Sobre Stara

Miren, yo voy a ser clara, sincera y voy a ir directamente al grano, porque es mi forma de ser y no me gusta andarme por las ramas, no va con mi estilo. Podría deciros muchas cosas sobre mí. Podría deciros que soy rubia, que uso una noventa y cinco de pecho, que soy esbelta y de complexión atlética, que soy tímida de carácter y bla bla bla, pero creo que todo esto sobra. Más bien me centraré en lo importante, en lo que nos interesa a todos los que participamos en este blog, tanto a las autoras como a vosotr@s que habéis recalado por aquí para leernos, es decir, me voy a centrar en la primera experiencia sexual que tuve y por qué a raíz de ella decidí que quería dedicarme a experimentar y así poder, tal día como hoy, escribir sobre todo esto.

Miren, él era bastante mayor que yo, lo cual no resultaba difícil teniendo en cuenta que yo tenía solo trece años. Aquel día había ido a la playa con mis padres. La arena dorada brillaba de una forma especial bajo el intenso sol de julio. La playa era muy larga y las olas eran enormes. Buscando un poco de independencia me alejé de mis padres dando un paseo por la playa. Tras un buen rato caminando lo vi entrando en las aguas con una tabla de surf bajo el hombro. El me miró, yo le miré, él me sonrió y yo le sonreí y, como suele suceder en ese tipo de encuentros, a la media hora me estaba enseñando a surfear. Aunque tuve que irme más o menos rápido porque mis padres estaban allá lejos y podrían sentirse preocupados, esta breve clase de surf bastó para que él anotase mi número de teléfono prometiendo que me iba a llamar. Tenía treinta y cinco años, me dijo, pero no encontré que esto pudiese ser un impedimento para volver a vernos, más bien al contrario, así que eso hicimos, nos volvimos a ver.

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El día que quedamos me vino a buscar a la salida del colegio en su coche. Yo estudiaba en un colegio de monjas por lo que llevaba el uniforme, un piche enterizo con una falda que me llegaba hasta las rodillas, los calcetines también hasta la rodilla y bajo el piche una camisa blanca de botones. Estaba muy nerviosa cuando me monté en el vehículo pero aun así sentí que toda yo me empapaba, mis muslos estaban completamente humedecidos bajo la falda.

─¿A dónde vamos? ─le pregunté

─Vamos a la playa. Te invito a un perrito y luego si quieres nos quedamos aquí dentro un rato.

Así lo hicimos. Mientras me comía el perrito él se dedicó a tapar las ventanas con unas toallas que había traído para tal fin demostrando que lo tenía bastante planeado. Lo curioso fue que eso en vez de molestarme aún hizo que me sintiese más excitada. En ese momento supe que no me marcharía de esa playa y de ese picadero sin antes dejar hacer a ese desconocido con mi cuerpo todo lo que le viniese en gana.

En el asiento trasero me colocó de rodillas con los codos clavados en el reposacabezas, me subió la falda hasta la cintura, me rodó las bragas y me metió los dedos hasta comprobar que ya estaba suficientemente lubricada. Entonces me penetró. Sentí aquel pene en mi interior tan caliente como una serpiente, precisamente pensé que era como una serpiente alargada, potente y dura. Esta fue la primera vez que se me ocurrió asociar al animal con el miembro masculino. El sacudía mis glúteos con sus ingles al tiempo que me daba tortas en el culo y esto me iba poniendo más y más cachonda y me percataba de que a él también por los gemidos que soltaba y las formas en las que me llamaba: perrita, zorrita, lolita, a cual más excitante para mí. En ese momento fue cuando sentí mi primer orgasmo, un éxtasis de placer muy parecido a lo que las monjas de mi colegio llamaban la comunión con Cristo. Sin embargo él no, él todavía me viró y me dijo que me la metiese en la boca a ver si así se me quitaba ese sabor a cebolla que el perrito caliente me había dejado.  Les parecerá una burrada pero este comentario, lejos de molestarme, aún me puso más a mil. Obediente introduje su serpiente entre mis labios y, como si hubiese nacido aprendida, comencé a chupársela hasta que sentí su líquido espeso y tibio derramándose sobre mi lengua, resbalando por mi cuello y regando mis dos trenzas a ambos lados de mis mejillas.

Miren, ¿qué más les puedo contar? Por contarles…, claro que sí, muchísimas cosas porque tras esta primera experiencia tan alucinante vinieron muchas, no, muchísimas más. De tal forma que en mi barrio y en los lugares que frecuentaba lejos de mi núcleo familiar eso sí para que mis padres no se enterasen, empezaron a llamarme la Lolita, la ninfómana, la penco, pero a mí qué más me daba. El caso es que ahora estoy aquí para hablaros con mis propias palabras de todas esas experiencias que he tenido a lo largo de estos casi treinta años que le han seguido a aquella escenita del coche.

Por cierto, esta será mi firma de autora de posts. Se trata de un tatuaje que me hice hace cierto tiempo en una de las zonas más íntimas de mi cuerpo, no os voy a decir ahora mismo cuál, ya lo iréis descubriendo. Espero que os guste y si no os gusta lo mismo me da, ustedes sigan frotándose ahí que vamos a disfrutar de lo lindo juntos…

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5 pensamientos en “Sobre Stara

  1. Stara, me ha encantado éste primer relato de tu iniciación, muy autentica, y me ha parecido impecable tu redacción. Con éste abre bocas, opino que la asidua lectura de éste blog promete, y mucho. 😉

  2. Muchas gracias Evelins de parte de las tres autoras del blog y especialmente de Stara. Esperamos que así sea. Erotísimas cien por cien estamos encantadas de tener lectores como vosotr@s.

  3. tu no sabes lo refrescante que se te lee
    “un piche enterizo”,… “me rodó las bragas”….”ve viró”
    Dios!!,

    Tu si que nos has mojado los xexox, si pudiera me saltaba el charco

    Kisssssssssss, lacerante

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