigieron un cuenco de pezones cubiertos de arena blanca, apretados con fuerza para escalar aquel acantilado, provocan que me suelte mucho más. Escupan, escupan que deseo apretar my Spam!!! Para correrme hay tanta hierba vacía, me aburre ya pero no la deseo corta, la deseo larga y ornamental y menos mal que llueve en diferentes líquidos, con olores de gritos de hambre y no me desmayo porque ser fuente de agua da alturas a mis muslos que hacen ascos a los regalos de estos lobos sin grandeza, placer en un subsuelo, nada de besar la boca, hipócritas machotes, que el agua comienza a caer y no me interesan los esclavos cubiertos de presión, doloridos de misterios y abismos… Tiempo es lo que necesito para no recordar y no vomitar las manchas que no te hacen volar, aunque al final volaste. Pero mis lágrimas, aguas curativas, cierran esas rocas donde no acepto ningún SPAM!!! …..

…Las batallas se luchan con las misma batallas, pero tú, 88, aprendí !!! ….

Stara ´18

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El día que a punto estuve de enamorarme de ti

Ella y yo estamos tumbadas en la gran cama de una jaima, frente a un acantilado. Los focos del escenario se encienden y entonces se hace visible a nuestros ojos la luz azul del océano que ilumina todo el teatro. La jaima se encuentra en medio del escenario, sobre un terreno de arena. Todo el decorado nos sitúa en  un bar muy al estilo chill out. La música ambiente que suena también es chill out. La melodía de café del mar acompaña al violento sonido con que las olas rompen en el acantilado bajo el precipicio que se abre a nuestros pies y también acompaña al piar de las gaviotas que a veces se elevan y parecen planear plácidamente para luego volver a lanzarse en picado contra la franja de cartón turquesa.

Ella y yo estamos aquí, en esta jaima, en medio del escenario.

Dispersos por las varias terrazas del lugar y dentro del restaurante, ocupando la mayor parte de las mesas, diversos grupos de comensales de todas las edades y armando distintos tipos de reuniones nos acompañan con sus risas, sus diálogos e incluso con sus discusiones y groserías.

El camarero, en el extremo de la barra más cercano a la zona de jaimas, porta su bandeja en la mano con plena maestría y no quita ojo de donde nosotras nos encontramos a pesar de que, supuestamente, nos camufla una fina cortina que, de tan fina y de tanto que la mueve la brisa, poco camuflaje debe considerarse.

No sé por qué estamos aquí ella y yo. Hace rato que me pedí el primer combinado y hace tanto rato ya y he pedido ya tantos y tan cargados combinados que olvidé qué motivo nos ha traído hasta aquí hoy y la verdad es que no sé muy bien cómo expresar este estado de embriaguez en el que me hallo para que el público, sentado al otro lado de los focos, lo pueda entender. Sí, creo que la mejor manera será sorbiendo primero, con movimientos torpes, mi pajita de coctel y luego soltando mi primer monólogo en voz alta y clara pero a la vez haciendo que las palabras salgan mal vocalizadas, como con lengua de trapo, sin que ello, por supuesto, suponga que no se vaya a entender este primer discurso con el que debo abrir la escena.

La música y los ruidos se van volviendo tenues y el brillo del mar comienza a languidecer. Todo es tragado por la oscuridad de este escenario excepto mi figura, ahora iluminada por la intensa luz de un foco que incide justo sobre mi coronilla. Le ha llegado el turno a la palabra, lo sé, estoy preparada para recibirla y darla, ya no tiemblo. No hay pánico. Comienzo:

─En este camastro de jaima, el olor de su piel se mezcla con la suave brisa que se eleva del acantilado. Ahora ella suelta su coleta y mueve su cabeza levemente y este gesto es una evidente incitación a algo más. Pienso, de pronto, no puedo evitarlo, que quiere que la bese justo ahí, en la curva que el cuello forma con el inicio de su hombro, ahí donde palpita una de sus venas. El placer de su vena del cuello está llamando a gritos mi beso, mi exquisita lamida. Recuerdo su sexo en mi boca, todo ese océano desprendido surtiendo mis labios y recuerdo…, cómo evocar esto de tal forma que todos ustedes, todos los ahí sentados, pasivos, al otro lado de los focos, lo lleguen a sentir, cómo… recuerdo el sexo de ella que es húmedo y salado y dulce al mismo tiempo y como se agitan con euforia sus nalgas pidiendo más y como por momentos se contrae su sexo todo, dulce de pronto y cálido de pronto, en torno a mis dedos en un retraerse de cueva e incienso.

El foco se apaga y de nuevo es la luz azul del océano en todo el teatro. Mis ojos quedan heridos de tanto y tanto allá al frente y los cierro y este gesto apenas consigue evitar el arañazo en mis retinas.

Ella me observa de reojo. Lleva la melena suelta. Una melena negra azabache que le cubre la espalda, casi hasta la cintura. Su vista clavada en mi barbilla partida, luego en mis pechos y luego, cuando se ha percatado de que con esta luz vuelven a manifestárseme cada una de sus intenciones, retira su mirada y se hace la distraída y señala entonces el horizonte, hacia la zona del anfiteatro y hacia el gallinero.

─Qué bonito el mar ─susurra apenas y su voz se hace perfectamente audible allá enfrente─, este sitio es una gozada.

Ella tal vez crea que la cosa pueda quedar ahí. Tal vez, en su extrema inconsciencia de niña haciendo ruindades, piense que todo quedará en la simple travesura  de acercarse a mi oído, como ahora hace, y decirme:

─Mira allá enfrente y a los lados, Rut ─señala esta vez al patio de butacas, a los lados y al fondo del escenario. Yo dirijo la vista hacia donde su dedo indica y, sí, el camarero no nos quita ojo. El resto de los actores, cada uno en su posición de guion inalterable, en su barra, en su taburete o en su largo sofá en otras casetas, han enmudecido y ahora son siluetas en penumbras bajo las luces de los focos que se han vuelto tenues en todas partes excepto la que ilumina nuestra jaima─ Todos nos observan ─me hace ver ella─, en silencio, expectantes, todos esperan algo de nosotras… ¿No sería estupendo besarnos ahora?, ¿rozar nuestras lenguas sin que eso nos importe, aquí delante de todos, en este camastro nuestro frente al acantilado?

Y yo asiento y siento calor y la imagino en una postura tras otra. Imagino como nada más llegar a casa la voy a agarrar por las nalgas y la voy a tumbar sin miramientos sobre la mesa de la cocina…

 

Cree tal vez ella que puede jugar sin que su juego trascienda. Cree quizás que ese cruzar de sus piernas, ese tensar y relajar glúteos al tiempo que contempla mi cuerpo extendido sobre el camastro a su lado y entreabre sus labios para luego morderlos ligeramente, no va a tener repercusiones algo más serias, si cabe, cuando regresemos juntas a casa.

─Me estoy excitando…, mucho.

─¿Te estás humedeciendo, cielo? ─le pregunto sintiendo que cada sílaba es como una gota de miel en mi lengua.  Alguien carraspea y se acomoda desde las butacas.

─Sí ─contesta─, mucho.

Ahora, casi por sorpresa, la sala al completo vuelve a iluminarse y es un estallido de relámpago turquesa. Los comensales reanudan sus diálogos, el camarero sus quehaceres y deambula de acá para allá, a veces pasa frente a nuestra jaima. El infinito mar de nuevo me araña las pupilas pero ya no las cierro. Lo quiero abarcar todo, todo, y me preparo, carraspeo sin que se escuche, sé hacerlo de este modo para modular la voz, recibo de nuevo a la palabra en lo que es mi segundo monólogo. Comienzo:

─Sí, sí, lo confieso, quisiera gritar bien alto para que nadie quede sin escuchar: ¡Miren señoras y señores, cómo lamo y relamo la bolita de ella, su precioso diamante, observen, cómo pulo y saco brillo!

A la par que hablo, ella saca una cuerda de debajo del camastro y se ata los tobillos a las barras laterales del camastro. Sobra aún cuerda suficiente para sus muñecas pero ella no puede, así que continúo mi discurso al tiempo que voy atándole los brazos a los hierros del cabezal.

─Ella atada ─la palabra retumba de nuevo y es más brillante que miles de focos juntos, la recibo y la doy─, atada a la cabecera del camastro, ¿la ven? ─levanto su falda tan hippi y holgada y abajo no lleva ni bragas─, ¿lo ven?

Escucho algunos carraspeos más entre el público. Algunos se recolocan allá en frente, al otro lado de los focos. Su sexo se ha hecho completamente visible y es como una selva que se abre frente al acantilado y a las aves que ahora planean todas sin intención de desaparecer bajo el océano.

─¿Lo ven señoras y señores? Sé que sí, sin duda, pueden verlo desde donde están, ocupando sus sillones, en sus pasivas posturas de pasivos espectadores. Sin embargo lo que no pueden es olerlo, no están lo suficientemente cerca y así se pierden lo que más excita, su olor…

Ahora otra vez los demás actores han enmudecido. La música y el resto de los sonidos se han apagado. El camarero se ha quedado inmóvil junto a nuestra jaima, en el preciso instante en que nos traía el siguiente coctel. Nada parece querer interrumpirnos. De nuevo solo el espléndido rayo de luz sobre nuestros cuerpos.

Bajo hasta su vulva, la abro de par en par y me sumerjo en ella. Es el licor más embriagador que he probado nunca. Esta vibrante perla en mi lengua y su gruta en mis dedos, en mis uno primero, dos después, tres más tarde, cuatro dedos por último, cuando ya su preciosa perla está dura y tan, tan húmeda.

Carraspeos allá al fondo del patio de butacas. Cremalleras que se bajan. Algunos gemidos a mi espalda, masculinos y femeninos, ahogados y reprimidos todos. Y es entonces cuando le toca a ella gritar, lanzar un chillido desgarrador que eleva y eleva el placer hasta el piso más alto del teatro.

Ella pide y pide más, más, hasta que alcanza el clímax y es en este instante cuando se prenden las lámparas  y una manguera sobre el escenario que llevan el resto de los actores suelta un chorro de espuma blanca y espesa al patio de butacas y a los palcos y allá a donde alcance sobre los espectadores, muchos de los cuales aún están con sus manos y sus dedos hurgando las braguetas y debajo de las bragas.

Los espectadores interrumpen tanta masturbación clandestina sintiéndose morir de la vergüenza por haber sido pillados in fraganti,  sin embargo yo ya no puedo parar, ni puedo hacer caso a los aplausos que en breve empezaré a escuchar a mi espalda porque le estoy comiendo el coño a ella y es un placer que va más allá de todo este escenario y ella me está ahora mismo chingando toda la cara con una eyaculación que es cierta, que es tan cierta como que casi me corro yo también, incluso sin tocarme, del puro deleite.

Y ahora, justo ahora, es cuando lo pienso y no sé cómo expresarlo mientras la ola de aplausos al fin nos  cae encima y hemos llegado a tiempo para recibirlos junto con todos los de la compañía que, tomados de la mano, reverenciamos una y otra vez al borde de las tablas. Ahora es cuando pienso que  dentro de un rato, en cuanto estemos entre los bastidores, recogiendo como los demás actores nuestras gaviotas de cartón piedra que en ningún momento fueron realmente lanzadas sobre ninguna ola, le pediré que si quiere venir de verdad a mi casa. Podremos sacar todos mis juguetes, todo mi arsenal de vibradores y bolitas de placer de múltiples velocidades y colores y, entre medio y medio, quizás, quién sabe, podré al fin atreverme a bajar la guardia y confesarle lo que siento por ella. Quién sabe, quizás hoy al fin me decida a amarla de una vez por todas y más allá de toda dramaturgia, en fin…

 

روت

Bajo el sol de la Toscana

¿Quién dijo que dejarse ir no es una buena idea?, ¿que abandonarse a la lujuria en un país extranjero tras, no una sino dos decepciones amorosas, no resulta el perfecto narcótico contra el mal de amores? Yo desde luego les diré que lo he practicado y he salido de aquello más renovada que nunca. Les contaré de qué manera aconteció.

Tras la ruptura con Lucy, mi pequeño escarceo con Ulises y la posterior unión de ambos con embarazo incluido, mi estado anímico se había desmoronado por completo. De pronto había perdido mi sensitivo apetito, mi pasión por el buen vino y el buen sexo y toda mi enérgica capacidad de disfrute. Un buen día me monté en un tren sin preocuparme por mi destino y así comenzó un largo periplo por distintas ciudades de Europa con la plena intención de estar en cada lugar únicamente el tiempo que me viniese en gana y haciendo lo que me apeteciese. Después de dos meses de aquí para allá arribé en La Toscana, en Florencia, un quince de julio, nueve días después de mi treinta y cinco cumpleaños.

En principio quería visitar los magníficos lugares de interés que hay en esa ciudad de los que tanto había oído hablar a algunos amigos que habían viajado allí recientemente pero no fui capaz, pasé la tarde en el hotel sin ganas de nada. Al fin y al cabo no dejaba de ser una gran urbe y yo lo único que deseaba era soledad y silencio. Así que a la mañana siguiente me levanté temprano, alquilé un coche y puse rumbo a las afueras, dirección Siena. A mitad de trayecto me desvié por una carretera secundaria y acabé en Montefioralle, un pueblo medieval, luminosa estampa de la campiña italiana, grandes productores del  Chianti, repleto de viñedos y bañadas todas sus tierras por un brillo difícil de describir con palabras y fue allí, frente a los muros de una vieja casa de campo, sobre la misma tierra que pare tanta exquisita uva, donde yo, Rut, tuve una de las más magníficas experiencias de mi vida, el renacimiento de una nueva persona gracias al dorado líquido que mana de esta maravillosa región del mundo.

La casona la habitaban tres hermanas y dos primas de las mismas. Entre las cinco administraban estupendamente la cadena productiva del vino repartiéndose de tal forma las distintas tareas que la armonía parecía reinar allí de una forma sorprendente. Nunca había peleas, ni altercados, cada una sabía lo que debía hacer en su ocupación y las demás estaban siempre de acuerdo. La que se encargaba de dirigir el cultivo de los más de diez mil metros cuadrados lo hacía de forma intachable, al igual que la que se esmeraba en los procesos de elaboración. Lo mismo podía decirse de la supervisora de la bodega y con similar eficacia actuaba la que dirigía el embotellamiento y su posterior introducción en el mercado. Por último estaba la que regentaba las labores generales de la casa y esta fue a la que vine a conocer en la plaza central del pueblo el mismo día que llegué y con la que en seguida hice migas motivo por el cual, muy amablemente, me ofreció una habitación por el tiempo que quisiese y sin otra condición que la de que catase con verdadera actitud crítica la última producción que, tras veinticuatro meses en barrica de roble americano, debía ser valorada por un experto consumidor antes de ser embotellada cosa a la que, por supuesto, no pude ni quise negarme.

La morada en medio de los viñedos era hermosa y grande. Mi habitación sin embargo era pequeña y sin apenas muebles, parecida a la celda de un monje en una rústica abadía. Debo decir que agradecí enormemente tal austeridad pues se ajustaba a la necesidad de paz interior que había estado buscando. Desde mi ventana se podía contemplar todo aquel paisaje repleto de viñas donde el sol cada amanecer resplandecía dotando a la tierra de tonos rojizos, amarillos, naranjas y cobrizos. Cada día observaba a las hermanas ir y venir por los campos, por los pasillos de madera, subir y bajar las escaleras con sus quehaceres diarios. Excepto la que gobernaba la casa, las demás se mostraban algo herméticas conmigo aunque no dejaban de soltar una extraña y misteriosa sonrisita al pasar a mi lado. Yo las saludaba con la cabeza y ellas parecían ruborizarse y luego continuaban su camino dejándome encogida de hombros y sin saber si estaban encantadas con mi presencia o si, por el contrario, les resultaba una inquilina un tanto ridícula o molesta. De esta manera se fueron sucediendo las jornadas en las que, aparte de darme largos paseos por el campo, acompañar a la tercera hermana al pueblo de vez en cuando y leer no hice mucho más.

Transcurridas dos semanas, sumida como estaba en aquel estado de sosiego casi alucinado que la campiña ejercía sobre mi persona, caí en la cuenta de que, si bien no había olvidado a Lucy y a Ulises, sí que ya no sentía la pasada angustia y fue una de esas mañanas en que la hermana ama de casa y yo nos alcanzamos al pueblo para echar un vistazo a los productos que se mostraban en el mercadillo montado cada día por los agricultores, que ella me comunicó con ese dulce y cantarín acento italiano inglés suyo:

─Mañana es la fiesta de la cata, a las dos del mediodía debes estar preparada.

─De acuerdo ─asentí observando cómo ella exhibía frente a sus ojos una de las manzanas que acababa de extraer de uno de los puestitos. Sus dedos eran largos y estilizados, para haberse criado en el campo me percaté de que no tenía ni una sola rugosidad en la mano.

─Viste sencilla ─me dijo─, con un traje holgado pues debes estar ligera y sin presiones para lo que vas a comer y a beber.

A la mañana siguiente sentí en la casa una actividad frenética muy fuera de lo común. Escuché más ruidos de cacharros en la cocina de lo que habitualmente se oía y el ir y venir de la hermana bodeguera resultó extrañamente apresurado. Incluso los jornaleros que trabajaban el campo parecían más reconcentrados y laboriosos bajo la supervisión del capataz, hombre robusto de ciertos años, algo rudo en sus maneras aunque por lo demás bastante cordial, siempre me daba los buenos días con una mirada picarona y un breve balanceo de cabeza.

Llegadas las dos, la hora fijada, ya estaba montada la mesa en medio del campo con su mantel de cuadros blanco y verde. Un apetitoso manjar se exponía sobre ella y las largas botellas aún sin etiquetar repletas de la exquisita materia líquida donde el sol resplandecía y titilaba en chispas color rubí cual pequeños estallidos de diamantes. Una estampa muy rústica que invitaba a la comida y a la bebida. Sentí el despertar de mi apetito como hacía meses que no lo sentía y no sólo al festín, también al sexo oral y a la alegría de vivir. Un aletear de mariposas se estableció bajo mi ombligo mientras me sentaba a la mesa a la par que lo hacían mis cinco anfitrionas. Ellas, al igual que yo, iban vestidas con un sencillo traje que debía ser típico de aquella región y que yo me puse por encontrarlo, esa misma mañana, extendido a los pies de mi cama, de manera que entendí que este era el vestuario que se requería para tan importante festejo. Un traje suelto y blanco, de tela tan fina que casi se diría transparente, de una sola pieza y que se ponía y se quitaba fácilmente por la cabeza.

 

barril-y-botella

 

La gobernanta de la casa fue la que me sirvió la primera copa y permaneció de pie a mi lado observándome atentamente mientras yo acercaba el preciado brebaje a mis labios, olía el aroma que desprendía y luego lo sorbía profundamente. De pronto sentí como si me sumergiese en la tierra, en una tierra fresca, cálida, acogedora.

─Está excelente ─pronuncié a sabiendas de que aquel calificativo se quedaba verdaderamente corto para expresar el encantamiento al que acababa de rendirse mi paladar

Ella sonrió al escucharme con unos labios amplios y salvajemente carnosos, miró a sus hermanas y primas, afirmó levemente con la cabeza y como si se hubiesen leído el pensamiento las cinco a la par colmaron sus copas y las alzaron para brindar, gesto al que me uní alzando también la mía y brindando con ellas.

─Es un vino magnífico, créanme, no tengo palabras…

─¡Chist!, no hace falta que digas nada ─me dijo otra de las hermanas con voz de pajarillo─, simplemente bebe con nosotras.

Y así lo hice. Sin apenas dialogar, sencillamente comiendo y bebiendo y recibiendo con agradecimiento los sonidos de la domada naturaleza que nos rodeaba, transcurrieron no sé cuántas horas. El ama de casa, a cuyo pausado temperamento ya me había acostumbrado, me servía de comer y de beber cada vez que veía que mi plato o mi copa se vaciaban, sentada como estaba a mi lado, y yo notaba cómo todos mis sentidos se iban intensificando de manera extraordinaria. Podía oler cada uno de los poros de su piel, escuchaba el balancearse de las uvas todavía en sus matas, el zumbido de las moscas y las abejas sobre las flores. Las horas transcurrieron hasta que cayó la tarde y mi renacimiento fue haciéndose cada vez más evidente. El pelo de mi anfitriona fue cobrando un tono cobrizo como el vino y la tierra bajo la luz del atardecer. Caía sobre su cuello y deseé acariciarlo, beberlo, besarlo. De pronto ella me miró de soslayo y percibió algo en mi gesto. Clavó sus ojos en los míos que la observaban con una intensidad evidente y distinguí en el interior de sus pupilas un centellar de brillantes color ocre.

─Opino que ya va siendo hora ─dijo levantándose con parsimonia.

Las otras parecieron entender perfectamente a qué se refería pues las cuatro a la par se levantaron también rodando con tranquilidad sus sillas.

─Ven ─me animó tomándome del brazo─, ahora vamos a regarte.

─¿A regarme? ─pregunté dejando escapar una risita nerviosa.

─Sí, a regarte ─repitió conduciéndome ahora por entre las vides hacia el muro de piedra que separaba la plantación propia de las ajenas.

Al llegar allí se aproximó a mi rostro y sus carnosos labios humedecieron los míos. Aprecié de nuevo aquel intenso aroma afrutado. Alcé mi mano y rodeé su cuello justo en el momento en que hizo un amago de separarse. Acaricié su mejilla mientras introducía con suavidad mi lengua en su boca palpando de este modo la de ella. Todo fue un discurrir de salivas por mis papilas gustativas, un zambullirme en un estado de embriaguez aún más profundo que el que el vino me había aportado. Me sacó el traje por la cabeza dejándome completamente desnuda y entonces dijo:

─Échate ahí, sobre la tierra, a los pies del muro.

Obedecí sin rechistar. Estiré todo mi cuerpo, sentí los rayos del atardecer calentar mi piel y la dura piedra del muro acariciar mi costado izquierdo. Las cinco mujeres, se colocaron a contraluz erguidas frente a mí y se quitaron también sus trajes. Quedaron con las piernas abiertas una junto a la otra y entonces, al unísono, separaron sus labios vaginales con sus manos. Tuve que fruncir el ceño para poder ver bien ya que el espléndido sol me cegaba. Al fondo de aquellas lampiñas vulvas vislumbré con regocijo unas hendiduras potentes y brillantes bordeadas de dos rosados y pulposos relieves que estaban tan húmedos como las matas de uvas tras una llovida. Coronaba la hendidura un pliegue de carne más estirado que el resto que acababa formando una protuberancia clitorial de diámetro y dureza considerables y aquello fue lo que comenzaron a frotarse con sus dedos. Tras sus poderosas piernas vi cómo la bola solar se desprendía lentamente de su bóveda celeste flotando ahora sobre las parras del mismo modo que yo lo hacía en mi entusiasmado zozobrar a los pies de aquel muro. Fue entonces que ellas comenzaron a gemir, alzando sus cabezas, pletóricas del placer que la masturbación les proporcionaba, y sus pechos, enhiestos y voluptuosos, se agitaron, erizándose de repente todos aquellos pezones que yo deseé morder y chupar como un bebé a su tetina. Los gemidos parecían el piar de cinco pájaros, un piar cada vez más alto y enfebrecido, hasta que a las cinco a la vez les vino un estremecimiento y entonces, tomando resuello y recobrando la inicial firmeza de su postura con las piernas abiertas y los labios vaginales bien separados, empezaron a salir de sus clítoris unas abundantes fuentes de líquido amarillo y espumoso que se derramaron sobre mi persona.

La embriaguez en la que me abandoné en ese instante no resulta fácilmente descriptible. La cálida regada empapaba mis pies, mis piernas, mis muslos, mi pubis, mi ombligo, mi vientre, mis pechos, mi garganta, mi rostro, mi pelo y mis brazos que estiré por detrás de mi cabeza. Ni una sola parcela de mi persona quedó sin recibir aquella milagrosa regada. Con los ojos entrecerrados pude ver, como a cámara lenta, los cinco grifos brillando y el reflejo de la luz solar tiñendo el líquido que salía de ellos de un amarillo explosivo. De fondo escuchaba el fresco sonido del orín al caer y sobre mi piel tornábase en matices dorados y ocres dejando un rastro de espuma. Un aroma a uva blanca, a vino espumoso y joven invadió todos mis sentidos. Abrí la boca a un nuevo chorro que se estrellaba en ese instante contra mi barbilla. Saqué la lengua y lamí con agradecimiento. Bajo el intenso sabor a pis pude percibir los matices de la uva vernaccia, seca, con cuerpo y consistencia en el paladar. El olor a frutales me invadió de nuevo y cerré los ojos. En ese instante alguien separó los labios de mi vulva con sus dedos y uno de los chorros cayó sobre mi clítoris. La presión que sentí me proporcionó tal placer que a punto estuve de correrme. La regada ya había parado cuando elevé mis párpados y vi que la que había dirigido su grifo hacia mi pubis era la gobernanta de la casa y que el rústico capataz, salido de no sé dónde, se esmeraba aún en separar mis labios vaginales. Las otras mujeres ya se estaban vistiendo de nuevo con sus trajes.

─Ahí te dejamos ─expresó una de ellas─. Sabemos que te gusta esta tierra y nunca tienes la oportunidad de ararla estando siempre como estás metida en la casa. Es toda tuya.

El capataz liberó mi vulva empapada ahora de las micciones y haciendo un gesto de invitación con su mano dijo:

─Está preparada para la labranza, no hay duda, es toda para ti ─y levantándose se alejó acompañado de las cuatro anfitrionas.

Mi amiga ama de casa se tumbó en ese instante sobre mí y comenzó a besarme, primero el cuello, luego los hombros, introdujo su sedosa lengua en mi oído mientras acariciaba mi pelo aún humedecido por la riega. Me ericé al completo y algo bajo mi ombligo aleteó con enérgica vitalidad. Mordí levemente su cuello pero ella susurró:

─Déjate hacer, cariño ─y bajó su cabeza lamiendo todos aquellos jugos sobre mi piel hasta que alcanzó mi pubis. Allí posó su boca entre los relieves de mi sexo bebiendo el espumoso líquido que había quedado ahora mezclado con el que salía de mi vagina. Pasó su magnífica lengua sobre mi clítoris y comenzó a besarlo y a chuparlo con movimientos largos, profundos, lentos a veces y a veces más rápidos, circulares a veces y a veces verticales, de lamidas amplias y ávidas en ocasiones y en otras ocasiones cortas, rítmicas y precisas. Una corriente eléctrica subía por segundos más y más intensa desde allí hasta el punto central de mi mente sintiendo que toda yo me vaciaba y una oleada de placer estalló minutos después en mi garganta como el tañido de una campana en el lugar más elevado de la más elevada catedral. Y así grité, sí, grité como sólo las aves saben hacerlo, libre, sin pasado, sin recuerdos, completamente renacida volando sobre los prados y la campiña italiana en busca de un nuevo nido donde alojar mis semillas. La agarré por la melena y la animé a subir de nuevo hasta mi rostro. Permanecimos largo rato entrelazadas y besándonos mientras mi mano buscaba su perla del gusto y la trabajaba haciéndola estallar también en miles de gemidos que inundaron mi mente de un goce aún mayor que el que ella me había proporcionado con su lengua.

Describir lo que sucedió después es para mí casi un imposible pues era tal la nebulosa en la que me hallaba que apenas si poseo recuerdos certeros de todo lo demás. De manera un tanto borrosa, como en un sueño, veo cómo caminamos de la mano hacia la casa, desnudas las dos pisando con los pies descalzos las raíces de las parras. Una vez allí me llevó a su dormitorio donde tenía una bañera y la llenó con agua tibia. Me metió dentro y me lavó. Luego me secó y me hizo un hueco bajo sus edredones. Creo que dormimos toda la noche abrazadas y desnudas, piel con piel, pero cuando llegó el clarear del nuevo día y desperté no la encontré a mi lado. Entonces no pude asegurar si realmente ella había yacido allí conmigo o no. A los pies de la cama encontré mi ropa preparada y también mi maleta. En un papel, escrito en inglés y con letra un tanto infantil pude leer: “Gracias por la cata y por la inolvidable velada de ayer, ahora debes marcharte. Te deseamos mis hermanas, primas y yo un feliz viaje a donde quiera que vayas.” Me vestí rápidamente y salí al pasillo. No escuché a nadie por los alrededores. Me asomé a la ventana pero nadie parecía trabajar hoy en los campos. Una nube gris se había instalado en el cielo. Todo daba la sensación de estar deshabitado, oscuro, sin vida. Abajo me esperaba un coche de alquiler, probablemente contratado por ellas. Me encogí de hombros.

─Nunca entenderé a las mujeres ─musité.

Y aunque mis cinco anfitrionas, especialmente la sensual ama de casa, me habían gustado de una forma muy fuera de lo común, debo confesar que no dejé atrás aquel amable lugar con pena. Más bien, mientras conducía de nuevo rumbo a Florencia, reconocí una exaltación y una alegría en mi alma que hacía muchos meses que no me permitía el lujo de sentir. Entonces, con una sonrisa estampada en los labios, supe que ya era hora de regresar a casa.

روت

Judit al desnudo

Estoy un poco harta y hastiada de las hipocresías y como lo estoy voy a contaros a todos los lectores algunas cosas sobre mí que no conocéis. Lo confesaré al fin:

Hasta el momento la Judit que he mostrado en este blog no ha sido exactamente la Judit que soy.

Por qué he querido aparentar ser una mujer que no soy, podríais preguntarme. Por un motivo muy sencillo: estoy felizmente casada con un hombre dedicado a la política que, además, lleva muchos años ostentando un importante cargo en el ayuntamiento de un pueblo de cuyo nombre prefiero no acordarme en este momento. Así las cosas, escribir sobre mis verdaderas experiencias sexuales y sobre mis deseos más ocultos pensé que podría acarrearme más de un problema. Y que conste que si hasta el momento no he resultado del todo sincera no ha sido sólo por salvaguardar mi reputación social, sino también y sobre todo, y esto quiero recalcarlo bien: ¡sobre todo!, por mi marido, hombre al que idolatro, adoro y al que le debo mi más profundo agradecimiento y respeto por ser la persona que, con tierna complacencia, me paga las facturas de la peluquería, del hipermercado, de la boutique y demás caprichos materiales e inmateriales que se me antojan mensualmente, a cambio ¿de qué?, pues a cambio de nada, a cambio simplemente de aceptar ser penetrada por él cada vez que le viene una calentura y de estar pendiente de los asuntos de la casa, de que el servicio mantenga limpias las alfombras, bien a punto su comida cuando regresa del ayuntamiento y bien planchadas sus camisas, sus chaquetas y sus corbatas. Por lo demás se trata únicamente de acompañarle de manera correcta a las fiestas y a las cenas en casa de sus compañeros de partido, también a alguna que otra rueda de prensa en la que la aparición de su esposa se aconseja como lo más recomendable para su imagen pública y…bueno, nada más, nimiedades si tenemos en cuenta todos los gastos que  una mujer con mi exquisito gusto por las marcas de calidad y mi glamour requiere.

Y ya que voy a destaparme frente a vosotros diré, y no es que quiera excusar mi licencioso comportamiento, esta cara oculta y perversa de la verdadera Judit que soy, que las relaciones sexuales con mi marido me dejan más fría que un pollo en medio del Ártico.

Que si fue así desde el primer momento, podríais también preguntarme, pues no lo sé, no lo recuerdo, hace ya tantos años que nos casamos. Hará como treinta años de aquella insulsa boda de pueblo tras la cual tuve que fingir que era virgen y que no me habían desvirgado varios chicos en aquella fiesta de graduación en San Francisco a donde fui a finalizar mis estudios de bachillerato. Los cinco chicos se lo montaron conmigo sobre una mesa de billar, uno detrás de otro los fui despachando, aún recuerdo sus adolescentes falos poniéndose duros entre sus dedos mientras contemplaban cómo era penetrada por el siguiente en la lista de espera sobre el suave tapete de la mesa de juego. Glamurosa y deseada, sí, mucho, tanto como jamás me ha hecho sentir mi marido. Especialmente cuando percibí que el semen de aquellos recién graduados que se tocaban haciendo un círculo alrededor de la mesa caía en gotas regándome todo el cuerpo. Uno se corrió sobre mis pantorrillas, el otro sobre mi pecho derecho el otro sobre mi pezón izquierdo y el otro sobre mi vientre al tiempo que yo gemía de gusto porque el falo de uno de estos inquietos muchachos de diecisiete años me taladraba la vagina sin la menor consideración escupiendo en inglés sobre mi rostro insultos del tipo de: zorra, puta, perra, guarra, etc… que me hicieron gritar aún más y más fuerte, de tal forma que si mi marido me escuchase alguna vez así en la cama se asustaría ya que con él jamás he llegado a emitir decibelios más altos que los que puede alcanzar el más breve de los suspiros. Y así debe de hacer la esposa de un personaje político, con la responsabilidad de mi marido, no me cabe la menor duda, hay que guardar la compostura siempre, saber estar y permanecer en el lugar que a cada una le corresponde. Discreción, moderación y sigilo en todas las expresiones de las mujeres que, como yo, ostentamos un cargo social tan alto. Somos un ejemplo para todas las demás mujeres y muchas, como mi amiga Rut, la directora de este blog, no quieren comprenderlo.

¿Por qué no hablar ahora de lo penoso de mi situación por culpa de la directora de este blog, la “señorita” Rut, ahora que ella me ha descubierto y me está obligando a ser sincera conmigo misma y con todos los lectores utilizando el más feo de los métodos, o séase, el chantaje?

Pero miren, por lo pronto me voy a callar…al fin y al cabo seguimos siendo amigas y tal vez en el próximo post que escriba os relate cómo fue que ella me descubrió y cómo tuve que acceder a su vil chantaje y doy gracias a Dios de que al menos mi nombre, bajo el seudónimo de Judit, pueda continuar siendo anónimo, única petición a la que accedió la directora de este blog, repito el sarcasmo por si no se ha entendido anteriormente, la “señorita” Rut.

En resumen, seguiré escribiendo y publicando bajo la censura positiva que Rut me ha impuesto, y bajo su yugo iréis conociendo a la verdadera Judit, la Judit al desnudo que soy a partir de este momento, momento que marca el fin de una etapa y el inicio de otra y al que espero sobrevivir gracias a la condescendencia de todos vosotros, mis queridos lectores. Ya sabéis que os idolatro y que estoy deseando conoceros en persona para practicar sexo salvaje sin parar, eso sí, siempre a espaldas de mi marido y de mis colegas de la parroquia en la que imparto las caquetequesis que si no…

ιουδειθ

La virgen Stara

Rellena y aprende de una encuesta de salida…Stara 16

 

Lo conocí en un aeropuerto, casi escondido tras una columna. Jamás lo había visto y, aunque nos habíamos citado a través de largos mensajes, ambos nos miramos. Por un instante hubo una duda, después una sonrisa y un tímido beso cuando en realidad habíamos quedado para profesarnos el amor que creíamos tenernos y soltar el deseo de follar.

Habíamos planeado tres días de amor aunque, en realidad, ambos sabíamos serían de sexo porque el amor sin contacto es etéreo y no deja marcas.

Comimos y con una botella de vino nos recostamos en el sofá, abrazados, riendo y buscando conocernos, buscando alargar el momento antes de meternos en la habitación, preciosa por cierto, con un enorme ventanal al mar.

Cuando al fin estuvimos en la habitación su prudencia resultaba extraña. Estaba nervioso y quería ir muy lento pese a que yo me despojé de la ropa en un santiamén. Sólo la luz de unas velas nos alumbraba y me acerqué a la ventana mientras que él se colocó detrás de mí. Entonces intentó penetrarme y digo intentó porque mis generosos glúteos se lo pusieron difícil.

 

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Lo sentí tímido, casi tembloroso. Me puse un cinturón y le animé a dominarme con él pero no le gustó, quería romanticismo. Se quedó inmóvil cuando, abriendo yo bien mis piernas, le mostré mis labios vaginales y parece que esto sí que le gustó porque en ese momento se olvidó del romanticismo y, arrodillándose, los lamió hasta hacerme fluir ríos por las piernas. Llegué a pensar que era el primer coño que había tenido en su boca en vista de la devoción y el ansia con que lo devoraba. Después me poseyó y volví a recordar el color de la pasión ya olvidada. Ese tímido hombre fue mío y lo sigue siendo, lo embrujé hasta el punto de hacerle probar su propio semen que cayó en mis labios al correrse gracias a mi mamada.

Desde entonces mis piernas siempre están húmedas y la gota de sangre que apareció en las sábanas no fue casual, marcó un destino de cavernas húmedas que huelen a mora y saben a vida, que necesitan de pasión para sentir que el amor existe no sólo cuando dos cuerpos se unen sino también cuando las dos almas que los habitan comparten otra existencia.

 

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Follarte como si no te quisiera

Nada puede conmigo reina

cuando te follo así

como si realmente no sintiese nada por ti

y pedirte entre gemidos que, por favor,

no me quieras ni lo más mínimo,

sexo y sólo sexo es lo que me gusta

para blindarme con mis armaduras

hasta las cejas, reina,

y el corazón ya de paso

porque no es un órgano estrictamente necesario

para follarte así, como lo hago,

invadiéndote profundamente con mi arnés

de colores insinuantes

y vibraciones múltiples

mientras te digo

que yo tampoco te quiero

que sólo deseo poseerte de este modo:

utilizar tu cuerpo

como si nunca hubiese estado

loca por tus huesos,

como si ese flujo con el que ahora me empapas

no fuese alimento suficiente

para mi alma

y, ¡toma reina!, ahí va otra nalgada

para que sepas que ¡no!,

¡ni se te ocurra!, quererme.

 

Follarte así,

por detrás, atándote las manos,

tirándote del pelo,

como si realmente no te quisiese,

como si tu compañía,

tu ronca y dulce voz,

tus rarezas y tus locas ideas

no fuesen lo que más añoro

cuando estoy lejos de ti

y dártelo así, sin la más mínima ternura,

venciendo todo el dolor del mundo,

al otro lado de la puerta

sé que me observan los lobos,

mi armadura ya está puesta

sobre el sudor de mi desnuda piel

se siente bien,

se siente parte de mí misma,

gracias a ti, reina, sé que estoy preparada

para la gran cacería

si puedo no quererte un poco

aniquilaré a mis enemigos

como hago con tu cintura

tómalo fuerte, así,

como si no te quisiera,

que ya cabalgo hacia mis fieras:

pisotearé sus cadáveres,

la muerte tan cercana

gracias a ti, reina,

cuando te venza el orgasmo

la veré alejarse de nuevo

y sabré que es la señal de salida;

los lobos aúllan al otro lado de la puerta,

mis músculos se disponen para combatirlos…

روت

 

Judit al desnudo, antes de ser descubierta por Rut

Creo que ya os expliqué en mi post anterior los motivos por los cuales me he visto en la difícil tesitura de tener que desenmascararme y contar cómo es mi verdadera vida erótica la que, por supuesto, no muestro frente a mi marido ni en mi vida social y pública, ya que esto podría restarle votos a él, gran hombre dedicado a la política y a demás cuestiones de estado, y perjudicar de manera considerable mi imagen de buena mujer casada.

Sin embargo y a pesar de las presiones que la directora de este blog, la “señorita” Rut, ha ejercido sobre mi persona, no creáis que nuestra relación como amigas se ha visto mermada, no, ni mucho menos. Tal y como acordamos, mientras mi identidad no salga a la luz no sólo no habrá problema sino que, de algún modo, esta nueva forma de escribir me brinda una sensación de libertad que de otro modo no habría podido experimentar.

En mi post anterior os había prometido relataros cómo fue que mi amiga, la “señorita” Rut, descubrió mis licenciosas actividades llevadas a cabo siempre a espaldas de mi vida conyugal y de mi conservadora congregación de amistades y así haré ya que, quizás otra cosa no, pero mi palabra siempre, siempre la cumplo, excepto aquella que tenga que ver con cualquier tipo de fidelidad sexual, como ya os imaginaréis, especialmente las pronunciadas frente al altar dirigidas a mi querido esposo.

El día aquel en que Rut me descubrió, mi marido había regresado a casa a la hora habitual del mediodía con un periódico local en la mano. Se sentó en la mesa de la cocina y arrojó el periódico furioso sobre la mesa. Desanudándose la corbata exclamó:

─Qué tonterías dice la opinión pública. Ya no saben ni cómo vender periódicos. Ahora me critican todas esas feministas, partida de abortistas y de lesbianas, diciendo que soy la viva imagen de esa sociedad del patriarcado que ellas aborrecen. Y todo simplemente por haber observado una realidad que hasta el más mediocre analista habría observado y es la de que el paro ha aumentado desde que la mujer se ha incorporado al mercado de trabajo, que lo mejor sería que las mujeres se dedicasen a lo de siempre. Si siempre fue así, ¿a qué vienen ahora a pretender cambiarlo? Y es simplemente verdad, todas esas frustradas, camioneras, que no han encontrado un macho alfa que se las folle bien, ese es su gran problema, ya podrían estarse calladitas, dedicadas a las labores familiares, como tú ¿verdad mi Judit?, que eres tan feliz conmigo…

Y sin dejarme siquiera responder, estando yo frente al fregadero poniendo en remojo el cacharro con el que me acababa de calentar el café, sentí sus manos por detrás levantándome la falda. Sus dedos torpes rodaron mis bragas, separaron mis piernas y sin quitarse si quiera los pantalones, sacando su ridículo pene entre la cremallera, me penetró así sin más, sin preocuparse en ponerme mínimamente húmeda. Fue, cómo no, un polvo soso, insulso, un polvo que a él le sirvió para recobrar su lastimado estatus de poder y a mí me sirvió para perder cinco minutos de mi precioso tiempo y de mi garganta gimiendo como si me viniese el mejor orgasmo de mi vida cuando en realidad lo que más me hubiese apetecido era bostezar y, sobre todo, que me dejó con un calentón de verdadera polla increíble. Por eso, y no es que quiera de nuevo excusarme, aquella noche, aprovechando que era viernes y que mi marido tenía una cena importante de diplomáticos, a la que no podían acudir las mujeres según él mismo me había advertido, yo, con la excusa de que necesitaba refrescarme un rato, me fui al bingo dispuesta a gastar cuanto más, mejor.

La sala de bingo estaba especialmente concurrida y, viendo a un solitario hombre de cierta edad pero muy bien parecido, sentado a una mesa y contando con meticulosidad algunos billetes que quedaban entre los pliegues de su cartera, me senté a su lado.

─¿No tienes mucho dinero ya? ─le pregunté.

Él se encogió de hombros y me miró. Sus ojos brillaron por un instante. Supongo que no se pudo creer lo que le estaba sucediendo, de repente una mujer tan guapa como mi persona y tan elegante lo había escogido de compañero de mesa, así sin más esmero de conquista por su parte.

─Yo tengo mucha pasta, añadí, y acabo de llegar y…no me apetece estar sola hoy ─sonreí con picardía─, ¿te importa acompañarme?

El hombre se agitó por un momento, pasó su mano por su coronilla y resoplando afirmó con la cabeza.

─Pues venga ─resolví─. ¡Croupier, tráiganos diez cartones que este señor y yo vamos a apostar y mucho!

Así comenzó una velada de locura y juego que se extendió no sé cuántas horas a lo largo de las cuales ganamos, perdimos, volvimos a ganar y volvimos a perder y bebimos, bebimos no sé ni cuántas ginebras yo, ni cuántos whiskies él, todo, por supuesto, pagado por mí y entre cartón y cartón me abalancé sobre sus labios no sé ni cuántas veces mordiéndole la boca con un deseo y una necesidad de empaparme de su semen más que evidentes. Y hasta tal punto llegó a estar el ambiente caldeado que antes de abandonar el local, nos precipitamos ambos hacia los servicios y allí mismo, amenizados de fondo por la voz del croupier que cantaba los números y por los gritos de ¡línea! que a ratos se alzaban de entre las mesas, liberamos nuestra lujuria, él sentado sobre el inodoro con los pantalones y los calzoncillos bajados hasta los tobillos y yo con mi falda subida, las bragas echadas a un lado y cabalgando sobre sus inglés para sentir con cada sacudida cómo se deslizaban sus, por lo menos veinte centímetros de pene bien duros por toda mi vagina. Y oye, aquello sí que fue un buen polvo, con qué voracidad me la tragaba, hasta que al fin el hombre se corrió, no dentro por supuesto, minutos antes tuve la precaución de liberarme de la penetración, arrodillarme en el suelo y chupársela con entusiasmo extremo hasta que su líquido espeso y abundante mojó mis labios, mis mejillas, mis ojos y hasta mi pelo, tal fue el impulso con el que aquel chingo fue expulsado de su magnífico prepucio.

Después de aquello él carraspeó varias veces mientras se subía el pantalón y se lo abrochaba, yo creo que sin creerse todavía lo que le estaba sucediendo, y yo me abotoné de nuevo el escote, me alisé el pelo y me coloqué modosamente la falda tras lo cual él me dijo:

─¿Y ahora qué?, no sé ni tu nombre.

─Para nada necesitas saberlo ─le interrumpí─. Ahora tú y yo nos vamos a un swinger que hay por aquí cerca, vamos a seguir pasándolo en grande.

Dicho esto le cogí de la mano y lo arrastré hacia la calle y fue en el swinger donde me encontré con la directora de este blog, la “señorita” Rut, que, como vosotros ya sabéis, suele merodear por esta clase de antros.

Así que tal y como les explicaba al principio del presente post fue aquí, en este local swinger donde aconteció la escena que puso mi reputación en las chantajistas manos de Rut y, aunque os prometí que hoy contaría esta escena de mi vida, al tratarse sin duda de un episodio muy importante y que necesita larga explicación, prefiero dedicarle un solo post a él, así que os emplazo para mi próxima publicación. Sólo sepan que sucedió en un cuarto oscuro, aunque con la suficiente luz a la entrada como para que la “señorita” Rut pudiese verme y seguirme…

Lo dejamos ahí por lo pronto. No sé vosotros pero yo ahora mismo me voy a gusto, con el sabor en mis labios del semen de mi compañero de mesa en el bingo y con la satisfactoria sensación de sus veinte centímetros de musculoso pene frotando mi vagina.

Respecto al macho alfa de mi marido, pues ya sabréis a lo largo de mis relatos cómo se las ingenió para salir bien parado con la opinión pública y con todas esas feministas de moral más que discutible, ejem, mejor no hablar de ellas, ¡marimachos!, y lo siento Rut si no te gusta lo que digo, en este país aún hay libertad de expresión, gracias a grandes hombres como mi marido, que luchan porque las instituciones democráticas aún se mantengan en pie, a pesar de esos corpúsculos antisistemas que tú y muchas mujeres como tú apoyáis, mujeres de ética y principios más que dudosos, ¡¡¡que ya es bastante con que tenga que estar contando en este blog todas estas dobles actividades mías por tu culpa!!! En fin…

ιουδειθ