Corte de manga de Stara

“Protectores del silencio para lapidar el sentido de los nombres y no se esconden”

“Para entender la sangre de alguien hay que acudir a la inteligencia… puro light”

“Hazme una lista de insultos pero cuando la hagas, animal de cuatro patas, hazla siempre para follarme”

…Stara 16

 

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En épocas de sequía vendrán tiempos mejores y no es la sed lo que me hastía sino la insufrible vanidad de tanto sosegado pene.

Hostigar hay que a tanto macho que se dice portentoso y luego nada, energías gastar en palabras vacuas, hipopótamos de manteca y grasa, sin deseo, nada que sacar de sus prepucios flácidos desde qué, sólo mamarrachadas y fanfarronadas de tamaños y durezas y mi clítoris nada, cariño, ni se inmuta, y mis túneles, nada cariño, ni se humedecen, vacío e indigencia no más porque de palabras no se alimenta el cuerpo ni tampoco el espíritu. De cartas de antiguos amantes que he recibido recientemente sí. Mi memoria se aleja hasta aquel maltrecho lecho dentro de su caravana. Su rubia melena de vikingo y su cuerpo largo de sílfido sobre las tablas de surf, haciendo surf sobre mis muslos. Me recordaba en su carta cuántas cosas me haría de tenerme hoy en día en su caravana choza de león hambriento y duro como ninguno de estos que me rodean en mi nueva vida familiar impuesta, una mierda esto en fin, para qué hablar más, mejor imaginar cuánto me seducía el león vikingo aquellos veranos ardientes en su caravana, uno detrás de otro, su lengua de león lamiendo mi cuello sigue bajando hasta mis pezones donde los chupa, los lame, los aprieta apenas hasta llegar a morderlos, se endurecen ahí entre sus dientes y me vuelve a chupar y sigue su lengua bajando hasta el ombligo, principio de mi existencia toda donde lo moja de saliva, en círculos a su alrededor derrama líquido de palabra en la piel sobre mi útero, mi fantasía se enciende, león de las aguas, ¡eres realmente cojonudo!, podrías venir aquí y darle una lección de sexo a todos estos acomodados machitos de tamaño XL, sólo en sus palabras porque en la práctica, ¡nada!, es el bullicio del fútbol, el ruido por el ruido, no como los gritos que me hacías soltar tú dentro de aquella caravana en el sur de mi isla. La tierra toda temblando, girando alrededor de mi placer sostenido por la punta de tu lengua de león sobre mi clítoris, la perla se hace dura y te llama ahora sí que me estoy mojando sólo de releer tu carta, león vikingo, sacudida entre mis piernas, ¡joder, eres cojonudo!, ahora te amarras el pelo rubio de guanche vikingo, menceyato caliente hasta las cejas, en una coleta y sé que ya no puedes más, que vas a lustrar tu pene con la grasa de mis túneles. Eres y no eres un dios, algo así como un tótem que me ha traído hasta este agujero de ruedas y paredes de metal, todo tan desequilibrado, desmoño y falta de control, parece que va a caer de las sacudidas adentro, tan pronto tierno regando la rosa, tan pronto guerrero en la plena ebullición del mundo, sin piedad, hasta me duele pero es un gusto, un gusto que no acabe, con coca o sin coca en el prepucio que se inflama para mí, ¡guau, eso sí que es una verga, tío! exclamo, ¡con eso me empalas hasta el agujero! Rozada toda que vas a dejarme menceyato de las aguas sureñas. Con tus fuertes manos me agarras la cintura y me la clavas, así de rodillas como estás en tu camastro y yo tumbada rodeo tu marcada cintura con mis piernas y me duele tu brusquedad ¡ay! aunque no, no me duele, me gusta, no, me duele, no, me gusta, sí, menea en un mete y saca, mete y saca de placer y dolor al mismo tiempo, esto sí que es una cabrona porra toda repleta de poder, no la flácida salpicadura de estos falsos poetas XL que no llevan los calzoncillos al revés porque siempre tienen a una ex pendiente y dependiente detrás de ellos, ¡no me jodas! y si no es la ex es la jodida madre que los parió; sin sexo debió de ser porque yo no sé ni cómo lo hacen en estas sosegadas tierras donde no parecen necesitar follar ni para multiplicarse. Y vuelvo a la carta del salvaje en tierra de menceyatos: Lástima tenerte tan lejos, me dice en un acceso de ternura, de estar aquí ahora conmigo, me dice, te pondría en posición de potro y te lamería el agujero del culo para lubricarte y luego te la iría metiendo despacio, sin apresuramiento, primero el prepucio, luego un trozo de tronco, sólo hasta el principio de mis venas, sólo para que sientas su relieve cómo palpita y se hincha por la añoranza que te tengo, en tu honor me rasparé las rodillas follándote sobre cualquier plataforma, me dice, en tu honor frotaré mi pene con las paredes de tus túneles hasta sacarte toda la sangre de adentro, no pararé hasta oírte gritar no una, ni dos, ni tres. Joder, menceyato, eras jodidamente bueno, no lo pongo en duda, habré de cruzar los mares, mandar a todos estos pringados XL a tomar por culo!!!

… dirigido especialmente desde la sucia boquita de esta Stara a todas aquellas mentes y corazones repletos de sucia hipocresía, que no son pocos, a ellos mi más intenso corte de manga…

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La última playa

Sólo en una ocasión gocé de un trabajo que podríamos calificar de decente, según la casposa definición que la mayoría de la sociedad usa para catalogar el amplio abanico de actividades profesionales con las que el ser humano medio puede mal que bien ganarse la vida, aunque claro, no me duró mucho tiempo. Sucedió durante la época en la que regresé a vivir a  Canarias, mi tierra natal. Tras llegarme noticias, por una amiga en común, del feliz parto de Lucy y de aquella idílica relación de familia que había iniciado con Ulises y su lindo bebé, dejé la productora para la que aún grababa algunas películas, amontoné mis pocas pertenencias realmente imprescindibles en una maleta y volé de Madrid a Gran Canaria sin pensármelo dos veces. Necesitaba alejarme de la casa que había compartido tantos años con ella y también necesitaba poner pies en polvorosa, meter mar de por medio  y recomponer mis destrozados ánimos con la vitamina D del sol. Una vez en la isla, debido a mis más que indiscutibles dotes sociales y comunicativas, en seguida me propusieron regentar un barco de travesías y juergas.

Mi barco se llamaba “The last beach” haciendo alusión a la playa de Maspalomas donde se recogían a los grupos de turistas para trasladarlos al muelle de Puerto Rico desde el que zarpaba. Con su carcaza de madera avejentada, sus dos mástiles y su proa en la que ondeaba, siempre altiva, la bandera de la calavera del temido Edward England, pretendía simular los antiguos navíos piratas que atravesaban el Atlántico rumbo a las Américas y, aunque tenía una capacidad como para unos ciento cincuenta pasajeros, resultaba muy habitual que sobrepasásemos el límite moderadamente con la finalidad de facturar lo más posible sin correr riesgos de hundimiento por exceso de peso. En él proporcionábamos a los turistas un ameno paseo por el largo litoral sur de la isla, litoral en el que nadie posaba su vista ya que todos iban a beber como cosacos, a saltar con la música del DJ que pinchaba discos sin parar en la cabina del timonel, a meterse rayas, a tocarse sus entrepiernas, a practicar el sexo oral y la anarquía pura y dura en cubierta y demás excesos imaginados y por imaginar que, sin embargo, en tierra no sólo no se atrevían a llevar a cabo, sino que además miraban por el rabillo del ojo y con desconfianza a los que sí tenían el valor de hacerlo. Ya en las últimas leguas de travesía se solían lanzar por la borda empujados por la imperiosa necesidad de limpiar sus extasiados cuerpos de tanta lujuria causa del mareo que el vaivén de las olas, el alcohol, las drogas y el sexo les había provocado y también con la seguridad de que de esta forma podrían desprenderse definitivamente de ese ser oscuro e ignominioso que todos llevamos dentro pero del que había que renegar necesariamente una vez ponían los pies en secano.

Sucedió que en una ocasión y debido a la incompetente negligencia de algunos tour operadores a los que, todo hay que decirlo, tampoco se les podía pedir más teniendo en cuenta el mísero sueldo que cobraban y la cantidad de horas que trabajaban fuera de contrato, se reservó el barco para dos agencias distintas en el mismo día y para la misma travesía. Cuando fuimos a recogerlos con nuestra flota de guaguas a sus respectivos hoteles, nos encontramos con un numeroso grupo de turistas de diversas nacionalidades: ingleses y rusos en su mayoría y también turistas peninsulares.  Todos reclamaban a gritos su derecho a ser trasladados hasta el barco pero el caso era que sumaban casi el doble de la capacidad del mismo y yo, no sabiendo qué hacer y completamente paralizada por las presiones, me encontré en una situación de bloqueo tal que, cuando me vine a dar cuenta, las guaguas ya habían arrancado repletas de todo aquel gentío. Al llegar al muelle de Puerto Rico, el capitán del buque, viendo la tremenda marabunta bajarse de las dos guaguas, que muchos habían ido incluso de pie, me dio cuatro chillidos. ¿Cómo era posible que hubiese accedido a traer a tanta gente?, ¿me iba a responsabilizar yo de las posibles consecuencias? Era necesario, sin duda, que la mitad de los pasajeros se quedasen sin viajar, se les pediría disculpas y se les devolvería el dinero, así de sencillo. Sin embargo ya la avalancha había comenzado a subir la pasarela, gritando, empujándose y haciéndose un reducido hueco dentro de la cubierta a trompicones. ¿Se daba cuenta?, le dije al capitán señalando hacia el tumulto y encogiéndome de hombros, aquello sin duda se nos había escapado de las manos. Pero él comenzó a gritar con las venas de la garganta a punto de estallar que dejasen de embarcar inmediatamente, que el buque podía hundirse si nos excedíamos. A sus bramidos no parecían hacer caso ni tan siquiera los turistas peninsulares que supuestamente entendían el español a la perfección. Un hombre de unos cincuenta años de espaldas anchas, tripa más bien prominente y shorts que se le escurrían por debajo del ombligo, agarrado a la estaca de la bandera pirata, se inclinó hacia nosotros y nos enseñó el dedo medio al tiempo que gritó en un inglés cerrado: ¡This is a riot, raise the catwalk!; lo que significa: “¡Esto es un motín, eleven la pasarela!” De manera que nos pensaban dejar en tierra a nosotros, a los máximos responsables. Sin perder ni un minuto más en discusiones inútiles el capitán y yo ascendimos corriendo a bordo y vimos cómo, en efecto, la pasarela se recogía y la actividad de desamarre del barco comenzaba a ponerse en marcha. Las tres velas se desplegaron, tres de los marineros que trabajaban para el buque izaban el ancla obligados por los tripulantes. Al cabo de varios minutos nos encontramos todos deslizándonos pesadamente sobre las olas. De la cabina del timonel se escapó el inicio de una música disco a un volumen extenuante y nuestras voces, las voces del capitán y la mía advirtiendo del peligro de zozobrar en alta mar, ya ni siquiera se escuchaban. Al timonel, rodeado por otros tantos turistas, no le había quedado más remedio que poner rumbo hacia su itinerario habitual y al disjey, cuyo plato de disco se encontraba en la misma cabina que la del timonel, no le había quedado otra que comenzar a pinchar el repertorio musical que traía preparado con su típico: “¡Que comience la fiesta! Let the party begin!”.

(a partir de este momento el relato tiene banda sonora, ¡no te la pierdas!, anima la escena y define exactamente lo que nuestros personajes están escuchando)

Y aquello se desmadró en ese preciso instante si cabe aún más de lo que ya lo estaba. La gente empezó a saltar al ritmo de la música que pinchaba el DJ. Ellos solos, sin esperar a que los camareros les sirviesen, empezaron a pasar por encima de las dos barras detrás de las cuales había gran cantidad de botellas, bebidas alcohólicas de diferentes grados y colores y a abrir las botellas repartiéndolas entre el gentío mientras el capitán y yo contemplábamos con la boca abierta tremendo panorama sin saber cómo hacer para poner orden. Sin duda aquello era una sublevación a todas luces y nosotros ya no podíamos hacer más que sumarnos al disparatado asunto. El cincuentón de los shorts por debajo del ombligo me agarró de la mano y me llevó hacia la proa. Junto a la bandera pirata abrió una botella de vodka con total desparpajo y en su inglés cerrado me dijo: Miss Keep calm. this is a real riot; lo que significa: “Guarde la calma señorita, esto es un auténtico amotinamiento”, y al tiempo que me extendía la botella añadió: His company wanted to rip us off and now you’re going to pay dearly; lo que significa: “Su compañía pretendía estafarnos y ahora lo vais a pagar caro”. Con la mano temblorosa agarré la botella y pegué mis labios a la boquilla. El líquido quemó mi garganta pero de alguna manera calmó mis nervios. Él sonrió al ver cómo me rendía al alcohol bebiendo otro largo trago y me pareció percibir que uno de sus colmillos brilló de manera sospechosa.

─Miss ─me dijo haciendo un educado gesto hacia un grupo de cinco hombres que a varios metros nos miraban sin dejar de sonreír─, are you invited to be the center of our orgies ─lo que significa: “Está usted invitada a ser el centro de nuestras orgías”.

A pesar de aquellas no muy estimulantes palabras, sin perder el cierto grado de aturdimiento que el vodka me había proporcionado, me tomé un minuto de respiro para observar el estado general de la revuelta en cubierta. La marabunta continuaba saltando sin parar. Algunos aspiraban polvos blancos por la nariz y varios grupos andaban por aquí y por allá desprendiéndose de los trajes de baño, de las camisetas “Remember Gran Canaria” y de los sujetadores colorines chupachups comprados en los chinos frente a sus apartamentos. En la barandilla, cerca de uno de los mástiles,  el clítoris de una chica que se encontraba de pie completamente en pelotas y con las piernas separadas estaba siendo succionado por la boca de un chico que permanecía de cuclillas frente a ella. La chica le gritó: Следуйте, следует, что я кончу!; que en ruso significa: “¡Sigue, sigue que me corro!” A todas estas el capitán se había perdido entre tantas cabezas, manos alzadas, desmoñadas melenas azotadas por el viento de la alta mar, o quién sabía, tal vez lo habían encerrado en las dependencias subterráneas donde se almacenaban los víveres y demás suministros del barco, a estas alturas del levantamiento todo era posible. Era obvio que mi estigma sexual, prendido en mi frente desde mi nacimiento, me perseguía hasta las fronteras de la última playa de la isla, del planeta y más allá. No me sería posible escapar, de ningún modo, sólo un inmediato hundimiento permitiría un milagro semejante. El anglosajón de la enorme tripa me volvió a agarrar del brazo y me remolcó esta vez hacia aquel grupo de hombres los cuales comenzaron a reír a carcajadas al ver cómo su jefazo les llevaba la deseada presa al nido.

─Now you kneel before us as a sign of your servitude to the new magnanimous of this ship ─lo cual significa: “Ahora te arrodillarás ante nosotros como muestra de tu servidumbre al nuevo magnánimo de este buque”, y esto lo dijo señalando el suelo salpicado de bebidas que la gente derramaba al tropezar unos con otros.

Los cinco hombres hicieron un corro en torno a mi persona y al barrigudo bebedor de vodka al cual, mirándole de soslayo, le arrebaté en un abrir y cerrar de ojos la botella. Sin decir una palabra volví a beber largamente. Las maliciosas carcajadas de los hombres sonaron en mis oídos por encima de la música del DJ pero no me importó porque acababa de tener una brillante idea, debía hacerlos saltar a todos, a todos sin excepción. ¡Haría hundir el maldito barco si fuese preciso y los mandaría a todos al mismísimo infierno! Alcé la mano todavía agarrando la botella y empecé a dar brincos.

─¡Vaaaaamos! ─grité al ritmo de la música, rodeé con mi brazo los hombros del magnánimo jefazo y brinqué azotando mi melena al aire, moviendo desquiciadamente mi cabeza de delante a atrás al tiempo que berreaba sin parar con el otro brazo levantado─. ¡Vaaaamos!

En ese momento las neuronas espejo de los cinco hombres, de las que desde luego no se podía decir que careciesen, se activaron y ellos comenzaron a sacudir sus cabezas a la par que la mía. Visto esto al jefazo no le quedó otra que seguirme la corriente simulando que en realidad él estaba permitiendo ese cambio de planes. ¡Caaaaamon!, animó también. Le cogí la mano y lo arrastré entre el tumulto al grito de: ¡Vaaaamos! y así lo llevé hasta los pies de la escalera del puente de mando. Subí el primer escalón me di la vuelta y abrazando su cuello empecé a restregar mis pechos en su cara. Sus mejillas enrojecieron de gusto y cuando al fin me aparté le escuché gritar con euforia: ¡Caaaaaamon! a cuya orden todo el barco comenzó a saltar movidos por un embriagador y unísono ritmo que invadió sus mentes y sus corazones. Subí escalón por escalón menando a propósito el culo y detrás de mí subía el magnánimo cuyo short había resbalado tanto que ya casi dejaba al descubierto su pubis. Una vez que hubimos alcanzado el puente de mando pude contemplar cómo la sublevación se había convertido en una auténtica masa unificada de cuerpos que botaban y coreaban a una, y en ese instante el suelo del barco comenzó a perder estabilidad. ¿Dónde estaría el capitán?, me pregunté ahora asustada. Al barco le quedaba poco tiempo de flotación, finalmente tendríamos que soltar peso pero ¿cómo?, ¿podríamos lanzar a gente por la borda?, ¿sería realmente ético arriesgar la vida de varios hombres para salvar la de todos los pasajeros? De pronto la proa comenzó a inclinarse y se escucharon los berridos de pavor de algunos. En esa zona del barco la gente comenzó a correr hacia el lado de la popa con el ciego objetivo de contrarrestar peso. El rumor de peligro inminente por hundimiento comenzó a prender entre los desmadrados de cubierta y poco a poco todos dejaron de saltar presas del pánico. Hasta a la cabina del timonel y del DJ debió de llegar la alerta pues de repente la música paró. Todo quedó en silencio. Ahora era en la popa del barco en donde se había arremolinado el tumulto y ésta comenzaba a hundirse. Todas las miradas se alzaron hacia el puente de mando, todos los ojos se clavaron en mi persona y en la persona del barrigudo jefe de la sublevación de cuyos shorts caídos asomaban ahora algunos pelos de su pubis. El barco se inclinó aún más por la zona de popa y un grito de espanto se abrió de nuevo paso en cubierta. Todos a una corrieron esta vez hacia la proa.

─¡Eh, tranquilos! ─grité en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─. Lo primero que hay que hacer es equilibrar el peso, la mitad de las personas a un lado y la otra mitad al otro lado.

Pero no me hicieron caso. Actuaban como un cuerpo indivisible. Si una parte de la marabunta se trasladaba hacia la proa todos le seguían y si la otra parte se trasladaba hacia la popa todos le seguían también. Así no conseguíamos sino columpiar el barco como un péndulo cada vez con más fuerza. Más tarde o más temprano acabaríamos por zozobrar. Había que actuar con rapidez.

─And now, what can we do? ─preguntó el magnánimo.

─Que qué podemos hacer ─grité furiosa de nuevo en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─. ¿No se lo habíamos dicho, no le habíamos dicho que no podían subir todos? Ahora hay que hacer una selección de pasajeros, la que debimos hacer en el puerto antes de zarpar.

─I don’t understand you ─balbuceó el hombre─. What do you mean?

─Que a qué me refiero –sonreí casi diría que con maldad. El barco volvió a columpiarse por el lado de la popa─. ¿Usted cree que podremos aguantar así mucho tiempo? ¡Esto se hunde, se hunde, tendremos que desprendernos de algunos pasajeros! ─Los cinco fieles acompañantes del cincuentón trataban de guardar el equilibrio a los pies de la escalera, bajo el puente de mando─. Yo creo que con que nos desquitemos del peso de tres hombres tendremos suficiente y bien podrían ser tres de vosotros, por lo que veo sois los más entrados en panza que hay en este buque ─dictaminé.

─But what does it say? ─me amonestó el jefazo al tiempo que el barco volvió a zarandearse esta vez alcanzando una inclinación de por lo menos veinte grados. Un grito generalizado se mantuvo en el aire unos segundos─. That’s inhumane, you can’t do it ─lo que significa: “Eso es inhumano, usted no puede hacerlo”.

─Cómo que no ─dije en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─. ¿Usted de verdad cree que esto aguantará mucho tiempo más?, ¿no ve en qué difícil situación nos ha puesto su amotinamiento? Ahora mismo que se coloquen aquí sus cinco marineros y que se quiten la ropa, debo valorar vuestros pesos y decidir qué tres hombres van a ser lanzados.

─But…

─No se hable más. ¡Vosotros cinco! ─ordené señalándolos─. Suban para acá ahora mismo ─Los hombres obedecieron y se irguieron frente a mí tan rectos como el constante mecerse del barco les permitió─. ¡Y usted! ─le ladré al jefazo─, ya puede ir quitándose la ropa ─Y para mi sorpresa el jefe agachó la cabeza y, manso como un animalito de corral, empezó a sacarse la camiseta “Remember Maspalomas” y el short que ya casi le caía por debajo de los calzoncillos─. ¡Eso también! ─dije señalando los calzoncillos─, ¡todo!

Inmediatamente los otros siguieron el ejemplo de su magnánimo jefazo quedando en unos segundos completamente en cueros. Me alejé dos pasos hacia atrás para contemplar el panorama dando golpecitos con mi dedo en mi barbilla: seis hombres desnudos permanecían todo lo erguidos que podían, haciendo claros esfuerzos por mantener bien metidas sus panzas sobrealimentadas a base de hamburguesas y perritos calientes mientras sus colgantes penes se balanceaban, a la par que el barco, de popa a proa y de proa a popa. Patética visión que, sin embargo ellos parecieron comenzar a disfrutar porque, mientras los observaba, midiendo pesos y volúmenes, me percaté de que el pene del jefazo crecía y se ponía duro por momentos.

─¿Y eso? ─pregunté señalando su prepucio ahora completamente empalmado. Él se encogió de hombros y un atisbo de sonrisa asomó por entre sus rosados mofletes. El amigo a su lado posó atentamente su mirada sobre aquel miembro erecto─. Debe saber usted que entre su barriga de tonel y su enorme pene empalmado va a ser el primer candidato.

El magnánimo, para defenderse, señaló el pene de su compañero y lo agarró con la mano para mostrármelo. Al elevarlo de ese modo este pene también se puso duro y las venas se hincharon considerablemente. Mis ojos casi no salieron de sus órbitas al contemplar tremendo manubrio. Empalmado era casi el doble que el de su jefe.

─Pero bueno, este también va a ser seleccionado, me parece ─solté y entonces, como si hubiese pronunciado un conjuro, las pollas de los otros cuatro comenzaron asimismo a empinarse. No cabía duda, aquello les estaba excitando sobremanera.

En ese instante mi cabeza pensó a la velocidad de un rayo. Calculé que no nos quedarían más de cinco minutos para que comenzase el hundimiento definitivo. Ahora los hombres frente a mí se tocaban unos a otros con el afán de demostrar que el otro la tenía más grande que él y que, ciertamente se merecía más ser entregado a las fauces de los, por estos mares, delfines. Sin embargo había que reconocer que Dios no había escatimado en bondad a la hora de dotar a aquellos penes de volumen, dureza y dimensiones suficientes como para hacer que nuestro barco recuperase su estabilidad inicial si los lanzaba, no a tres sino a los seis, los seis hombres sin piedad a las frías aguas del Atlántico. Ellos parecían embelesados mirándose unos a otros, admirando sus huevos, sus prepucios, las venas más o menos hinchadas a lo largo del miembro.

─Está bien ─resolví y todos devolvieron sus miradas a mi persona─, los voy a tirar a los seis, lo sabéis, ¿verdad?

Y sin esperar respuesta, tras una nueva sacudida y posterior inclinación del barco, esta vez calculé que de unos treinta grados, vociferé:

─¡Adelante mis valientes hay que coger a estos seis hombres y arrojarlos al mar si no queremos hundirnos!

Un desorganizado gentío subió entonces las escaleras y, agarrando a los seis condenados, los condujeron brutalmente por cubierta hasta la borda de estribor por donde, sin necesidad de volver a ordenarlo, los fueron empujando uno por uno. Todos pudimos contemplar cómo seis cuerpos en cueros, con sus pollas portentosas y bien duras ondeando al viento al igual que nuestra bandera pirata, se precipitaban al vacío y acababan luchando a brazadas contra las bravías olas del gélido mar del Atlántico.

Y no voy a seguir relatando este escabroso asunto de las pollas y de sus portadores. Sólo decir que este suceso, como ya conté al principio, me costó aquel puesto de trabajo a pesar de que al final, sintiendo lástima por los seis infelices, solté una chalupa al mar para que pudiesen subirse a ella y esperar allí hasta que las brigadas de la guardia civil costera viniesen a rescatarlos. El barco, tras perder aquel peso se estabilizó de repente y la gente volvió poco a poco a la calma. Entonces bajé a las bodegas donde, como me había imaginado, habían encerrado al capitán y, tras liberarlo, este nos condujo al puerto de Mogán que era el más próximo. Allí se armó un gran revuelo. Todos, tanto los pasajeros del “Last beach” como la multitud de paseantes domingueros que suelen andar por estas costas, se agolparon en el embarcadero sin dejar de relatarse unos a otros lo recién acontecido en aquel buque pirata, mientras esperaban ver llegar a los náufragos que ya se acercaban remolcados por una lancha de la guardia civil. Al atracar la chalupa y ver a los seis hombres desnudos salir de ella, un ¡ohhh! se escapó de todas las gargantas presentes.

─ You’ll pay me! –escupió el cincuentón barriga de tonel al pasar a mi lado, lo que significa: “¡Me las pagarás!”.

Los que estaban cerca y pudieron escucharlo atendieron a mi persona deseando saber con qué palabras me defendería.

─Pero si se amotinaron y luego resulta que les gustó que les mirase ─dije en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─, juro que les gustó, se les puso tiesa, casi no nos ahogamos por su culpa, aquellos penes pesaban lo suyo, se los puedo asegurar…

Pero nadie pareció ya darme la más mínima credibilidad, más interesados como estaban en mimar a aquellos seis desvalidos abrigando ahora sus erizados cuerpos con mantas y alimentando sus hambrientos estómagos trayéndoles apresuradamente de un Mac Donald cercano unas big macs dobles con su doble ración de papas fritas.

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Este post se ha escrito inspirado en el movimiento “CFNM Lovers”, “Hombres desnudos, mujeres vestidas”

 

4 Porque me sobras !!!

Pondré una firma en la legión de cuerpos y mentes que no abandonan el vicio

El silencio de los que deseamos GRITAR !!! ……………………….. AMÉN ………………..

 

… No celebres MACHISTA el pene dentro porque los escritos de mis bragas ya son cubos de las propias rabietas de las ganas que tengo, adiestrada a manchar en la lengua de rica salsa, líquida y espesa con olor del deseo de tiempos estancados. Es el macho $, música de pecado en cada fusta caliente que adentra, a la fuerza, en las zonas que desea él. Aprender y luego el dolor, rico rincón escondido de la mente caliente del ego. ¿Duele y paras? Pues yo allí también deseo caliente y me toca lengua, dedos, pene o cualquier cosa que pueda morder antes y pueda apretar la bala más roja. Déjame que suavice el glande con la lengua chorreando dentro de símbolos y huecos, qué sabroso regalo de licores en cápsulas que presiono hasta el fondo de la garganta. ¡No!, ¡no!, ¡no vomito!, es la ley del clan del deseo tributario, tú me das pene y yo una arcada más. Traeeeeee ese objeto y explota la gasolina arrancada y embriagada sin vergüenza alguna a la marginal indigencia. Me arrastro como una loba y huelo mal, para que asfixies mi cuello mientras clavas el tacón en posición y así llega al fondo de mi rabieta que me sale a flote entre insultos que me ponen, muérdeme y escúpeme la espalda mientras sujetas bandera de 4, voy a poner la firma de mis llantos en tus huevos de escarcha y blanca leche.

 

Serie "Basura y sex". Fotógrafa Stara Grazie. 2016.

Serie “Basura y sex”. Fotógrafa Stara Grazie. 2016.

 

 

Mis dedos no abandonan nada, ningún hueco, ya mal hechos y flácidos colgajos como el saco de un escrito y abro el libro para llegar a tu cara, no sueltes esas bonitas historias de naranjas y colgantes frescos, ¿es que aún se las cree alguien? Pues entérate que yo jamás dejo las ardientes leches de dulce chocolate, gratis todas para tu infiel destino conmigo y ¡te jodes y me jodes así, con la boca llena de tu grasa de animal bastardo!… Frascos y más frascos son ya tus flácidos genios. ¿Qué?, masticando cristales transparentes nos grabamos sin comprender el éxito que daría una noche de colocarte en la estación adecuada, eclipsa a gente diminuta en mi boca con bolitas de regalo, banderas diferentes donde el miembro es ya razón social de capitales y capitanes que se rigen en poses, ¿es que alguien se cree eso todavía?, miel fresca y espesa de tanto tiempo de penes sin emociones, no cierres los ojos, habla y YA!!! terminamos …..

 

 … Para aquellos que descubren la verdad en hembras de formatos …..

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Taxi Norte

La gata deja su esencia en los ojos de muchos

 

Nunca olvidaré aquellas primeras vacaciones y últimas de mi ruptura con quien me arrebató un corazón que había vuelto a latir con generosidad y valentía, con la pasión que sólo es comparable a los primeros amores.

Me llevó a un modesto hotel asturiano ubicado en una cala. Durante el día y en pleno mes de agosto la cala se volvía imposible de pisar, sin embargo, llegado el atardecer, enmudecía para convertirse en una sorpresa para los sentidos cuando bajaba la marea y se transformaba en un reducto de silencio, paraíso perfecto para sentarse en la arena y hablar sin prisas. Ya sabía dónde me llevaba, él conocía muy bien aquel lugar, había buscado un rincón donde el reloj quedase aparcado y mis agujas pudieran moverse con libertad.

La primera mañana me despertó como yo no estaba acostumbrada, imbécil de él, era un romántico y pegado a mí abrí los ojos sintiendo sus labios en mi cuello, sus manos en mis pechos y su pene entre mis piernas. Por unos instantes me hice la dormida, me gustó sentir su excitación hasta que le dejé penetrarme. El niño duró bastante y me hizo correr dos veces, tiempo durante el cual moví los labios de abajo y los de arriba para gritar sin importarme que me escuchasen desde las habitaciones de al lado.

Así que aquel día había comenzado con una amplia sonrisa en la cara y con un buen desayuno frente a la arena antes de que llegase la marea de turistas. Lo tenía todo previsto, sabía de mis apetencias y propuso que no nos quedásemos allí, que cogiésemos unas birras y unos bocadillos y nos fuésemos a caminar un rato. De tal forma me llevó por un angosto sendero de monte hasta una preciosa playa natural, nudista y rocosa en la que pasamos el día tomando el sol, riendo, nadando en unas aguas frías que apenas le bajaban la erección al muy cabrón ya que insistía en bucear entre mis piernas a cada rato rozando sus labios contra los míos que aquella mañana, en la habitación, ya habían hablado por dos veces y que se sentían hinchados y desnudos y él podía verlos constantemente y su erección era prominente y permanente.

 

"Serie azul", © Esther Álvarez, 2016.

“Serie azul”, © Esther Álvarez, 2016.

 

Tras no sé cuántas horas, perdida completamente la noción del tiempo, él manifestó su interés por enseñarme una pequeña gruta que había a unos metros tras nosotros. Estuve de acuerdo y hacia allí nos dirigimos. Al entrar toqué la frialdad de sus paredes y de inmediato percibí a mi espalda al vástago queriendo explorar mi sexo, metiendo su cabeza. Así que para eso me había traído hasta aquí, pensé. Ya empezaba yo a excitarme de nuevo cuando, repentinamente apareció una pareja y tuvimos que dejarlo. Irritados por la calentura salimos de la gruta y volvimos a tumbarnos en la arena hasta que la marea subió, por cierto de qué forma en Asturias, y subió tanto que de pronto nos percatamos de que sería imposible volver por donde habíamos venido. Para regresar tendría que enseñarle a escalar las rocas, no quedaba otra opción. De esta forma acabamos ambos trepando la pedregosa costa yo, por supuesto, delante, y él, cómo no, detrás, sin sacar sus ojos de mi sexo, el muy salido, que asomaba de mi cortísimo short vaquero.

Cuando llegamos a la habitación nos resultó imposible contener el deseo, tampoco lo intentamos la verdad, y nos devoramos a pesar de que habíamos quedado en ir a cenar a un asador cercano. Permití que limpiase la sal del mar de mis labios con los suyos. Tras esto los asadores aún estaban abiertos y allá fuimos a cenar porque ambos queríamos más carne y la brasa, caliente como estaba, pedía más y más condumio. En el restaurante no cesamos de reír, un vino tras otro, y su mirada de deseo se clavaba en mis pezones que marcaban sus insinuantes relieves bajo el fino tejido de mi camiseta.

Volvimos al hotel tarde y ya había desaparecido la multitud. En el parking sólo los grillos nos saludaron. Le dije que se fumase un cigarro, que no había prisa y que podía acabar de escuchar “Just Give Me a Reason” sin embargo, al instante, salté como una gata al asiento trasero, me saqué las botas y el short, no las bragas porque no llevaba, y le mostré mis labios al tiempo que mordía los de mi boca. Se quedó patidifuso, nervioso y temeroso de que pudiesen vernos. Tras esta inicial confusión, ya recobrada su capacidad de raciocinio, apagó el pitillo y vino a sentarse junto a mí. Allí se dejó hacer de todo y me lo follé ni sé por cuánto tiempo hasta que sucedió lo mismo que en la cueva aquella tarde, al lado nuestro aparcó otro coche y lo tuvimos que dejar. Casi sin abrocharnos los pantalones volamos a la habitación y allí sí que tuvimos una larga y bonita noche de grillos.

¿Sabéis qué sucedió el resto de las vacaciones? Pues es fácil de imaginar cuando mantienes una sonrisa en la cara y te dejan soñar. Le enseñé a tocar las notas más afinadas y las más desafinadas en las húmedas rocas de mi cuerpo.

 

"Serie rojo", © Esther Álvarez, 2016.

“Serie rojo”, © Esther Álvarez, 2016.

 

Luego aquello terminó no sé ni cómo. Lo cierto es que de ese tipo ya casi nunca me acuerdo, sólo en extrañas ocasiones como esta y entonces pienso: ¡que le den al muy cabrón!

“Bilbao 88”         firma2