La última playa

Sólo en una ocasión gocé de un trabajo que podríamos calificar de decente, según la casposa definición que la mayoría de la sociedad usa para catalogar el amplio abanico de actividades profesionales con las que el ser humano medio puede mal que bien ganarse la vida, aunque claro, no me duró mucho tiempo. Sucedió durante la época en la que regresé a vivir a  Canarias, mi tierra natal. Tras llegarme noticias, por una amiga en común, del feliz parto de Lucy y de aquella idílica relación de familia que había iniciado con Ulises y su lindo bebé, dejé la productora para la que aún grababa algunas películas, amontoné mis pocas pertenencias realmente imprescindibles en una maleta y volé de Madrid a Gran Canaria sin pensármelo dos veces. Necesitaba alejarme de la casa que había compartido tantos años con ella y también necesitaba poner pies en polvorosa, meter mar de por medio  y recomponer mis destrozados ánimos con la vitamina D del sol. Una vez en la isla, debido a mis más que indiscutibles dotes sociales y comunicativas, en seguida me propusieron regentar un barco de travesías y juergas.

Mi barco se llamaba “The last beach” haciendo alusión a la playa de Maspalomas donde se recogían a los grupos de turistas para trasladarlos al muelle de Puerto Rico desde el que zarpaba. Con su carcaza de madera avejentada, sus dos mástiles y su proa en la que ondeaba, siempre altiva, la bandera de la calavera del temido Edward England, pretendía simular los antiguos navíos piratas que atravesaban el Atlántico rumbo a las Américas y, aunque tenía una capacidad como para unos ciento cincuenta pasajeros, resultaba muy habitual que sobrepasásemos el límite moderadamente con la finalidad de facturar lo más posible sin correr riesgos de hundimiento por exceso de peso. En él proporcionábamos a los turistas un ameno paseo por el largo litoral sur de la isla, litoral en el que nadie posaba su vista ya que todos iban a beber como cosacos, a saltar con la música del DJ que pinchaba discos sin parar en la cabina del timonel, a meterse rayas, a tocarse sus entrepiernas, a practicar el sexo oral y la anarquía pura y dura en cubierta y demás excesos imaginados y por imaginar que, sin embargo, en tierra no sólo no se atrevían a llevar a cabo, sino que además miraban por el rabillo del ojo y con desconfianza a los que sí tenían el valor de hacerlo. Ya en las últimas leguas de travesía se solían lanzar por la borda empujados por la imperiosa necesidad de limpiar sus extasiados cuerpos de tanta lujuria causa del mareo que el vaivén de las olas, el alcohol, las drogas y el sexo les había provocado y también con la seguridad de que de esta forma podrían desprenderse definitivamente de ese ser oscuro e ignominioso que todos llevamos dentro pero del que había que renegar necesariamente una vez ponían los pies en secano.

Sucedió que en una ocasión y debido a la incompetente negligencia de algunos tour operadores a los que, todo hay que decirlo, tampoco se les podía pedir más teniendo en cuenta el mísero sueldo que cobraban y la cantidad de horas que trabajaban fuera de contrato, se reservó el barco para dos agencias distintas en el mismo día y para la misma travesía. Cuando fuimos a recogerlos con nuestra flota de guaguas a sus respectivos hoteles, nos encontramos con un numeroso grupo de turistas de diversas nacionalidades: ingleses y rusos en su mayoría y también turistas peninsulares.  Todos reclamaban a gritos su derecho a ser trasladados hasta el barco pero el caso era que sumaban casi el doble de la capacidad del mismo y yo, no sabiendo qué hacer y completamente paralizada por las presiones, me encontré en una situación de bloqueo tal que, cuando me vine a dar cuenta, las guaguas ya habían arrancado repletas de todo aquel gentío. Al llegar al muelle de Puerto Rico, el capitán del buque, viendo la tremenda marabunta bajarse de las dos guaguas, que muchos habían ido incluso de pie, me dio cuatro chillidos. ¿Cómo era posible que hubiese accedido a traer a tanta gente?, ¿me iba a responsabilizar yo de las posibles consecuencias? Era necesario, sin duda, que la mitad de los pasajeros se quedasen sin viajar, se les pediría disculpas y se les devolvería el dinero, así de sencillo. Sin embargo ya la avalancha había comenzado a subir la pasarela, gritando, empujándose y haciéndose un reducido hueco dentro de la cubierta a trompicones. ¿Se daba cuenta?, le dije al capitán señalando hacia el tumulto y encogiéndome de hombros, aquello sin duda se nos había escapado de las manos. Pero él comenzó a gritar con las venas de la garganta a punto de estallar que dejasen de embarcar inmediatamente, que el buque podía hundirse si nos excedíamos. A sus bramidos no parecían hacer caso ni tan siquiera los turistas peninsulares que supuestamente entendían el español a la perfección. Un hombre de unos cincuenta años de espaldas anchas, tripa más bien prominente y shorts que se le escurrían por debajo del ombligo, agarrado a la estaca de la bandera pirata, se inclinó hacia nosotros y nos enseñó el dedo medio al tiempo que gritó en un inglés cerrado: ¡This is a riot, raise the catwalk!; lo que significa: “¡Esto es un motín, eleven la pasarela!” De manera que nos pensaban dejar en tierra a nosotros, a los máximos responsables. Sin perder ni un minuto más en discusiones inútiles el capitán y yo ascendimos corriendo a bordo y vimos cómo, en efecto, la pasarela se recogía y la actividad de desamarre del barco comenzaba a ponerse en marcha. Las tres velas se desplegaron, tres de los marineros que trabajaban para el buque izaban el ancla obligados por los tripulantes. Al cabo de varios minutos nos encontramos todos deslizándonos pesadamente sobre las olas. De la cabina del timonel se escapó el inicio de una música disco a un volumen extenuante y nuestras voces, las voces del capitán y la mía advirtiendo del peligro de zozobrar en alta mar, ya ni siquiera se escuchaban. Al timonel, rodeado por otros tantos turistas, no le había quedado más remedio que poner rumbo hacia su itinerario habitual y al disjey, cuyo plato de disco se encontraba en la misma cabina que la del timonel, no le había quedado otra que comenzar a pinchar el repertorio musical que traía preparado con su típico: “¡Que comience la fiesta! Let the party begin!”.

(a partir de este momento el relato tiene banda sonora, ¡no te la pierdas!, anima la escena y define exactamente lo que nuestros personajes están escuchando)

Y aquello se desmadró en ese preciso instante si cabe aún más de lo que ya lo estaba. La gente empezó a saltar al ritmo de la música que pinchaba el DJ. Ellos solos, sin esperar a que los camareros les sirviesen, empezaron a pasar por encima de las dos barras detrás de las cuales había gran cantidad de botellas, bebidas alcohólicas de diferentes grados y colores y a abrir las botellas repartiéndolas entre el gentío mientras el capitán y yo contemplábamos con la boca abierta tremendo panorama sin saber cómo hacer para poner orden. Sin duda aquello era una sublevación a todas luces y nosotros ya no podíamos hacer más que sumarnos al disparatado asunto. El cincuentón de los shorts por debajo del ombligo me agarró de la mano y me llevó hacia la proa. Junto a la bandera pirata abrió una botella de vodka con total desparpajo y en su inglés cerrado me dijo: Miss Keep calm. this is a real riot; lo que significa: “Guarde la calma señorita, esto es un auténtico amotinamiento”, y al tiempo que me extendía la botella añadió: His company wanted to rip us off and now you’re going to pay dearly; lo que significa: “Su compañía pretendía estafarnos y ahora lo vais a pagar caro”. Con la mano temblorosa agarré la botella y pegué mis labios a la boquilla. El líquido quemó mi garganta pero de alguna manera calmó mis nervios. Él sonrió al ver cómo me rendía al alcohol bebiendo otro largo trago y me pareció percibir que uno de sus colmillos brilló de manera sospechosa.

─Miss ─me dijo haciendo un educado gesto hacia un grupo de cinco hombres que a varios metros nos miraban sin dejar de sonreír─, are you invited to be the center of our orgies ─lo que significa: “Está usted invitada a ser el centro de nuestras orgías”.

A pesar de aquellas no muy estimulantes palabras, sin perder el cierto grado de aturdimiento que el vodka me había proporcionado, me tomé un minuto de respiro para observar el estado general de la revuelta en cubierta. La marabunta continuaba saltando sin parar. Algunos aspiraban polvos blancos por la nariz y varios grupos andaban por aquí y por allá desprendiéndose de los trajes de baño, de las camisetas “Remember Gran Canaria” y de los sujetadores colorines chupachups comprados en los chinos frente a sus apartamentos. En la barandilla, cerca de uno de los mástiles,  el clítoris de una chica que se encontraba de pie completamente en pelotas y con las piernas separadas estaba siendo succionado por la boca de un chico que permanecía de cuclillas frente a ella. La chica le gritó: Следуйте, следует, что я кончу!; que en ruso significa: “¡Sigue, sigue que me corro!” A todas estas el capitán se había perdido entre tantas cabezas, manos alzadas, desmoñadas melenas azotadas por el viento de la alta mar, o quién sabía, tal vez lo habían encerrado en las dependencias subterráneas donde se almacenaban los víveres y demás suministros del barco, a estas alturas del levantamiento todo era posible. Era obvio que mi estigma sexual, prendido en mi frente desde mi nacimiento, me perseguía hasta las fronteras de la última playa de la isla, del planeta y más allá. No me sería posible escapar, de ningún modo, sólo un inmediato hundimiento permitiría un milagro semejante. El anglosajón de la enorme tripa me volvió a agarrar del brazo y me remolcó esta vez hacia aquel grupo de hombres los cuales comenzaron a reír a carcajadas al ver cómo su jefazo les llevaba la deseada presa al nido.

─Now you kneel before us as a sign of your servitude to the new magnanimous of this ship ─lo cual significa: “Ahora te arrodillarás ante nosotros como muestra de tu servidumbre al nuevo magnánimo de este buque”, y esto lo dijo señalando el suelo salpicado de bebidas que la gente derramaba al tropezar unos con otros.

Los cinco hombres hicieron un corro en torno a mi persona y al barrigudo bebedor de vodka al cual, mirándole de soslayo, le arrebaté en un abrir y cerrar de ojos la botella. Sin decir una palabra volví a beber largamente. Las maliciosas carcajadas de los hombres sonaron en mis oídos por encima de la música del DJ pero no me importó porque acababa de tener una brillante idea, debía hacerlos saltar a todos, a todos sin excepción. ¡Haría hundir el maldito barco si fuese preciso y los mandaría a todos al mismísimo infierno! Alcé la mano todavía agarrando la botella y empecé a dar brincos.

─¡Vaaaaamos! ─grité al ritmo de la música, rodeé con mi brazo los hombros del magnánimo jefazo y brinqué azotando mi melena al aire, moviendo desquiciadamente mi cabeza de delante a atrás al tiempo que berreaba sin parar con el otro brazo levantado─. ¡Vaaaamos!

En ese momento las neuronas espejo de los cinco hombres, de las que desde luego no se podía decir que careciesen, se activaron y ellos comenzaron a sacudir sus cabezas a la par que la mía. Visto esto al jefazo no le quedó otra que seguirme la corriente simulando que en realidad él estaba permitiendo ese cambio de planes. ¡Caaaaamon!, animó también. Le cogí la mano y lo arrastré entre el tumulto al grito de: ¡Vaaaamos! y así lo llevé hasta los pies de la escalera del puente de mando. Subí el primer escalón me di la vuelta y abrazando su cuello empecé a restregar mis pechos en su cara. Sus mejillas enrojecieron de gusto y cuando al fin me aparté le escuché gritar con euforia: ¡Caaaaaamon! a cuya orden todo el barco comenzó a saltar movidos por un embriagador y unísono ritmo que invadió sus mentes y sus corazones. Subí escalón por escalón menando a propósito el culo y detrás de mí subía el magnánimo cuyo short había resbalado tanto que ya casi dejaba al descubierto su pubis. Una vez que hubimos alcanzado el puente de mando pude contemplar cómo la sublevación se había convertido en una auténtica masa unificada de cuerpos que botaban y coreaban a una, y en ese instante el suelo del barco comenzó a perder estabilidad. ¿Dónde estaría el capitán?, me pregunté ahora asustada. Al barco le quedaba poco tiempo de flotación, finalmente tendríamos que soltar peso pero ¿cómo?, ¿podríamos lanzar a gente por la borda?, ¿sería realmente ético arriesgar la vida de varios hombres para salvar la de todos los pasajeros? De pronto la proa comenzó a inclinarse y se escucharon los berridos de pavor de algunos. En esa zona del barco la gente comenzó a correr hacia el lado de la popa con el ciego objetivo de contrarrestar peso. El rumor de peligro inminente por hundimiento comenzó a prender entre los desmadrados de cubierta y poco a poco todos dejaron de saltar presas del pánico. Hasta a la cabina del timonel y del DJ debió de llegar la alerta pues de repente la música paró. Todo quedó en silencio. Ahora era en la popa del barco en donde se había arremolinado el tumulto y ésta comenzaba a hundirse. Todas las miradas se alzaron hacia el puente de mando, todos los ojos se clavaron en mi persona y en la persona del barrigudo jefe de la sublevación de cuyos shorts caídos asomaban ahora algunos pelos de su pubis. El barco se inclinó aún más por la zona de popa y un grito de espanto se abrió de nuevo paso en cubierta. Todos a una corrieron esta vez hacia la proa.

─¡Eh, tranquilos! ─grité en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─. Lo primero que hay que hacer es equilibrar el peso, la mitad de las personas a un lado y la otra mitad al otro lado.

Pero no me hicieron caso. Actuaban como un cuerpo indivisible. Si una parte de la marabunta se trasladaba hacia la proa todos le seguían y si la otra parte se trasladaba hacia la popa todos le seguían también. Así no conseguíamos sino columpiar el barco como un péndulo cada vez con más fuerza. Más tarde o más temprano acabaríamos por zozobrar. Había que actuar con rapidez.

─And now, what can we do? ─preguntó el magnánimo.

─Que qué podemos hacer ─grité furiosa de nuevo en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─. ¿No se lo habíamos dicho, no le habíamos dicho que no podían subir todos? Ahora hay que hacer una selección de pasajeros, la que debimos hacer en el puerto antes de zarpar.

─I don’t understand you ─balbuceó el hombre─. What do you mean?

─Que a qué me refiero –sonreí casi diría que con maldad. El barco volvió a columpiarse por el lado de la popa─. ¿Usted cree que podremos aguantar así mucho tiempo? ¡Esto se hunde, se hunde, tendremos que desprendernos de algunos pasajeros! ─Los cinco fieles acompañantes del cincuentón trataban de guardar el equilibrio a los pies de la escalera, bajo el puente de mando─. Yo creo que con que nos desquitemos del peso de tres hombres tendremos suficiente y bien podrían ser tres de vosotros, por lo que veo sois los más entrados en panza que hay en este buque ─dictaminé.

─But what does it say? ─me amonestó el jefazo al tiempo que el barco volvió a zarandearse esta vez alcanzando una inclinación de por lo menos veinte grados. Un grito generalizado se mantuvo en el aire unos segundos─. That’s inhumane, you can’t do it ─lo que significa: “Eso es inhumano, usted no puede hacerlo”.

─Cómo que no ─dije en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─. ¿Usted de verdad cree que esto aguantará mucho tiempo más?, ¿no ve en qué difícil situación nos ha puesto su amotinamiento? Ahora mismo que se coloquen aquí sus cinco marineros y que se quiten la ropa, debo valorar vuestros pesos y decidir qué tres hombres van a ser lanzados.

─But…

─No se hable más. ¡Vosotros cinco! ─ordené señalándolos─. Suban para acá ahora mismo ─Los hombres obedecieron y se irguieron frente a mí tan rectos como el constante mecerse del barco les permitió─. ¡Y usted! ─le ladré al jefazo─, ya puede ir quitándose la ropa ─Y para mi sorpresa el jefe agachó la cabeza y, manso como un animalito de corral, empezó a sacarse la camiseta “Remember Maspalomas” y el short que ya casi le caía por debajo de los calzoncillos─. ¡Eso también! ─dije señalando los calzoncillos─, ¡todo!

Inmediatamente los otros siguieron el ejemplo de su magnánimo jefazo quedando en unos segundos completamente en cueros. Me alejé dos pasos hacia atrás para contemplar el panorama dando golpecitos con mi dedo en mi barbilla: seis hombres desnudos permanecían todo lo erguidos que podían, haciendo claros esfuerzos por mantener bien metidas sus panzas sobrealimentadas a base de hamburguesas y perritos calientes mientras sus colgantes penes se balanceaban, a la par que el barco, de popa a proa y de proa a popa. Patética visión que, sin embargo ellos parecieron comenzar a disfrutar porque, mientras los observaba, midiendo pesos y volúmenes, me percaté de que el pene del jefazo crecía y se ponía duro por momentos.

─¿Y eso? ─pregunté señalando su prepucio ahora completamente empalmado. Él se encogió de hombros y un atisbo de sonrisa asomó por entre sus rosados mofletes. El amigo a su lado posó atentamente su mirada sobre aquel miembro erecto─. Debe saber usted que entre su barriga de tonel y su enorme pene empalmado va a ser el primer candidato.

El magnánimo, para defenderse, señaló el pene de su compañero y lo agarró con la mano para mostrármelo. Al elevarlo de ese modo este pene también se puso duro y las venas se hincharon considerablemente. Mis ojos casi no salieron de sus órbitas al contemplar tremendo manubrio. Empalmado era casi el doble que el de su jefe.

─Pero bueno, este también va a ser seleccionado, me parece ─solté y entonces, como si hubiese pronunciado un conjuro, las pollas de los otros cuatro comenzaron asimismo a empinarse. No cabía duda, aquello les estaba excitando sobremanera.

En ese instante mi cabeza pensó a la velocidad de un rayo. Calculé que no nos quedarían más de cinco minutos para que comenzase el hundimiento definitivo. Ahora los hombres frente a mí se tocaban unos a otros con el afán de demostrar que el otro la tenía más grande que él y que, ciertamente se merecía más ser entregado a las fauces de los, por estos mares, delfines. Sin embargo había que reconocer que Dios no había escatimado en bondad a la hora de dotar a aquellos penes de volumen, dureza y dimensiones suficientes como para hacer que nuestro barco recuperase su estabilidad inicial si los lanzaba, no a tres sino a los seis, los seis hombres sin piedad a las frías aguas del Atlántico. Ellos parecían embelesados mirándose unos a otros, admirando sus huevos, sus prepucios, las venas más o menos hinchadas a lo largo del miembro.

─Está bien ─resolví y todos devolvieron sus miradas a mi persona─, los voy a tirar a los seis, lo sabéis, ¿verdad?

Y sin esperar respuesta, tras una nueva sacudida y posterior inclinación del barco, esta vez calculé que de unos treinta grados, vociferé:

─¡Adelante mis valientes hay que coger a estos seis hombres y arrojarlos al mar si no queremos hundirnos!

Un desorganizado gentío subió entonces las escaleras y, agarrando a los seis condenados, los condujeron brutalmente por cubierta hasta la borda de estribor por donde, sin necesidad de volver a ordenarlo, los fueron empujando uno por uno. Todos pudimos contemplar cómo seis cuerpos en cueros, con sus pollas portentosas y bien duras ondeando al viento al igual que nuestra bandera pirata, se precipitaban al vacío y acababan luchando a brazadas contra las bravías olas del gélido mar del Atlántico.

Y no voy a seguir relatando este escabroso asunto de las pollas y de sus portadores. Sólo decir que este suceso, como ya conté al principio, me costó aquel puesto de trabajo a pesar de que al final, sintiendo lástima por los seis infelices, solté una chalupa al mar para que pudiesen subirse a ella y esperar allí hasta que las brigadas de la guardia civil costera viniesen a rescatarlos. El barco, tras perder aquel peso se estabilizó de repente y la gente volvió poco a poco a la calma. Entonces bajé a las bodegas donde, como me había imaginado, habían encerrado al capitán y, tras liberarlo, este nos condujo al puerto de Mogán que era el más próximo. Allí se armó un gran revuelo. Todos, tanto los pasajeros del “Last beach” como la multitud de paseantes domingueros que suelen andar por estas costas, se agolparon en el embarcadero sin dejar de relatarse unos a otros lo recién acontecido en aquel buque pirata, mientras esperaban ver llegar a los náufragos que ya se acercaban remolcados por una lancha de la guardia civil. Al atracar la chalupa y ver a los seis hombres desnudos salir de ella, un ¡ohhh! se escapó de todas las gargantas presentes.

─ You’ll pay me! –escupió el cincuentón barriga de tonel al pasar a mi lado, lo que significa: “¡Me las pagarás!”.

Los que estaban cerca y pudieron escucharlo atendieron a mi persona deseando saber con qué palabras me defendería.

─Pero si se amotinaron y luego resulta que les gustó que les mirase ─dije en mi mediocre aunque perfectamente entendible inglés─, juro que les gustó, se les puso tiesa, casi no nos ahogamos por su culpa, aquellos penes pesaban lo suyo, se los puedo asegurar…

Pero nadie pareció ya darme la más mínima credibilidad, más interesados como estaban en mimar a aquellos seis desvalidos abrigando ahora sus erizados cuerpos con mantas y alimentando sus hambrientos estómagos trayéndoles apresuradamente de un Mac Donald cercano unas big macs dobles con su doble ración de papas fritas.

روت

Este post se ha escrito inspirado en el movimiento “CFNM Lovers”, “Hombres desnudos, mujeres vestidas”

 

4 Porque me sobras !!!

Pondré una firma en la legión de cuerpos y mentes que no abandonan el vicio

El silencio de los que deseamos GRITAR !!! ……………………….. AMÉN ………………..

 

… No celebres MACHISTA el pene dentro porque los escritos de mis bragas ya son cubos de las propias rabietas de las ganas que tengo, adiestrada a manchar en la lengua de rica salsa, líquida y espesa con olor del deseo de tiempos estancados. Es el macho $, música de pecado en cada fusta caliente que adentra, a la fuerza, en las zonas que desea él. Aprender y luego el dolor, rico rincón escondido de la mente caliente del ego. ¿Duele y paras? Pues yo allí también deseo caliente y me toca lengua, dedos, pene o cualquier cosa que pueda morder antes y pueda apretar la bala más roja. Déjame que suavice el glande con la lengua chorreando dentro de símbolos y huecos, qué sabroso regalo de licores en cápsulas que presiono hasta el fondo de la garganta. ¡No!, ¡no!, ¡no vomito!, es la ley del clan del deseo tributario, tú me das pene y yo una arcada más. Traeeeeee ese objeto y explota la gasolina arrancada y embriagada sin vergüenza alguna a la marginal indigencia. Me arrastro como una loba y huelo mal, para que asfixies mi cuello mientras clavas el tacón en posición y así llega al fondo de mi rabieta que me sale a flote entre insultos que me ponen, muérdeme y escúpeme la espalda mientras sujetas bandera de 4, voy a poner la firma de mis llantos en tus huevos de escarcha y blanca leche.

 

Serie "Basura y sex". Fotógrafa Stara Grazie. 2016.

Serie “Basura y sex”. Fotógrafa Stara Grazie. 2016.

 

 

Mis dedos no abandonan nada, ningún hueco, ya mal hechos y flácidos colgajos como el saco de un escrito y abro el libro para llegar a tu cara, no sueltes esas bonitas historias de naranjas y colgantes frescos, ¿es que aún se las cree alguien? Pues entérate que yo jamás dejo las ardientes leches de dulce chocolate, gratis todas para tu infiel destino conmigo y ¡te jodes y me jodes así, con la boca llena de tu grasa de animal bastardo!… Frascos y más frascos son ya tus flácidos genios. ¿Qué?, masticando cristales transparentes nos grabamos sin comprender el éxito que daría una noche de colocarte en la estación adecuada, eclipsa a gente diminuta en mi boca con bolitas de regalo, banderas diferentes donde el miembro es ya razón social de capitales y capitanes que se rigen en poses, ¿es que alguien se cree eso todavía?, miel fresca y espesa de tanto tiempo de penes sin emociones, no cierres los ojos, habla y YA!!! terminamos …..

 

 … Para aquellos que descubren la verdad en hembras de formatos …..

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Taxi Norte

La gata deja su esencia en los ojos de muchos

 

Nunca olvidaré aquellas primeras vacaciones y últimas de mi ruptura con quien me arrebató un corazón que había vuelto a latir con generosidad y valentía, con la pasión que sólo es comparable a los primeros amores.

Me llevó a un modesto hotel asturiano ubicado en una cala. Durante el día y en pleno mes de agosto la cala se volvía imposible de pisar, sin embargo, llegado el atardecer, enmudecía para convertirse en una sorpresa para los sentidos cuando bajaba la marea y se transformaba en un reducto de silencio, paraíso perfecto para sentarse en la arena y hablar sin prisas. Ya sabía dónde me llevaba, él conocía muy bien aquel lugar, había buscado un rincón donde el reloj quedase aparcado y mis agujas pudieran moverse con libertad.

La primera mañana me despertó como yo no estaba acostumbrada, imbécil de él, era un romántico y pegado a mí abrí los ojos sintiendo sus labios en mi cuello, sus manos en mis pechos y su pene entre mis piernas. Por unos instantes me hice la dormida, me gustó sentir su excitación hasta que le dejé penetrarme. El niño duró bastante y me hizo correr dos veces, tiempo durante el cual moví los labios de abajo y los de arriba para gritar sin importarme que me escuchasen desde las habitaciones de al lado.

Así que aquel día había comenzado con una amplia sonrisa en la cara y con un buen desayuno frente a la arena antes de que llegase la marea de turistas. Lo tenía todo previsto, sabía de mis apetencias y propuso que no nos quedásemos allí, que cogiésemos unas birras y unos bocadillos y nos fuésemos a caminar un rato. De tal forma me llevó por un angosto sendero de monte hasta una preciosa playa natural, nudista y rocosa en la que pasamos el día tomando el sol, riendo, nadando en unas aguas frías que apenas le bajaban la erección al muy cabrón ya que insistía en bucear entre mis piernas a cada rato rozando sus labios contra los míos que aquella mañana, en la habitación, ya habían hablado por dos veces y que se sentían hinchados y desnudos y él podía verlos constantemente y su erección era prominente y permanente.

 

"Serie azul", © Esther Álvarez, 2016.

“Serie azul”, © Esther Álvarez, 2016.

 

Tras no sé cuántas horas, perdida completamente la noción del tiempo, él manifestó su interés por enseñarme una pequeña gruta que había a unos metros tras nosotros. Estuve de acuerdo y hacia allí nos dirigimos. Al entrar toqué la frialdad de sus paredes y de inmediato percibí a mi espalda al vástago queriendo explorar mi sexo, metiendo su cabeza. Así que para eso me había traído hasta aquí, pensé. Ya empezaba yo a excitarme de nuevo cuando, repentinamente apareció una pareja y tuvimos que dejarlo. Irritados por la calentura salimos de la gruta y volvimos a tumbarnos en la arena hasta que la marea subió, por cierto de qué forma en Asturias, y subió tanto que de pronto nos percatamos de que sería imposible volver por donde habíamos venido. Para regresar tendría que enseñarle a escalar las rocas, no quedaba otra opción. De esta forma acabamos ambos trepando la pedregosa costa yo, por supuesto, delante, y él, cómo no, detrás, sin sacar sus ojos de mi sexo, el muy salido, que asomaba de mi cortísimo short vaquero.

Cuando llegamos a la habitación nos resultó imposible contener el deseo, tampoco lo intentamos la verdad, y nos devoramos a pesar de que habíamos quedado en ir a cenar a un asador cercano. Permití que limpiase la sal del mar de mis labios con los suyos. Tras esto los asadores aún estaban abiertos y allá fuimos a cenar porque ambos queríamos más carne y la brasa, caliente como estaba, pedía más y más condumio. En el restaurante no cesamos de reír, un vino tras otro, y su mirada de deseo se clavaba en mis pezones que marcaban sus insinuantes relieves bajo el fino tejido de mi camiseta.

Volvimos al hotel tarde y ya había desaparecido la multitud. En el parking sólo los grillos nos saludaron. Le dije que se fumase un cigarro, que no había prisa y que podía acabar de escuchar “Just Give Me a Reason” sin embargo, al instante, salté como una gata al asiento trasero, me saqué las botas y el short, no las bragas porque no llevaba, y le mostré mis labios al tiempo que mordía los de mi boca. Se quedó patidifuso, nervioso y temeroso de que pudiesen vernos. Tras esta inicial confusión, ya recobrada su capacidad de raciocinio, apagó el pitillo y vino a sentarse junto a mí. Allí se dejó hacer de todo y me lo follé ni sé por cuánto tiempo hasta que sucedió lo mismo que en la cueva aquella tarde, al lado nuestro aparcó otro coche y lo tuvimos que dejar. Casi sin abrocharnos los pantalones volamos a la habitación y allí sí que tuvimos una larga y bonita noche de grillos.

¿Sabéis qué sucedió el resto de las vacaciones? Pues es fácil de imaginar cuando mantienes una sonrisa en la cara y te dejan soñar. Le enseñé a tocar las notas más afinadas y las más desafinadas en las húmedas rocas de mi cuerpo.

 

"Serie rojo", © Esther Álvarez, 2016.

“Serie rojo”, © Esther Álvarez, 2016.

 

Luego aquello terminó no sé ni cómo. Lo cierto es que de ese tipo ya casi nunca me acuerdo, sólo en extrañas ocasiones como esta y entonces pienso: ¡que le den al muy cabrón!

“Bilbao 88”         firma2

Polvo literario

Tras leer las confesiones de Judit, aunque afirma que las realiza coaccionada por la “señorita” Rut, creo de justicia contar al público un episodio que sucedió no hace mucho tiempo y en el que participó también una tercera mujer, que podría tratarse de la sensual Stara.

Ocurrió en una vieja casona de La Laguna sede de una distinguida sociedad cultural, la noche de la presentación de mi última novela, que fue en uno de los salones de la planta baja sobre grandes lápidas de piedra gris bajo un techo de laberíntico artesonado de madera, con la humedad lagunera como atmósfera.

Mientras hablábamos el presentador, el editor, el anfitrión y yo mismo, las tres no paraban de ahogar sus risas a la par que se hacían confidencias al oído, lo que le aportaba un toque alegre a aquel modesto acto pretenciosamente rimbombante, ya que el resto de invitados parecían fantasmas momificados que llevaban en la casona desde su construcción en el siglo XVII.

Cuando terminaron las intervenciones, tocaba dedicar el libro a los asistentes al tiempo que un grupo de camareros servía un vino y diferentes viandas por fuera del salón, en el claustro de la casa. De forma pausada y caótica se formó una fila de personas interesadas en recabar mi firma, a cuyo término se colocaron las tres alegadoras, que continuaban ya en un tono más audible con sus cotilleos de contenido sexual explícito.

Las tres esperaron su turno hasta llegar al borde de la mesa. Seguían sonriendo cada vez con gesto más pícaro con sus tres magníficas y sensuales bocas, que comenzaron a entablar conmigo una conversación alusiva al tema de la novela y relacionada con la dedicatoria que querían que les escribiera en cada uno de los libros que sujetaban.

No llegué a poder escribirles nada porque mi próstata entró en modo pánico y tuve que pedirles que me disculparan pues necesitaba ir inmediatamente al servicio que se encontraba en la planta alta, a la que llegué tras subir unos oscuros peldaños desiguales que recordaban a cada paso su brillante e intenso pasado arbóreo y urbano, así como de caminar sobre listones de la misma época que se quejaban de los múltiples achaques causados por el tiempo transcurrido y el variable clima.

Cuando conseguí calmar la urgencia y salí del rústico pero elegante habitáculo, comprobé que en la habitación más cercana se encontraba la biblioteca de la sociedad cultural. Entré y empecé a recorrerla con mi vista, como si me encontrara dentro de una espiral de interminables estanterías, mientras me acercaba a acariciar con las yemas de mis dedos lo lomos de aquellas ediciones artesanales, como cualquier fetichista de libros que se precie de serlo.

Estaba ensimismado en mi fantasía, disfrutando del aterciopelado tacto de títulos de Balzac, Dostoyevski, Verne, Pasternak, Víctor Hugo, Tolstoi, Voltaire, Chejov, Baudelaire, Pushkin, Dumas, Gógol, Moliere, Gorki, Flaubert, Sholojov, Simone de Beauvoir, Goethe, Rimbaud, Joyce, Zola, Faulkner, Stendhal, Huxley, Marguerite Yourcenar, Shakespeare, Chateaubriand, Whitman, Tolkien, Defoe, Mann, Insen, Nabokov, Boccaccio, Dante, Sade…, cuando fui interrumpido por aquellas tres mujeres que no parecían ni enojadas, ni con la intención de reclamarme las prometidas  dedicatorias. Más bien parecían fascinadas por mi fetichismo, por encontrarme excitado con el tacto de aquellas vistosas encuadernaciones, y comenzaron a imitarme en busca de la misma sensación que mi rostro y mi cuerpo manifestaba. Así fuimos recorriendo, ejemplar tras ejemplar, respirando literatura y transpirando literatura, hasta que acabamos empapados de emociones, de recuerdos de lecturas compartidas.

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No sé cómo sucedió, pero a los cuatro nos sobraba la ropa y comenzamos a desnudarnos, tanto de las prendas como de recuerdos de lecturas, y rozábamos la piel primero con los libros y luego, como parecía inevitable, cuerpo a cuerpo, como si necesitáramos transmitir piel a piel todos los estremecimientos que nos habían proporcionado las lecturas y las experiencias de nuestras vidas.

Y seguimos abrazándonos, acariciándonos, besándonos, lamiéndonos, follándonos con todo lo que teníamos a nuestro alcance, mi polla, mis dedos, mi boca, sus dedos, sus pechos, sus culos, sus bocas… con el ritmo agitado que marca toda intensa pasión, todo intenso placer.

Hasta que caímos exhaustas, extasiadas, relajadas, sudadas, ligeramente temblorosas, tántricamente cachondas, agradecidas… Y desde entonces me siento más mujer, porque experimenté en mi propio cuerpo el orgasmo que tantas veces había provocado en el cuerpo de aquellas mujeres con las que había compartido mi sexo y que se lo tenían bien merecido.

Tras unos interminables instantes de reposo, nos incorporamos sin decir palabra y comenzamos a vestirnos como si interpretáramos una nueva coreografía cómplice, convencidas de que aquella experiencia había sido un ‘aquí te pillo, aquí te mato’, que había durado tan sólo unos minutos y que podríamos volver sin tener que dar explicaciones a incorporarnos a las conversaciones de pasillo y a degustar los sabores que había preparado la empresa de catering contratada para el evento.

Pero, cuando bajamos, el rebumbio que escuchábamos no procedía de los asistentes al acto, sino de una brigada de profesionales de la limpieza que acometía desde primera hora de la mañana la tarea de preparar la casona para acoger las actividades formativas previstas para ese nuevo e inesperado día.

Luego pregunté en confianza a algunas amistades que habían estado en el acto si se había notado mi temprana marcha del lugar, pero nadie recuerda que me hubiera ausentado. Ni tan siquiera que hubiera publicado y presentado una novela.

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Post escrito por el amigo de Rut: “ALAIN”

 

Melocotón en almíbar

Todo comenzó con melocotón en almíbar o mejor dicho, empezó después de  muchas noches inciertas, días entre grises y violetas. Mujeres con las que disfrutaba seduciendo pero que en la cama no me ponían. Llegó el momento en que no había más que rascar. Ni en los típicos lugares de ambiente, ni en los encuentros activistas del colectivo, ni en las páginas de contacto que tantos años me habían hecho triunfar. Ese día, en el salón de mi casa, divagando desde el ventanal, empecé a cuestionarme si mi orientación sexual había dado un giro: asexual, bisexual, monja. Entonces sonó el timbre. A esa hora de la tarde podría ser alguna amiga de alguna noche loca que perdió mi número de teléfono y querría hacerme una visita o alguien repartiendo folletos, de esos que acaban en la papelera.

Mi puerta es de un rojo valentino, en forma de arco y de estilo oriental.  A media altura lucen chapas que he ido coleccionado de mis viajes, una del Gay Pride de San Francisco, otra del viaje a Nepal, otra del encuentro Harley Davidson en Bogotá , otra que dice : “mi novia me tiene bien follada”. Me acerqué a la puerta y miré por la mirilla. Mi corazón se sobresaltó: ¡una rubia impresionante allá afuera, esperando a que le abriese!

Pude ver cómo leía detenidamente mis chapas, así que abrí del tirón. Ella se asustó y se precipitó hacia mí. Me sacaba unos palmos y no pude evitar bajar la cabeza y recorrer su presencia a cámara lenta, desde sus tacones rojo charol a sus largas piernas que parecía que nunca acababan, hasta la mini falda de gasa transparente blanca a juego con un broche que tenía colocado entre sus pechos, un broche especialmente llamativo.

─Hola, soy Anja Moskoya, tu nueva vecina ─saludó.

─Luna Grand, por favor, pasa ─le dije─. Tu casa da a la otra calle, sin embargo desde aquí puedes ver el lago.

Con la sutileza que me caracteriza se me encendió la bombilla para llamar su atención y en un flash ya estábamos recorriendo mi loft. Le enseñé la distribución del espacio, cómo había aprovechado cada recoveco, la enorme bañera en medio del salón le hizo mucha gracia.  Fui a la cocina y puede rescatar una lata de melocotón en almíbar y una botella de bourbon . Nos sentamos frente al ventanal y nos dejamos llevar por el improvisado picnic.

 

 

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©Julia Skalozub. Más sobre su trabajo en: http://juliaskalozub.com/

 

Comenzó hablándome de cómo había llegado a la ciudad desde Moscú, de su trabajo, de sus viajes y yo, a la par que ella hablaba, no hacía más que pensar en si sería bisexual, lesbiana, si habría visto mi chapa del arcoiris minutos antes frente a la puerta o peor aún,  si le habría dado tiempo a leer lo de “mi novia me tiene bien follada”.

Después de tres copas y entre risas y miradas cómplices, tuve la necesidad de saber en qué punto estábamos exactamente.

─¿Has estado con alguna mujer, has disfrutado del sexo con mujeres? ─le pregunté.

─Qué directa Luna ─contestó─, de acuerdo, te contaré. Tuve una experiencia en la universidad y otra con una compañera de trabajo. Sentí atracción por ellas pero no tuve plena satisfacción sexual. Creo que con los hombres tampoco la he tenido.

─¿Quieres jugar? ─le propuse de inmediato─. Dejarte llevar por el momento, solo abrirte a la experiencia sin pensar en nada. Mira, te taparé los ojos con este pañuelo.

Ella miró el pañuelo un instante y dijo:

─Luna, eres verdaderamente una lanzada pero despiertas en mi esa ganas de sentir. ¡Venga, sí!

 

©Julia Skalozub. Más sobre su trabajo en: http://juliaskalozub.com/

©Julia Skalozub. Más sobre su trabajo en: http://juliaskalozub.com/

 

¡Uy!, menuda  tarde de jueves que tuve. Una rubia de ojos verdes y cejas perfiladas, tocó en mi casa con la naturalidad de alguien que conoces de toda la vida. Sus labios rojos se fusionaron con la puerta al fondo y sin darme cuenta sentí esa necesidad de tocarlos, de besarlos, de chuparlos. Y a medida que hablábamos, iba estimulando mis sentidos y las ganas de jugar con ella.

Me coloqué a su espalda, detrás del sillón y ella veía cómo se interponía la panorámica del luminoso lago con la oscuridad del pañuelo. Cambió su postura corporal,  se puso más erguida y cambió su respiración, aunque no su sonrisa roja. Me incliné hacia su oído y comencé a pronunciar en un tono dulce y pausado palabras sugerentes, haciendo notar mi respiración: “fresa, labios, piel, caricias” Empecé a besar su pequeña oreja. Besos pequeños a la vez que le decía: “jugo, pechos, leche… ” Sus labios suntuosos temblaban. Puso sus manos entre sus muslos y yo aproveché esa inocencia de el que no ve para deslizar mi mano hacia su broche y desabrocharlo con el roce de mis dedos en sus pezones, buscando ese espacio entre el respeto y el deseo. Ella abrió sus piernas y tomo una postura más relajada. Me arrodillé frente a sus muslos y toqué sus pechos como si me perteneciesen provocando una situación entre el juego y el malestar. Sus pezones se pusieron duros, grandes y los pellizqué.  Empecé a acariciar sus manos y sus muslos. En un momento el deseo se apoderó de nosotras.  Levanté su falda  y me encontré todo al descubierto. Agarré bruscamente sus piernas y las tiré hacia mi, dejando prácticamente su cuerpo en horizontal. Cogí el almíbar de la lata de melocotón y lo rocié en su pubis. Chorreó por su enorme sexo provocando que se removiera de placer y me lancé a lamer aquella jugosa entrepierna. Era un placer tan dulce que no podía parar de chuparlo. Sus gemidos, cada vez más fuertes, hicieron que le arrancase la camisa para dejar al descubierto sus excitados pechos.

Abriendo aún más sus piernas, ella agarró mis pelos y restregó toda mi cara en su sexo. Froté sus pezones, erguidos y duros, con la punta de mi lengua y el juego de mi mandíbula. Serpenteaba todo su clítoris en mi boca, cada vez con más intensidad. Introduje mi lengua con fuerza en su vagina y entonces noté que tenía ganas de algo más contundente, de manera que cogí un melocotón y por la parte más hueca empuñé mis dos dedos para metérselo. Ella se volvió loca y no era para menos. Se giró y se puso de cuatro patas. Seguí sacando y metiendo el melocotón pero las contracciones de su perineo destrozaron la fruta, dejando mis dedos dentro de su útero.

─¡Fóllame! ─me dijo.

Estábamos muy calientes. Introduje todos mis dedos. La penetré cada vez más rápido y con más fuerza y ella jugaba con su cadera para saborear el placer de un coño bien lubricado.

─¡Quiero más! ─rogó y entonces la penetré hasta al fondo.

Estiró su cuello y mi puño se deslizó hasta que la hizo estallar en un enorme orgasmo. Entonces extraje mi puño y chupé toda esa dulce cascada que fluía por su entrepierna. Me puse de pie y empuñé su cara en mi coño para que chupara mi caramelo que cayó derretido en un solo gemido.

─Bienvenida al barrio, Anja ─susurré finalmente.

 Post escrito por la amiga de Rut:   “LUNA GRAND”

Luz eléctrica

Suena el jodido despertador justo cuando sentía sus pechos en mis manos, sin saber quién era, su rostro, ni sus manos, y yo, obsesionada únicamente en desabrochar sus botones pequeños para tornar con suavidad sus pezones, en una absoluta y profunda oscuridad.

Me levanto, con una respiración entrecortada y una sonrisa que hace entre ver que eso no se va quedar así. ¿Quién sería esa mujer con pechos marcados que desató en mí unas ganas locas de jugar?

Son las siete de la mañana, la luz del alba atraviesa el visillo y molesta descubrir mis ojos resacados. Es hora de levantarse pero no puedo descubrir mis ojos cansados, son diez minutos los que me arrebatan el momento. Intento no perder la conciencia con los ojos cerrados, solo permanecer inmóvil, descansando y divagando con mis pupilas, pendientes de no caer en un sueño profundo.

Y en esa milésima de segundo entre el aquí y el allí, aparece ella de nuevo. Esta vez se abalanza sobre mí, siento que estaba esperando en la oscuridad esa debilidad mía para dejarme inmóvil, menos los brazos que los puedo mover con facilidad.

Sabía que quería jugar, su respiración en mi oreja, marcaba el ritmo de sus deseos. Apreté su culo con firmeza y esto desató en ella una chispa que prendió el fuego en mí, saqué mi gato de nueve colas y la azoté. Se revolcó buscando la penetración, iba todo tan rápido que tenía todo mi coño contraído sin poder soltar la tensión rebosante de mi cuerpo.

Solté mi mano y la penetré sin mediar donde la metía, estaba todo tan húmedo que mi mano se deslizó hasta el abismo, ella entró en un éxtasis que empapó todas las sábanas, como en una explosión, el agua caliente bajaba por todo mi cuerpo e hizo estremecer mis labios. Sus pechos erguidos se pusieron frente a mí y el deseo de chuparlos mientras cabalgaba provocó que mi clítoris se pusiera duro como roca. El rozamiento de su pelvis, era cada vez más intenso, y mi fuerza se concentraba en un solo punto, follarla hasta quedar extenuada.

─Luna, vas a llegar tarde

─¿Me hablas?,¿Quién me habla?

Entro en una pura confusión cuando una caricia suave en mi cara hace que regrese la luz intensa, azul eléctrica en mis ojos.

La velocidad de mis latidos rompió la magia del momento, empapada, mojada, atrapada en un jodido momento que sabía que no se iba a repetir. Me levanté de un sobre salto como si estuviera frente a un precipicio. Me miré al espejo mientras encañonaba mis ojos al despertador y palpé mi jugoso coño.

─¡Shit!, ha pasado una hora, llego tarde a la reunión.

Sin ducharme y de trayecto al trabajo, apreté el puño del acelerador de mi Kawasaki a fondo y traté de liberar lo que aún quedaba en mí, a toda velocidad.

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“Llego, llego”, me repito, a la vez que se abre la puerta del ascensor en el oscuro parking del edificio. Entro como un viento pero una rubia con ojos verdes almendrados me clava la mirada como un escáner. Por arte de magia se apaga la luz y el ascensor se estremece quedando inmóvil. Siento su calor y la desesperación del pánico pero toco sus pechos y su respiración cambia, sus pequeños botones desabrocho sin mediar palabra, una sutil fragancia a coco provoca deslizar mi mano en toda su entrepierna. Le muerdo la oreja junto con una carcajada suya, como un imán empiezo a comer sus labios carnosos y provocadores. Aprieto sus nalgas contra la pared y ella suelta su bolso para agarrar mi melena

De nuevo da una sacudida el ascensor y se enciende la luz. Despertamos, nuestras miradas se cruzan y nos separamos, a la vez que se abre la puerta. Tratando de normalizar lo indescriptible,  entra una avalancha de gente y soltamos esa fuerza centrífuga que nos unió, nos colocamos frente a frente, con un recorrido de miradas que hace descubrir, en cada parpadeo, algo nuevo.

 

Dedicatoria:. A todas las personas que se sienten agredidas y con miedos para que todo  transmute.

 

Post escrito por la amiga de Rut:   “LUNA GRAND”