Follarte como si no te quisiera

Nada puede conmigo reina

cuando te follo así

como si realmente no sintiese nada por ti

y pedirte entre gemidos que, por favor,

no me quieras ni lo más mínimo,

sexo y sólo sexo es lo que me gusta

para blindarme con mis armaduras

hasta las cejas, reina,

y el corazón ya de paso

porque no es un órgano estrictamente necesario

para follarte así, como lo hago,

invadiéndote profundamente con mi arnés

de colores insinuantes

y vibraciones múltiples

mientras te digo

que yo tampoco te quiero

que sólo deseo poseerte de este modo:

utilizar tu cuerpo

como si nunca hubiese estado

loca por tus huesos,

como si ese flujo con el que ahora me empapas

no fuese alimento suficiente

para mi alma

y, ¡toma reina!, ahí va otra nalgada

para que sepas que ¡no!,

¡ni se te ocurra!, quererme.

 

Follarte así,

por detrás, atándote las manos,

tirándote del pelo,

como si realmente no te quisiese,

como si tu compañía,

tu ronca y dulce voz,

tus rarezas y tus locas ideas

no fuesen lo que más añoro

cuando estoy lejos de ti

y dártelo así, sin la más mínima ternura,

venciendo todo el dolor del mundo,

al otro lado de la puerta

sé que me observan los lobos,

mi armadura ya está puesta

sobre el sudor de mi desnuda piel

se siente bien,

se siente parte de mí misma,

gracias a ti, reina, sé que estoy preparada

para la gran cacería

si puedo no quererte un poco

aniquilaré a mis enemigos

como hago con tu cintura

tómalo fuerte, así,

como si no te quisiera,

que ya cabalgo hacia mis fieras:

pisotearé sus cadáveres,

la muerte tan cercana

gracias a ti, reina,

cuando te venza el orgasmo

la veré alejarse de nuevo

y sabré que es la señal de salida;

los lobos aúllan al otro lado de la puerta,

mis músculos se disponen para combatirlos…

روت

 

Taxi Norte

La gata deja su esencia en los ojos de muchos

 

Nunca olvidaré aquellas primeras vacaciones y últimas de mi ruptura con quien me arrebató un corazón que había vuelto a latir con generosidad y valentía, con la pasión que sólo es comparable a los primeros amores.

Me llevó a un modesto hotel asturiano ubicado en una cala. Durante el día y en pleno mes de agosto la cala se volvía imposible de pisar, sin embargo, llegado el atardecer, enmudecía para convertirse en una sorpresa para los sentidos cuando bajaba la marea y se transformaba en un reducto de silencio, paraíso perfecto para sentarse en la arena y hablar sin prisas. Ya sabía dónde me llevaba, él conocía muy bien aquel lugar, había buscado un rincón donde el reloj quedase aparcado y mis agujas pudieran moverse con libertad.

La primera mañana me despertó como yo no estaba acostumbrada, imbécil de él, era un romántico y pegado a mí abrí los ojos sintiendo sus labios en mi cuello, sus manos en mis pechos y su pene entre mis piernas. Por unos instantes me hice la dormida, me gustó sentir su excitación hasta que le dejé penetrarme. El niño duró bastante y me hizo correr dos veces, tiempo durante el cual moví los labios de abajo y los de arriba para gritar sin importarme que me escuchasen desde las habitaciones de al lado.

Así que aquel día había comenzado con una amplia sonrisa en la cara y con un buen desayuno frente a la arena antes de que llegase la marea de turistas. Lo tenía todo previsto, sabía de mis apetencias y propuso que no nos quedásemos allí, que cogiésemos unas birras y unos bocadillos y nos fuésemos a caminar un rato. De tal forma me llevó por un angosto sendero de monte hasta una preciosa playa natural, nudista y rocosa en la que pasamos el día tomando el sol, riendo, nadando en unas aguas frías que apenas le bajaban la erección al muy cabrón ya que insistía en bucear entre mis piernas a cada rato rozando sus labios contra los míos que aquella mañana, en la habitación, ya habían hablado por dos veces y que se sentían hinchados y desnudos y él podía verlos constantemente y su erección era prominente y permanente.

 

"Serie azul", © Esther Álvarez, 2016.

“Serie azul”, © Esther Álvarez, 2016.

 

Tras no sé cuántas horas, perdida completamente la noción del tiempo, él manifestó su interés por enseñarme una pequeña gruta que había a unos metros tras nosotros. Estuve de acuerdo y hacia allí nos dirigimos. Al entrar toqué la frialdad de sus paredes y de inmediato percibí a mi espalda al vástago queriendo explorar mi sexo, metiendo su cabeza. Así que para eso me había traído hasta aquí, pensé. Ya empezaba yo a excitarme de nuevo cuando, repentinamente apareció una pareja y tuvimos que dejarlo. Irritados por la calentura salimos de la gruta y volvimos a tumbarnos en la arena hasta que la marea subió, por cierto de qué forma en Asturias, y subió tanto que de pronto nos percatamos de que sería imposible volver por donde habíamos venido. Para regresar tendría que enseñarle a escalar las rocas, no quedaba otra opción. De esta forma acabamos ambos trepando la pedregosa costa yo, por supuesto, delante, y él, cómo no, detrás, sin sacar sus ojos de mi sexo, el muy salido, que asomaba de mi cortísimo short vaquero.

Cuando llegamos a la habitación nos resultó imposible contener el deseo, tampoco lo intentamos la verdad, y nos devoramos a pesar de que habíamos quedado en ir a cenar a un asador cercano. Permití que limpiase la sal del mar de mis labios con los suyos. Tras esto los asadores aún estaban abiertos y allá fuimos a cenar porque ambos queríamos más carne y la brasa, caliente como estaba, pedía más y más condumio. En el restaurante no cesamos de reír, un vino tras otro, y su mirada de deseo se clavaba en mis pezones que marcaban sus insinuantes relieves bajo el fino tejido de mi camiseta.

Volvimos al hotel tarde y ya había desaparecido la multitud. En el parking sólo los grillos nos saludaron. Le dije que se fumase un cigarro, que no había prisa y que podía acabar de escuchar “Just Give Me a Reason” sin embargo, al instante, salté como una gata al asiento trasero, me saqué las botas y el short, no las bragas porque no llevaba, y le mostré mis labios al tiempo que mordía los de mi boca. Se quedó patidifuso, nervioso y temeroso de que pudiesen vernos. Tras esta inicial confusión, ya recobrada su capacidad de raciocinio, apagó el pitillo y vino a sentarse junto a mí. Allí se dejó hacer de todo y me lo follé ni sé por cuánto tiempo hasta que sucedió lo mismo que en la cueva aquella tarde, al lado nuestro aparcó otro coche y lo tuvimos que dejar. Casi sin abrocharnos los pantalones volamos a la habitación y allí sí que tuvimos una larga y bonita noche de grillos.

¿Sabéis qué sucedió el resto de las vacaciones? Pues es fácil de imaginar cuando mantienes una sonrisa en la cara y te dejan soñar. Le enseñé a tocar las notas más afinadas y las más desafinadas en las húmedas rocas de mi cuerpo.

 

"Serie rojo", © Esther Álvarez, 2016.

“Serie rojo”, © Esther Álvarez, 2016.

 

Luego aquello terminó no sé ni cómo. Lo cierto es que de ese tipo ya casi nunca me acuerdo, sólo en extrañas ocasiones como esta y entonces pienso: ¡que le den al muy cabrón!

“Bilbao 88”         firma2

La última playa

Sólo en una ocasión gocé de un trabajo que podríamos calificar de decente, según la casposa definición que la mayoría de la sociedad usa para catalogar el amplio abanico de actividades profesionales con las que el ser humano medio puede mal que bien ganarse la vida, aunque claro, no me duró mucho tiempo. Sucedió durante la época en la que regresé a vivir a  Canarias, mi tierra natal. Tras llegarme noticias, por una amiga en común, del feliz parto de Lucy y de aquella idílica relación de familia que había iniciado con Ulises y su lindo bebé, dejé la productora para la que aún grababa algunas películas, amontoné mis pocas pertenencias realmente imprescindibles en una maleta y volé de Madrid a Gran Canaria sin pensármelo dos veces. Necesitaba alejarme de la casa que había compartido tantos años con ella y también necesitaba poner pies en polvorosa, meter mar de por medio  y recomponer mis destrozados ánimos con la vitamina D del sol. Una vez en la isla, debido a mis más que indiscutibles dotes sociales y comunicativas, en seguida me propusieron regentar un barco de travesías y juergas.

Mi barco se llamaba “The last beach” haciendo alusión a la playa de Maspalomas donde se recogían a los grupos de turistas para trasladarlos al muelle de Puerto Rico desde el que zarpaba. Con su carcaza de madera avejentada, sus dos mástiles y su proa en la que ondeaba, siempre altiva, la bandera de la calavera del temido Edward England, pretendía simular los antiguos navíos piratas que atravesaban el Atlántico rumbo a las Américas y, aunque tenía una capacidad como para unos ciento cincuenta pasajeros, resultaba muy habitual que sobrepasásemos el límite moderadamente con la finalidad de facturar lo más posible sin correr riesgos de hundimiento por exceso de peso. En él proporcionábamos a los turistas un ameno paseo por el largo litoral sur de la isla, litoral en el que nadie posaba su vista ya que todos iban a beber como cosacos, a saltar con la música del DJ que pinchaba discos sin parar en la cabina del timonel, a meterse rayas, a tocarse sus entrepiernas, a practicar el sexo oral y la anarquía pura y dura en cubierta y demás excesos imaginados y por imaginar que, sin embargo, en tierra no sólo no se atrevían a llevar a cabo, sino que además miraban por el rabillo del ojo y con desconfianza a los que sí tenían el valor de hacerlo. Ya en las últimas leguas de travesía se solían lanzar por la borda empujados por la imperiosa necesidad de limpiar sus extasiados cuerpos de tanta lujuria causa del mareo que el vaivén de las olas, el alcohol, las drogas y el sexo les había provocado y también con la seguridad de que de esta forma podrían desprenderse definitivamente de ese ser oscuro e ignominioso que todos llevamos dentro pero del que había que renegar necesariamente una vez ponían los pies en secano.

Sucedió que en una ocasión y debido a la incompetente negligencia de algunos tour operadores a los que, todo hay que decirlo, tampoco se les podía pedir más teniendo en cuenta el mísero sueldo que cobraban y la cantidad de horas que trabajaban fuera de contrato, se reservó el barco para dos agencias distintas en el mismo día y para la misma travesía. Cuando fuimos a recogerlos con nuestra flota de guaguas a sus respectivos hoteles, nos encontramos con un numeroso grupo de turistas de diversas nacionalidades: ingleses y rusos en su mayoría y también turistas peninsulares.  Todos reclamaban a gritos su derecho a ser trasladados hasta el barco pero el caso era que sumaban casi el doble de la capacidad del mismo y yo, no sabiendo qué hacer y completamente paralizada por las presiones, me encontré en una situación de bloqueo tal que, cuando me vine a dar cuenta, las guaguas ya habían arrancado repletas de todo aquel gentío. Al llegar al muelle de Puerto Rico, el capitán del buque, viendo la tremenda marabunta bajarse de las dos guaguas, que muchos habían ido incluso de pie, me dio cuatro chillidos. ¿Cómo era posible que hubiese accedido a traer a tanta gente?, ¿me iba a responsabilizar yo de las posibles consecuencias? Era necesario, sin duda, que la mitad de los pasajeros se quedasen sin viajar, se les pediría disculpas y se les devolvería el dinero, así de sencillo. Sin embargo ya la avalancha había comenzado a subir la pasarela, gritando, empujándose y haciéndose un reducido hueco dentro de la cubierta a trompicones. ¿Se daba cuenta?, le dije al capitán señalando hacia el tumulto y encogiéndome de hombros, aquello sin duda se nos había escapado de las manos. Pero él comenzó a gritar con las venas de la garganta a punto de estallar que dejasen de embarcar inmediatamente, que el buque podía hundirse si nos excedíamos. A sus bramidos no parecían hacer caso ni tan siquiera los turistas peninsulares que supuestamente entendían el español a la perfección. Un hombre de unos cincuenta años de espaldas anchas, tripa más bien prominente y shorts que se le escurrían por debajo del ombligo, agarrado a la estaca de la bandera pirata, se inclinó hacia nosotros y nos enseñó el dedo medio al tiempo que gritó en un inglés cerrado: ¡This is a riot, raise the catwalk!; lo que significa: “¡Esto es un motín, eleven la pasarela!” De manera que nos pensaban dejar en tierra a nosotros, a los máximos responsables. Sin perder ni un minuto más en discusiones inútiles el capitán y yo ascendimos corriendo a bordo y vimos cómo, en efecto, la pasarela se recogía y la actividad de desamarre del barco comenzaba a ponerse en marcha. Las tres velas se desplegaron, tres de los marineros que trabajaban para el buque izaban el ancla obligados por los tripulantes. Al cabo de varios minutos nos encontramos todos deslizándonos pesadamente sobre las olas. De la cabina del timonel se escapó el inicio de una música disco a un volumen extenuante y nuestras voces, las voces del capitán y la mía advirtiendo del peligro de zozobrar en alta mar, ya ni siquiera se escuchaban. Al timonel, rodeado por otros tantos turistas, no le había quedado más remedio que poner rumbo hacia su itinerario habitual y al disjey, cuyo plato de disco se encontraba en la misma cabina que la del timonel, no le había quedado otra que comenzar a pinchar el repertorio musical que traía preparado con su típico: “¡Que comience la fiesta! Let the party begin!”.

(a partir de este momento el relato tiene banda sonora, ¡no te la pierdas!, anima la escena y define exactamente lo que nuestros personajes están escuchando)

Y aquello se desmadró en ese preciso instante si cabe aún más de lo que ya lo estaba. La gente empezó a saltar al ritmo de la música que pinchaba el DJ. Ellos solos, sin esperar a que los camareros les sirviesen, empezaron a pasar por encima de las dos barras detrás de las cuales había gran cantidad de botellas, bebidas alcohólicas de diferentes grados y colores y a abrir las botellas repartiéndolas entre el gentío mientras el capitán y yo contemplábamos con la boca abierta tremendo panorama sin saber cómo hacer para poner orden. Sin duda aquello era una sublevación a todas luces y nosotros ya no podíamos hacer más que sumarnos al disparatado asunto. El cincuentón de los shorts por debajo del ombligo me agarró de la mano y me llevó hacia la proa. Junto a la bandera pirata abrió una botella de vodka con total desparpajo y en su inglés cerrado me dijo: Miss Keep calm. this is a real riot; lo que significa: “Guarde la calma señorita, esto es un auténtico amotinamiento”, y al tiempo que me extendía la botella añadió: His company wanted to rip us off and now you’re going to pay dearly; lo que significa: “Su compañía pretendía estafarnos y ahora lo vais a pagar caro”. Con la mano temblorosa agarré la botella y pegué mis labios a la boquilla. El líquido quemó mi garganta pero de alguna manera calmó mis nervios. Él sonrió al ver cómo me rendía al alcohol bebiendo otro largo trago y me pareció percibir que uno de sus colmillos brilló de manera sospechosa.

─Miss ─me dijo haciendo un educado gesto hacia un grupo de cinco hombres que a varios metros nos miraban sin dejar de sonreír─, are you invited to be the center of our orgies ─lo que significa: “Está usted invitada a ser el centro de nuestras orgías”.

A pesar de aquellas no muy estimulantes palabras, sin perder el cierto grado de aturdimiento que el vodka me había proporcionado, me tomé un minuto de respiro para observar el estado general de la revuelta en cubierta. La marabunta continuaba saltando sin parar. Algunos aspiraban polvos blancos por la nariz y varios grupos andaban por aquí y por allá desprendiéndose de los trajes de baño, de las camisetas “Remember Gran Canaria” y de los sujetadores colorines chupachups comprados en los chinos frente a sus apartamentos. En la barandilla, cerca de uno de los mástiles,  el clítoris de una chica que se encontraba de pie completamente en pelotas y con las piernas separadas estaba siendo succionado por la boca de un chico que permanecía de cuclillas frente a ella. La chica le gritó: Следуйте, следует, что я кончу!; que en ruso significa: “¡Sigue, sigue que me corro!” A todas estas el capitán se había perdido entre tantas cabezas, manos alzadas, desmoñadas melenas azotadas por el viento de la alta mar, o quién sabía, tal vez lo habían encerrado en las dependencias subterráneas donde se almacenaban los víveres y demás suministros del barco, a estas alturas del levantamiento todo era posible. Era obvio que mi estigma sexual, prendido en mi frente desde mi nacimiento, me perseguía hasta las fronteras de la última playa de la isla, del planeta y más allá. No me sería posible escapar, de ningún modo, sólo un inmediato hundimiento permitiría un milagro semejante. El anglosajón de la enorme tripa me volvió a agarrar del brazo y me remolcó esta vez hacia aquel grupo de hombres los cuales comenzaron a reír a carcajadas al ver cómo su jefazo les llevaba la deseada presa al nido.

─Now you kneel before us as a sign of your servitude to the new magnanimous of this ship ─lo cual significa: “Ahora te arrodillarás ante nosotros como muestra de tu servidumbre al nuevo magnánimo de este buque”, y esto lo dijo señalando el suelo salpicado de bebidas que la gente derramaba al tropezar unos con otros.

Los cinco hombres hicieron un corro en torno a mi persona y al barrigudo bebedor de vodka al cual, mirándole de soslayo, le arrebaté en un abrir y cerrar de ojos la botella. Sin decir una palabra volví a beber largamente. Las maliciosas carcajadas de los hombres sonaron en mis oídos por encima de la música del DJ pero no me importó porque acababa de tener una brillante idea, debía hacerlos saltar a todos, a todos sin excepción. ¡Haría hundir el maldito barco si fuese preciso y los mandaría a todos al mismísimo infierno! Alcé la mano todavía agarrando la botella y empecé a dar brincos.

─¡Vaaaaamos! ─grité al ritmo de la música, rodeé con mi brazo los hombros del magnánimo jefazo y brinqué azotando mi melena al aire, moviendo desquiciadamente mi cabeza de delante a atrás al tiempo que berreaba sin parar con el otro brazo levantado─. ¡Vaaaamos!

En ese momento las neuronas espejo de los cinco hombres, de las que desde luego no se podía decir que careciesen, se activaron y ellos comenzaron a sacudir sus cabezas a la par que la mía. Visto esto al jefazo no le quedó otra que seguirme la corriente simulando que en realidad él estaba permitiendo ese cambio de planes. ¡Caaaaamon!, animó también. Le cogí la mano y lo arrastré entre el tumulto al grito de: ¡Vaaaamos! y así lo llevé hasta los pies de la escalera del puente de mando. Subí el primer escalón me di la vuelta y abrazando su cuello empecé a restregar mis pechos en su cara. Sus mejillas enrojecieron de gusto y cuando al fin me aparté le escuché gritar con euforia: ¡Caaaaaamon! a cuya orden todo el barco comenzó a saltar movidos por un embriagador y unísono ritmo que invadió sus mentes y sus corazones. Subí escalón por escalón menando a propósito el culo y detrás de mí subía el magnánimo cuyo short había resbalado tanto que ya casi dejaba al descubierto su pubis. Una vez que hubimos alcanzado el puente de mando pude contemplar cómo la sublevación se había convertido en una auténtica masa unificada de cuerpos que botaban y coreaban a una, y en ese instante el suelo del barco comenzó a perder estabilidad. ¿Dónde estaría el capitán?, me pregunté ahora asustada. Al barco le quedaba poco tiempo de flotación, finalmente tendríamos que soltar peso pero ¿cómo?, ¿podríamos lanzar a gente por la borda?, ¿sería realmente ético arriesgar la vida de varios hombres para salvar la de todos los pasajeros? De pronto la proa comenzó a inclinarse y se escucharon los berridos de pavor de algunos. En esa zona del barco la gente comenzó a correr hacia el lado de la popa con el ciego objetivo de contrarrestar peso. El rumor de peligro inminente por hundimiento comenzó a prender entre los desmadrados de cubierta y poco a poco todos dejaron de saltar presas del pánico. Hasta a la cabina del timonel y del DJ debió de llegar la alerta pues de repente la música paró. Todo quedó en silencio. Ahora era en la popa del barco en donde se había arremolinado el tumulto y ésta comenzaba a hundirse. Todas las miradas se alzaron hacia el puente de mando, todos los ojos se clavaron en mi persona y en la persona del barrigudo jefe de la sublevación de cuyos shorts caídos asomaban ahora algunos pelos de su pubis. El barco se inclinó aún más por la zona de popa y un grito de espanto se abrió de nuevo paso en cubierta. Todos a una corrieron esta vez hacia la proa.

─¡Eh, tranquilos! ─grité en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─. Lo primero que hay que hacer es equilibrar el peso, la mitad de las personas a un lado y la otra mitad al otro lado.

Pero no me hicieron caso. Actuaban como un cuerpo indivisible. Si una parte de la marabunta se trasladaba hacia la proa todos le seguían y si la otra parte se trasladaba hacia la popa todos le seguían también. Así no conseguíamos sino columpiar el barco como un péndulo cada vez con más fuerza. Más tarde o más temprano acabaríamos por zozobrar. Había que actuar con rapidez.

─And now, what can we do? ─preguntó el magnánimo.

─Que qué podemos hacer ─grité furiosa de nuevo en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─. ¿No se lo habíamos dicho, no le habíamos dicho que no podían subir todos? Ahora hay que hacer una selección de pasajeros, la que debimos hacer en el puerto antes de zarpar.

─I don’t understand you ─balbuceó el hombre─. What do you mean?

─Que a qué me refiero –sonreí casi diría que con maldad. El barco volvió a columpiarse por el lado de la popa─. ¿Usted cree que podremos aguantar así mucho tiempo? ¡Esto se hunde, se hunde, tendremos que desprendernos de algunos pasajeros! ─Los cinco fieles acompañantes del cincuentón trataban de guardar el equilibrio a los pies de la escalera, bajo el puente de mando─. Yo creo que con que nos desquitemos del peso de tres hombres tendremos suficiente y bien podrían ser tres de vosotros, por lo que veo sois los más entrados en panza que hay en este buque ─dictaminé.

─But what does it say? ─me amonestó el jefazo al tiempo que el barco volvió a zarandearse esta vez alcanzando una inclinación de por lo menos veinte grados. Un grito generalizado se mantuvo en el aire unos segundos─. That’s inhumane, you can’t do it ─lo que significa: “Eso es inhumano, usted no puede hacerlo”.

─Cómo que no ─dije en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─. ¿Usted de verdad cree que esto aguantará mucho tiempo más?, ¿no ve en qué difícil situación nos ha puesto su amotinamiento? Ahora mismo que se coloquen aquí sus cinco marineros y que se quiten la ropa, debo valorar vuestros pesos y decidir qué tres hombres van a ser lanzados.

─But…

─No se hable más. ¡Vosotros cinco! ─ordené señalándolos─. Suban para acá ahora mismo ─Los hombres obedecieron y se irguieron frente a mí tan rectos como el constante mecerse del barco les permitió─. ¡Y usted! ─le ladré al jefazo─, ya puede ir quitándose la ropa ─Y para mi sorpresa el jefe agachó la cabeza y, manso como un animalito de corral, empezó a sacarse la camiseta “Remember Maspalomas” y el short que ya casi le caía por debajo de los calzoncillos─. ¡Eso también! ─dije señalando los calzoncillos─, ¡todo!

Inmediatamente los otros siguieron el ejemplo de su magnánimo jefazo quedando en unos segundos completamente en cueros. Me alejé dos pasos hacia atrás para contemplar el panorama dando golpecitos con mi dedo en mi barbilla: seis hombres desnudos permanecían todo lo erguidos que podían, haciendo claros esfuerzos por mantener bien metidas sus panzas sobrealimentadas a base de hamburguesas y perritos calientes mientras sus colgantes penes se balanceaban, a la par que el barco, de popa a proa y de proa a popa. Patética visión que, sin embargo ellos parecieron comenzar a disfrutar porque, mientras los observaba, midiendo pesos y volúmenes, me percaté de que el pene del jefazo crecía y se ponía duro por momentos.

─¿Y eso? ─pregunté señalando su prepucio ahora completamente empalmado. Él se encogió de hombros y un atisbo de sonrisa asomó por entre sus rosados mofletes. El amigo a su lado posó atentamente su mirada sobre aquel miembro erecto─. Debe saber usted que entre su barriga de tonel y su enorme pene empalmado va a ser el primer candidato.

El magnánimo, para defenderse, señaló el pene de su compañero y lo agarró con la mano para mostrármelo. Al elevarlo de ese modo este pene también se puso duro y las venas se hincharon considerablemente. Mis ojos casi no salieron de sus órbitas al contemplar tremendo manubrio. Empalmado era casi el doble que el de su jefe.

─Pero bueno, este también va a ser seleccionado, me parece ─solté y entonces, como si hubiese pronunciado un conjuro, las pollas de los otros cuatro comenzaron asimismo a empinarse. No cabía duda, aquello les estaba excitando sobremanera.

En ese instante mi cabeza pensó a la velocidad de un rayo. Calculé que no nos quedarían más de cinco minutos para que comenzase el hundimiento definitivo. Ahora los hombres frente a mí se tocaban unos a otros con el afán de demostrar que el otro la tenía más grande que él y que, ciertamente se merecía más ser entregado a las fauces de los, por estos mares, delfines. Sin embargo había que reconocer que Dios no había escatimado en bondad a la hora de dotar a aquellos penes de volumen, dureza y dimensiones suficientes como para hacer que nuestro barco recuperase su estabilidad inicial si los lanzaba, no a tres sino a los seis, los seis hombres sin piedad a las frías aguas del Atlántico. Ellos parecían embelesados mirándose unos a otros, admirando sus huevos, sus prepucios, las venas más o menos hinchadas a lo largo del miembro.

─Está bien ─resolví y todos devolvieron sus miradas a mi persona─, los voy a tirar a los seis, lo sabéis, ¿verdad?

Y sin esperar respuesta, tras una nueva sacudida y posterior inclinación del barco, esta vez calculé que de unos treinta grados, vociferé:

─¡Adelante mis valientes hay que coger a estos seis hombres y arrojarlos al mar si no queremos hundirnos!

Un desorganizado gentío subió entonces las escaleras y, agarrando a los seis condenados, los condujeron brutalmente por cubierta hasta la borda de estribor por donde, sin necesidad de volver a ordenarlo, los fueron empujando uno por uno. Todos pudimos contemplar cómo seis cuerpos en cueros, con sus pollas portentosas y bien duras ondeando al viento al igual que nuestra bandera pirata, se precipitaban al vacío y acababan luchando a brazadas contra las bravías olas del gélido mar del Atlántico.

Y no voy a seguir relatando este escabroso asunto de las pollas y de sus portadores. Sólo decir que este suceso, como ya conté al principio, me costó aquel puesto de trabajo a pesar de que al final, sintiendo lástima por los seis infelices, solté una chalupa al mar para que pudiesen subirse a ella y esperar allí hasta que las brigadas de la guardia civil costera viniesen a rescatarlos. El barco, tras perder aquel peso se estabilizó de repente y la gente volvió poco a poco a la calma. Entonces bajé a las bodegas donde, como me había imaginado, habían encerrado al capitán y, tras liberarlo, este nos condujo al puerto de Mogán que era el más próximo. Allí se armó un gran revuelo. Todos, tanto los pasajeros del “Last beach” como la multitud de paseantes domingueros que suelen andar por estas costas, se agolparon en el embarcadero sin dejar de relatarse unos a otros lo recién acontecido en aquel buque pirata, mientras esperaban ver llegar a los náufragos que ya se acercaban remolcados por una lancha de la guardia civil. Al atracar la chalupa y ver a los seis hombres desnudos salir de ella, un ¡ohhh! se escapó de todas las gargantas presentes.

─ You’ll pay me! –escupió el cincuentón barriga de tonel al pasar a mi lado, lo que significa: “¡Me las pagarás!”.

Los que estaban cerca y pudieron escucharlo atendieron a mi persona deseando saber con qué palabras me defendería.

─Pero si se amotinaron y luego resulta que les gustó que les mirase ─dije en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─, juro que les gustó, se les puso tiesa, casi no nos ahogamos por su culpa, aquellos penes pesaban lo suyo, se los puedo asegurar…

Pero nadie pareció ya darme la más mínima credibilidad, más interesados como estaban en mimar a aquellos seis desvalidos abrigando ahora sus erizados cuerpos con mantas y alimentando sus hambrientos estómagos trayéndoles apresuradamente de un Mac Donald cercano unas big macs dobles con su doble ración de papas fritas.

روت

Este post se ha escrito inspirado en el movimiento “CFNM Lovers”, “Hombres desnudos, mujeres vestidas”

 

La virgen Stara

Rellena y aprende de una encuesta de salida…Stara 16

 

Lo conocí en un aeropuerto, casi escondido tras una columna. Jamás lo había visto y, aunque nos habíamos citado a través de largos mensajes, ambos nos miramos. Por un instante hubo una duda, después una sonrisa y un tímido beso cuando en realidad habíamos quedado para profesarnos el amor que creíamos tenernos y soltar el deseo de follar.

Habíamos planeado tres días de amor aunque, en realidad, ambos sabíamos serían de sexo porque el amor sin contacto es etéreo y no deja marcas.

Comimos y con una botella de vino nos recostamos en el sofá, abrazados, riendo y buscando conocernos, buscando alargar el momento antes de meternos en la habitación, preciosa por cierto, con un enorme ventanal al mar.

Cuando al fin estuvimos en la habitación su prudencia resultaba extraña. Estaba nervioso y quería ir muy lento pese a que yo me despojé de la ropa en un santiamén. Sólo la luz de unas velas nos alumbraba y me acerqué a la ventana mientras que él se colocó detrás de mí. Entonces intentó penetrarme y digo intentó porque mis generosos glúteos se lo pusieron difícil.

 

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Lo sentí tímido, casi tembloroso. Me puse un cinturón y le animé a dominarme con él pero no le gustó, quería romanticismo. Se quedó inmóvil cuando, abriendo yo bien mis piernas, le mostré mis labios vaginales y parece que esto sí que le gustó porque en ese momento se olvidó del romanticismo y, arrodillándose, los lamió hasta hacerme fluir ríos por las piernas. Llegué a pensar que era el primer coño que había tenido en su boca en vista de la devoción y el ansia con que lo devoraba. Después me poseyó y volví a recordar el color de la pasión ya olvidada. Ese tímido hombre fue mío y lo sigue siendo, lo embrujé hasta el punto de hacerle probar su propio semen que cayó en mis labios al correrse gracias a mi mamada.

Desde entonces mis piernas siempre están húmedas y la gota de sangre que apareció en las sábanas no fue casual, marcó un destino de cavernas húmedas que huelen a mora y saben a vida, que necesitan de pasión para sentir que el amor existe no sólo cuando dos cuerpos se unen sino también cuando las dos almas que los habitan comparten otra existencia.

 

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Tres regalos para Lucy

Toqué el timbre de manera apresurada mientras echaba un vistazo a la calle. No mucho tiempo atrás solía merodear por allí, ya fuera porque mi discoteca favorita estaba cerca o porque iba a verla. Lo cierto es que no había esperado volver a pasar por la zona en un tiempo, a no ser que fuera por pura casualidad.

Mi sorpresa fue máxima cuando me abrió la otra, Rut. Qué raro, no esperaba encontrarla aquí. Aunque claro, teniendo en cuenta que ambas eran buenas amigas no resultaba del todo extraño. Nunca me había hablado demasiado con Rut, habíamos ido juntos a cenar con Lucy un par de veces, habíamos coincidido en alguna fiesta que otra. No es que me cayera mal. Era una mujer rondando la mitad de la treintena, delgada y de pelo negro oscuro, con ojos castaños rasgados que la hacían tener un toque oriental, y unos labios bastante marcados siempre cubiertos con un pintalabios rojo pasión. Me parecía bastante guapa y estaba seguro de que, prejuicios aparte, ella y yo en otro tiempo podríamos habernos caído bien. Me fijé en la ropa que llevaba, un vestido de seda negra que le marcaba bastante sus voluminosas curvas y dejaba entrever, a la luz del sol, su ropa interior. Tenía los pechos más grandes de lo que había pensado…

─¿Te vas a quedar ahí parado o piensas entrar? ─me increpó. Yo volví en mí, dejé de mirarle las tetas y procedí a darle dos besitos de cortesía en la mejilla. Aspiré su aroma a perfume, lo cierto es que olía bastante bien. Me dejó pasar y cerró la puerta.

─Bueno, ¿para qué quería Lucy verme? ─pregunté.

─Eso tendrás que preguntárselo a ella ─me respondió Rut sin dar más  detalles─, pero antes de verla hay algo que debes hacer.

Me quedé estupefacto. Se había puesto de rodillas, me había abierto la bragueta, me había bajado los calzones y se estaba metiendo mi polla en la boca. Mi polla, que, como es normal en situaciones como estas, estaba creciendo por momentos.

Rut comenzó a juguetear con su lengua y pasó esta por todos los recovecos de mi instrumento. Fue avanzando poco a poco por el glande y me temblaron las rodillas, no había duda de que la experiencia era un grado en esa mujer. Me sostuvo el miembro arriba y me chupó los huevos. Me estaba poniendo a cien, ¿que pretendía esa tía? Siguió succionando poco a poco, rodeando mi capullo y cubriendo mi manubrio de arriba a abajo con una limpieza de sable ejemplar. Pareció quedarse satisfecha, y tras esto añadió:

─Perfecto, creo que ya estás listo ─dijo, entonces se levantó y agarrando mi polla como quien te va llevando de la mano, me dirigió a través del pasillo hasta el salón de la casa de Lucy.

Lo que vi ahí me dejó boquiabierto. Había dos tíos, en pelotas, sentados en uno de los sillones, ambos con los miembros enhiestos y en la mano, tocándose para mantenerlos duros y que no flaquearan en ningún momento. Noté cómo se les endurecía todavía más al ver entrar a Rut en el salón. Me pregunté si a lo mejor ella les habría dado el mismo recibimiento que a mí, supongo que eso fue lo que sucedió. A uno de ellos lo reconocí al instante. Era Jose, igual que yo, un antiguo amante de Lucy, un tío de ojos verdes, un par de años mayor que yo, pelo corto y moreno, y un cuerpo bastante bien definido. Me había caído bien las pocas veces que habíamos coincidido, era un tipo bastante legal. Él también me reconoció y me saludó con una leve inclinación de cabeza, antes de volver a centrar su vista en Rut, a quien le acarició el muslo con dulzura.

Ella le apartó la mano sin dedicarle ni siquiera una mirada, optó por dirigirse a mí:

—Ahora voy a buscar a la anfitriona arriba. Nadir, será mejor que te vayas quitando la ropa, creo que sería incómodo para todos si vas a estar vestido —y dicho esto, comenzó a subir las escaleras con esas bragas negras transparentes, mientras movía el culito con cada taconazo que daba.

Me apresuré a quitarme la ropa antes de dedicarle una mirada al otro hombre que estaba con nosotros en la habitación. Era un chico moreno, alto y de ojos marrones, bastante musculado pero no lo suficiente como para resultar grotesco. Me pregunté quién sería y empecé a barajar nombres. Podría ser Julián o Mario, alguno de los otros ex de Lucy, pero no estaba seguro. Me lo quité de la cabeza cuando empecé a oír el ruido de dos pares de zapatos que bajaban los escalones. Me pregunté qué ropa tendría puesta Lucy.

Y no llevaba puesto nada. Bueno sí, un conjunto de lencería negra que le cubría muy poco. Podías ver toda su anatomía, Lucy era una verdadera ‘BBW’ (Big Beautiful Woman), anchas caderas, pechos enormes coronados por pezones erguidos que siempre te quedaban ganas de chupar, un culo tremendo que te daban ganas de morder y palmear en cuanto lo veías aparecer. Todo eso acompañado por una graciosa naricilla, unos ojitos oscuros y almendrados que me parecían demasiado tiernos y un pelo castaño que se me antojaba perfecto tanto cuando estaba recogido como cuando estaba suelto sobre sus hombros, tal era el caso ahora. Además, es una de las pocas mujeres que conozco que está prácticamente tan salida como yo, o al menos dispuesta a admitirlo. Siempre le encantó ver porno, masturbarse a todas horas, y follar, igual que a mí, por eso encajamos tan bien cuando nos conocimos.

Pero lo que me llamó la atención fue que era Rut quien guiaba a Lucy a bajar las escaleras, cogida de su brazo como una amante preocupada. Cuando el rostro de mi antigua amante se situó dentro de mi campo de visión, vi que Lucy tenía los ojos vendados por una tira negra. Avanzaba junto con su amiga riéndose, sin saber que ahí tenía a tres hombres que estaban deseando darle con todas sus fuerzas. Imaginé que Rut le había colocado la venda antes de bajar para entregarle una sorpresa y le habría indicado que le cogiera del brazo. En mi mente, a pesar de la excitación por los acontecimientos que se iban desarrollando, he de admitir que también se iban agolpando poco a poco las dudas. Me preguntaba si habría sido idea de las dos o solo de Rut, si acaso Lucy le habría comentado una fantasía aparentemente irrealizable en alguna noche de borrachera y su amiga se sintió en la obligación de ponerla en práctica. Rut acompañó a Lucy hasta la entrada del salón y se puso delante de ella.

—Bueno, ahora tienes que arrodillarte —le dijo. La sonrisa en sus labios era más que evidente. Se estaba descojonando con esto. Nos hizo señas para que nos acercáramos.

—De rodillas, vale —comentó Lucy, obedeciendo y agachándose—, ¡coño, que frío está el suelo!

—Tú no pienses en eso ahora —dijo Rut, aún con esa sonrisa de suficiencia—. Ahora mejor, ¿por qué no te inclinas un poco hacia delante? Eso es…

Jose era el que estaba más cerca. Su polla parecía tan dura que podría haber jurado que era una roca, y se erizó aún más cuando los labios de Lucy se acercaron progresivamente a ella.

—Más cerca, más cerca anda…—dijo Rut sonriendo todavía—, ya casi estás.

De esa manera la polla de Jose entró en contacto con los labios de Lucy. No sé qué podría estar pasando por la cabeza de mi querida en aquellos momentos, pero pude ver que una expresión pícara se formaba en sus rostro poco a poco.

—Vaya—le dijo, supuse que se estaba dirigiendo a su amiga—, me has traído justo lo que te pedí.

Se metió la punta de la polla de Jose en la boca, con la venda todavía colocada en los ojos, y comenzó a chuparla lentamente. Jose tenía un manubrio enorme, Lucy me lo había comentado muchas veces, y no era para menos, ya que era tanto gruesa como larga, y ella estaba tomándose bastante tiempo en pasarle la lengua por debajo y por arriba, y acariciarla con los dientes mientras se la restregaba por toda su cara. Intentó hasta hacerle una follada de cara, pero aquella tremenda envergadura no cabía en esa boca tan pequeña que tenía nuestra anfitriona. Lucy le subió la verga, como había hecho Rut conmigo, y le chupó los huevos, mientras con sus manos la acariciaba, bajando y subiendo poco a poco.

—Espera, espera, que hay más…—le comentó Rut susurrándole al oído. Se había puesto de rodillas detrás de ella y le estaba recogiendo el pelo para que no le molestara. Con la otra mano le acariciaba los pechos y le quitaba el sostén, dejando al descubierto esas dos tremendas tetazas que tanto me gustaban. Después descendió con su otro brazo hasta la vulva de Lucy tocándola como para comprobar si se estaba humedeciendo, y la expresión de su cara me hizo pensar que sí. Entonces llevó las extremidades de su amiga, ya que su boca estaba todavía ocupada con Jose, hasta el flanco del otro tipo que por lo que me había parecido escucharle decir unos instantes antes a Jose se llamaba Ulises, y el mío y esta sonrió aún más cuando notó nuestras dos tremendas vergas que estaban durísimas. Empezó a masturbarnos a mí y a Ulises con suavidad, bajando y subiendo mientras seguía chupando los huevos y la enorme polla de Jose, que gemía de gozo ante las atenciones de aquella bella mujer.

Comenzó a chuparnos las pollas a Ulises y a mí, y casi me corrí del gusto cuando sentí sus labios entrando en contacto con la punta de mi miembro. Había echado tanto de menos aquella boca, aquella lengua, aquel cuerpo… me empezó a lamer todo lo que se podía lamer, como Rut había hecho antes. Pero aquello era mejor. Mucho mejor. Me estaba volviendo completamente loco de placer con sus manos, sus labios, sus dientes. Siguió así durante un buen rato, hasta que se detuvo un instante y dijo:

—Yo no sé, pero estos sabores me suenan, creo que ya los he tenido antes en la boca.

Rut parecía que iba a decir algo pero no pudo impedir que Lucy se quitara la venda, dejando al descubierto esos hermosos ojitos almendrados que tanto me gustaban. Al vernos a todos ahí de pie en torno a ella, con las pollas endurecidas y humedecidas por su propia saliva, se quedó de piedra. Pero enseguida comenzó a reírse, tanto que parecía que iba a caerse hacia atrás. Se volvió hacia Rut con una expresión de descaro.

—Eres una cabrona, tía —le dijo guiñándole el ojo—, mira qué bien te ha salido el plan.

De modo que había sido una encerrona por parte de su amiga. Rut se encogió de hombros y, acto seguido, se puso en pie y se fue a sentar en uno de los sillones, dando a entender que desde ahí seguiría el espectáculo con la mirada.

Lucy continuó con nosotros, chupando, mamando y masturbándonos con sus manos y su boca. Intenté meter la mía hasta el fondo de su garganta, para hacerle una profunda, pero no pudo ser y, además, no quería forzarla hasta el límite de su capacidad antes de tiempo. El momento en el que más me excité fue cuando tuvo mi polla y la de Jose, las dos al mismo tiempo, en la boca. Es algo que me pone bastante a cien, que mi polla se roce con la de otro hombre cuando una chica me está dando placer. Creo que a Jose también le gustó bastante. Repetimos la misma operación unas cuantas veces, Rut nos miraba desde el sillón. Se había quitado las bragas negras y estaba masturbándose. Veía sus dedos rozarse poco a poco con su clítoris, mientras observaba como Lucy seguía entregando sus efusivas atenciones a nuestros miembros.

De repente, Ulises no se hizo esperar, se agachó y empezó a masturbar a Lucy, palpando su clítoris y metiéndole los dedos. Lucy empezó a gemir de placer, se notaba que le encantaba. Ulises sacó los dedos y se los metió dentro de la boca, saboreando los jugos de nuestra querida. Le pidió que se aupara un poco. Lucy se puso a cuatro patas, todavía con la polla de Jose y la mía en la boca, saboreándolas como quien prueba un chupete de fresa.

Ulises comenzó a penetrar a Lucy, al principio poco a poco, acostumbrándola, para después entrar y salir con violentas sacudidas, sus huevos restallando contra las nalgas de la preciosa morena mientras esta aullaba del placer. Siguió entregando su boca a Jose y a mí, que cada vez nos poníamos más cachondos al ver a Ulises montarla como si no hubiera mañana. No había duda, nosotros también queríamos un pedacito de ella.

Le dijimos a Ulises que cambiara de postura. El aceptó con un poco de mala gana. Se puso debajo de Lucy y comenzó a penetrarla otra vez, ahora empujando hacia arriba. Yo me puse detrás, separando sus nalgas y observando aquel culito que tanta hambre me daba. Admiré aquel pequeño orificio que me apresuré a lamer, dando círculos con la lengua alrededor del mismo antes de intentar introducirla poco a poco y chupar aquella pequeña abertura. Lucy suspiró, le estaba gustando. Me metí un dedo en la boca para lubricarlo con saliva y lo introduje, sin prisa pero sin pausa, en su ano. Metiéndolo y sacándolo. Después hice lo propio con otro, ya eran dos dedos que la penetraban.  Se le estaba abriendo el culo, dilatándose cada vez más y más. Me puse en cuclillas, encima de ella, y empecé a penetrarla lentamente por detrás, mientras Ulises seguía haciendo lo mismo por delante.

Simultáneamente, Jose se había levantado y estaba mirando la escena, completamente empalmado, un silencioso voyeur que observaba las lascivas atenciones que el otro hombre y yo impartíamos a nuestra anfitriona. Desde el sillón, Rut observaba la escena atentamente mientras se acariciaba el clítoris y se pellizcaba los pezones, y su mirada se encontró con la de él. No hizo falta decir nada, fue una comunicación casi telepática, ella no estaba dispuesta a que le quitáramos el protagonismo. Jose se plantó al lado del sillón y ella abandonó sus pechos para agarrar su tremendo manubrio, mientras que él la correspondió bajando los dedos hacia su humedecido coñito y dedicándole toda su atención con sus habilidosas manos. Me parecía algo bastante tierno, todo el mundo recibía algo, y eso a mi parecer era fantástico.

Ulises y yo seguíamos desviviéndonos con Lucy, al tiempo que ella emitía gemidos mezcla de dolor y de placer, o quizás de placer resultado del dolor. Ahora Ulises y ella se estaban besando, sus lenguas metiéndose la una dentro de la boca del otro, mojando sus labios con saliva, desesperados, hambrientos, pletóricos. Desplacé mi agarre desde las caderas de Lucy hasta sus hombros, no era una posición sencilla y estaba más que claro que para un principiante como un servidor no resultaba tan fácil como para un profesional del sexo entregado en cuerpo y alma. Mi mente había desaparecido y ahora actuaba por instinto, solo preocupado por mi deleite y el de los que me acompañaban.

En ese momento Jose apareció de nuevo en el panorama, no dispuesto a que le aventajásemos, y le pidió a Ulises que le cediese su sitio. Ulises accedió, otra vez un poco de mala gana, y se fue a que Rut saboreara en su polla los jugos de su mejor amiga. Yo salí del culo de Lucy y procedí a chuparle de nuevo el ano y morder sus gruesas nalgas, que estaban rebotando sobre el miembro de Jose con violencia felina. La gruesa polla de Jose aparecía y desaparecía delante de mí y lo cierto es que hasta me sentí tentado de pasarle la lengua por encima o hacer como había visto en muchas películas: agarrarla y chupar tanto su polla como el coño de Lucy, pero me contuve. No tenía la constancia de que a Jose le fuera eso, así que decidí no hacerlo, si bien ganas no me faltaron, pero era consciente de los límites que podía o no podía romper, y estaba más que claro que, al ser tanto él como Ulises prácticamente heterosexuales, ese era uno de los tabúes inquebrantables en esta orgiástica reunión, (en este tipo de encuentros se permite a las chicas jugar entre sí, a los chicos rara vez). Seguí chupando el culito enrojecido de Lucy, que rebotaba a más no poder, antes de decirle a Ulises que me sustituyese un rato sodomizando al bellezón de ojos verdes. Mientras él lo hacía, me dediqué a que Rut repitiese su limpieza de sable habitual. Estaba ansioso por sentir la lengua de esa preciosa morena rodeando mi glande otra vez. Se puso a ello inmediatamente, mientras yo observaba desde mi atalaya la forma en que Ulises y Jose penetraban a Lucy, que parecía en la gloria. Por sus expresiones, calculé que les faltaría poco para correrse, tenían en su rostro la mirada de unos hombres que están haciendo todo lo posible por luchar contra los mecanismos de su cuerpo para dominar con la mente sus viriles impulsos.

Cuando hubieron pasado apenas unos minutos, Jose procedió a apartar a Lucy de encima de él, y se puso sobre ella a derramar su simiente en la boca abierta de ella, encima de su lengua, que la ansiaba tremendamente. Era obvio que el pobre ya no aguantaba más. Ulises no se hizo esperar y también hizo lo mismo, dejando que su semen cayera sobre la garganta de nuestra morena. Yo me aparté de Rut y también regué de leche la lengua y la boca de aquella mujer a la que tanto deseaba, a la que tanto deseábamos todos. Lucy retuvo todo nuestro semen en los carrillos durante un momento, no sabía si se lo iba a tragar o no. Abrió la boca y dejó caer toda una lluvia blanca sobre sus pechos y sobre su vientre. Rut se acercó a cuatro patas, arrastrándose lentamente, y procedió a chupar nuestra semilla de los pechos de Lucy, mordisqueándole los pezones. En un instante, sus miradas se encontraron, y sonrieron antes de empezar a besarse tiernamente, al mismo tiempo que Lucy le permitía a su amiga del alma saborear la simiente que habíamos derramado dentro de ella.

—Bueno…—dijo Lucy, levantándose de repente con una sonrisa de ojos brillantes—, creo que me voy a dar una ducha.

Y salió a escape hacia su cuarto de baño, en la planta de arriba. Ni beso de despedida, ni un agradecimiento, ni una indicación de que aquello hubiese sido algo memorable. Nos quedamos algo abotargados, lo cierto es que lo habíamos pasado bien, todos nosotros, pero no podíamos decir que no nos hubiera costado lo suyo mantener el ritmo. A veces Lucy parecía dotada de una energía sobrenatural. Estábamos ahí, sudorosos, tiritando, con nuestras fuerzas gastadas, y nuestro objeto de deseo se había ido a donde no podíamos seguirla.

Pero todavía nos quedaba tiempo para algo más. Me giré hacia Rut.

—¿Tu aún no estás cansada, no…? —le pregunté, con los dientes afilados.

Ulises y Jose tuvieron la misma idea que yo y se acercaron lentamente hacia ella. Empezamos a besarla y a recorrer su cuerpo sudoroso, nuestros miembros estaban caídos tras la dura prueba con Lucy y era obvio que tardaríamos un poco en recuperar nuestras fuerzas, pero para entonces tendríamos a alguien nuevo con quien gastarlas. Rut sonrío con mis labios sobre los suyos, sabiendo que seguramente ella lo iba a pasar igual de bien que nosotros. Quién sabe, puede que incluso más.

 

firma de Nadir

Post escrito por el amigo de Rut: “NADIR”

 

Dieciocho años

Es curiosa la manera en que el azar nos hace recordar historias que guardamos en una sala muy profunda de nuestra mente. Unas veces puede ser beneficioso, otras perjudicial y hay unas terceras que no se sabría definir.

Me encontraba en la cola del cine, aburrida de tanto esperar a que la pareja que tenía delante se decidiera por una película de acción o una comedia romántica. De repente me sentí observada. Instintivamente giré la cabeza hacia mi izquierda. Vi un rostro aniñado en un cuerpo varonil. Solo apartó su mirada traviesa cuando la chica que le acompañaba le llamó. Él se excusó y se marcharon hacia una de las salas. Habían pasado muchos años, pero él seguía siendo el mismo chico que conocí.

Nos habíamos conocido cuando me mudé con mis hijos a un barrio de las afueras. Él era el hijo de los vecinos de enfrente. A base de vernos todos los días en el ascensor, de prestarnos la sal o el azúcar y de otras cosas que ocurren entre personas que viven en la misma planta, llegamos a cierto punto de confianza. Quizá porque estaba más pendiente de mis hijos aún pequeños, quizás porque no me había recuperado del desplante de mi ya ex- marido, la cuestión es que no me di cuenta de lo que yo le inspiraba hasta que me lo dijo a la cara. No me desagradaba, aunque fuera mucho más joven que yo. Ya había cumplido los dieciocho años, por lo tanto no iba a meterme en ningún lío.

Aquella misma tarde acabamos en mi cama, como si los planetas se hubiesen alineado para que mis hijos estuvieran con mi hermana y sus padres no se encontraran en casa. Al dejarse caer sobre mí, devoró mis labios mientras amasaba mis pechos entre sus robustas manos. Paseó los dedos por mi vientre, surcando las caderas hasta llegar a las rodillas y abrir mis piernas con cierta lentitud. Mordió suavemente mis muslos hasta llegar a la blandura de mis labios vaginales y lamer el clítoris. Disfruté muchísimo, pero cuando me penetró subí un peldaño más en la escalera del placer. Cada embestida era más fuerte, cada beso más apasionado, cada caricia más honda… Llenó el preservativo hasta la mitad y cayó extenuado, abrazándose a mi cintura.

Repetimos en varias ocasiones. Con cada una de ellas me relajaba más y más. Al fin y al cabo no estábamos haciendo daño a nadie. Recordé que los hombres son únicos en sus diferentes sabores, y que mi vida no podía reducirse a uno que ya no quería ser degustado por mí.

Terminamos con nuestro excitante ritual cuando le concedieron la beca para irse a estudiar a Irlanda. Se acabó justo a tiempo… A tiempo de que siguiera siendo nuestro pequeño secreto.

Mientras veía una película de época me acordaba de aquellos momentos bajo las sábanas, de aquella virilidad insaciable, de aquel ardor que me devoraba por dentro, de su olor a ternura y misterio. Comencé a sentir lo mismo que en aquellos días, pero tenía demasiada gente cerca como para adentrar una mano bajo los pantalones.

Al salir me encontré de nuevo con él  y su novia en el vestíbulo. Les vi alejarse de la mano hacia la calle, donde se perdieron entre la multitud. Hay historias que es mejor dejarlas en la memoria, ya sea de manera objetiva o adornada con color de rosa.

Cuando llegué a mi piso cogí un quinto de ron de la alacena, lo preparé y me lo bebí lentamente mientras escuchaba un disco de música francesa. Decidí que aquel jovencito regresara al fondo de mi mente y me puse a pensar en algo tan relajante que me quedé dormida en el sofá.

ιουδειθ

© Carmen Cuarzo

 

” Us… Sña … Fni … 11 11 13 ….. 8 ” MUJER ” JuGuETes …..

Algunas instrucciones necesarias para leer este post de Stara:

US…es USA

Sña…España

Fni…Francia

11 11 13…las fechas de los atentados que suman 8, día en que nació la autora

Mujer…que es la que gobierna el mundo, la Merkel

JuGueTEs…las bombas de los atentados

…no hay comisiones, decidir clientes de mala reputación mundial pagando hasta su propia pésima administración sexual, ¿decidímos? … Claves de simios malcriados sin esperanza al cambio, híbridos de banderas manchadas de sangre, deseos de clubs refinados para quitar manos mugrientas ya no existen misterios de Norte a Sur donde reina el riesgo sin seguridad …..A ti, política, de todo conviene pero a peor ….. !!! Stara ¨16

… El sexo os relaja, neuronas enfermas de la avaricia y el poder, rozar un trozo de mí que os vomito ….. Stara ´16 …..

 

Cajones de sacos a mordidas tatoo de penes en mi cara, transporte de mercancía amenazando la lengua chorreando de limpia saliva pasea la “llet” caliente a gritos e insultos de guarro ahorro, escupir mi cuerpo amordazado y casi dormido atentando con comunidad y sin compromiso tocarme caliente las partes más bajas abiertas y subidas para el rozar de cada descaro de pinturas callejeras en esquinas de esquemas hablados en sucia mente recordando pelis y lugares que me hacen calentarme en la fría mente de países en boom. No!!! no pienso nada bien deseo pringar el nombre de edificios en ruinas y otras escenas que desfilan cada instante, viajando la mente de cada uno que está al lado… mente asquerosa que hace divertir a personajes de tan estrecha cualidad, juguetes vuelan y vuelan, mundo que gira igual gira los pezones al calor de una gran mano, rosados y grandes como una galleta mojada en café y leche, divertíos, boicotear juguetes palos finos penetrándome a escondidas de pieles de lobos a una corderita abierta en una colmena de salvaje verdad… Escaleras subidas lentas , muy lentas en blanco y negro como mi piel y la ropa que me aprieta de cuero y me separa el zumo que voy a dar a sangre de bautizos y mentiras, tirantes que sujetan duro los senos que me hacen partir medias mojadas que gotean y son lamidas, esqueletos de hombres que besan banderas y las tocan mano a mano a ganancia y disfrute , sexo y masssss frótenme cada ira de lágrimas de 11 a 11 a 13 llega esta mujer 8, ganen el cuerpo entero y rompan sus sucias lenguas con leche cortada malvados mentirosos, golpeen mi cuerpo a cuerda cerrada dinamiten las manchas que dejan mis… y chupen mi boca manchada también de salvajes ojos que miran a otro lado, deseo oír ¿quién soy? bruja de juguetes estudiados en triángulos rayados de colores, no insulten mi inteligencia , follen el cuerpo y la boca en estos momentos soy vuestra, zorros, griten e insulten, la mente no duerme y no olvida, porque alguien siempre siente terminar, pero esta vez marco yo!!! cada oveja de cuchillo fino y lluvia dorada … silencio que la boca está llena, vomito cobardes que acabo encima de todos vosotros … ummmmm !!!  Abrir que me voy!!! BOOMMMMMM!!!

 

"Serie fluidos". Esther Alvarez©. 2015

“Serie fluidos”. Esther Alvarez©. 2015

 

….. sexo pero inteligencia abierta a entender caprichos de Mundos ….. STARA ´15

 

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